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Si la gente viniera con etiquetas de advertencia, estoy segura de que en la de Adrian pondría: «Peligrosamente adictivo. Proceda con precaución».
Y eso es justo lo que estoy haciendo: extremar la precaución.
Quedar con Adrian en persona es demasiado arriesgado, da igual que sea para que me acompañe a una tarea doméstica tediosa o que su presencia venga acompañada de un buen incentivo económico.
Es demasiado impredecible.
No puedo fiarme de mí misma, ni mucho menos de él, cuando se encuentra de pie delante de mí.
Pero por mensaje…
Es una vía mucho más cautelosa, ¿no?
Hay distancia entre los dos. No le doy pie a que sea impulsivo. No me pueden traicionar las expresiones faciales o el tono de voz.
Es un límite que puedo mantener entre las horas interminables de Adrian en el hospital y mi… situación actual.
Así que terminamos enviándonos mensajes.
Todo el rato.
Cuando no le está abriendo el pecho a alguien bajo unas luces LED estériles, se dedica a mandarme mensajes. Me cuenta qué tal le ha ido el día. Me habla de sus compañeros. A veces me dice que le encantaría deshacerse de ellos.
Esa última parte tendría más gracia si no supiera que lo dice completamente en serio.
A veces lo más fácil es tener conversaciones sencillas y banales y evitar preguntas como: ¿Has matado a alguien en estos últimos diez años? ¿Y qué hay del chantaje?
Sin embargo, hay otras veces en las que Adrian prefiere indagar un poco más.
Dime lo peor que has hecho esta semana.
¿Por qué?
Vale, empiezo yo.
El médico de urgencias que hace el turno de noche es un incompetente. Y también muy borde, aunque eso no me importa tanto.
Así que voy a robarle el móvil esta tarde y a contarle accidentalmente a su mujer que le está poniendo los cuernos con una de las enfermeras.
La gente suele ir a la iglesia a confesar sus pecados…
Solo cuando buscan redención.
¿Y qué es lo que buscas tú?
Algo se me retuerce en la parte baja del estómago cuando leo su respuesta.
Lo que sea que estés dispuesta a ofrecerme.
Tardo más de lo normal en responderle y le rezo a Dios para que no esté observando cómo los tres puntitos aparecen y desaparecen mientras escribo y borro mi respuesta todo el rato.
No creo que necesites redención. Es él el que le está poniendo los cuernos a su mujer.
En ningún momento he dicho que le estuviera poniendo los cuernos de verdad. Pero si es tan incompetente en casa como lo es en el trabajo, entonces estoy seguro de que le estaré haciendo un favor a su mujer.
El hecho de que Adrian me esté confesando su plan de arruinarle la vida a un hombre inocente debería horrorizarme. Debería dispararme todas las señales de alarma dentro de la cabeza.
No debería hacer que las partes más retorcidas y oscuras de mi alma cobren vida de nuevo, pero eso es justo lo que sucede.
Te toca.
Y definitivamente no debería de seguir su ejemplo.
Esta semana me he vuelto un poco loca con un chico muy gilipollas que acudió a mi cafetería favorita. Hizo que la camarera le volviera a hacer el café por lo menos tres veces y no paraba de meterse con ella por errores minúsculos, por no hablar de que por su culpa se formó una cola enorme.
Quería robarle la cartera, pero apareció su cita cinco minutos después, así que lo que hice fue acercarme a su mesa y gritarle que había abandonado a nuestro hijo y que se había llevado todo mi dinero cuando me abandonó.
¿En serio has hecho eso?
Trago saliva.
Mierda.
¿Me he pasado con las confesiones?
Estoy a punto de escribirle: «¡Era broma! Me lo acabo de inventar», justo cuando aparece la respuesta de Adrian en pantalla.
Eres muy vengativa.
El cosquilleo en la parte inferior del abdomen se vuelve más intenso justo antes de que vuelva a sonarme el teléfono.
Me encanta.
Mira que he intentado ir con cuidado y poner límites con Adrian, pero acaba de saltárselos absolutamente todos.
Estoy bien jodida.
Parece que las charlas de ánimo no son mi punto fuerte.
A pesar de que me he pasado los últimos veinte minutos helada de frío en Fort Greene tratando de autoconvencerme de que esto no es ningún error, siento el desasosiego por todo el cuerpo.
Podría estar en casa ahora mismo, acurrucada con Toby al lado del radiador.
Podría estar buscando apartamentos en Idealista o en Milanuncios otra vez.
Podría…
—¡Poppy! —Ya casi no siento los dedos, los pies o la nariz, pero sus ojos se iluminan cuando me ve—.
Siento mucho haber llegado tarde. He tenido mucho papeleo hoy y…
Bueno, no quiero aburrirte con los detalles.
Espero que no lleves esperando aquí fuera mucho tiempo.
—Tom me da un abrazo, pero como ambos vamos ataviados con bufandas y abrigos que abultan mucho, al final parece que estoy abrazando más a una nube gigante que a un hombre.
—No, para nada —miento.
Para nada me he puesto a buscar en Google cuáles son los primeros síntomas de la hipotermia justo antes de que aparecieras.
Tom me lanza una sonrisa a modo de disculpa.
—Aparte de haberte hecho esperar aquí fuera, quiero pedirte disculpas por esto. —Le echa un vistazo al edificio de ladrillo que tenemos en frente—. Estoy seguro de que esta no era la idea de primera cita que tenías en mente.
