17
Vivir en Nueva York hace que tu percepción de la riqueza y la afluencia se vea muy distorsionada.
Aquí no son los bolsos de diseño ni los accesorios lo que indican que alguien tiene mucho dinero, sino las propiedades.
Tener aparcacoches. Un apartamento con cuatro dígitos de metros cuadrados y espacio para varios sofás. Vistas a Central Park.
Tan cual como está distribuido, estoy muy segura de que podrían caber al menos diez sofás bien grandes en el ático multimillonario de Adrian situado en la Quinta Avenida, por no hablar ya del garaje o que se accede al piso a través de un ascensor privado.
—¿Quieres que te haga una visita? —Adrian se coloca detrás de mí y me rodea la cintura con los brazos. Puedo sentir su aliento frío rozándome la oreja—. ¿Una visita muy rápida?
No me fío de no terminar boquiabierta como un pez o de empezar a imaginarme cuantos metros cuadrados puede tener su casa, así que simplemente asiento, a pesar de que siento cómo la ansiedad me azota el estómago como si fuera una tormenta de arena.
Estoy bien, me digo a mí misma. Todo esto va bien y no es para nada arrollador.
Siento la pérdida momentánea del cuerpo de Adrian contra el mío cuando se aparta para toquetear algo en el móvil antes de que se enciendan varias luces e iluminen todo el espacio al completo.
Intento no abrir la boca.
Todo va completamente bien.
—Esta es la cocina. —Señala primero, pero casi no me da tiempo a admirar los armarios negros y las encimeras de mármol oscuro antes de que me dirija hacia otra estancia—.
El comedor… —Asiente hacia una lámpara de araña y una mesa enorme de cristal.
Ambas podrían formar parte perfectamente de una colección de arte contemporáneo—. Y el salón.
Cuento al menos tres sillones de cuero italiano y el increíble proyector que seguramente le sirva como cine, pero son los ventanales que ofrecen una vista completa a Central Park lo que realmente me capta la atención.
No me puedo llegar a imaginar lo que sería dibujar con toda esta luz natural , pienso. El cuchitril al que yo llamo ventana no es nada comparado con esto.
—Estoy segura de que todo mi apartamento podría caber en esta sala. —Me rindo en tratar de no parece impresionada cuando llegamos a su despacho, un estudio muy espacioso con estanterías que van del suelo hasta el techo y un enorme escritorio.
Veo una chimenea de gas en la esquina, aunque no proporciona demasiada calidez a la sala y entonces me doy cuenta de la única cosa que me ha molestado desde que he puesto un pie en esta casa.
Como si pudiera sentir mi cambio de humor, Adrian, quien todavía sigue apoyado en el marco de la puerta, me pregunta:
—¿Qué ocurre?
—Nada. Tu ático es muy bonito. —Sacudo la cabeza, pero puedo ver por la mirada que me echa que no va a dejarme escapar hasta que no se lo cuente—. Tan solo es que me parece un poco… frío.
Tan frío como estar en plena calle a bajo cero casi al borde de congelarte.
Adrian alza una ceja.
—Este apartamento ha sido obra de Roffe Ture. —Ante la mirada de incredulidad que le hecho, Adrian añade—: Un diseñador sueco muy famoso por todo el mundo.
Suena un tanto ofendido y yo alzo ambas manos en señal de derrota.
—Y estoy segura de que ese diseñador reconocido en todo el mundo sabe mucho más de diseño que yo, tan solo era una mera observación.
Adrian se cruza de brazos.
—Y, según tu mera observación, algunos aspectos del diseño parecen fríos.
—No es el diseño.
—Entonces son los muebles.
—No, tampoco es eso. —Sacudo la cabeza—. Todo lo que me has enseñado parece sacado directamente de una revista de arquitectura. Todo es muy bonito, pero parece… un escenario.
—¿Un escenario?
—Aquí no parece que viva nadie —le digo antes de pasar los dedos por el escritorio de madera—. ¿Ves? Ni una sola mísera mota de polvo.
—Tengo contratada a una limpiadora que se pasa por aquí tres veces por semana. Me ofendería mucho si hubiera polvo —reitera—. Jamás me habría imaginado que la limpieza venía ligada con que un hogar fuera frío.
