Redamancia 15 #2
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15 #2

—Trata más bien de la ambigüedad de la moral —digo—. Estaré encantada de responder a cualquier pregunta que puedan tener.

Casi parece que le haya hablado a una de las figuras de mármol que se encuentran en otra sala porque no recibo respuesta alguna a cambio.

El coleccionista apenas asiente antes de girarse de nuevo hacia Ocean.

—¿Sabes? Podría ver esta colección en… —El resto de la frase es en francés y cien veces más rápido, así que no consigo sacarle partido al año que cursé ese idioma como lengua extranjera en Lionswood.

Sin embargo, Ocean no parece tener ningún problema con el cambio de idioma. Asiente una sola vez y después le responde en francés.

Vaya, qué conveniente.

Mi sonrisa no desfallece, pero sí lo hace mi estado de ánimo. El vacío que he sentido antes regresa por duplicado mientras Ocean se encarga de responder más preguntas.

Es la noche más importante de mi vida y me siento como un mero complemento, pienso. Como si solo fuera otra parte de la colección que comentar y no la creadora de la misma.

Desentrelazo el brazo del de Ocean mientras ella sigue debatiendo mi técnica de acuarelas con un coleccionista de Japón.

—Si no te importa, voy a por otra copa.

Ocean hace una pausa y asiente con entusiasmo. Me lo tomo como el permiso necesario para desaparecer.

¿Dónde demonios se han metido LuAnne y Joe?

Por desgracia, hay mucha más gente en la sala de la que había hace una hora, así que termino navegando en un mar de atuendos negros. Abro bien los ojos para tratar de distinguir cualquier atisbo de unos ojos color miel.

¿Acaso ya se han marchado?

Me giro hacia la entrada y… no puede ser.

Casi se me para el corazón y parpadeo para asegurarme de que realmente estoy viendo lo que creo que estoy viendo, pero Adrian Ellis no es el tipo de hombre que podrías llegar a confundir por otra persona.

Está aquí.

Está aquí de verdad.

Los focos de la galería le iluminan y casi parece ser él el que tendría que estar expuesto esta noche, con los rizos oscuros bien peinados y un traje totalmente negro que no ayuda a ocultar el físico perfecto que esconde debajo.

Ha venido de verdad.

Y no me da tiempo a analizar el porqué, el cómo o el qué porque, en cuanto le ofrece el abrigo a una de las personas que se encuentran en el guardarropa y alza la mirada, sus ojos se clavan en los míos.

Se me corta la respiración y no sabría cómo describir el cambio imperceptible en el aire o por qué se siente distinto a cualquier otra vez que hayamos cruzado la mirada en medio de una sala repleta de gente, pero eso es justo lo que ocurre.

Siento una corriente cargada de tensión que es imposible ignorar.

Y estoy casi segura de que él también lo siente, a juzgar por la intensidad que puedo ver en sus ojos cuando se dirige hacia mí.

—Cariño —me dice y ese apodo, ese maldito apodo, me deja totalmente paralizada—. Estás guapísima esta noche.

También me quedo paralizada cuando se agacha para abrazarme, pero eso es justo lo que hace. Me coloca una enorme mano sobre la nuca de una forma que parece ser demasiado íntima para encontrarnos en medio de una sala repleta de desconocidos.

¿Qué está pasando aquí?

Estoy muy segura de que he conseguido imitar a la perfección a un ciervo al que han cegado en medio de la carretera porque, cuando se aparta de mí, lo único que puedo pronunciar débilmente es:

—Has venido.

Él inclina la cabeza hacia un lado.

—Pues claro que he venido.

Sigo notando todo el cuerpo e incluso el cerebro electrizado, así que me tomo un momento para parpadear.

—No me habías dicho que ibas a venir —le digo.

¿Cómo es que todavía puedo sentir el calor de sus dedos sobre la nuca?

—De hecho, no me has dicho nada —continúo—. Durante varios días. —Necesito hacer un esfuerzo físico muy grande para aferrarme al enfado, la decepción y todas esas emociones que sentía justo antes de que entrara por la puerta pareciendo una de las creaciones del mismísimo Miguel Ángel.

—Lo siento. —Agacha la mirada, casi con timidez—. He tenido una semana muy ocupada. Había muchas cosas de las que tenía que ocuparme, pero he pensado que podía pasarme para darte una sorpresa.

Casi podría llegar a creerle si supiera que Adrian Ellis es capaz de llegar a sentir timidez.

Mi sonrisa es tensa.

—Pues, en efecto, me has sorprendido.

Hay una pausa muy larga entre nosotros en la que parece que él va a decirme algo, pero yo me adelanto.

—Voy a por algo de beber —le digo—. ¿Quieres algo tú también?

Supongo que alguien ya habrá pillado por banda a Adrian mientras yo vuelvo de la barra con dos copas de vino en la mano, pero, para mi sorpresa, le encuentro totalmente a solas, observando uno de mis cuadros que se encuentra colgado en una pared.

Se me cae el estómago al suelo cuando veo cuál es el que le ha llamado la atención.

Me lo imaginaba.

—Me has dibujado a mí. —No es una pregunta y tampoco se gira para mirarme cuando me acerco, así que no tengo forma de distinguir cuál es su expresión facial.

—Sí. —No tiene sentido que lo niegue, no cuando parece que para mí es inevitable dibujar a Adrian Ellis en un lienzo en blanco al igual que tampoco puedo evitar encontrármelo en la vida real—. Eres el protagonista de unos cuantos de estos cuadros.

