22
El pijama de algodón tan fino que llevo puesto no ofrece casi protección contra el frío mordaz que siento en la sala de interrogatorios de la policía de Nueva York.
La silla de plástico desgastada me roza los muslos todo el rato, da igual en qué posición me coloque, y la temperatura es tan fría que mi cuerpo no consigue atemperarse.
No estoy segura de cuánto tiempo me hacen esperar, pero sí sé que cuando finalmente aparecen los detectives, tengo manchas púrpuras en la piel y heridas en la parte trasera de los muslos.
—Señorita Davis —dice el primer oficial que aparece por la puerta—.
Gracias por la espera. Soy el detective Dalton.
—Su voz profunda me indica autoridad, al igual que su enorme complexión, pero, cuando se acerca lo suficiente como para darme la mano, me quedo impactada al darme cuenta de lo joven que es.
No creo que sea mucho más mayor que yo, pienso, fijándome en sus mejillas pálidas y regordetas.
Pero no parece haber ninguna señal de inexperiencia en el apretón de manos que me ofrece el detective Dalton o en el escrutinio de sus ojos marrones.
—Mi compañero es el detective Bryant —asiente en su dirección y el hombre que hay a su lado, más esbelto, con la piel oscura y más pequeño que yo, me da otro apretón de manos más seco.
—Un placer —digo, pero la voz me sale más bien como un graznido. Quizá sea un efecto secundario del frío seco y artificial que hace en la sala de interrogatorios.
—¿Quieres un poco de agua? —me ofrece el detective Bryant.
Mi desconfianza general en los agentes de la ley es lo que me impide asentir, a pesar de que siento la garganta totalmente seca.
Los dos hombres se sientan en las sillas giratorias y oscuras al otro lado de la mesa mientras yo me paso los dedos por los brazos desnudos y siento envidia de sus uniformes de manga larga.
¿Acaso se van a morir por subir un poco el termostato?
Bryant tiene entre las manos una carpeta delgada de manila y se la pasa a Dalton, quien la abre y empieza a revisar los contenidos sin mediar palabra.
Yo jugueteo con los huecos vacíos para las esposas que hay sobre la mesa.
Después de todo el tiempo que llevo ya en esta sala, muy inquieta y sin dejar de darle vueltas a la cabeza, el silencio es casi insoportable.
Espero que tengan menos preguntas que hacerme que el oficial que acudió a la escena del crimen.
Finalmente, Dalton alza la mirada de la carpeta.
—¿Qué relación tenías con Thomas Palmer?
Esa pregunta me pilla desprevenida, al igual que el hecho de que use el nombre completo de Tom, pero me aclaro la garganta de todas formas.
—Se podría decir que éramos amigos.
Al menos, eso fue lo que dijo él anoche.
La tristeza que acompaña a ese pensamiento es muy volátil, así que intento no aferrarme a ella.
Ahora no.
—Define «amigos» —me ordena el detective Dalton.
—No nos conocíamos demasiado —le digo con sinceridad—. Ni tampoco desde hace mucho. Se acercó a mí en una cafetería para pedirme mi número. A veces hablábamos y quedamos una sola vez, eso es todo.
—Te pidió el número —aclara Dalton—. ¿En sentido romántico?
—Sí, yo…
—Así que estabais saliendo.
Parpadeo.
¿Será tan directo siempre con todos los testigos?
Sacudo la cabeza.
—La verdad es que no…
—Pero él sí quería salir contigo —vuelve a cortarme Dalton—. Lo que significa que vuestra relación no era de amistad, sino romántica.
La mirada de hierro de Dalton es tan implacable que me obliga a fruncir el ceño, confundida.
—Lo siento —le digo e intento mantener un tono de voz estable—.
Estoy un tanto desconcertada con todas estas preguntas.
El oficial que me ha traído hasta la comisaría me ha dicho que tan solo tenía que daros una declaración detallada sobre la muerte de…
—Su nombre se me queda atascado en la garganta— … Tom.
