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No puedo ir a casa.

Llego a esa conclusión en cuanto me meto al taxi (una decisión espontánea tras darme cuenta de que iba a tener que esperar tres minutos al próximo Uber; unos tres minutos que no me apetecía seguir pasando en el Upper East Side).

No puedo volver al mismo apartamento que ahora le pertenece a Adrian. Un apartamento en el que sé que podría aparecer con las llaves en la mano en cualquier momento.

Podría incluso estar planeándolo ahora mismo. Quizá cuando llegue a casa me lo encuentre sentado en la cocina con una taza de té Lipton caducado y mi gato para nada obeso a sus pies.

No, no puedo volver a casa.

Joe vive en Brooklyn y LuAnne puede que vaya a pasar ahí la noche. Seguramente me dejarían dormir en el colchón verde lleno de bultos que tienen en el salón, pero sé que tampoco puedo ir allí.

No después de todo lo que he leído en esa carpeta.

Sé que me encontraría fácilmente, ya sea en Brooklyn o en mi apartamento.

El frío se me instala en los huesos.

Mi edificio, todo mi círculo social, mis finanzas… No tengo adónde ir. Podría pagar en efectivo una noche en un hotel, pero estoy segura de que conseguiría rastrearme hasta ahí también.

Necesito tiempo.

Algún lugar o a alguien que él no conozca.

Pero el problema es que todas las personas con las que he hablado incluso aunque solo sea una vez en la vida, y más aún a cualquier persona a la que se me ocurriría pedir un favor, están documentadas en ese archivo.

Me paso una mano temblorosa por el pelo.

Bueno… eso no es del todo cierto, ¿no?

Hay una persona que todavía no aparece en esa carpeta.

Si no estuviera tan desesperada seguramente me sentiría culpable por lo que estoy a punto de hacer, pero parece que me he quedado sin más opciones.

Tan solo me queda una.

Tom me está esperando en el recibidor de su apartamento en el centro de Astoria con una manta calentita alrededor del cuerpo cuando el taxi se detiene en su puerta.

No me pierdo el destello de alivio que aparece en sus ojos azules cuando me ve a través de la ventana y se acerca a mí con cautela.

—¿Necesitas que te ayude a pagarlo? —me pregunta cuando abro la puerta del taxi—. Tiene que haber sido un viaje caro desde Manhattan.

Veo cómo rebusca en los bolsillos de los pantalones de pijama de vellón a cuadros que lleva puestos, pero yo sacudo la cabeza.

—No, no te preocupes. Agradezco la oferta, pero ya me ocupo yo.

Aun así, me quedo un rato más dentro del taxi mientras finjo comprobar que llevo el bolso y el móvil. La duda me asola.

¿En serio voy a hacer esto?

Tom es inocente. No tiene ni idea del peligro al que le estoy exponiendo tan solo por haberme abierto las puertas de su casa esta noche.

Recuerdo el archivo y los nombres que…

—¿Poppy? —Tom se acerca más a la acera y puedo ver lo preocupado que está—. ¿Estás bien?

No, no estoy bien.

Estoy muy lejos de estar bien.

Me siento como una bola de nieve en la estantería de otra persona. Acaban de sacudir todo mi mundo y lo han dejado totalmente desordenado.

Y estoy arriesgando la vida de un inocente tan solo para ganar algo de tiempo.

Suelto un suspiro y salgo del taxi.

—Estoy bien.

Tom no parece del todo convencido, así que vuelvo a intentarlo y esta vez le ofrezco una débil sonrisa.

—En serio, estoy bien. Tan solo es que he tenido una noche muy larga.

Él asiente y de cerca puedo ver el rubor rosado que tiene en la nariz, en las mejillas y en las orejas.

—No hacía falta que me esperaras aquí fuera con el frío que hace —le digo al darme cuenta del viento helado que empieza a colarse por los recovecos de mi vestido.

