16
Le rozo los labios con los míos.
Es un beso tentador. Suave. Le pido permiso.
La única respuesta que recibo es él quedándose congelado debajo de mí y, durante un segundo, me preocupa haber malinterpretado toda esta situación.
Mierda.
Él no quiere esto.
Y ahora me va a tocar mudarme de continente y cambiarme de nombre.
Aparto los labios de los suyos.
—Lo…
No consigo pronunciar ni una sola sílaba antes de que sus grandes manos se coloquen a ambos lados de mi rostro, vuelva a estampar sus labios contra los míos y se trague el resto de mi disculpa.
Hostia.
La electricidad se abre paso entre nosotros y me permito unos instantes de rendirme ante este beso.
Su lengua me obliga a abrir la boca con la misma fuerza y urgencia de un hombre totalmente sediento y yo la abro a modo de invitación silenciosa: Tómame. Toma todo lo que quieras.
Y eso es justo lo que hace.
Me echa la cabeza hacia atrás con las manos todavía a ambos lados de esta, así que no tengo más opción que dejarle controlar a él el beso. Le coloco las manos en la nuca, me presiono más hacia él…
—¡Id a un hotel!
No estoy segura de ser capaz de sentir vergüenza por estar besando a Adrian Ellis, pero el coro de grititos y risas entrecortadas del grupito de estudiantes universitarios borrachos que acaba de pasar a nuestro lado me corta todo el rollo y me sirve como recordatorio para darme cuenta de que nos estamos enrollando a casi bajo cero.
En una acera pública.
Cualquiera podría pasar por nuestro lado, hacernos una foto y colgar nuestras caras por todo internet.
Como si acabara de llegar a la misma conclusión que yo, Adrian se aparta y solo puedo ver fuego en sus ojos obsidiana.
—Esta noche te vas a venir conmigo a casa —me dice y la suavidad de su tono casi enmascara por completo el hecho de que no me lo está preguntando.
Aun así, asiento de todas formas.
Él sonríe con calidez y vuelve a inclinarse para besarme.
Tardamos veinte minutos en coche en llegar al ático de Adrian en el Upper East Side y espera aproximadamente otros treinta y tres segundos (que es lo que tarda en abrir la puerta del coche, ordenarle a su chófer que nos lleve a casa y subir el cristal que separa ambas partes del coche) antes de volver a besarme de nuevo.
—¿Sabes cuántas veces he tenido que resistir el impulso de no tocarte esta noche? —murmura contra mis labios.
No sé cómo, pero termino sentada a horcajadas sobre su regazo, una posición que sería muy incómoda en el asiento trasero de cualquier otro coche, pero los asientos de cuero suave de su BMW consiguen que quepa incluso alguien del tamaño de Adrian.
Olvida lo demás… podríamos follar aquí mismo, pienso y me arrepiento al instante cuando mi mente se imagina lo más obvio: yo, Adrian, una pila de ropa amontonada a un lado y las ventanas empañadas.
¿A esto hemos venido?
¿Vamos a follar en un coche en movimiento?
Adrian me muerde el labio inferior con un gesto juguetón.
—Casi puedo oírte pensar. ¿Qué ocurre?
Me aparto lo suficiente para poder hacer contacto visual con él.
—El cristal… ¿Está insonorizado?
A Adrian le brillan los ojos.
—Te prometo que no pienso permitir que nadie escuche nunca… —Vuelve a morderme el labio inferior con bastante fuerza y yo jadeo— …esto y permitir que sigan viviendo.
Esa frase no debería de hacerme sentir calor por todo el cuerpo, pero eso es justo lo que consigue hacerme sentir. Adrian se da cuenta al instante.
—¿Acaso eso te pone? —murmura y veo cómo alza la comisura del labio—. ¿Saber que mataría a cualquiera que llegara a oír cómo te corres? ¿Incluso aunque fuera por accidente?
Siento una corriente de placer y presiono las caderas por instinto contra las de él porque… joder, sí, me pone mucho.