Sin poder evitarlo, mi mente regresa a lo que ha sucedido esta mañana y al hecho de que me he encontrado el cuerpo sin vida de Tom en el suelo. Tenía los ojos cristalizados y sin vida. La boca abierta y un poco de saliva sobre la mejilla.
Tengo un recuerdo perfecto y en alta definición de ese momento, aunque todo lo demás está demasiado borroso. No recuerdo haber cerrado el grifo de la cocina. O haber llamado a emergencias. O acompañar a los paramédicos a la escena del crimen. No recuerdo nada hasta que me han llevado a comisaría.
—Queremos oír tu declaración. —Es el detective Bryant el que me responde. Su tono es tan afilado como el de Dalton—. Pero tenemos que asegurarnos de obtener todos los detalles posibles.
Le ofrezco a Bryant (el poli bueno, parece ser) una leve sonrisa.
—Y os prometo que pienso cooperar en todo momento. —Sin embargo, no puedo evitar pasarme una mano por la cara—. Pero las últimas veinticuatro horas han sido larguísimas y me encantaría poder irme a casa y cambiarme. Ducharme. Darle de comer al gato.
LuAnne seguramente ya le haya dado de comer a Toby hace horas, pero espero que la mención de esa criatura desesperada que depende totalmente de mí genere un poco más de compasión de la que yo estoy recibiendo.
Si esto funciona, le deberé a Toby dos cajas enteras de premios.
Por desgracia, parece que Dalton no se lo traga.
—Discúlpanos —sisea—. No queremos que la muerte de tu amigo resulte un inconveniente para ti.
Me arrepiento al instante.
—No me refería a…
—Parece que sí te referías a eso, ¿no?
Bryant extiende una mano sobre la mesa antes de que pueda decir nada.
—Apreciamos mucho su cooperación, señorita Davis —dice—. Cuanto antes sepamos lo que ocurrió, antes podremos continuar con el procedimiento.
No se me escapa el hecho de que no ha mencionado en ningún momento que vaya a poder irme a casa en cuanto esto acabe, aunque Dalton continúa hablando antes de que pueda darle demasiadas vueltas a ese detalle.
—¿Cómo acabaste anoche en el apartamento de Thomas Palmer?
Trago saliva y me preparo para soltarle la misma respuesta vaga que le ofrecí al oficial en la escena del crimen.
—Me peleé con un amigo, no sabía muy bien a dónde ir, así que le escribí a Tom. Fue muy amable y me dejó dormir en su sofá anoche.
—¿Y eso fue lo que hiciste? —me pregunta Dalton.
—¿El qué?
—Dormir en el sofá.
No puedo evitar soltar un bufido.
—Pues claro.
Dalton alza una ceja.
—No hace falta que nos hagamos los puritanos. Acabas de admitir que estabais saliendo, así que es una asunción muy natural.
—No estábamos…
—Cambiemos de tema —me corta Dalton. Otra vez.
Respiro con profundidad e intento calmar mi irritación.
Tan solo responde a las preguntas, Poppy.
Así podrás volver a casa y ocuparte de una vez del desastre en el que se ha convertido tu vida.
—Según la declaración que le has ofrecido al oficial en la escena del crimen —dice Dalton y es todo un alivio que tenga los ojos fijos en el archivo y no en mí—. Dijiste que te encontraste con el cadáver de Thomas Palmer poco después de despertarte.
Se me contrae la garganta.
—Escuché el grifo abierto en la cocina. Pensaba que estaba fregando los platos, pero parece ser que…
Dalton estrecha la mirada.
—Vamos a dejar las cosas claras. Dices que estabas en el sofá en… ¿el salón?
Asiento.
—Y la cocina está… ¿a cuánto? ¿A diez pasos de distancia?
—Supongo.
