Redamancia 18
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Parece que sus gustos literarios no han cambiado demasiado con el paso del tiempo.

Siento una especie de déjà vu cuando paso la mano por las estanterías que se encuentran en el despacho de Adrian, aunque la gran mayoría de libros que tiene bien ordenados en estas son libros de medicina donde se puede leer en el lomo «cirugía cardíaca», así que pierdo el interés rápidamente.

Para sorpresa de nadie, Adrian tiene organizada su biblioteca personal por temáticas y orden alfabético.

Los libros de psicología son un poco más interesantes: La ciencia de la empatía y cómo conectar con las personas, Guía completa sobre la inteligencia emocional y cómo comprender tus emociones .

Me sorprende muchísimo encontrar estos títulos en su estantería, teniendo en cuenta todo lo que sé sobre Adrian Ellis.

Hay otros títulos que también me llaman lo suficiente la atención como para pararme a mirarlos.

La psicología y la neurociencia detrás del amor, La fina línea entre la obsesión y el amor. Ladeo ligeramente la cabeza. Guía práctica para el matrimonio y la monogamia.

Parpadeo.

Parece que sus gustos se han ido expandiendo poco a poco.

Mi lado más retorcido empieza a sentir un atisbo de esperanza, pero intento enterrarlo con rapidez.

No tengo ningún motivo para pensar que haya llegado a comprar alguno de estos libros por mí, me digo a mí misma. Tan solo porque ambos compartamos cierta… historia con una determinada frase de ocho letras no significa nada.

Ambos estamos cerca de cumplir los treinta, no me parecería extraño que Adrian esté tratando de conseguir una relación más seria, aunque sea por las apariencias o para librarse de entrevistadoras pesadas.

Es algo que no me molesta.

Para nada.

No me importa en absoluto que Adrian vaya a casarse con otra persona.

Sé perfectamente que no tendrá ningún problema para encontrar a alguien en esta ciudad y no puedo evitar llegar a imaginármelo: una neoyorquina de cuna, nacida en el Upper East Side, que seguramente no se habrá aventurado más allá de la calle 57.

Alguien que sepa de fotografía y que también sepa dar entrevistas.

Alguien que estaría dispuesta a pasar por alto cualquier…

deficiencia emocional o tatuaje antiguo tan solo para atar lazos con un Ellis. Quizá incluso… No. No voy a ir por ahí.

No es de mi incumbencia.

Solo una noche, ¿recuerdas?

Me desplazo hacia el escritorio. Ni siquiera me molesto en intentar encender su ordenador de última generación, a sabiendas de que un dispositivo de este calibre seguramente requiera su huella o su rostro para poder desbloquearlo.

Sin embargo, me doy cuenta de que hay un cajón bastante profundo en la parte inferior derecha del escritorio.

Qué anticuado.

Me agacho, agarro el asa y hago una pausa cuando la lógica se sobrepone a la curiosidad.

¿Realmente debería estar haciendo esto?

Cotillear entre los objetos personales de Adrian nunca me ha traído nada bueno.

¿Qué es lo mejor que podría pasar? Que no encuentre nada.

¿Y lo peor? Que no encuentre nada, pero que justo aparezca él, me pille husmeando entre sus cosas y se enfade tanto que me saque a patadas de su casa.

Me quedo muy quieta para tratar de oír sus pasos, pero no oigo nada.

Me muerdo el labio.

Tan solo voy a echar un vistazo rápido.

Lo dejaré todo tal y como estaba en caso de que no encuentre nada fuera de lo normal.

Inhalo con profundidad y me espero que el cajón esté cerrado con llave o que empiece a sonar una alarma que diga «¡Poppy está husmeando de nuevo!», pero este se abre con facilidad.

Bingo.

Me quedo en silencio para intentar oír los pasos de Adrian, pero sigo sin captar nada.

¿Estás segura de que quieres hacer esto, Poppy? ¿Y si encuentras algo peor que una libreta o un diario? ¿Y si ahí dentro hay… una mano amputada o algo así?

Me estremezco.

