15
Me he pasado mucho tiempo pensando en cómo me sentiría en este momento. Victoriosa, quizá. Triunfante. Que me lo merezco. Una sensación gratificante. Invencible.
Todas las noches sin dormir en Pratt, todas las mentiras, todas los complots… han sido justo para conseguir esto.
Para este momento.
Mi momento.
Pero al encontrarme de pie en la galería Ars Astrum y ver mi arte iluminado por unos focos colocados en distintos ángulos, no siento nada de eso.
Quizá todavía mi cerebro no haya registrado que esto está ocurriendo de verdad, pienso. Todavía parece demasiado surrealista.
Técnicamente, la exposición todavía no ha empezado, pero algunos de los invitados más prominentes de Ocean ya han empezado a aparecer por la galería, señalando algunas piezas y hablando en voz demasiado baja, así que no consigo entender nada de lo que dicen.
Me encantaría oír lo que están diciendo, pero enseguida recuerdo cuál ha sido el consejo de Ocean sobre la exposición de hoy.
Vas a querer hablar con todos los invitados.
Querrás caminar entre ellos y presentarte.
Querrás colocarte al lado de tus cuadros para enseñárselos y responder a todas las preguntas que tengan que hacerte porque eso es lo que todos los artistas quieren hacer siempre, me dijo.
Pero no lo hagas. Esta noche no va sobre ti, sino sobre tu trabajo.
La gente necesita experimentarlo de forma orgánica, así que cuanto menos te vean, mejor.
Tuve algunas preguntas que hacerle después de ese consejo, pero Ocean se mantuvo firme con una sola cosa: Intenta estar lo menos presente posible. Si la gente quiere conocerte o hacerte alguna pregunta, me aseguraré de que alguien vaya a buscarte.
Así que, aquí estoy, intentando estar lo menos presente posible apoyada en la barra del bar y esperando a que esta copa de vino Pinot tan cara me ayude para que esos sentimientos de triunfadora invencible y victoriosa aparezcan en algún momento.
Parece que todavía no he tenido mucha suerte.
Me pongo a mirar el móvil para matar el tiempo y me sorprendo al ver un mar de notificaciones.
Veo un puñado de felicitaciones de mis antiguos compañeros de Pratt (en algunos me indican que esperan que pueda ayudarles en algún momento a hacer conexiones).
También he recibido algunos mensajes sinceros de los pocos profesores con los que todavía sigo manteniendo contacto.
Unas cuantas actualizaciones de LuAnne y Joe sobre que están llegando a la galería y lo lento que es el tráfico de Manhattan.
Otro mensaje de Tom preguntándome cómo estoy y si hizo algo mal en nuestra primera cita.
De él me ocuparé más tarde.
Y ningún mensaje de Adrian. No he vuelto a saber nada de él desde la noche que lo llamé fingiendo una emergencia.
Me he puesto en contacto con él un par de veces y, en un momento de debilidad, incluso le invité a la exposición de esta noche, pero no he recibido respuesta. Tan solo silencio por su parte.
¿Acaso está enfadado porque lo llamé mientras estaba en una cita? ¿Será eso? ¿Acaso me está castigando con su silencio? ¿Por qué? ¿Por pasar página? ¿Por explorar mis opciones en una ciudad con ocho millones de personas?
O quizá no le importe lo suficiente como para responderme. Quizá esté ocupado trabajando o explorando sus propias opciones. Quizá solo fui un pensamiento fugaz con el que pasar el tiempo.
Ambas posibilidades me duelen y les he estado dando vueltas durante toda la semana. Pero no. No pienso centrarme en eso. Esta noche no.
A la mierda Adrian , decido. No pienso permitir que me mande mensajes a cada minuto, me pague para que pase tiempo con él y después desaparezca en la noche más importante de mi vida.
Me trago el resto del vino.
No me ayuda nada a llenar la sensación de vacío tan extraña que siento por dentro, pero sí me ayuda a fingir, sobre todo cuando veo a LuAnne y a Joe apareciendo en la galería.
—¡Poppy! —LuAnne sonríe de oreja a oreja mientras me abraza—. Sabía que iba a ser una exposición preciosa, pero no me imaginaba cuánto.
Su buen humor me ayuda un poco a animarme y consigo devolverle la sonrisa cuando me aparto de ella.
—Gracias por venir, chicos.
—Lo del código de vestimenta iba en serio —comenta Joe, ajustándose el cuello de su traje negro.
Asiento.
—Sí. Todos de negro. Sin excepciones, incluso yo.
Sé que mi vestido negro y simple de cuello redondo no le indica a nadie que yo soy la artista, pero Ocean, a pesar de lo libre que parece ser en otros aspectos, tiene unas reglas muy estrictas en las exposiciones del Ars Astrum.
Tanto LuAnne como Joe se pasan otros cinco minutos admirando mis obras y preguntándose quiénes serán algunos de los rostros desconocidos en la multitud antes de que LuAnne le pregunte con dulzura:
—Joe, ¿me traerías una copa de vino?
—Por supuesto, cariño. —Le da un beso en la frente—. ¿Quieres tú también una, Poppy?
Asiento.
—Gracias.
LuAnne sigue con la vista a Joe hasta que este se pierde en el bar y después se gira hacia mí con el ceño fruncido.