—¿Nos estás queriendo decir que un hombre cayó al suelo y se murió a menos de diez pasos de ti y tú no te despertaste? —dice Dalton de forma abrupta—. ¿Acaso no oíste cómo caía al suelo? ¿No le oíste pedir ayuda?
Me siento como un pez que está tratando de luchar por un poco de oxígeno por la forma en la que abro la boca.
—No sé. Anoche estaba exhausta, así que…
—Tan exhausta que no oíste cómo moría un hombre. Entiendo. —El clic de su boli hace que me estremezca—. Así que simplemente apareciste, viste a Thomas Palmer inconsciente en el suelo y llamaste a la policía.
Asiento.
El detective alza la mirada hacia mí.
—¿Y no intentaste hacerle una RCP o algún otro método de reanimación?
Alzo las cejas.
—No.
—¿Por qué no?
Me remuevo en el asiento.
—Estaba… muerto. Estaba muy claro.
—¿Y cómo lo sabes? —Dalton se inclina hacia delante con las manos sobre la mesa.
Porque pude verle la mirada cristalizada.
—Me di cuenta de que… ya no estaba ahí conmigo.
El detective vuelve a mirar el archivo y junta las cejas.
—Parece que esa parte no aparece en el documento.
—¿A qué te refieres?
—A la parte en la que se indica que eres una profesional de la salud —me responde con un tono afilado—. Ya que solo ese tipo de profesionales están cualificados para declarar si ha muerto o no una persona.
Aprieto la mandíbula.
¿Acaso se ha empeñado en malinterpretar todo lo que digo?
Respiro con profundidad.
—Vale, no lo sabía. Pero sí creía que estaba muerto y los paramédicos que aparecieron después en la escena llegaron a la misma conclusión que yo.
Dalton chasquea la lengua.
—Cierto, pero llegaron diez minutos después de que llamaras a emergencias. —Agarra un bolígrafo del bolsillo que lleva en el uniforme.
Me paso una mano por el pelo con frustración.
—Como ya ha mencionado, no soy ninguna profesional de la salud. No me han enseñado a cómo hacer una RCP correctamente desde… la escuela. ¿Acaso habría servido de algo que…?
Dalton deja de garabatear un segundo para espetarme:
—No me interesan las hipótesis. Tan solo quiero asegurarme de que el informe refleja que la primera persona que encontró a Thomas Palmer inconsciente no intentó reanimarle durante los doce minutos que tardaron los paramédicos en llegar a la escena.
Aprieto los dientes.
Tan solo termina esta entrevista, Poppy. No creo que puedan tener muchas más preguntas.
Pero sí las tienen.
Dalton parece empeñarse en examinar cada respuesta que les doy con lupa, mientras que Bryant interviene de vez en cuando, normalmente para calmar el temperamento tan hostil de su compañero.
—¿Y no recuerdas nada más? —me pregunta Dalton—. ¿Ningún vecino o amigo que pudiera aparecer para dormir en el sofá también?
El dolor de cabeza que comienzo a sentir en la parte trasera de los ojos se debe en parte a la deshidratación y también a la tensión muscular de resistir el impulso de saltar sobre la mesa y romperle el cuello a Dalton.
—De nuevo… no. No recuerdo a nadie.
Oigo cómo hace clic con el bolígrafo de nuevo.
—¿Así que fuiste tú la única persona que estuvo a solas con Palmer durante las ocho horas previas a su muerte?
Todas las palabras que ha pronunciado Dalton están repletas de escepticismo, pero esta acusación parece particularmente abierta y empiezo a notar cómo la paranoia hace que me empiece a picar la piel.
—Sí.
El detective registra mi respuesta y yo utilizo ese lapso de silencio para hacerle yo una pregunta.
—Sé que seguramente sea demasiado temprano para determinar la causa de la muerte, ¿pero se sabe algo sobre eso?
