23
Cuando Joe aparece en comisaría una hora después, juraría que es la personificación de la calma, la serenidad y la profesionalidad.
Se detiene frente al mostrador para saludar a los recepcionistas y asentir en dirección a un par de policías antes de dirigirse hacia mí, la personificación del pánico, encogida en una de las sillas de la entrada.
Es tan solo cuando se acerca lo suficiente a mí que puedo ver las grietas en su semblante profesional: lleva el jersey azul marino arrugado, los pantalones repletos de pelo de Toby y la mandíbula más apretada de lo que jamás le había visto.
—Deberían de darte vacaciones ya, Agnes —le dice a la recepcionista por última vez antes de girarse hacia mí y que le desaparezca la sonrisa.
Abro la boca, pero él sacude la cabeza.
—No digas nada todavía. Hablaremos en la sala de abogados.
Me dirige en silencio a una sala que es igual de grande que la de interrogatorios, pero mucho más cálida, ya que tiene una alfombra, sillas de cuero y una mesa de madera que no está fijada al suelo.
Y me doy cuenta al instante de que no hay cámaras de seguridad en cada esquina.
—Tienen prohibido grabar aquí dentro —me explica Joe cuando me pilla mirando al techo—.
En estas salas se reúnen los clientes con sus abogados en privado.
—Joe se sienta y se quita la bandolera de cuero desgastada que lleva sobre el hombro.
Es la misma que le he visto llevar a mi apartamento cientos de veces, la misma que siempre hace que LuAnne gruña porque significa que tiene trabajo pendiente.
Y ahora el trabajo soy yo.
Espero que Joe empiece a martillearme con preguntas en el momento en el que me siento, pero lo único que hace es sacar un bocadillo y una botella de agua de la bandolera.
A mí se me ilumina la mirada.
—¿Es para mí?
Él asiente.
—He supuesto que no has podido comer o beber mucho esta mañana.
Más bien nada de nada.
Le doy un trago a la botella de agua primero, a sabiendas de que Joe no va a usarla luego para conseguir mis huellas dactilares ni nada de eso, antes de lanzarme a por el bocadillo.
—No es muy elaborado —me dice Joe—. No sé de qué sueles hacértelos, así que me he imaginado que un bocadillo clásico de jamón y queso sería la mejor opción.
—Hazme caso —le digo mientras le doy el primer mordisco al bocadillo—. Podrías haberme traído una bolsa caducada de Doritos que tengas al fondo de la despensa y me la habría comido de todas formas.
Mientras devoro la comida, Joe se pone a leer el archivo que hay dentro de una carpeta de manila, aunque no se trata de la misma carpeta que tenían los detectives en la sala de interrogatorios.
Espero que ese ceño fruncido sea de concentración y no de preocupación.
Cuando me inclino hacia atrás, con el estómago casi lleno, es cuando Joe lanza el archivo hacia la mesa.
—No hay demasiada información en el informe preliminar —me dice—. Pero parece que es el típico caso del que se encargarían Dalton y Bryant.
Me cruzo de brazos.
—¿Conoces a esos detectives?
—De unos cuantos casos, sí —murmura mientras pone los ojos en blanco—.
Estoy seguro de que la comisaría les asigna a ellos todos los casos que tratan de muertes un tanto inusuales.
Esos chicos son como dos perros peleándose por un hueso.
En cuanto descubren una teoría que para ellos tiene sentido, irán a muerte con ella hasta que descubran las pruebas necesarias para demostrarla ante los tribunales.
Trago saliva.
—¿Y yo soy su teoría?
Joe suspira.
—Creo que su teoría gira en torno al asesinato y, ahora mismo, tú eres la única sospechosa en este caso.
Esas palabras me retumban en la cabeza.
Sospechosa.
Soy sospechosa en la investigación de un asesinato.
Una parte de mí siente una diversión un tanto retorcida ante el hecho de que, después de todas las cosas tan terribles que he hecho en mi vida, me vayan a acusar precisamente de algo que no he hecho.
Joe debe de interpretar mi silencio como una prueba de lo ansiosa que estoy porque tarda muy poco en reaccionar para intentar calmarme.
—Esos detectives se están tratando de aferrar a un clavo ardiendo.