—Tengo que contarte algo —susurra y el pánico que transmite su tono enseguida me pone en alerta. LuAnne no suele entrar en pánico—. Y sé que es un momento terrible, te prometo que no quiero eclipsar tu gran noche, pero no sé qué hacer y…
—¿Qué ocurre? —la corto—. ¿Tiene que ver con Joe?
LuAnne sacude la cabeza.
—No. Es… —Inspira con profundidad, se muerde el labio y me mira con unos ojos de color miel repletos de temor—. Es mi recetario. No lo encuentro.
Alzo las cejas.
—¿Qué quieres decir?
—Que no lo encuentro —me explica—. No está donde debería de estar, en el cajón que siempre cierro con llave en mi oficina, y tampoco lo he encontrado en ninguna otra parte.
—Quizá te lo hayas traído a casa por accidente —le digo, recordando la cantidad de veces que le ha ocurrido justo eso—. Quizá esté en el bolsillo de algún abrigo o de algunos pantalones que hayamos puesto para lavar.
Ella vuelve a sacudir la cabeza.
—Hazme caso, ya he mirado ahí. He buscado por todo el apartamento, incluso he mirado debajo de los cojines del sofá.
—¿Y si está en el apartamento de Joe? —sugiero.
Vuelve a sacudir la cabeza.
—Ya te lo he dicho —insiste—, no está en ninguna parte. He puesto patas arriba mi oficina, nuestro apartamento y el de Joe hace unas horas. Ha desaparecido.
Su ansiedad es casi palpable, así que intento ser yo la que mantenga la calma por las dos.
—Vale —le digo—. Vamos a echar la vista atrás. ¿Dónde fue la última vez que lo viste?
—Esa es la cosa —dice—. Llevo sin prescribir ninguna receta estas últimas dos semanas, así que no he tenido que usarlo.
Quizá lleve perdido todo este tiempo sin yo saberlo.
—Se muerde el labio—. ¿Y si se me ha caído por la calle y alguien lo ha cogido?
¿Y si ese alguien ha estado generando recetas con mi número de registro?
—Vuelve a soltar un suspiro tembloroso—.
Esto podría acabar muy mal. Podrían suspenderme la licencia y abrirme una investigación.
—¿Y no se lo has dicho a Joe? ¿Ni siquiera después de haber puesto patas arriba su apartamento?
—Él cree que lo que he perdido es el pasaporte —suspira—. Se lo terminaré contando si no me queda más remedio, pero todavía estoy esperando a que ocurra un milagro. —Me mira con ojos suplicantes—. Uno de tus milagros.
Suelto una risita.
—Yo no hago milagros.
—Milagros no —me dice en voz baja—. Pero sí haces que ocurran cosas.
Como esta exposición. O los dos mil dólares para el alquiler que de repente te has sacado de la manga.
—Clava la mirada en la mía y yo me remuevo, incómoda—.
Y yo nunca te hago preguntas, nunca lo he hecho, pero ahora sí te quiero pedir algo.
Necesito tu ayuda. No puedo perder mi licencia.
No tengo ni idea de cómo podría ayudar a LuAnne, pero su confianza parece afianzar la mía, así que asiento.
—Hablaremos después —le digo—. Mañana. Lo resolveremos juntas.
O eso espero.
Me ofrece un pequeño asentimiento antes de que su mirada se pose detrás de mí y su sonrisa regrese al instante.
—Gracias, cariño. —Acepta la copa de Prosecco y le da un beso.
—Gracias. —Acepto la segunda copa de parte de Joe, pero no me da tiempo a disfrutarla antes de que una mano pálida y delgada me rodee el brazo.
—¿Poppy? —Ocean me mira. Va ataviada en un vestido negro suelto que le envuelve toda la figura hasta los zapatos. Al final lleva unos zapatos de verdad—. Hay unas personas que me gustaría presentarte.
—Oh… —Me cuesta mucho tener que ponerme en modo artista después de haberme pasado los últimos treinta minutos siendo tan útil como una de las macetas que hay en la esquina—. Claro, por supuesto.
Me aparta de mis amigos antes de que pueda decir nada más para empezar a presentarme a unos coleccionistas y conservadores de arte de todos los recovecos del mundo.
Ninguna de las preguntas se centra en ninguna obra en concreto ni en la colección ni en mí, pero me doy cuenta enseguida que ninguna de esas preguntas va destinada a mí.
—Tienes muy buen ojo, Ocean. ¿Cómo descubriste esta colección? —La pregunta viene de parte de Anne Yannick, cuyo nombre me suena muchísimo, y más tarde descubro que es la fundadora de una mis revistas de arte digitales favoritas.
Con el brazo alrededor del mío, Ocean cuenta la anécdota de cómo nos conocimos y dramatiza la situación con cosas como: «Mi tercer ojo me guio hasta Poppy. Podía notar su energía por toda la sala».
Asiento, aunque un tanto molesta de que el tercer ojo de Ocean se esté llevando todo el mérito esta noche.
Si esta gente supiera…
—Esta obra… es muy oscura —comenta un coleccionista corpulento y canoso con un acento francés muy marcado cuyo nombre no recuerdo—. ¿Se supone que la moralidad es el tema central de esta colección?
Abro la boca para responder, pero Ocean se me adelanta.
—¿Acaso no es siempre así? —dice ella—. Ya conoces a los artistas, siempre aprovechan cualquier ocasión para hablar sobre el bien y el mal de la condición humana.
Escucho unas risitas del grupo en el que nos encontramos y yo me aclaro la garganta.