Escuché a uno de los paramédicos mencionar que quizá podría haberse tratado de un infarto.
O de un ictus. —Me rasco la nuca—. Tom nunca mencionó tener problemas de salud, así que no sé…
aunque quizá sus amigos más cercanos o su familia sí lo sepan.
¿Recibirán ellos también este interrogatorio que parece sacado de un capítulo especial sobre sospechosos de la serie Ley y Orden ?
Consigo reírme un poco de solo pensar en Janie recibiendo el mismo tercer grado exhaustivo que estoy recibiendo yo, que ya es más diversión de la que he tenido en toda la mañana.
Los detectives comparten otra mirada que me hace sentir como si fuera yo la que se está perdiendo algo aquí. Bryant se inclina hacia atrás y su expresión es fría.
—El forense que lo examinó todavía no ha determinado la causa oficial de la muerte —me dice—, pero las hipótesis preliminares sugieren que el paro cardiaco puede haberse debido a una sobredosis.
Me empieza a dar vueltas la cabeza.
—¿Una sobredosis? ¿De drogas?
Él asiente.
Suelto un suspiro entrecortado.
—Vaya, eso… No tenía ni idea. Nunca mencionó estar luchando contra ninguna adicción y tampoco es que yo viera ninguna señal de…
Aunque bueno, tampoco he pasado suficiente tiempo a su lado como para poder darme cuenta de algo así.
—Me lo pienso un poco antes de añadir—: ¿Encontraron algo que apoyara esa teoría?
Dalton suelta un bufido.
—Eso no es asunto tuyo.
Bryant sonríe con los dientes apretados.
—Queremos comprobar un par de cosas antes.
Por el rabillo del ojo puedo ver cómo Dalton me observa como un halcón a punto de lanzarse a por su presa.
—Lo cierto es que la escena del crimen no nos dice gran cosa. Estamos sopesando otros factores.
Me quedo de piedra.
—¿Otros factores?
—Todavía no podemos llegar a ninguna conclusión —me asegura Bryant, pero sus labios apretados y expresión neutra me dicen otra cosa—.
Tenemos que explorar todo tipo de posibilidades hasta que se determine la causa de la muerte.
Quizá haya sido un accidente. —Tamborilea los dedos sobre la mesa—. O un homicidio.
Se me seca la boca.
—¿Creéis que lo hizo a propósito?
Es la leve negación de Dalton lo que evita que me vaya la mente a mil por hora.
—De acuerdo… —Alzo las cejas—. Si no creéis que fue un accidente y tampoco creéis que lo hiciera a propósito, entonces ¿qué…?
Oh.
Oh.
Abro mucho los ojos.
—¿Creéis que fue juego sucio? ¿Que alguien lo ha matado?
Por primera vez Dalton se queda totalmente en silencio y el sonido de su bolígrafo garabateando sobre el papel suena como el de unas uñas arañando una pizarra.
Sacudo la cabeza.
—Pero no había nadie más allí. Tan solo estábamos él y…
Es entonces cuando dejo de hablar.
Noto la sangre en los oídos.
La habitación empieza a dar vueltas.
—¿Creéis que he sido yo quien lo ha matado?
Sin mediar palabra, Bryant agacha la mirada hacia el archivo que se encuentra entre las manos de Dalton.
Y Dalton, el maldito Dalton, continúa tomando notas.
El pánico me consume.
Una vocecita en la cabeza me grita que me calle, pero no puedo evitar inclinarme hacia delante con los ojos bien abiertos.
—No puedo creerme que en serio penséis que he sido yo —les ruego—. Yo jamás haría algo así… Ni siquiera sé cómo ha podido ocurrir.
Bryant vuelve a alzar la vista hacia mí, totalmente formal y sin emoción alguna.
—Como ya te he dicho, estamos explorando todo tipo de posibilidades. Mientras tanto, yo iría buscando a alguien que pueda hacerse cargo de tu gato.