Recuerdo que la chaqueta que lleva puesta antes sigue colgada en el perchero de la galería, una decisión que no parecía para nada irresponsable hace unas tres horas, cuando me marché ataviada en el abrigo de lana tan caro de Adrian, pero ahora…

Si finalmente termino huyendo del país, seguramente me mude a algún lugar de clima cálido.

—No he estado fuera demasiado tiempo. —Tom se encoge de hombros, pero el castañeo de dientes lo delata.

Eso y el hecho de que solo lleve una camiseta en la que pone «Ciclones del estado de Iowa» debajo de la manta—.

Además, no me importa. Es físicamente imposible para mí que me quede dentro sentado a esperar a que los invitados toquen el timbre.

Supongo que será la hospitalidad del medio oeste.

A pesar del pánico que todavía me atenaza el pecho y todo lo que ha sucedido esta noche, consigo sonreír.

—Creo que lo que me vas a ofrecer hoy es más que hospitalidad.

Nos dirigimos hacia la puerta de su casa mientras él juguetea con el llavero.

—No pasa nada. —Intenta quitarle hierro al asunto—. Me alegro de poder ayudarte.

No estoy tan segura de que quisieras ayudarme si supieras la verdad del asunto.

Me vuelvo un tanto paranoica mientras espero a que Tom abra la puerta para que ambos podamos acceder al edificio.

¿Y si Adrian ha enviado a alguien para que me siga?

¿Y si esa persona se encuentra ahora mismo aquí fuera y me está observando? ¿Y si se lo está contando a Adrian en directo?

Todos esos informes de mi actividad diaria tiene que haberlos elaborado alguien.

Se me encoge la garganta del miedo y echo la vista hacia atrás, hacia la carretera, por si pudiera encontrar un coche sin matrícula o una figura envuelta en sombras en medio de la oscuridad, pero la calle residencial está totalmente en silencio.

Adrian no sabe lo que has descubierto, me recuerdo a mí misma. Y tampoco sabe nada sobre Tom. Tengo una noche libre antes de tener que volver a preocuparme sobre lo que pueda llegar a hacer Adrian a continuación.

—Te lo aviso de antemano —me dice cuando llegamos a la primera planta—. No está muy amueblado. No he tenido tiempo de… Bueno, eso no es del todo cierto. Llevo viviendo aquí ya un año, así que ya no puedo seguir poniendo esa excusa.

Me encojo de hombros.

—Espero que no te importe —me dice antes de abrir la puerta—. E ignora también el desorden, para eso al menos sí tengo excusa. He estado trabajando mucho en la organización benéfica y… —Su voz se funde con las paredes de yeso desgastado mientras escaneo la casa que tiene un solo dormitorio.

Es un lugar pequeño y, en efecto, no está casi amueblado, pero también tiene el típico encanto histórico que suelen tener los apartamentos de antes de la guerra que no han sido reformados: puertas de madera en espiga, armarios de madera maciza y techos altos.

Estoy segura de que tiene el doble de espacio de almacenamiento que tengo yo en casa.

—Te ofrecería una visita —se ríe Tom—, pero estoy seguro de que puedes ver toda la casa desde este ángulo. Los techos altos cubren todos los metros cuadrados del piso casi por completo.

—No pasa nada —le digo.

Creo que ya he tenido suficientes visitas esta noche.

Tom se quita la manta de los hombros y la coloca sobre el respaldo de un sofá de color verde oliva.

—¿Quieres que te traiga algo de beber? Tengo agua, vino, café, té y un zumo de naranja con una fecha de caducidad muy cuestionable.

No estoy segura de que ahora mismo quiera otra cosa que no sea una copa de vino del tamaño de un termo Stanley, pero cuando abro la boca para pedírselo… Hago una pausa.

Lo último que quiero esta noche es emborracharme y tener poco control de la situación.