No hay pruebas suficientes que demuestren que fue un asesinato —me explica—.
Están ideando distintas teorías con la esperanza de que alguna de ellas cuadre, pero no tienen otra prueba que te relacione con esta muerte aparte de tu presencia en la escena del crimen.
—Joe relaja un poco el ceño—. Quizá intenten asustarte, pero no tienen nada. No tienes de qué preocuparte.
Estaría mucho menos preocupada si ahora mismo estuviera tomando el sol en el sur de Francia y no congelándome en una comisaría.
Intento esbozar una débil sonrisa.
—Espero que no le digas eso a todos tus clientes.
Joe se rasca la barba de varios días.
—Hazme caso. Trabajo en tantos casos distintos que nunca le endulzo la situación a nadie.
A mí se me ensombrece la expresión.
—Lo sé. Y no tienes ni idea de lo agradecida que estoy contigo porque lo hayas dejado todo y hayas acudido corriendo hasta aquí para aceptarme como cliente, sobre todo en estas…
circunstancias. —Jugueteo con el borde de la carpeta—.
Voy a estar en deuda contigo por el resto de mi vida, si es que no termino en la cárcel.
Esa broma solo hace que Joe alce una ceja en mi dirección.
—Todavía no ha pasado todo el peligro. Dalton y Bryant no pueden retenerte durante más de veinticuatro horas sin acusarte oficialmente y para ello necesitarán alguna prueba más sustancial —me informa—.
Pero me imagino que van a trabajar duro para acelerar el informe del forense y el examen toxicológico con la esperanza de encontrar algo con lo que puedan arrestarte.
Me froto los ojos y puedo notar el maquillaje que llevaba anoche todavía pegado a las pestañas.
—Entonces sí debería de preocuparme. Al menos hasta que el informe del forense determine que la muerte de Tom no fue un asesinato.
Joe alza ambas cejas estas vez.
—Thomas Palmer… ¿Se trata del mismo Tom con el que te hablabas de vez en cuándo?
—Digamos que «hablar» es una palabra muy fuerte —le corrijo—. Tuvimos una sola cita y no funcionó del todo, pero sí, es el mismo Tom.
No estoy del todo segura de cómo tomarme la pena que aparece en la expresión de Joe, como si estuviera a punto de presenciar una escena repleta de lágrimas.
Pero eso no es lo que ocurre.
Siento el cuerpo como si fuera un motor de diésel que ha quemado todo su suministro emocional. Ya no hay pánico, tristeza o enfado dentro de mí. Parece que tan solo me quedan unas cuantas chispas que voy expulsando por la carretera junto con el humo.
Probablemente no sea un buen momento para admitir que no estás triste por la muerte de un hombre del que eres sospechosa.
Intento no mirar a Joe a los ojos.
—¿Sabe LuAnne todo lo que está pasando?
Joe sacude la cabeza.
—No todo. Sabe que ha ocurrido algo que requiere de mis servicios urgentemente, pero ya está.
—Y estoy segurísima de que esa respuesta tan vaga seguramente la haya dejado muy tranquila.
Joe tuerce los labios.
—Para nada. Pero ahora tenemos una relación clienta-abogado. Legalmente estoy obligado a no contarle nada que no quieras que le cuente.
Me encojo de hombros.
—No hay nada que contar. Yo no le he matado. Ni tampoco le he envenenado. No le obligué a que se tomara un puñado de drogas a la fuerza ni cualquier otro disparate del que me estén intentando acusar.
Es justo ahora, mientras pronuncio esas palabras en voz alta, que me impacta otro pensamiento.
¿Y si sí lo hizo otra persona?
Tom ha muerto justo después de que yo haya descubierto que Adrian me lleva siguiendo durante estos últimos años…
A pesar de lo exhausta que estoy, me invade una sensación fugaz de horror.
No, es demasiado ridículo.
Quizá no me haya enterado de que le dio un infarto, un ictus o incluso una sobredosis accidental… pero ¿un asesinato?
Es imposible.
Pero no puedo negar que la teoría cada vez va teniendo más y más sentido. Aquí estoy, por segunda vez en mi vida ya, en medio de la investigación por un posible asesinato.
¿Y si Adrian Ellis fuera el denominador común de todas estas muertes?