20
Ocurre en el lapso de dos o quizá tres segundos.
La adrenalina me ayuda a actuar con rapidez.
Me pongo de pie en un milisegundo con los papeles todavía en la mano y los guardo apresuradamente en la carpeta. No me da tiempo a colocarlos en las secciones correctas (eso es un problema para la Poppy del futuro), pero cierro la carpeta de todas formas.
El pomo de la puerta se gira.
Tiro la carpeta con violencia al cajón.
La puerta del despacho se abre.
Cierro el cajón y…
—Siento mucho el retraso. Al enfermero de guardia le gusta hablar mucho. Nunca va directo al grano —suspira Adrian conforme entra.
Me giro, casi sin que me dé tiempo a enderezarme o a ocultar el pánico que tengo impreso por todo el rostro mientras Adrian alza la vista del teléfono y…
Mierda.
Siento terror de inmediato, un terror que me paraliza cuando nuestros ojos se clavan en los del otro y la realidad de la situación se clava en mí como si fuera un trozo de cristal.
Nada de esto ha sido real.
Todo este tiempo… no ha sido el destino, el universo o el cosmos queriendo unirnos de nuevo al recordarnos retazos de lo conectados que estuvimos en el pasado.
Ha sido Adrian.
Jugando conmigo.
Y yo se lo he permitido.
He ignorado mis instintos. He dejado que una pantera me convenciera de que era un gato doméstico, he permitido que se acercara demasiado y ahora…
Ahora me ha sacado las garras y no se parecen en nada a las de un gato doméstico.
Así que ahora tengo que…
—¿Va todo bien, cariño? Pareces asustada. —Solo puedo entrever preocupación en el tono de Adrian, pero por la forma en la que ladea la cabeza y frunce el ceño…
Nunca me había sentido antes como un bicho atrapado en la lente de un microscopio, a merced del escrutinio de sus ojos oscuros.
¿Acaso lo sabe?
¿Acaso puede oír cómo casi se me sale el corazón por la boca?
Trago saliva con miedo de mirar al suelo y encontrarme, en efecto, un reguero de sangre en el pecho que descienda de mi órgano más vulnerable.
Di algo, Poppy.
Pareces un ciervo cegado por las luces de un coche.
Me apoyo contra el escritorio y echo los hombros hacia delante para tratar de ocultar cómo se me han puesto los nudillos blancos de lo mucho que estoy apretando la madera.
Di algo.
Intento encajar el miedo en la misma caja que antes, pero no lo consigo, teniendo en cuenta que la fuente de todos mis miedos se encuentra a menos de cinco metros de mí.
¿Acaso va a matarme?
¿El juego acaba aquí hoy?
¿Se ha pasado diez años tratando de darme caza como si no fuera más que su presa y ha conseguido engañarme para que venga a su apartamento tan solo para poder finalizar el juego… para siempre?
Cada vez siento más pánico.
—Eh… —Suelto un jadeo entrecortado—. Tengo que… Tengo que irme. —Me doy impulso para tratar de pasar por su lado, pero siento las piernas tensas por la adrenalina y estas me ceden.
Adrian me estabiliza cuando me tambaleo y me rodea la cintura con los brazos.
—Creo que deberías sentarte —me dice mientras me conduce hacia el borde del escritorio.
Sacudo la cabeza.
—No, yo…
Tengo que salir de aquí.
Intento apartarme de nuevo del escritorio, pero Adrian me planta las manos en las caderas y me atrapa para que no pueda moverme.
—Estás temblando.
Intento respirar a través del terror que siento.
—Estoy bien. En serio, tan solo tengo que…
Adrian me coloca una mano sobre la garganta.
Suelto un jadeo y abro mucho los ojos de pánico, pero su roce es suave mientras me inclina la cabeza hacia el lado y me presiona el dedo índice y corazón en la arteria carótida, como si…
—Tienes el pulso disparado —me comunica y tardo unos segundos en darme cuenta de que no está tratando de asfixiarme.
Tan solo me está midiendo el pulso.
Trago saliva y siento el alivio al instante, incluso aunque Adrian continua con la mano alrededor de mi garganta.
—Estoy bien —le digo—. Pero tengo que irme, hay algo…
—No vas a ir a ninguna parte. Estás a punto de que te dé un ataque de pánico —me corta con una ceja alzada—. Y estoy seguro de que no te he dejado así cuando he salido del despacho para atender esa llamada. ¿Qué ha ocurrido?
Casi me río.
No, así no es como me has dejado, quiero decirle. Para nada. La chica que te ha visto salir de este despacho pensaba que lo sucedido en las últimas semanas había sido una coincidencia orgánica y no una red intrincada de mentiras.
Sin embargo, respiro con profundidad.
He permitido que Adrian vea todo el terror que transmito tan solo con la mirada.
—Se trata de LuAnne. Me acaba de llamar.
Toby se ha comido un paquete entero de uvas mientras ella limpiaba el frigorífico.
Lo está llevando a urgencias. —Incluso yo misma me sorprendo de lo fácil que me sale esa mentira, a pesar de que no me hace falta fingir el temblor en la voz o la alarma en los ojos.
Lo siento, Toby, pienso. Te prometo que te daré una caja entera de premios si consigo salir de aquí con vida.
Adrian no dice nada y sigue con la mano alrededor de mi cuello. Espero que piense que mi pulso acelerado se debe a lo preocupada que estoy por Toby.