—Vale, deja a un lado el polvo —le digo—. También parece como si nadie se hubiera sentado nunca en tu sofá o ensuciado un plato en tu cocina. Todo parece muy… estéril.
Adrian alza las cejas como si estuviera confundido de verdad.
—No entiendo por qué eso parece implicar una connotación negativa. Los ambientes estériles son los más sanos. Libres de bacterias. Totalmente limpios. ¿Acaso tú no quieres vivir en un hogar estéril?
—¿Limpio? Sí. ¿Estéril? Para nada —le respondo—. Se supone que este lugar debería hacerte sentir como en casa.
—¿Y dejar los platos sucios en el fregadero hará que me sienta como en casa? —me responde con sarcasmo—. ¿Para quién? ¿Para mí o para las cucarachas?
Suelto una risita.
—No se trata de que tu casa sea un desastre.
La cualidad de hogar la otorgan los pequeños detalles —le explico—.
Fotos de tus amigos o de tu familia en la repisa de la chimenea.
Una colección de vasos de chupito de la universidad.
La manta en el sofá que siempre huele a gato, sin importar cuántas veces la laves.
Las cincuenta mil velas casi consumidas en el baño.
La mesita del salón astillado cortesía de tus amigos borrachos a las dos de la mañana.
Los recuerdos del hogar que dentro de poco voy a dejar de tener hacen que se me forme un nudo en la garganta. Me remuevo un tanto incómoda por la oleada de nostalgia.
—En fin —le digo—. Supongo que ya lo vas pillando. Es muy sentimental, pero creo que son esos pequeños detalles, las cosas que te conectan con las personas que te importan, lo que convierten una casa en un hogar.
Y sé de lo que hablo.
Me he pasado los primeros dieciocho años de mi vida viviendo en un lugar al que nunca he podido considerar hogar.
—Ya veo. —El rostro de Adrian casi parece hecho de piedra a juzgar por la expresión tan neutra que me está mostrando. Y de pronto me doy cuenta.
Él no lo entiende.
Porque Adrian nunca ha tenido ninguna conexión emocional con nadie. Nunca. Ni con su familia, ni con sus compañeros en Lionswood, ni siquiera ahora, con sus compañeros de trabajo.
Finge tener interés en sus vidas. Les sonríe. Siempre hace las preguntas adecuadas. Les hace sentir que pueden confiar en él y contarle cualquier cosa y los engaña para que crean que el vulnerable es él.
Pero tan solo puedes fingir tener una conexión desde lejos, me doy cuenta. Si te acercas demasiado, pronto empezarás a notar las grietas tras la fachada de perfección.
No existen tantos muebles caros, utensilios prácticos o metros cuadrados para rellenar la falta de humanidad que se puede apreciar en este apartamento.
Me arrepiento un poco de todo lo que le he dicho.
Bien hecho, Poppy. Un hombre te trae a su ático multimillonario para conectar físicamente durante una noche y tú te dedicas a ridiculizar su falta de conexión emocional.
Me aclaro la garganta.
—Quizá algún cuadro en la pared, una foto o algo por el estilo pueda serte de ayuda —le digo para tratar de salvar la situación—.
Además, te acabas de mudar. A veces lleva un poco de tiempo que una casa se sienta como tu hogar.
—Resisto el impulso de retorcerme bajo su mirada, tan penetrante como siempre.
Adrian se queda callado y mi arrepentimiento se convierte en ansiedad.
¿Acaso está enfadado?
¿Me he pasado de la raya?
¿He arruinado la noche antes incluso de que esta haya empezado?
Abro la boca para disculparme, pero entonces Adrian se aparta del marco de la puerta y se acerca.
—¿Tan solo son las cosas las que pueden convertir una casa en un hogar? —Me coloca las manos en las caderas—. ¿O…? —Se agacha y me deja un beso casto sobre la mandíbula—. ¿Puede una persona lograr eso?
Me quedo de piedra.
¿Está insinuando lo que creo que está insinuando?
No estoy del todo segura, pero noto cómo el corazón empieza a galoparme de todas formas.
No te vengas arriba, Poppy, me dice la vocecita de la lógica en la cabeza. Todavía no te ha prometido nada. Un antiguo tatuaje que seguramente se hizo cuando tenía el corazón roto y un solo comentario no significa que sea capaz de quererte, ni a ti ni a nadie.
