14 #2
Los cinco mil dólares que me ha dado Adrian son un buen colchoncito (y mucho más dinero del que mi cuenta de ahorros ha podido ver en mucho tiempo), pero voy a necesitar cada centavo cuando llegue la hora de mudarme.
—De acuerdo, lo retiro. —Janie pone los ojos en blancos, pero por su tono queda claro que no quiere retirarlo—. Harrison debe de estar emplatando la cena, así que espero que tengáis hambre.
—Estoy hambriento —dice Tom y yo asiento a modo de afirmación.
Entre las visitas a otros apartamentos que he tenido hoy y debatir con una de las asistentes de Ocean dónde se expondrá mi colección, tengo el estómago vacío, a excepción de una barrita de proteínas que me he comido en el trayecto en metro y que sabía a tiza.
—Genial. —Janie junta las manos—. Siéntate a mi lado, Poppy. Me apetece saberlo todo sobre ti.
Gruño internamente.
No tenía apuntado llevarme mal con la amiga de mi cita en la tarjeta del bingo mental para esta velada, pero no pasa nada. Nada de nada.
Solo es una cita.
Podré apañármelas durante un par de horas, ¿verdad?
Siempre tengo las expectativas muy bajas en las primeras citas, pero esta cena se está llevando la palma.
—Casi no has tocado la sopa, Poppy. —Janie se encuentra sentada justo frente a mí y observa el cuenco de sopa que tengo casi lleno—. ¿No te gusta?
—No pasa nada si dices que no —añade su marido, Harrison—. Ya me han advertido que la sopa de guisantes no es muy común en Estados Unidos. —Al contrario de Janie, no parece que su marido me esté juzgando, aunque quizá lo esté enmascarando bajo su fuerte acento británico.
—Para nada —miento—. Está muy buena. Pero me ha llenado más de lo que me esperaba. —Mi estómago protesta en cuanto suelto eso, pero me obligo a tomar una cucharada para aplacar a los amigos de Tom.
De todas las cosas que podían haber servido para cenar, tenía que ser sopa de guisantes.
Para ser sincera, la sopa de guisantes de Harrison no se puede comparar con la sopa espesa y asquerosa que solían servir en Lionswood, pero aun así… De solo olerla casi siento arcadas.
Mataría por una porción de pizza de un dólar ahora mismo.
—Me alegro —dice Janie—. Me preocupaba que fueras una de esas chicas intolerantes al gluten y que solo se preocupan por no ingerir carbohidratos o algo así. A Tom suelen gustarle las chicas así.
Mataría a Janie por esa porción de pizza, específicamente.
No me molesto en defenderme ante sus ocurrencias, si quiere pensar que soy una pija de Manhattan que compra en Anthropologie y que no le gusta la sopa de guisantes, que así sea.
Aunque su comentario me hace sentir curiosidad.
—¿Cómo os conocisteis? —pregunto—. ¿Fue cuando Tom se mudó a la ciudad?
Traducción: ¿Qué clase de dinámica compartís? ¿Sois amigos de la infancia muy sobreprotectores? ¿Sois un extrío? ¿Primos lejanos?
Esa última no me sorprendería. Si entrecierro los ojos en la distancia, casi podría confundir el pelo rubio, los ojos azules y la mandíbula de Harrison por la de Tom.
—De hecho —me responde Tom—, fue antes de eso. Yo iba a la universidad con Janie. Vivíamos en el mismo edificio y en la misma planta.
—Fue Tom el que me siguió hasta Nueva York —dice Janie con tono juguetón y una gran sonrisa—. No puede vivir sin mí.
Él pone los ojos en blanco.
—Ya, claro.
—Al igual que tampoco podías vivir sin Aquarius de limón el segundo año de universidad —añade ella y ambos estallan en risas.
A mi izquierda, Harrison se inclina hacia mí para susurrarme:
—No te preocupes, ya te acostumbrarás a todas sus bromas internas.
Ah, ¿sí?
Noto cómo me vibra el móvil en el bolsillo, así que lo saco con discreción para comprobar quién me ha escrito.
¿Qué planes tienes esta noche?
Siento un poco de vergüenza por la forma en la que me pongo de buen humor al instante. Me siento como uno de los perros de Pavlov; casi termino salivando por cualquier mínima conversación que pueda tener con Adrian.
¿Por qué quiere saber qué planes tengo para esta noche?
¿Es simple y llana curiosidad o acaso está esperando que no tenga nada que hacer para…?
No.
Nada de eso.
Límites, Poppy.
Los has impuesto por una simple razón.
Se supone que esta noche tienes que centrarte en Tom y no en ya sabes quién.
Me guardo el móvil antes de que me entren ganas de contestarle y casi no consigo pillar el final de la historia que está contando Tom (tampoco es que este se dé cuenta).
—Por eso estaba tan obsesionado con el Aquarius de limón en la universidad —termina de contar él.
Me vuelve a sonar el móvil.
No lo mires.
No tienes por qué leer ese mensaje.
Mi sonrisa es tensa.
—Qué divertido.
Pero ¿y si el mensaje no es de él?
Quizá sea LuAnne.
Quizá este teniendo algún tipo de crisis que requiera mi atención inmediata.
Me meto la mano en el bolsillo.
Cada segundo que paso aquí sentada fingiendo que me gusta la sopa de guisantes y riéndome de historias que no llego a entender podría ser un segundo en el que necesitara mi ayuda para…
—¿Tú fuiste a la universidad, Poppy? —me pregunta Janie, mientras le da un trago a su copa de vino tinto.
Saco la mano del bolsillo.
—Fui a Pratt.
—Qué fuerte —dice Tom.
Janie suelta una risita.
—¿Qué? —pregunto, un poco más borde de lo que pretendía, a lo que ella alza las manos.
—No me estaba riendo de ti —dice con timidez.
Ya, claro.
—Tan solo… —continúa—. Cuando Tom me dijo que eras artista, no me esperaba que fueras una artista de verdad. Pensaba que hacías dibujos o que vendías pegatinas en Etsy o algo.
Me empieza a temblar el ojo.
Está tratando de provocarte.
Estoy segura de que tiene algún tipo de relación extraña con Tom que se remontará a la época de la universidad y ahora está intentando dejar claro que él le pertenece o algo así.
Si hubiera querido pasarme la noche lidiando con una perra astuta, me habría quedado en casa con Toby.
Al menos él es incapaz de insultarme en mi propio idioma.
—Hablando de artistas. —Janie se inclina hacia Tom y veo cómo le resplandecen los ojos—. ¿Recuerdas la clase en la que tuviste que hacer de modelo? Cuando…
Y, de nuevo, vuelve a enfrascarse en otra anécdota que solo les hace reír a ellos.
Ni siquiera me da rabia esta vez porque utilizo esa oportunidad para volver a comprobar el móvil.
La última notificación es de LuAnne y no se trata de ninguna crisis, menos mal. Tan solo me pregunta cómo me está yendo la cita.
Está siendo horrible. ¿Podrías llamar en treinta segundos y fingir que es una emergencia?