—Debería irme —continúo—. Si me marcho ya, quizá consiga llegar a tiempo al hospital.
Me estremezco bajo el escrutinio de sus ojos oscuros que casi se parecen a los de un halcón. Adrian no parece desprender simpatía o preocupación genuinas.
Soy un bicho atrapado en un microscopio.
Por un instante me preocupa que consiga ver más allá de esta farsa. Ya ha conseguido darse cuenta de que aquí ocurre algo y parece muy reacio a dejar que me vaya.
O quizá su intención no era esa, me susurra una vocecita en la cabeza. Quizá ya no le importa lo que hayas visto en este despacho porque ha planeado desde el principio acabar con el juego esta noche.
Siento la ansiedad en la garganta, aunque abro la boca de todas formas, preparada para rogarle si hace falta o hacer lo que tenga que hacer, pero entonces Adrian parpadea y su expresión parece aclararse.
Y me suelta.
—Por supuesto —me dice y en cuanto da un paso hacia atrás, su expresión neutra se convierte en una sonrisa amable—. Deberías de marcharte ahora mismo.
No sé si se trata de la poca emoción que veo en sus ojos o que estoy en alerta después de todo lo que he descubierto esta noche, pero no me siento aliviada ante este cambio tan repentino.
¿Qué otros trucos tendrá bajo la manga?
Asiento con cautela mientras me aparto del escritorio.
—Siento tener que irme tan rápido —miento—. Pero ya sabes cómo son estas cosas. La cosa podría empeorar de un momento a otro.
Adrian me observa a una distancia prudencial mientras me ajusto el vestido con manos temblorosas.
—Claro —dice Adrian—. ¿Vas al hospital entonces?
Hago una pausa.
—Sí. LuAnne trabaja allí. Conoce a todo el mundo.
Siento un escalofrío recorrerme la espalda.
Pero eso ya lo sabías.
Porque donaste millones de dólares al hospital el año pasado.
Sigo sintiendo el miedo en el estómago, pero intento que no se me note en la cara mientras Adrian me conduce fuera del despacho y hacia el salón.
Tengo que salir de aquí.
Ya me pondré a darle vueltas más tarde a la forma tan terrible e intrusiva en la que se ha vuelto a infiltrar en mi vida.
El haber descubierto la verdad de Adrian incluso me cambia la percepción de su ático. Los colores grises pizarra, las esquinas afiladas y los accesorios negro mate ahora crean sombras más siniestras que las que creaban hace treinta minutos.
—Le diré a Alex que te lleve —dice Adrian mientras giramos hacia la entrada.
Abro los ojos.
—No hace falta que lo hagas. Pediré un Uber.
Llegamos al ascensor y Adrian se gira hacia mí.
—No hace falta, pero quiero hacerlo.
Trago saliva.
—No quiero ser una molestia.
—No es ninguna molestia. —Se encoge de hombros.
—Quizá no para ti —responde de nuevo—. Pero para tu chófer…
—Le pago demasiado bien como para que esto le suponga una molestia —me corta. Abro la boca para rebatir, pero él no me deja seguir hablando—. Además, será mucho más rápido que esperar a un Uber. Imagino que querrás llegar cuanto antes al hospital, ¿no?
Cierro la boca.
Mierda.
Me pienso durante un instante si debo aceptar el viaje, a pesar de que sea inútil, tan solo porque sé que sería muy sospechoso seguir insistiendo en coger un Uber, pero…
¿Y si tiene otro truco bajo la manga?
¿Y si le ordena a su chófer que no se marche hasta que no terminen de revisar la urgencia imaginaria de Toby?
¿Y si el chófer avisa a Adrian de que le he mentido?
¿Y si Adrian le ordena que no me lleve al hospital?
¿Y si… ocurre cualquier otra variable que no podré controlar en cuanto me suba al coche?
No. No pienso dejar que eso suceda.
Le ofrezco a Adrian una sonrisa avergonzada mientras sigo con el corazón en la boca.
—Muchas gracias por la oferta —le digo—.
Y tienes razón, probablemente sea la opción más rápida, pero…
—Le miro a través de las pestañas—. No sabría cómo explicárselo a LuAnne.
Llegar en un coche privado, con un chófer…
Seguramente me haga muchas preguntas y no sé si estoy preparada para darle las respuestas. Lo entiendes, ¿verdad?
Espero que mi sonrisa tímida logre ocultar la excusa tan mala que acabo de ofrecerle.
En otro momento jamás le diría que no a un coche privado y un chófer.
Adrian alza una ceja como si acabara de llegar a la misma conclusión que yo y asiente.
—Si vas a estar más cómoda con esa opción, adelante, cariño.
Lo miro con cautela.
Es una respuesta demasiado correcta para el friki controlador psicótico que posee la carpeta que he encontrado en el despacho, pero estoy segura de que esto forma parte del juego también.
Fingir una fachada razonable y tranquila para hacerme creer que tiene el control mientras no paraba de mover hilos a mis espaldas.
Y yo me la he tragado.
El ascensor se abre y Adrian se inclina lo suficiente para rozar sus labios con los míos.
—Ten cuidado ahí fuera, cariño.
Una advertencia muy irónica, teniendo en cuenta que la mayor amenaza no se encuentra ahí fuera, sino justo aquí, a setenta pisos de altura, dándome un beso dulce en los labios y embutido en un jersey de cachemira.
Pero asiento de todos modos.
Y justo después salgo pitando de ahí.