Me encojo de hombros, aunque es un gesto un tanto forzado.
—Quizá no, pero estoy muy emocionada.
Mentira.
—Estoy segura de que nos lo vamos a pasar muy bien.
Otra mentira.
—Me encanta socializar.
Otra mentira aún más gorda.
—Perfecto —dice, sonando totalmente aliviado—.
Janie y Harrison son de mis mejores amigos y llevo prometiéndoles mucho tiempo que algún día iba a pasarme a ver su nuevo apartamento.
—Vuelve a mirar al edificio—. Ya me dan bastante la tabarra cuando les digo que estoy muy ocupado con el trabajo y no me quiero imaginar si les cancelo la quedada por una cita.
—Estoy abierta a cualquier tipo de plan —le digo, a pesar de que una primera cita en una cena con unos completos desconocidos no es precisamente la idea que tenía en mente.
—Genial. —Sonríe, sin saber lo incómoda que realmente estoy y su mirada se posa en la bolsa de papel marrón que tengo a los pies—. ¿Eso es una tarta?
—Sí. —Me agacho para recoger el postre con las manos—. Tarta de manzana de Petee’s.
—Perfecto —me dice mientras subimos los escalones de piedra y presiona unos números en el telefonillo—. Espero que no haya sido demasiado molestia ir a recogerla. Podría haber ido yo a por ella, es la tarta favorita de Janie, pero últimamente me paso el día en el trabajo.
—Cierto. Supongo que debe de ser muy difícil enfrentarse a… —Parpadeo.
Mierda.
¿A qué se dedicaba?
Era algo con niños.
Me lo pienso durante demasiado tiempo y Tom me ofrece una sonrisa educada.
—Dar clases a niños desfavorecidos para la ONG de mi amiga —me recuerda—. No pasa nada. Hace casi un mes que nos conocimos. Además, hemos tenido que cancelar ya un par citas porque ambos estamos a tope de trabajo.
Se refiere a que he sido yo la que ha cancelado la cita ya dos veces.
Pero Tom es lo bastante educado como para hacerme creer que los primeros intentos de cita fueron cancelados por un buen motivo y no por lo que realmente ocurrió: que perdí los nervios y le cancelé en el último momento.
—Y aquí estamos ahora —continúa diciendo con una sonrisa bien amplia—. Al fin hemos conseguido que cuadre.
«Hemos conseguido que cuadre», pienso. Creo que no hay mejor forma de describir mi vida amorosa ahora mismo.
La puerta se abre antes de que pueda responderle y una mujer con la piel aceitunada saca la cabeza por esta.
—¡Tom! —Es alta. Más alta que yo e incluso que Tom. Tiene unos ojos redondos y verdes, y el pelo liso y oscuro en una coleta de caballo no muy alta—. ¡Has venido! —Alza una ceja oscura y espesa y puedo oír un leve acento italiano cuando habla—. Y llegas tarde.
Tom alza las manos a modo de derrota.
—Ha sido totalmente mi culpa. Lo siento, Janie. —Le hace un gesto a la tarta que llevo entre las manos—. Pero te he traído una tarta para compensarlo.
Los ojos de Janie se iluminan.
—¿De Petee’s ?
—Exacto.
—Entonces supongo que tendré que perdonarte. —Su mirada se posa sobre mí y parece estudiarme un rato—. Y tú debes de ser Poppy. —Su tono parece perder la calidez que tenía al dirigirse a Tom—. Me alegro de conocerte. Entrad, hace muchísimo frío ahí fuera.
Nos adentramos en el pasillo estrecho de su casa mientras Janie me quita la tarta de las manos y nosotros nos quitamos los abrigos para colgarlos en el perchero que tiene en una esquina.
Tom todavía va vestido con la ropa del trabajo, pero al ver la camiseta y los vaqueros de Janie, siento que me he pasado un poco eligiendo atuendo para la velada, una observación que ella no tarda ni un segundo en comentar.
—Tom —le dice—. ¿Qué te he dicho de volver a traer a casa a otra amante de la moda? —Janie se ríe como si no fuera más que una pulla juguetona, pero le sale demasiado afilada como para que me la termine tomando así.
Alzo ambas cejas.
—¿Amante de la moda?
—Se está riendo de mí, no de ti —interviene rápidamente Tom y pone los ojos en blanco en dirección a Janie—. Porque siempre salgo con chicas que se visten muchísimo mejor que yo.
—Él jura que es un chico de campo —añade Janie—, pero siempre sale con chicas que visten de Chanel, Loro Piana y YSL. —Clava la mirada en mi jersey de cuello alto de color granate—. Como tú.
Tom se ríe ante ese comentario y sacude la cabeza, pero yo no me pierdo el brillo en los ojos de Janie.
Parece que alguien acaba de decidir que no le caigo bien.
—Creo que un jersey de cuello alto, unas medias y una falda no me convierten en una amante de la moda. —Utilizo el mismo tono que ha usado ella antes—. Lo he comprado todo de segunda mano en Anthropologie, no en Chanel.
—¿Ves? —Tom le echa la bronca a Janie—. Ya te había dicho que Poppy no era así. No es para nada materialista. De hecho, es artista. Tan solo le importa su arte.
Bueno, en ningún momento hemos hablado de eso.
Estoy segura de que me interesaría mucho la moda si tuviera el dinero suficiente para permitirme ropa de diseño.