Y lo sé.
Pero en este momento en particular, no consigo centrarme en la falta de emociones de Adrian, no cuando me está dejando un reguero de besos por todo el cuello.
No necesito promesas, confesiones o conexiones con él, me miento a mí misma. Tan solo necesito una noche.
—No tienes ni idea de lo que tengo planeado para ti —me murmura contra la piel y siento la emoción por toda la espina dorsal.
Solo una noche y mañana mismo empezaré a ir a terapia.
Adrian succiona justo en el punto más sensible de mi cuello y yo jadeo.
Solo una noche, me prometo a mí misma. Y me dedicaré a salir solo con chicos buenos sin problemas graves de apego emocional o amigas de la universidad posesivas.
Solo una noche y… ¿Qué demonios es lo que está vibrando?
Tardo un segundo en registrar la sensación y otro segundo más en darme cuenta de que proviene de los pantalones de Adrian.
¿Hace tanto tiempo que no echo un polvo que no me he enterado de que la anatomía masculina ha evolucionado tanto?
Adrian gruñe con los labios todavía pegados a mi cuello y saca el móvil que no para de vibrarle del bolsillo. Vaya. Eso tiene mucho más sentido.
Le echa un solo vistazo al nombre que aparece en la pantalla y veo cómo aprieta la mandíbula.
—Por supuesto —murmura y entonces, muy lentamente, como si tuviera que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para apartarse de mí, da un paso atrás.
—¿Quién es? —pregunto, sin poder evitar sonar irritada.
Si le están llamando a estas horas e interrumpiéndonos… Más vale que sea un asunto de vida o muerte.
Adrian se pasa una mano por el pelo.
—Es del hospital —suspira—. Estoy de guardia esta semana.
Alzo las cejas. El concepto me suena vagamente después de haber vivido bajo el mismo techo que LuAnne durante seis años.
—Se supone que tienes que responder a todas las llamadas, ¿no?
Quizá sí se trate de un asunto de vida o muerte, después de todo.
—Por desgracia, sí. —Adrian vuelve a apretar la mandíbula y murmura algo casi ininteligible, aunque juraría haber captado algo con las palabras «dejar» y «morir» antes de que se gire para besarme—. Te prometo que no voy a tardar más de unos minutos, cariño.
Asiento.
—Mientras tanto… —Otro beso—. Vas a portarte bien y no te vas a mover de aquí hasta que no vuelva.
No puedo evitar la respuesta juguetona que se me escapa de los labios.
—¿Y qué pasará si no me porto bien?
Adrian sonríe, una sonrisa amplia y brillante.
—Entonces… —Se vuelve a agachar, a besarme y lleva los labios hacia el lóbulo de mi oreja— contestaré a la próxima llamada mientras tengo tus labios alrededor de mi polla.
Casi me ahogo porque no esperaba para nada esa respuesta, aunque Adrian ya está saliendo por la puerta del despacho, con el teléfono presionado a la oreja. Oigo cómo su fachada educada y encantadora regresa de nuevo.
La puerta se cierra detrás de él y puedo oír sus pasos alejándose por el suelo de parqué.
Suelto una exhalación temblorosa.
Eso ha sido… interesante.
El deseo que siento en la parte baja del abdomen empieza a volverse primero incómodo y luego insoportable conforme van pasando los minutos.
¿Cuál es la definición exacta de «unos minutos»?
¿Más de uno? ¿Menos de cinco? ¿Menos de diez?
Reviso todas mis redes sociales. Le escribo a LuAnne para informarle de que tengo quince mil dólares más en la cuenta. Contesto a todos los mensajes de felicitaciones de los antiguos compañeros de Pratt. Compruebo la carpeta de correo no deseado. Incluso hago la palabra del día.
Hago de todo, menos moverme, pero cuando la ausencia de Adrian supera los diez minutos, decido que ya va siendo hora de encontrar otro entretenimiento.
No debería de molestarse por esto, pienso. A estas alturas, ya debería de saber lo que pasa cuando me deja a solas en su despacho.
Probablemente no sea una defensa que pueda decir delante de un juez, pero… Me guardo el teléfono.
Y entonces empiezo a husmear.