—También tengo verduras en polvo, si es que acaso te gustan esas cosas. Yo normalmente suelo tomármelas por la mañana, antes del desayuno. No saben del todo mal a pesar de que la pinta sea horrible y estoy seguro de que gracias a eso no termino malnutrido algunos días.

Alzo los labios en una sonrisa.

—No te preocupes. Prefiero un poco de té.

Sigo repleta de nervios cuando Tom se dirige a la cocina, así que me pongo a inspeccionar el salón.

No es mucho más grande que el mío, pero parece que él sí ha conseguido hacer un buen uso del espacio. Parece que ha comprado tanto el sofá como la mesa auxiliar de pino de la sección de rebajas del Leroy Merlin, pero…

—Una mecedora antigua —digo en voz alta—. Qué elección tan interesante. —Es tan grande que casi ocupa la mitad del salón, la madera está desgastada y el cojín a cuadros está manchado y descolorido por la edad.

—Es una mecedora amish —dice Tom desde la cocina—.

Era de mi abuela. Un pretendiente se la construyó hace cincuenta años porque quería profesarle su amor…

o algo así. La historia solía cambiar dependiendo del día —me explica—.

Sé que no pega mucho con el resto de la decoración, pero es una de las pocas cosas que me quedan de ella.

Inclino la cabeza hacia un lado.

—Ahora que sé que no la has conseguido en una tienda de segunda mano muy cara me gusta mucho más. Hace que el espacio parezca… más acogedor.

Acogedor parece ser el adjetivo perfecto para describir el apartamento de Tom.

Al principio suponía que los animales de arcilla polimérica dibujados en proporciones muy extrañas y las pinturas de pavos hechos con las huellas de las manos que tiene clavados en las paredes debían de ser un gusto artístico muy inusual, pero después me doy cuenta de que debajo de cada cuadro aparece el nombre de cada uno de sus estudiantes.

Eso es… más encantador de lo que me gustaría llegar a admitir.

Pero ahí no acaba la cosa.

La estantería que ha conseguido meter entre el límite de la cocina y el salón está repleta de fotos familiares.

Una pareja de ojos azules y pelo gris abraza a un Tom mucho más pequeño en su graduación del instituto.

Y después en la de la universidad. Y también hay una foto de ellos en esta ciudad con las pantallas resplandecientes de Times Square por detrás.

Supongo que esas dos personas son el origen de los buenos modales de Tom.

También hay otras fotos, de un Tom más joven, delgado y sonriente junto a un grupo de amigos en una excursión de senderismo. Haciendo kayak en un río. Tomando el sol en la playa. Y en un puñado más de escenarios que valdría la pena subir a Instagram.

Me queda muy claro que, a pesar de que vive solo, Tom nunca ha pasado ni un solo día de su vida en soledad.

Incluso los libros de la estantería, a pesar de que son pocos, parecen regalos de otras personas. Al menos no creo que Tom se haya comprado por su cuenta Nueva York explicado para idiotas o 69 posiciones sexuales que seguramente no conocías .

—Antes de que pienses que soy un rarito —me dice Tom cuando regresa de nuevo al salón con las mejillas teñidas de rosa y dos tazas de té humeantes en la mano—. Te prometo que esos libros tienen su propia historia.

Tom me extiende la taza en la que se puede leer «El mejor profe de Iowa» y se enfrasca en una historia sobre Janie y una apuesta perdida. Desconecto casi de inmediato cuando el pánico vuelve a atenazarme.

¿Qué demonios voy a hacer?

Cada vez que cierro los ojos es como si estuviera todavía en el despacho de Adrian, abriendo la carpeta y descubriendo…

—¿Estás bien? —El peso de la mano de Tom sobre mi hombro me devuelve a la realidad—. Estás temblando.