Adrian finalmente se gira con una expresión indescifrable.

—¿Por qué?

¿Por qué?

Esa pregunta me pilla por sorpresa, así que parpadeo, y una tormenta de emociones alimentadas por el alcohol comienza a brotar dentro de mí.

—Porque…

Porque no puedo contar la historia de mi oscuridad sin incluir pequeños retazos tuyos.

Porque, a pesar de todo, me preocupa que te hayas instalado tan profundo en mi alma y que no vaya a ser capaz de separar las piezas.

Porque me prometí a mí misma que no iba a permitir que me consumieras y eso es justo lo que has hecho.

—Porque… —Trago saliva—. Creo que ya lo sabes.

Veo cómo le brillan los ojos oscuros.

Al menos una parte, pienso. Debes de saberlo.

Adrian toma la copa de vino que le extiendo.

—Debes de estar extasiada —me dice—. Has trabajado muy duro y finalmente este está dando sus frutos. Solo he oído cumplidos de parte del resto de invitados.

Intento sonreír con entusiasmo, pero he fingido tantas sonrisas esta noche que los músculos de mis mejillas se quedan a mitad de camino.

—Extasiada. Esa es justo la palabra que estaba buscando.

Él alza una ceja.

—¿Acaso me equivoco?

—No es eso —le digo—. Estoy extasiada.

—¿Pero?

¿Cómo es que siempre consigue ver más allá de mí?

—Tan solo… —Culpo a esta tercera copa de vino por soltarme un poco la lengua—. Supongo que esperaba que esta noche fuera a ser más bien mía.

No hay juicio en sus ojos.

—¿Y no lo está siendo?

Echo una ojeada hacia atrás para asegurarme de que nadie me esté escuchando.

—A pesar de que son mis obras las que cuelgan de las paredes, no —le respondo con sinceridad—. Más bien parece la exposición de Ocean. Es ella la que está respondiendo a todas las preguntas y yo me siento una parte más de su espectáculo. —La amargura se me cuela en la voz—. Un mero complemento.

Adrian no me responde de inmediato y enseguida me arrepiento de lo que le acabo de confesar.

—Sé que puede sonar estúpido. —Sacudo la cabeza—.

Sé que es una oportunidad única en la vida y todo eso…

En fin, supongo que no importa. El objetivo esta noche no es que me sienta importante o que alguien me reconozca.

Vender todo esto… —Hago un gesto hacia los cuadros— es lo que realmente importa.

Hacer conexiones. Y si tengo que fundirme con el fondo mientras Ocean lo logra por mí, que así sea.

—Sí que importa —dice Adrian en voz baja y cuando alzo la mirada hacia él, se me corta la respiración al ver lo serio que parece—. Creo que siempre deberías de tener la sensación de que la gente te está admirando.

Da un paso hacia mí y puedo sentirla. La corriente sigue ahí y empieza a chisporrotear entre nosotros.

—Nunca deberías entrar en una sala y no sentir que eres lo más importante en esta.

En este mismo momento sé que estoy perdida, porque ha sido el único momento en el que me he sentido extasiada de verdad en toda la noche, y ni siquiera me está tocando.

Estúpida, pienso. Tantos límites y reglas… Sabía que no tenía ninguna oportunidad de evitar esto en el momento en el que puso un pie en Nueva York.

He dejado que me consuma un hombre que ni siquiera pudo llegar a decirme que me quería la primera vez… Y ahora ¿qué?

¿Qué se supone que debo hacer ahora?

No tengo ni idea, pero sí sé que necesito espacio.

Necesito pensar.

Por segunda vez en la noche, doy un paso atrás.

—Debería ir a buscar a Ocean y ver si necesita algo.

Mi rechazo emocional es más que obvio y veo cómo Adrian frunce el ceño.

—Claro.

Tan solo necesito algo de espacio.

Para pensar.

Necesito descubrir qué demonios voy a hacer con esta… conexión que ha vuelto a surgir esta noche.

¿Acaso ha vuelto a surgir esta noche? ¿O siempre ha estado ahí?

—Poppy, ¡ahí estás! —Ocean se aparta de un grupo de coleccionistas para unirse a mí—. Quería verte antes de que la noche acabe. Tengo muy buenas noticias.

Se me para el corazón.

—¿Alguien se ha interesado por alguna de las obras?

Ojalá sea por más de una.

Ella mueve una mano y las pulseras que lleva en la muñeca le tintinean.

—Eso ya está más que gestionado. Me refiero a Anne Yannick. Quiere contratarte para su próxima…

—Espera —la corto—. ¿A qué te refieres con que eso ya está más que gestionado?

Hace una pausa.

—Lo cierto es que no suelo comentar los temas financieros hasta que no se haya firmado todo el papeleo, pero, ya que me lo preguntas, sí. Tienes un comprador.

Me quedo sin respiración.

—¿Alguien ha comprado una de mis obras? ¿Sabes quién es?

Ocean parpadea.

—Creo que no me has entendido. Alguien ha comprado la colección al completo.

Estoy casi segura de que casi he dejado de respirar de verdad.

—¿Te refieres… a toda la obra?

Ella asiente.

Joder.

He ganado veinte mil dólares esta noche.

Bueno, me corrijo a mí misma. Más bien quince mil tras la comisión de la galería, pero aun así…

—¿La compra está cerrada? —le pregunto—. ¿La han pagado ya?