Redamancia 19
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Parpadeo en dirección a la tinta negra que tengo enfrente como si las palabras fueran a cambiar de lugar por arte de magia y formar un documento menos catastrofista.

¿Por qué iba a…?

¿Cómo es que…?

¿Qué clase de juego es…?

Mis pensamientos se dispersan como si fueran canicas sobre el suelo, pero no puedo dejar de observar la firma elegante y curvada de Adrian.

No hay ninguna pausa.

No pareció pensárselo ni un solo segundo.

Con un solo trazo del bolígrafo terminó decidiendo la trayectoria de mi vida.

Hace ocho meses.

Cinco meses antes de mudarse a Nueva York.

Dos meses antes de verle en esa fiesta.

Siento ácido en la lengua y trato de evitar una arcada con miedo a que el vino que todavía tengo en el estómago decida hacer acto de presencia si sigo husmeando.

Hace ocho malditos meses.

Me permito tomar dos respiraciones muy profundas antes de volver a agarrar la carpeta con más determinación que antes.

¿Qué más has estado escondiendo?

Selecciono otra etiqueta de forma aleatoria, «Documentación», y saco todo lo que hay en ella. Esta sección es más fina que las otras y cuando me pongo a revisar los papeles, el estómago vuelve a darme un vuelco.

Ay, madre.

Documentación… Se trata de mi documentación.

Fotocopias de mi certificado de nacimiento. Mi pasaporte. Mi tarjeta de la seguridad social.

Ay, Dios.

¿Cómo…?

Reviso todos los papeles con rapidez y cada vez se me acelera más la respiración cuando me doy cuenta de que dispone de copias de absolutamente todo, incluso de los permisos de conducción y los seguros médicos antiguos que creía haber perdido hace tiempo.

Al menos solo son copias, pienso, pero ese pensamiento no me hace sentir ningún tipo de alivio. Quizá también me haya robado los documentos originales de la caja de zapatos que tengo debajo de la cama y los tenga escondidos en alguna otra parte.

Empiezo a sentir miedo.

¿Qué demonios es esto?

¿Una carpeta que demuestra lo obsesionado que está… conmigo?

Miro de nuevo hacia la carpeta y pienso en qué otro tipo de información pueda contener sobre mí.

Me siento como si estuviera viendo un tren a punto de estrellarse y no pueda apartar la mirada de él.

A excepción de que es mi propio tren el que estoy viendo estrellarse.

Vuelvo a respirar con profundidad y cierro la etiqueta de documentación.

Por desgracia, una simple fotocopia del primer permiso de conducir que me saqué con diecisiete en el estado de Alabama no es nada en comparación con la cantidad de invasión personal que contiene esta carpeta.

El apartado de «Historial médico» contiene todo mi historial. Y no solo un resumen en el que se traten los puntos clave, sino todo, absolutamente todo, al completo.

Los registros de las vacunas del centro de salud de Pratt.

Los registros del dentista y las radiografías de cuando podía permitirme limpiezas dentales periódicas.

Todas las notas del proceso de inserción del DIU que me puse hace cuatro años.

El informe médico completo y los resultados de las ETS negativos de una visita urgente al médico tras un incidente con un rollo de una noche que acabó con un condón roto hace dos años.

Me empieza a dar vueltas la cabeza.

Siento la bilis en la garganta.

Esto es…

Perturbador.

Obsesivo.

Una violación en toda regla de mi privacidad.

¿Cuánto tiempo lleva recopilando toda esta documentación?

Los registros médicos se remontan a toda la década que hemos estado separados y la compra del edificio en el que vivo fue hace unos meses, por no decir un año, pero…

¿En serio lleva vigilándome durante diez años?

¿O esto se trata de una fijación más bien reciente?

El hecho de pensar que todavía me queda por descubrir algo incluso peor me hace sentir náuseas, pero tengo que hacerlo.

Que disponga de copias de toda mi documentación y registros médicos es una violación en toda regla a mi intimidad, pero ¿el hecho de que haya comprado el edificio en el que vivo y que me haya subido el alquiler para echarme de allí?

Eso es toda una declaración de guerra.

¿De qué otras formas habrá intentado joderme la vida?

¿Qué otros hilos habrá movido para ello?

¿Y durante cuánto tiempo?

¿Y por qué? ¿Acaso esto es a modo de venganza? ¿O algo…?

Aprieto los ojos.

No.

Noto cómo estoy a punto de caer en una espiral de desesperación, pero no tengo tiempo de quedarme aquí sentada en silencio mientras entro en pánico y trato de entender la lógica detrás de las motivaciones de Adrian.

Miro el reloj y noto cómo me late el corazón con rapidez.

Se ha ido hace veinte minutos.

Tendré mucha suerte si consigo otros cinco o diez minutos a solas. Podría entrar al despacho en cualquier momento.

La desesperación va a tener que esperar un poquito. Ahora mismo lo que tengo que hacer es revisar esta carpeta todo lo que pueda.

Noto cómo me invade una fría determinación. Todo el miedo, la incredulidad y la indignación que siento se aplastan en una especie de caja que consigo alojar en el desván de mi cerebro.

Y vuelvo a ponerme manos a la obra.

La lectura que hago de los archivos que me quedan es totalmente clínica.