Probablemente suene ridículo, pero se trata de Adrian, así que no puedo descartar esa posibilidad por completo.

Contengo la respiración conforme echo un vistazo al interior del cajón y…

Oh.

Exhalo con alivio.

Tan solo son papeles.

No hay ninguna extremidad amputada ni ningún diario privado.

Al igual que el resto de su despacho, las carpetas de manila oscuras están organizadas y etiquetadas por temáticas, así que me pongo a revisar los títulos.

La mayoría son copias de algunos certificados de su formación médica, documentación del hospital y apuntes de clase. Tan solo tengo que ojear algunos de los documentos para confirmarlo.

Todo parece ser completamente ordinario. Papeles que cualquier persona tendría en el último cajón de su despacho.

No entiendo por qué me siento un tanto decepcionada por no haber descubierto nada sustancial. Tampoco es que quisiera descubrir otro secreto oscuro que me uniera todavía más a Adrian.

E incluso aunque tenga más secretos oscuros, estoy segura de que no los iba a guardar en un cajón que cualquiera podría llegar a abrir, sin importar lo privado que pueda a llegar a ser su despacho.

Estoy segura de que ya habrá aprendido bien la lección conmigo.

Suspiro con intención de cerrar el cajón y fingir que estos últimos cinco minutos de búsqueda nunca han existido hasta que mis ojos se topan con una carpeta que se encuentra justo al fondo.

Una carpeta sin etiquetar.

Qué raro, pienso. Todas las carpetas de este cajón están muy bien etiquetadas.

Cuando me acerco más para inspeccionarla, me doy cuenta de que es una carpeta muy gruesa, lo que significa que voy a tener que sacarla por completo si quiero examinar sus contenidos.

Seguramente sean más notas de clase que se haya olvidado de organizar.

Me quedo mirando a la carpeta mientras la curiosidad y la ansiedad parecen tener una batalla campal en mi cabeza.

No merece la pena arriesgarme. Adrian podría aparecer en cualquier momento y volver a pillarme husmeando en sus cosas… otra vez.

Miro hacia la puerta, pero el único sonido que escucho es el de mi propio corazón latiendo.

No… Definitivamente, no merece la pena arriesgarse.

Rozo la carpeta con los dedos.

Solo echaré un pequeño vistazo y ya.

Consigo sacar la carpeta con facilidad y, cuando me aseguro de que no ha empezado a sonar ninguna alarma antirrobo, me siento con las piernas cruzadas en el suelo y agudizo el oído para tratar de captar cualquier señal de unos pasos acercándose.

Sigo sin oír nada, así que aparto la cuerda de la carpeta y la abro.

Normal que parezca tan grande, es lo primero que pienso, ya que tengo delante cientos de papeles.

Como ya cabe esperar de Adrian, la carpeta está dividida en diferentes secciones, cada una etiquetada con su propia letra elegante.

Legal

Documentación

Historial médico

Contactos

Finanzas

Frunzo el ceño, ya que esas etiquetas solo me producen confusión.

¿Qué demonios es esto?

Por puro capricho, abro la primera etiqueta y examino los papeles grapados que hay al principio. Parece un contrato de compraventa, según pone en el título en negrita y subrayado del documento.

La jerga jurídica no es que se me dé especialmente bien, pero consigo discernir que se trata de un edificio que Adrian ha comprado.

¿Será la escritura de este ático? Me pregunto.

¿Estaré en lo cierto?

¿Será tan solo una carpeta donde guarda las copias de este tipo de documentos?

Eso explicaría su tamaño.

Pero en cuanto me doy cuenta de la dirección que aparece en el documento me quedo totalmente paralizada. Es como si me hubieran pegado un puñetazo en el estómago.

No.

No puede ser.

Abro mucho los ojos y empiezo a revisar el resto del contrato, en caso de que haya malinterpretado algo, porque no estoy dispuesta a admitir lo que creo que es. Sin embargo, en la página siete, justo al lado de la firma de Adrian, aparece el nombre del vendedor y se confirman mis peores sospechas.

Durante los últimos seis meses Adrian Ellis ha sido el propietario del edificio en el que vivo.