14 #3
—Voy a por otra botella de vino —anuncia Janie—. Mientras tanto, si todos habéis acabado… —Le echa otra vistazo al cuenco de sopa que casi no he tocado—. ¿Por qué no vas preparando los juegos de mesa en el salón, Harry?
Por favor. Me quieren matar de hambre y me van a obligar a jugar a juegos de mesa.
Ayudo a Tom a recoger la mesa mientras espero a que LuAnne me responda. Él me ofrece una sonrisa de disculpa en cuanto sus amigos desaparecen de la vista y nos quedamos los dos a solas.
—Espero que no te tomes a mal ninguno de los comentarios de Janie —dice Tom en voz baja con un puñado de platos entre las manos—. Puede llegar a ser muy… intensa a veces.
Me vibra el móvil y yo agacho la mirada. Se me cae el alma a los pies cuando leo la respuesta de LuAnne.
¡Lo siento! Estoy cenando con los padres de Joe ahora mismo… ¿Me das treinta minutos a ver si puedo escaparme un segundo?
—Tan solo es muy protectora conmigo —me explica—. Ha visto con sus propios ojos cómo se han aprovechado de mí en el pasado, por eso intenta evaluar de antemano a todas las chicas con las que salgo.
O quizá tan solo esté enamorada de ti en secreto y quizá quiera asustar a todas las chicas que estén dispuestas a acercarse a ti a menos de dos metros, es lo que quiero decirle.
De hecho, hay muchas cosas que quiero decirle, pero sigo atascada en el hecho de que voy a tener que pasarme otros treinta minutos mordiéndome la lengua.
Como si lo hubiera invocado, Harrison aparece en el salón.
—¿Os apetece jugar al Catán?
—¡Me parece genial! —le responde Tom.
¿Treinta minutos más con el estómago vacío, soportando los comentarios de Janie y jugando al Catán?
Por un instante me debato en fingir un ataque al corazón, aunque eso signifique salir de aquí en ambulancia y acabar con una factura médica que no me puedo permitir.
¿Quién sabe? Quizá de esa forma incluso pueda ver a Adrian esta noche, pienso, pero entonces se me ocurre una idea.
¿Estoy lo bastante desesperada como para hacer esto?
Antes de que pueda arrepentirme de la idea, saco el móvil y envío un último mensaje.
Supongo que sí estoy lo bastante desesperada.
Me pongo de los nervios mientras le paso a Tom el último par de platos mientras él sigue informándome sobre lo «protectora» que es Janie.
—Espero que lo entiendas —dice él—. Se preocupa por mi bien.
Lo dudo.
—Lo entiendo —le digo. Y es cierto. Lo entiendo.
Entiendo que Tom es el tipo de tío que no solo ve lo mejor en los demás, sino que solo puede ver eso. Es el tipo de tío que te ofrece amor incondicional e infinitas segundas oportunidades, sin importar la cantidad de veces que le dejes plantado.
Es el tipo de tío al que seguramente yo rompería en pedacitos.
—Lo entiendo —repito y Tom sonríe.
—Sabía que lo harías. —Sus ojos azules brillan con un nivel de sinceridad que me parece hasta incómodo—. Sé que todavía no nos conocemos demasiado, pero me he dado cuenta de que eres una buena persona, Poppy. Sé que tienes un buen corazón.
Casi me río ante ese comentario, pero el móvil me suena e interrumpe la incomodidad del momento.
Mierda. Esto está ocurriendo de verdad.
—Un momento —le digo a Tom. Me da un vuelco al estómago—. Me está llamando mi compañera de piso. —Cojo el teléfono, pero no es la voz de LuAnne la que me saluda al otro lado de la línea.
—Acabo de recibir tu mensaje —dice Adrian—. ¿Estás bien? ¿Qué ocurre? —La preocupación en su voz no debería de hacerme sentir bien, pero eso es justo lo que ocurre.
—¿LuAnne? —Frunzo el ceño para que parezca que estoy realmente preocupada por ella—. ¿Qué ocurre? Suenas como si estuvieras llorando.
Hay una pausa en la línea antes de que Adrian me pregunte:
—¿Estás usando esta llamada para fingir una emergencia? —No sabría distinguir si suena divertido u ofendido al haberse dado cuenta de mis intenciones—. ¿Dónde estás?
—No, no, no estoy ocupada —le digo—. Estoy en una fiesta con unos amigos. Pero podemos hablar sin problema. Suenas muy triste.
—No parece que estés en una fiesta —murmura Adrian—. No escucho ruido de fondo.
Janie reaparece con una botella de vino y yo suelto un gritito ahogado.
—¿Cómo que Joe ha roto contigo? ¿Ahora mismo?
—Tampoco escucho música —continúa Adrian—. Así que debe de ser una reunión con muy pocas personas. —Oigo débilmente el interfono del hospital al otro lado de la línea.
¿Acaso está trabajando?
¿Me está llamando en medio de un turno?
Le he especificado en el mensaje que no se molestara en llamarme si estaba trabajando en el hospital.
—Vale… Guau, más lento, LuAnne —le digo y le lanzo a Tom una mirada estresada. Él me imita e incluso dice en voz baja: «¿Se encuentra bien?».
—Debes de estar con alguien a quien no conoces del todo bien —dice Adrian—. O si no, no habría hecho falta que fingieras una llamada de emergencia.
—No hagas nada descabellado —le digo mientras me pongo rápidamente el abrigo. Tom me da el bolso—. Voy de camino a casa, ¿vale?
—Estás en una cita —concluye Adrian y ya no puedo distinguir alegría en su voz—. En una cita desastrosa, al parecer.
Trago saliva.
—Nos vemos enseguida.
Cuelgo la llamada antes de que pueda llegar a más conclusiones, pero su tono de voz plano y las posibles consecuencias me persiguen durante todo el camino de vuelta a casa.