Me pone muchísimo más de lo que debería y no estoy segura de si es porque me lo ha dicho Adrian, alguien que tiene la capacidad de leer un artículo científico en voz alta y dejarme con las bragas empapadas, o porque sé que lo dice en serio.
Sé que no son palabras vacías y repletas de lujuria de algún exuniversitario que no le haría daño ni a una mosca.
Este es el mismo hombre que casi le rompe la mandíbula a un chico por llamarme guapa.
El mismo hombre que me dijo que pondría el mundo a mis pies. El mismo hombre que chantajeó y sobornó al chico al que le arruiné la vida.
Hago una pausa mientras noto cómo el calor que siento en el vientre bajo no para de crecer.
El mismo hombre que no pudo decirme que me quería.
Quien, según me confesó hace tan solo unas semanas, ya había pasado página.
Quien seguramente le diga a todas sus parejas que mataría por ellas. Puede que incluso haya follado con alguien también aq…
Su agarre en mi cintura se intensifica hasta el punto en el que casi me duele y yo suelto un gemido suave.
—Estás volviendo a pensar. —Hace un chasquido con la lengua, como si no fuera más que una niña que se porta mal y que ha cogido una galleta del bote de la cocina después de que le dijeran que no podía hacerlo.
Han pasado diez años. Yo he tenido otras parejas, él también… No dejes que tus celos (irracionales) te arruinen la noche.
Y lo cierto es que no me apetece hablar de mis celos irracionales.
Así que opto por un enfoque distinto.
Muevo las caderas contra él de nuevo, mucho más fuerte esta vez, y escucho cómo suelta la respiración que estaba reteniendo.
Es una victoria temporal porque, cuando me dispongo a hacerlo por tercera vez, me clava las manos en las caderas.
—Dímelo —me ordena—. Dime en qué estabas pensando.
Aprieto con las manos, que tengo situadas en sus hombros para mantener el equilibrio, la tela de su jersey con más fuerza de la necesaria.
—¿Por qué?
Sus ojos negros me dejan de piedra.
—Porque quiero saber todos y cada uno de los pensamientos que se pasan por tu cabeza, sin importar lo nimios que puedan parecer.
—Hace una pausa—. Porque… —Aprieta la mandíbula y aparta la mirada, como si le irritara el simple hecho de tener que admitirlo—.
Me molesta cuando no sé en qué estás pensando.
El hecho de que puedas estar pensando algo, por muy pequeño o insignificante que sea, y que yo no lo sepa… me inquieta más de lo que debería.
Si esto lo hubiera dicho cualquier otra persona, pensaría que me acaba de soltar una hipérbole, pero puedo ver la seriedad en los ojos de Adrian y sé que lo ha dicho totalmente en serio.
Porque es un obseso del control, pienso. Supongo que el tiempo no ha logrado hacerle cambiar eso.
No estoy muy segura de qué hacer con esta petición, así que me aclaro la garganta.
—Estaba pensando en ti. —Me remuevo, más que incómoda—. Con otras personas.
Adrian ladea la cabeza.
—Lo cual no es de mi incumbencia —añado enseguida—. Pero si vas a llevarme a tu casa esta noche, necesito saber que ahora mismo no estás saliendo con nadie.
Adrian vuelve a inclinarla un poco más.
—No te estoy pidiendo una lista de tus rolletes de una noche ni nada por el estilo —aclaro—. Tan solo… quiero saber que no tienes ninguna novia que pueda enfadarse por lo que vaya a suceder ahora mismo.
Adrian sigue sin responderme y empiezo a desesperarme.
¿Acaso sí hay alguien? ¿Por eso se mantiene en silencio? Quizá se haya dejado llevar un poco conmigo y mientras tanto haya alguna supermodelo en otra ciudad esperando a que su novio le mande un mensaje.
Siento la amargura en el fondo de la garganta y abro la boca, preparada para decirle que no me interesa revivir la química del pasado si él ya se ha comprometido con otra persona que seguramente le esté esperando ahora mismo. Pero entonces Adrian se ríe.
Es una risita grave que me acaricia la piel.
—Cariño… —murmura y le resplandecen los ojos con tanta calidez que es casi sorprendente—. Parece que no lo entiendes, ¿verdad?
