24
Cuando vuelvo a ver a Joe ya no va tan desaliñado.
En las cuatro horas siguientes a nuestra reunión inicial como abogado y clienta veo que se ha afeitado. Se ha planchado los pantalones. Se ha puesto una camisa limpia que no lleva la mitad del pelaje de Toby encima.
Ha pasado de ser el sujetavelas que siempre se entromete entre LuAnne y yo en nuestras noches de pelis al abogado serio que forma parte del sistema judicial y criminal de Nueva York cinco días a la semana.
—Deja que hable yo —me ordena Joe mientras esperamos a los detectives dentro de una sala de interrogatorios distinta.
Esta me parece un poco mejor que la anterior, las paredes son un poco menos grises, las sillas son de metal en vez de plástico y parece que nadie ha decidido poner a tope el aire acondicionado—.
Puede que te hagan alguna pregunta, pero no estás obligada a responder.
Al menos, no más de lo que ya les has respondido.
Me sonrojo bajo su mirada seria.
—Pensaba que estaba dándoles un informe como una simple testigo.
Él sacude la cabeza.
—Los detectives siempre dirán cualquier cosa para meterte en una de estas salas y que confieses con una cámara grabando todo lo que dices.
Debería de haberlo supuesto, pienso. He permitido que el miedo me paralizara. Me ha impedido pensar con claridad.
No tengo mucho más tiempo para pensar en qué fallos me han llevado hasta aquí porque, unos segundos después, la puerta se abre y por ella aparece el detective Dalton.
—Señor Castelli. —La voz de Dalton resuena por las paredes con la misma fuerza que antes. Se extiende a través de la mesa para darle un apretón de manos a Joe—. Me alegro de volver a verte. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Por lo menos un año, ¿no?
—Detective Dalton —responde Joe con un tono cortante—. Sí, por lo menos.
—Mi compañero llegará en breves. Está esperando a los resultados del análisis químico. —Dalton se sienta en la silla que tenemos en frente y coloca la misma carpeta de manila sobre la mesa—. Pero trataré de ser lo más breve posible.
Hay cierta aura de suficiencia a su alrededor y mi estómago se contrae de anticipación.
Es imposible que hayan encontrado algo.
Joe se inclina hacia atrás con los hombros rectos.
—Estoy de acuerdo. Seamos lo más breves posible. Lo único con lo que estás reteniendo a mi clienta son pruebas circunstanciales —dice con un tono más frío de lo normal.
Dalton sonríe.
—Es cierto que antes solo teníamos pruebas circunstanciales. —Extiende la carpeta hacia nosotros—. Pero el informe del forense sugiere otra cosa.
¿Qué?
Miro hacia Joe, quien me ofrece una sonrisa reconfortante antes de volver a dirigirse de nuevo a Dalton.
—¿Que fue un asesinato? —Alza una ceja—. ¿Y cuál fue la causa de la muerte?
Dalton vuelve a empujar el archivo sobre la mesa.
—Un paro cardíaco debido a una fuerte intoxicación aguda por drogas. Puedes verlo por ti mismo.
—Sobredosis —suspira Joe—. Eso no indica que mi cliente ni nadie le matara, a no ser que dispongas por arte de magia del arma homicida aquí mismo.
La sonrisa de Dalton se intensifica mientras Joe abre la carpeta, lee los contenidos y alza las cejas, confundido.
—¿Propanolol?
—Es un betabloqueante —explica Dalton—. Se utiliza en dosis pequeñas para tratar casos de presión arterial alta y arritmias cardiacas, y ocasionalmente migrañas y ansiedad.
—Se cruza de brazos—. Sin embargo, la dosis que se encontró en el sistema de Palmar era letal.
Unas tres o cuatro veces más de lo que un médico podría llegar a prescribir.
El médico que lo examinó dictaminó que seguramente le dio un infarto a los cinco o diez minutos tras la ingesta.
Jesucristo.
Joe suspira.
—Entonces fue una muerte intencionada.
Dalton asiente.
—Suena más a suicidio que homicidio —responde de nuevo Joe.
—Lo llegué a considerar, pero…
La puerta vuelve a abrirse y aparece Bryant con un nuevo informe para Dalton.
—Aquí tienes.
Dalton lo acepta.
—¿Y lo otro?
—Voy a por ello ahora.
Bryant vuelve a salir de la sala mientras Dalton lee el informe y su sonrisa no para de ensancharse.
Eso no puede ser una buena señal.
—Justo como pensaba —murmura y entonces, por primera vez desde que hemos entrado a esta sala, Dalton me mira directamente a mí—. ¿Eres una persona saludable, señorita Davis?
Miro a Joe, quien me proporciona un leve asentimiento, así que le respondo.
—Eh… No sé. Depende de cuál sea su definición de «saludable».
—Ya sabes. —Los ojos marrones de Dalton resplandecen—. Alguien que come ensaladas. Batidos. Zumos. Me pareces una chica que bebe muchos batidos verdes.
—¿Esto es relevante para el caso, detective, o acaso está acosando a mi clienta? —interviene Joe.
