15 #3
Ocean vuelve a asentir.
—Estamos esperando a recibir el último certificado del banco —me explica—. Pero, sí, han comprado la colección al completo.
Sacudo la cabeza, todavía sin poder creérmelo.
—¿Y cuándo ha ocurrido?
—Recibimos la llamada unas horas antes de que empezara la exposición —me dice y a mí se me cae la mandíbula al suelo.
—¿Antes de la exposición?
—Suele ser algo bastante inusual —me explica—. Pero nos ocurre de vez en cuando. Solemos mostrar unas cuantas fotos de la colección en internet veinticuatro horas antes de la exposición y, ocasionalmente, los compradores se hacen con ellas antes incluso de que se expongan.
Quince mil dólares.
He ganado quince mil dólares antes incluso de entrar por la puerta esta noche.
Me parece totalmente surrealista, no importa cuántas veces me repita el número en la cabeza.
—Lo más raro de esta compra ha ocurrido justo después.
Normalmente, a pesar de que alguien compre una colección al completo, la mantenemos durante un mes en la galería para que el público pueda venir a apreciarla, pero este comprador ha insistido en que se la entreguemos cuanto antes.
—Ocean suspira y puedo notar lo exhausta que suena—.
Vamos a tener que enviársela esta semana.
—Sí que suena extraño… —Hago una pausa cuando se me pasa un pensamiento muy particular por la cabeza.
No puede ser.
—Ocean —le digo—. ¿Podrías decirme quién ha sido el comprador?
—No estoy del todo segura. —Se encoge de hombros—.
Ha sido una compra anónima, lo cual no es para nada extraño.
Hay muchos compradores con un alto nivel adquisitivo que prefieren evitar dar sus datos en este tipo de compras.
No quieren acabar siendo el titular en alguna revista de cultura pop que termine diseccionando el porqué puede haber adquirido esa colección en concreto.
Tiene que ser alguien que tenga mucho más que un alto nivel adquisitivo, me digo a mí misma. Acaba de comprar una colección que vale veinte mil dólares y no me quiero ni imaginar por cuánto le saldrán los gastos de envío.
—¿Recuerdas algo de la persona que llamó? ¿Cómo sonaba? —le pregunto y cuando Ocean me mira con rareza, añado—: Es que… Estoy muy conectada espiritualmente con estos cuadros, Ocean. Necesito saber que las ha comprado alguien con la misma energía que desprendo yo.
A Ocean se le suaviza el rostro.
—Entiendo. Me suele costar mucho discernir las energías por teléfono, pero la compradora parecía ser una mujer. Y tenía un acento… británico, creo.
Suelto un suspiro aliviado.
De acuerdo.
Una compradora británica.
Es imposible que haya sido Adrian.
—Hablando de energías —dice Ocean, cruzándose de brazos—. La tuya parece… desequilibrada esta noche.
Llevo toda la noche sintiéndome como un complemento, estoy tratando de averiguar qué clase de sentimientos platónicos siento por mi exnovio y parece que acabo de ganar quince mil dólares… Desequilibrada suena bastante correcto, quiero decirle.
Sin embargo, me rasco la nuca con incomodidad.
—Ha sido una noche muy larga.
—No creo que se trate de eso. —Ocean me examina como si fuera una emisora de radio que está tratando de sintonizar—. Te noto… preocupada por algo. Pareces tener un conflicto entre la cabeza y el corazón.
Me da un vuelco el estómago.
—Algo parecido, sí.
Es como si mi corazón estuviera en una batalla campal ahora mismo.
Espero a que intente sonsacarme más información, pero Ocean tan solo asiente pensativa.
—Yo creo que deberías hacerle caso al corazón.
Suelto un bufido silencioso.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
Ocean ladea la cabeza.
—Parece que siempre has escuchado a tu cabeza hasta el momento y que no estás muy satisfecha con el resultado. Así que quizá ya va siendo hora de que le des al otro órgano una oportunidad.
Abro la boca, preparada para hacerle miles de preguntas, pero Ocean me aprieta el hombro y desaparece entre la multitud.
¿Qué demonios?
En cualquier otro momento, cualquier otra noche, me habría reído si alguien me hubiera dicho que le hiciera caso a mi corazón, pero las palabras de Ocean me calan hondo.
Dicho así, suena muy simple.
Ignora a la cabeza y sigue a tu corazón.
Rechaza la lógica y sigue tus emociones.
Abandona todos los instintos de supervivencia que tienes grabados en el cerebro y… ríndete. Sigue la corriente hasta donde sea que decida llevarte, ya sea un corazón roto, probablemente acabar muerta o cualquier otro tipo de consecuencias desastrosas.
¿Acaso merece la pena luchar por Adrian a pesar de que sé que la cosa puede acabar muy mal?
Mi propio cuerpo me responde.
Me muevo entre la multitud y el órgano en cuestión comienza a latirme en las costillas, pero… ¿dónde está?
Con lo alto que es, es obvio que no se encuentra en la sala, así que el ánimo se me desinfla al instante.
¿Acaso ya se ha marchado?
El frío glaciar de Nueva York me saluda cuando salgo de la galería, pero no consigue hacer el mismo efecto que cuando me doy cuenta de que no hay ningún BMW negro aparcado en ninguna parte.
Parece que se ha marchado de verdad.
Exhalo y el frío se me mete en los huesos como si fuera un castigo bien merecido.
He perdido mi oportunidad.
—¿Cariño?
Me da un vuelco el corazón.
Me giro, casi convencida de que debo de estar alucinando, pero Adrian se encuentra a menos de cinco metros en la acera con el móvil presionado al oído.
—Dame un segundo —le dice a quien sea que esté en la otra línea—. Luego te llamo.
Siento un nudo en la garganta cuando se acerca hacia mí.
—No te has ido.
—Claro que no —me dice—. Tan solo he tenido que salir un segundo a atender una llamada de trabajo. ¿Dónde está tu abrigo?
Adrian ya se está quitando el suyo y a mí me da otro vuelco el estómago cuando se acerca lo suficiente como para colocármelo alrededor de los hombros.
Huele a él, a cedro y a sábanas limpias, así que inhalo con profundidad.
Podría vivir con este aroma por el resto de mi vida.
Adrian va a dar un paso atrás, pero yo extiendo el brazo y se lo coloco sobre el antebrazo.
Él se queda muy quieto.
Me mira y le resplandecen los ojos con… ¿curiosidad? ¿Interés? No consigo descifrar la emoción en específico que veo en su mirada, tan solo sé que no parece miedo ni repulsión, y eso es todo lo que necesito para recobrar el coraje.
Puedo acabar con el corazón roto o probablemente muerta.
Esas consecuencias tan familiares no paran de darme vueltas por la cabeza, pero esta vez decido apartarlas a un lado.
Escoge al corazón en vez de a la cabeza.
Escoge la ruina en lugar del instinto de supervivencia.
Así que me pongo de puntillas y le beso.