Estás temblando, escucho la voz de Adrian en la cabeza, suave e incluso un tanto burlona, con la mano alrededor de mi…

—Estoy bien. —Me aclaro la garganta y doy un paso atrás, pero eso no parece ser todavía suficiente, así que me dirijo al sofá para sentarme—. Tan solo ha sido… una noche muy larga, como ya te he dicho antes. —Le doy un sorbo al té con las manos temblorosas.

Tom no me sigue. No me presiona para que se lo cuente. No aprieta el dedo en la llaga.

—Aquí estás a salvo. Durante el tiempo que necesites.

Ojalá pudiera llegar a creerme eso, pero tan solo consigo sonreír a medias y asentir.

—Gracias. Por todo, pero sobre todo por la parte de acogerme como a un gato callejero.

Su sonrisa es mucho más ligera que la mía.

—No eres un gato callejero. Eres una amiga en apuros.

Y estoy segura de que lo dice en serio.

No hay comillas en la palabra amiga. No tiene expectativas de que vaya a ocurrir algo esta noche. No espera nada más de mí.

Tom me está ayudando porque él es así.

Y eso no ayuda a que desaparezca la culpa que siento en el estómago.

Él no sabe que está poniendo su vida en riesgo.

Ni siquiera sabe…

—Lo siento —le suelto de repente y veo cómo frunce el ceño—. Por salir corriendo en nuestra primera cita. Y por no volver a escribirte después. Fue un error por mi parte, pero acabé muy liada con…

…los juegos mentales de Adrian…

—…cosas —finalizo—. Te merecías algo mejor.

Una parte de mí desearía que estuviera un poco amargado o resentido conmigo, al menos eso aliviaría un poco lo culpable que me siento por haber venido aquí esta noche.

Pero no hay amargura o resentimiento en la sonrisa tan amable que me ofrece.

—Oye, lo entiendo. De vez en cuando pasan cosas. La vida se hace bola. No hace falta que te disculpes. —Se pasa una mano por la nuca—. ¿Quieres… un pijama o algo? Ese vestido no parece muy cómodo para dormir. Estoy seguro de que tendré algo de alguna exnovia en el fondo del armario.

Siento la culpa en la garganta.

—Me vendría genial.

Estoy ansiosa por poder quedarme a solas con mis pensamientos y, por suerte, Tom no se queda a mi lado mucho tiempo después de ofrecerme un pijama de algodón muy modesto y de señalarme en qué armario puedo encontrar más mantas.

Pero cuando finalmente me tumbo en el sofá y el apartamento se queda a oscuras y en silencio, a excepción del siseo del radiador, el cansancio se apodera de mí.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, veo cómo el sol se cuela por la ventana del salón de Tom.

Me siento, me froto el sueño de los ojos y cuando escucho el sonido del agua en la cocina, me animo un poco.

¿Acaso ya se ha levantado?

Normalmente suelo dormir poco, sobre todo en camas ajenas, pero la cantidad de adrenalina y pánico que sentí anoche debe de haberme pasado factura.

—Buenos días —digo con un bostezo mientras me estiro.

Noto el cuello y la espalda un tanto rígidos, seguramente sea por haber dormido esta noche en el sofá. Lo mismo voy a arrepentirme de la postura en la que he tenido que dormir durante unos cuantos días, pero… bueno, es lo que hay.

—Por favor, dime que estás haciendo café —digo en voz alta mientras me levanto del sofá.

No hay respuesta.

—Estoy de broma —añado—. No hace falta que me prepares café a mí.

Sigue sin haber respuesta, pero puedo oír el agua cayendo en la cocina.

Quizá se haya puesto auriculares.

—¿Tom? —Me dirijo hacia la cocina—. ¿Estás…?

El resto de la frase queda en el aire en el momento en el que giro la esquina y suelto un grito ahogado.

Porque Tom está justo ahí.

El zumo verde que estaba a punto de acabarse está sobre la encimera. El fregadero de la cocina está repleto de agua y jabón.

Y su cadáver se encuentra tirado sobre las baldosas de linóleo.