13
—Maldito. Ascensor. De. Mierda. Siempre estás estropeado cuando más te necesito —murmuro sin respiración, o más bien con la poca que me queda, mientras abro la puerta de mi apartamento.
Termino jadeando. Noto cómo los pulmones y los muslos me queman tras haber subido cuatro pisos de escaleras seguidos.
Parece que lo de escalar no es lo mío, ya sea física o profesionalmente.
—¿Seguro que te encuentras bien? —Adrian parece encontrarse en perfectas condiciones a mi lado y eso que va cargado con la bolsa de la compra.
En cualquier otro momento habría puesto muchas objeciones para que Adrian no entrara a los cuarenta metros cuadrados a los que llamo hogar, pero tengo miles de razones para querer aprovechar cada minuto que pueda a su lado.
—Estoy bien —reafirmo, pero me sale más como un jadeo que como una palabra—.
Tan solo es que… Normalmente solía coger el ascensor hasta mi piso.
Hace mucho que no tengo que enfrentarme a las escaleras.
—Ha sido mi fuerza de voluntad e imaginarme la cara de Yoshi en una diana lo que me ha ayudado a llegar hasta el final del trayecto.
Estoy agotada, aunque trato de recuperar la respiración mientras abro la puerta del apartamento y le rezo a cualquier Dios que pueda existir para que a LuAnne no se le haya ocurrido venir a comer hoy a casa.
Por suerte, tan solo nos saluda un Toby maullando sin parar.
—Has desayunado hace unas horas, así que no me creo que estés muerto de hambre —le recuerdo, pero parece que para él tengo la misma cara que las latas de comida baja en calorías que le han recetado, ya que me ignora sin pensárselo dos veces.
Me quedo esperando a que Adrian me siga, pero este se queda justo en la puerta, todavía aferrado a mi compra.
—Tienes un gato —me dice, mirando a Toby como si fuera la primera vez que se topa con uno.
Asiento.
—Tienes un gato —repite Adrian y, después, en un tono más bajo—. ¿Cómo no sabía que tenías un gato? —No parece lanzarme esa pregunta a mí, pero se la respondo de todas formas.
—¿Cómo ibas a saber si tenía un gato o no?
Sea lo que sea que esté pensando, Adrian sacude la cabeza y finalmente da un paso dentro del apartamento.
—Tendría que haberlo supuesto. —Adrian se encoge de hombros y coloca la compra sobre la encimera, aunque el movimiento parece demasiado forzado como para que parezca natural.
Me quedo mirándole.
Qué raro.
Toby salta hacia la encimera, un hábito que ni LuAnne ni yo hemos conseguido quitarle, no importa cuántos rollos de papel de aluminio hayamos gastado en el proceso, y se dirige directamente hacia Adrian, quien parece muy escéptico sobre su existencia.
Parece que no le gustan mucho los gatos.
Toby le olisquea un poco antes de restregarse contra su abrigo caro y Adrian le rasca detrás de la oreja a regañadientes.
—Que no te engañe lo adorable que parece ser —le advierto—. Es muy manipulador. Va a intentar engañarte para que le prestes atención, pero a Toby solo le importa una sola cosa en el mundo y es la comida. Te hará chantaje emocional hasta que le des justo lo que quiere.
Como si se hubiera empeñado en demostrar que llevo razón, Toby comienza a hacer círculos alrededor de la caja donde guardamos las chuches de gato en la encimera y vuelve a maullar.
Adrian alza la comisura del labio.
—Eres todo un manipulador, ¿cierto? —Suena más bien a cumplido por la forma en la que se lo dice y dos segundos después vuelve a rascarle detrás de las orejas.
Esto no es adorable , me digo a mí misma. Para nada.
—¿Quieres tomar algo? Tenemos té, agua y Red Bull, aunque no tenemos café…
—Le echo una ojeada a la cafetera rota que sigue sobre la encimera.
LuAnne me ha dicho esta mañana que oficialmente había muerto y eso que me pasé casi toda la noche anterior diseccionándola.
Todavía no he querido tirarla a la basura.
—Un poco de té —me dice. Tras eso, aparta la mirada de Toby para sentarse sobre la encimera y escanear sus alrededores.
Ya puedo imaginarme en lo que se estará fijando: en lo a rebosar que tengo el salón de materiales de arte para mi exposición.
En los cojines decorativos que tenemos en el suelo y que usamos como asientos extra.
En la cantidad de facturas sin abrir que tenemos sobre la encimera.
O en los platos de la cena anoche que todavía no hemos fregado.
—Tu apartamento es… —Veo cómo curva los labios—. Pintoresco.
Me cruzo de brazos sobre el pecho sin poder evitar sonar a la defensiva.
—Se avecinan muchos cambios. Nos vamos a mudar dentro de poco, yo tengo una exposición de arte…
—¿Una exposición de arte? —me interrumpe Adrian.