Dalton saca una fotografía de la nueva carpeta a modo de respuesta y me la extiende.
—¿Reconoces esto?
Entrecierro los ojos en dirección a la foto.
Está ampliada y un tanto pixelada, pero…
—Creo que sí —digo—. Estaba en la encimera cuando encontré a Tom.
—¿Y sabes lo que contenía? —me presiona Dalton.
—No tienes por qué responder a eso —interviene Joe—. Solo si quieres.
Me remuevo en el asiento, ya que la sensación de preocupación no para de crecer.
—Tom bebía verduras en polvo todas las mañanas antes del desayuno. Así que supongo que será eso.
Dalton asiente.
—Qué interesante. Entonces ¿ya sabías de antemano que mantenía este hábito?
No digo nada.
—No teníamos mucho con lo que trabajar en la escena del crimen —continúa Dalton—.
Pero hicimos un análisis químico de los contenidos de esa botella.
¿Adivinas qué ha salido en el informe? —Suelta un silbido—.
Trazas de propranolol. —La mirada penetrante de Dalton me deja clavada en el sitio—.
Déjame adivinar lo que ocurrió. Cuando te fuiste a dormir al sofá esa noche, añadiste un puñado de propranolol en la única bebida de la nevera que sabías que Thomas Palmar iba a consumir al día siguiente.
Quizá no creías que fuera a hacerlo tan temprano.
Quizá creías que te iba a dar tiempo a marcharte de su casa antes de que…
—Y ahora estás tratando de coaccionar a mi clienta para que confiese —le espeta Joe mientras se inclina hacia delante señalando con un dedo a Dalton—.
Hemos terminado por hoy. Aparte de tus sospechas, todavía tienes que demostrar que mi cliente tuvo algo que ver en la muerte de Thomas Palmar aparte de que estuviera presente en la escena.
No tienes ningún móvil. No hay huellas. Tampoco hay más testigos.
Tus teorías sobre la señorita Davis son infundadas y, de hecho, llegados a este punto, todavía no has podido demostrar que ninguna de tus sospechas sea cierta, así que no tiene ningún sentido que la sigas reteniendo aquí en contra de su voluntad.
—La silla de metal cruje cuando Joe se levanta—.
Pienso hablar con tu superior sobre tu conducta en este caso.
Dalton simplemente se inclina hacia atrás, cruza una pierna sobre la otra y se encoge de hombros.
—Te invito a que hables con mi superior si así lo deseas —dice—. Pero creo que vas a cambiar de opinión enseguida cuando veas qué más hemos encontrado.
Bryant vuelve a aparecer en la sala y, cuando veo lo que lleva entre las manos, se me congela la sangre en las venas.
—No me hace falta preguntarte si reconoces o no este objeto —dice Dalton con sarcasmo—. Ya que está claro que te pertenece. —Entonces recoge el bolso (mi bolso) de las manos de Bryant y empieza a esparcir los contenidos sobre la mesa.
Mi teléfono, mi cartera y el bote de máscara de pestañas de repuesto que siempre guardo en el bolso.
—He de admitir que no me esperaba que fuera a ser tan fácil —dice Dalton—. Pero tiene sentido. No te dio tiempo a deshacerte de él.
Una parte de mí ya sabe qué es lo que va a sacar del bolso justo antes de que lo haga. El sonido de las pastillas lo deja bien claro cuando Dalton saca un bote del bolso. En la etiqueta se puede leer claramente…
Propranolol
Se me cae el corazón al suelo.
—¿Sabes? —continúa Dalton—. Estoy muy familiarizado con estas cosas.
A mi gran danés le diagnosticaron insuficiencia cardíaca hace unos años, así que el veterinario le recetó propranolol para que le ayudara con los síntomas.
Una dosis similar a esta. —Sacude la botella casi vacía mientras Bryant continúa rebuscando dentro del bolso—.
Parece una receta totalmente legal. Estuve a punto de llamar al médico que la recetó, pero después me di cuenta de que no era necesario.
—Sus ojos vuelven a clavarse en los míos—.
Eso también nos lo puso demasiado fácil, señorita Davis.
Gira el bote para que pueda leer quién lo ha recetado y… me quedo totalmente de piedra.
No.
No, esto no…
Bryant coloca el recetario de LuAnne encima de la mesa.
—¿Qué crees? —Dalton inclina la cabeza hacia su compañero—. ¿Crees que alguien robó el recetario de la doctora LuAnne Hart para sus propios fines?
No.
El pánico me saca todo el aire de los pulmones.
La sala empieza a perder claridad y casi no escucho el chirrido de la silla de Dalton. Ni su tono de voz mientras dice en voz alta cuáles son mis derechos legales. Ni a Joe, tan rígido y en silencio como una estatua, con la mirada todavía clavada en el recetario.
Tan solo es cuando el metal frío se cierne sobre mis muñecas que la verdad se abre paso por mí, tan clara como el día.
Me acaban de acusar de asesinato.
Y sé que ha sido Adrian Ellis.