Cuando abro la pestaña de «Finanzas» y encuentro copias de mis movimientos bancarios, de mi tarjeta de débito y de cualquier mínimo centavo que haya podido ver mi cuenta bancaria en los últimos años, no me detengo a analizar el horror que siento.

Y durante todo este tiempo no he tenido ni idea de nada de esto, se me cuela ese pensamiento, aunque no permito que se quede ahí demasiado tiempo. No tengo tiempo para ello.

Hago fotos con el móvil de los documentos más recientes y paso a la siguiente pestaña.

Todas esas preguntas aterradoras que intento ocultar ahora serán para la Poppy del futuro, preferiblemente con un alprazolam encima.

La pestaña de «Contactos» es la más difícil de sopesar.

Quizá haya sido muy necio por mi parte asumir que la violación de mi privacidad terminaría con los pedidos de botellas de vino que hago regularmente o por el informe detallado de la inserción de mi DIU.

Pero claro que no.

Estaba claro que él también iba a querer saberlo todo de la gente que me rodea.

Sin embargo, empiezo a sentir un poco del pánico que estoy tratando de dejar tras una muralla de piedra cuando leo la cantidad de notas que hay sobre LuAnne.

Sobre Joe. Sobre mis antiguos jefes. Sobre mi madre.

Sobre Rick. Sobre la compañera de dormitorio que tuve en Pratt con la que estuve los cuatro años de carrera.

Todas las personas con las que he interactuado durante más de un par de meses están documentadas en esta pestaña en diferentes niveles. Las notas sobre LuAnne son las más detalladas y cuando me doy cuenta de eso empiezo a sentir un fuerte dolor en el pecho.

LuAnne no tiene ni idea de esto.

Ella no tiene ni idea de quién es Adrian realmente, no sabe nada de nuestra historia, ni de todo este… lío y aun así he terminado arrastrándola a esto tan solo porque somos amigas.

La culpabilidad se convierte en confusión cuando encuentro una lista de nombres por separado del resto de información.

Steven, Marcus, Ken…

¿Quiénes demonios son?

¿Acaso se supone que debo conocerlos?

Me quedo de piedra.

Siento cómo un escalofrío me recorre toda la columna vertebral.

Jesucristo.

Quizá habría tardado menos en hacer la conexión mental si hubiera habido alguna foto junto a sus nombres o, mejor aún, si hubiera incluido los apodos con los que solía referirme a ellos en el pasado.

Aun así, en cuanto me doy cuenta de quiénes son, siento cómo se me congela la sangre en las venas.

Steven Krause, un antiguo compañero de Pratt, con el que tuve una única cita hace más de un año.

Marcus (cuyo apellido no consigo recordar y un acento australiano muy falso), un chico con el que salí tan solo dos veces; fue en la segunda cita cuando descubrí lo del acento falso.

Y Ken, el camarero buenorro que terminó siendo un rollo de una noche.

Paseo la vista por toda la lista; el patrón es bastante obvio.

Se trata de una lista con todos los hombres con los que he salido en los últimos diez años, incluso ha incluido nombres como Steven y Marcus, con los que nunca pasó nada más aparte de tomarnos un par de copas en un bar y darnos un abrazo incómodo.

Me quedo fija en el nombre de Ken.

Me acuerdo de él.

No solo porque ha sido de los pocos hombres en Nueva York que ha conseguido pasar el umbral de mi habitación, sino porque recuerdo que se pasó la mañana siguiente en mi cocina, totalmente desnudo, cocinándome unas tortitas que se le acabaron quemando (y probablemente la mejor taza de café que haya probado en toda mi vida).

Y, después de eso, dejó de escribirme de repente.

¿Acaso me dejó de escribir por voluntad propia?

Un único pensamiento me impacta en la mente como si lo hubieran incrustado con un mazo y parpadeo al ver la línea que tacha su nombre en la lista, totalmente horrorizada.

Ay, Dios.

¿Fue por eso por lo que…?

Sacudo la cabeza.

No pienses en eso.

Ahora no.

Intento respirar a pesar de que el pánico está a punto de cerrarme la garganta y le hago una foto a la lista.

Por Dios bendito.

Incluso ha incluido a Ralph de la clase de cerámica, a quien recuerdo haberle dado la mano cuando tenía diecinueve.

Esto parece una lista muy extensiva de todos los hombres a los que he mirado más de un par de veces durante esta última década, pienso mientras escaneo la lista, pero entonces frunzo el ceño.

Todos menos uno.

Vuelvo a comprobar los nombres para ver si estoy en lo cierto y me doy cuenta de que falta un nombre en la lista.

El de Tom.

¿Se ha tomado la molestia de incluir a Ralph, de la clase de cerámica, pero no a Tom?

Me parece un descuido bastante significativo, teniendo en cuenta que llamé a Adrian mientras estaba en una cita con él, pero…

¿Quizá haya dejado de incluir nombres en este registro obsesivo de mi vida amorosa cuando se mudó a Nueva York?

¿Quizá no ha considerado que Tom fuera lo suficientemente relevante?

¿Quizá…?

El sonido de los pasos de Adrian acercándose corta mi monólogo interior.

Se me pone el corazón en la garganta y bajo la mirada hacia la carpeta que tengo totalmente abierta sobre el regazo, cuyos contenidos están totalmente esparcidos por el suelo de su despacho.

Mierda.

Y, entonces, escucho el pomo de la puerta.