Me quedo congelada.
Al final se me ha escapado.
No es que no quiera contárselo a Adrian, más bien lo contrario. Me gustaría que fuera consciente de que no soy una adulta tan disfuncional, pero…
¿Y si le pica la curiosidad?
¿Y si le apetece que le enseñe toda la colección?
Mi cerebro recapitula los últimos cuadros que he llevado a la oficina de Ocean hace unos días, los que casi me medio obligó a que pintara.
Unos cuadros de una persona con ojos negros, manos largas y unos dientes blancos resplandecientes.
Trago saliva.
—Sí, voy a dar una exposición dentro de unas semanas. No es nada del otro mundo.
Tan solo va a cambiarme la vida por completo.
—¿Dónde será la exposición?
Siento el peso de su mirada mientras yo me distraigo con el hervidor de agua.
—En una pequeña galería de Chelsea. Hay muchas por esa zona, así que…
Adrian parece calarme por completo, como siempre hace.
—¿Y cómo se llama la galería?
No creo que le interese mucho el mundo del arte, ¿no?
Además, acaba de mudarse a Nueva York.
—En el Ars Astrum —murmuro rápidamente, rezando para que no llegue a entender ni una sola palabra.
—¿En el Ars Astrum? ¿Vas a dar una exposición de arte allí? —Alza muchísimo las cejas—. No se trata para nada de una «pequeña galería».
Genial.
Quizá debería haberme inventado algún nombre. Algo lo suficientemente aleatorio como para que se olvide de comprobarlo después en internet.
Me rasco la nuca y mis siguientes palabras están presas por el pánico.
—¿La conoces?
Él suelta un bufido.
—Pues claro. Nunca he ido en persona, pero tengo amigos que casi han entrado en guerra por conseguir una pieza de arte de ese lugar.
Es una galería muy prestigiosa. —Lo pillo mirándome mientras cojo las bolsitas de té de un armario y en su mirada se puede apreciar una expresión de admiración genuina—.
Es una oportunidad única para tu carrera.
La aprobación de Adrian no debería significar nada para mí, pero no puedo evitar la calidez que siento por todo el cuerpo como resultado.
—Lo es —le afirmo.
Puedo ver algo parecido a la diversión cruzándole la mirada.
—Tengo el presentimiento de que todo el mundo reconocerá tu nombre dentro de poco.
Poppy, no sonrías.
No sonrías.
Mantengo la cabeza gacha y me concentro en pasarle la taza de té sobre la encimera para tratar de ocultar que, efectivamente, estoy sonriendo.
—Si las cosas van según lo planeado, seguramente no tenga que terminar viviendo en un barrio como el que he visitado esta mañana —le digo y el estómago me da vueltas de emoción de solo pensarlo—. Al menos, no más de un par de meses.
Noto cómo Adrian se queda rígido con la taza humeante todavía contra los labios.
—¿En serio estás considerando vivir en ese barrio? —Me mira sin poder llegar a creérselo—. ¿En el mismo en el que te he encontrado esta mañana?
Todavía sigo dándole vueltas, pero la indignación en la expresión de Adrian me obliga a hacer una pausa.
Llevo todo el día pillando pequeños destellos de algo en él, de la oscuridad que solía infectar nuestra relación cuando ambos estudiábamos en Lionswood.
En el coche esta mañana, en el supermercado, y ahora…
Es como si estuviera reprimiendo algo.
Pero ¿el qué?
Tomo una decisión muy impulsiva de la que seguramente me arrepentiré después.
—De hecho… —digo, dándole un sorbo a mi té—. No me lo estoy pensando. He firmado el contrato esta mañana.
Sé que estoy provocando a un oso enorme, pero me apetece descubrir qué es lo que se esconde detrás de esa fachada tan controlada. Enseguida veo cómo el rostro de Adrian se retuerce.
—¿Por qué ibas a…?
Pero entonces hace una pausa.
Toma una respiración profunda y la furia desaparece como si nunca hubiera estado ahí desde un primer momento. Relaja la expresión al instante.
—Da igual.
—¿Cómo que da igual?
Vuelve a respirar con profundidad.
—Da igual —repite—. No es de mi incumbencia.
Vuelvo a darle otro sorbo al té.
—¿En serio?
Él sonríe.
—Eres adulta y más que capaz de tomar tus propias decisiones. Si quieres vivir en ese barrio, yo no soy quién para impedírtelo.
Alzo ambas cejas, un tanto sorprendida.
—Eso es muy considerado por tu parte.
Entonces ¿por qué siento una pizca de decepción?
¿Acaso me estoy imaginando cosas? ¿Por culpa de esas reacciones tan repentinas?
¿Seguro que no le importa nada en absoluto?
Él parece imitar mi sorpresa.