Entonces hace un gesto que no habría podido llegar a predecir ni en un millón de años. Con una mano se desabrocha los tres primeros botones del jersey y se lo baja hasta que…
Oh.
Oh.
Por un instante no termino de comprender qué es lo que estoy mirando porque… no. No puede ser. Esto no puede ser lo que creo que es.
Abro mucho los ojos y los alzo hasta los suyos esperando a que me confirme que es de mentira, pero él simplemente asiente.
Ay, madre.
Justo debajo de la clavícula y encima del pecho, Adrian me muestra un tatuaje de una amapola.
—Tienes un tatuaje. —La sorpresa tiñe mi voz y mis dedos temblorosos se colocan sobre la piel que tiene expuesta para comprobar que la tinta no vaya a desaparecer si aplico un poco de presión.
Pero eso no sucede.
—Tienes un tatuaje —repito, pero no suena mucho más creíble la segunda vez—. En mi honor.
Y a juzgar por la falta de rojez y cicatrices, no es un tatuaje que se haya hecho hace poco.
—¿Cuándo te lo hiciste? —Me tiembla la voz casi tanto como la mano.
La intensidad en su mirada es casi sofocante.
—Hace unos cuantos años.
Le miro con la boca abierta.
—¿Hace años? ¿Llevas este tatuaje desde hace años?
—Sacudo la cabeza y no me puedo llegar a creer que el Adrian con el que llevo hablando estas últimas semanas, el Adrian que me recomendó que pasara página, el Adrian que se ha pasado una década entera sin escribirme siquiera, haya tenido esto sobre la piel todo este tiempo.
Siento un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
¿Por qué ibas a tatuarme permanentemente sobre tu piel y después pasarte los siguientes diez años pretendiendo que no existo?
Me acuna el rostro y, a pesar de lo confundida que estoy, me inclino hacia su roce.
—Al principio se suponía que iba a ser un recordatorio de que sí poseo la capacidad de sentir algo por otro ser humano —me explica—.
Pero últimamente creo que me recuerda a otra cosa.
—Suelta una suave exhalación y sacude la cabeza—.
Bueno, últimamente no. Siempre ha sido un recordatorio de los dos, de ti.
Pero últimamente me he dado cuenta de que es incuestionable.
Hay muchas cosas que tengo que analizar, pero mi cerebro se queda atascada en una sola palabra: incuestionable.
Puede que yo me haya pasado los últimos diez años pensando en Adrian, pero él me ha tenido marcado en su piel de forma permanente. Una herida que ha sangrado, formado costras, se ha descamado y ha cicatrizado en su tejido conjuntivo, donde residirá para siempre.
Siento una cantidad de emociones inexplicables en el pecho, como el tipo de temblor que siento tras haber consumido demasiada cafeína y se me escapa la risa sin poder evitarlo.
Adrian alza una ceja acusatoria y yo sacudo la cabeza.
—Lo siento —le digo—. Tan solo estaba tratando de imaginarte a ti entrando en una tienda de tatuajes. Me cuesta mucho llegar a imaginármelo.
Él suelta un bufido.
—Venga ya. Este tatuaje me lo hicieron en privado, en mi propia casa, donde podía estar cien por cien seguro de que el entorno era totalmente estéril. Me lo hizo un tatuador muy famoso de Tailandia.
Eso tiene mucho más sentido.
—Te pega —murmuro mientras trazo el patrón del dibujo. No hay color ni demasiados detalles en el tatuaje, tan solo unas líneas finas y delicadas que se curvan justo encima de su corazón.
Y no pondría la mano en el fuego, pero estoy muy segura de que el diseño me suena muchísimo. ¿Serán los pétalos? ¿La forma del tallo?
Puedo sentir la inquietud en el fondo del cerebro.
¿Por qué siento que me estoy perdiendo algo?
Como si fuera…
Adrian vuelve a besarme con fuerza y pierdo la habilidad de respirar y el hilo de pensamientos durante el resto del camino.
Aunque la inquietud no desaparece del todo.