—¿Acaso me equivoco?
—Para nada. —Estrecho la mirada—. Tan solo… me sorprende, dado lo enfadado que estabas después de haberles dado el susto de sus vidas a esos hombres esta mañana.
Adrian no tarda ni un segundo en contestar.
—Estaba enfadado —me explica—. Y también estaba en medio de un subidón de adrenalina.
Mis emociones estaban intensificadas, al igual que cualquier cosa que hubiera dicho o hecho en ese momento.
—Hace una pausa—. Pero eso fue hace horas.
Ahora ya no estoy reaccionando de acuerdo a mis emociones y si quisieras mi opinión sobre en qué barrio vivir o qué dieta seguir, estoy seguro de que me lo preguntarías.
—Tienes razón. —Asiento—. No necesito tu opinión.
Le observo con atención, pero su expresión calmada no cambia.
—De hecho —continúo—, aprecio que seas tan considerado. Supongo que cualquier otra persona se volvería loca si supiera que voy a vivir en un apartamento sin agua caliente ni aire acondicionado.
Noto cómo su sonrisa se vuelve tensa, pero lo oculta dándole otro sorbo al té.
—Mientras tú estés feliz, eso es todo lo que importa.
—Exacto, eso es todo lo que importa —digo—. No es que esté muy contenta con las fugas de gas, pero…
—¿Fugas de gas? —Puedo ver cómo casi se ahoga con el té y me siento muy satisfecha de haber sido yo la que ha provocado eso.
—¿No lo había mencionado? —Finjo ignorancia—. No estoy del todo segura, pero creo haber olido un poco a gas mientras hacía la visita, aunque parece que al casero le ha dado bastante igual.
Espero no haberme pasado de la raya cuando la mirada de Adrian se estrecha a modo de respuesta.
—Entiendo.
Me da un vuelco el estómago.
¿Acaso se ha dado cuenta de que estoy tratando de provocar una reacción por su parte?
—Supongo que todo irá bien —añado—. Si todo me va bien con la exposición de arte, estoy segura de que no tendré que vivir ahí más de seis meses. Incluso aunque haya una fuga de gas, supongo que conseguiré sobrevivir. —Me encojo de hombros—. O eso espero.
—¿Eso esperas? —repite sin poder llegar a creérselo—. ¿Y no te importa simplemente quedarte sentada esperándolo?
Le doy otro sorbo al té para ocultar la sonrisa que amenaza con plasmarse sobre mis labios.
—De algo nos tenemos que morir, ¿no?
Casi no consigo ver cómo aprieta la mandíbula durante un instante.
—No si la causa de la muerte puede evitarse. —Vuelve a apretar la mandíbula—. Como una fuga de gas.
No sé por qué, pero me da un vuelco el estómago de la emoción al notar la irritación en su voz.
—¿Acaso eso te molesta? —le pregunto, sin poder evitarlo—. ¿Que vaya a vivir en un barrio muy poco seguro yo sola? ¿En un apartamento que puede que vaya a tener una fuga de gas?
Sé que me he pasado de la raya en el momento en el que esas palabras se me escapan de los labios, pero es demasiado tarde para dar marcha atrás.
Mierda.
Adrian inclina la cabeza hacia un lado y termina pareciendo un depredador que al fin ha dado con el aroma y sabe exactamente dónde se encuentra su víctima.
O un depredador que finalmente ha descubierto a qué juego está jugando esta.
Se me corta la respiración cuando se pone de pie de forma abrupta, pero lo único que hace es extender el brazo para recoger su abrigo.
Parpadeo en su dirección.
—¿Te vas ya?
¿Así de rápido?
—Alex me matará si le hago esperar demasiado y ambos terminamos en un gran atasco por mi culpa. —Es lo único que me dice y casi tengo que correr para llegar a la puerta antes que él.
—Espera. —Paso la mano por el pomo como si pretendiera bloquearle el paso físicamente.
Adrian se queda esperando y su mirada se clava en la mía de una forma demasiado invasiva.
—¿Sí?
—Eh… —Todavía estoy dándole vueltas al porqué de su reacción, pero, finalmente, termino cediendo—. Tan solo quería darte las gracias. Por lo de hoy. Por… todo. —Me aparto para dejarle vía libre—. Eso es todo.
Su expresión es inescrutable.
—No.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo que no?
—Estoy respondiendo a tu pregunta —me dice—. No.
Mi cuerpo siente el cambio en su expresión antes que mi propio cerebro. Siento escalofríos por todo el cuerpo que me sirven a modo de advertencia.
—¿No… te molesta?
La sonrisa que le aparece poco a poco en el rostro podría ser reconfortante si no estuviera cargada de amenaza.
—No —repite—. Estoy seguro de que no quieres saber cuánto me molesta.
Se marcha antes de que pueda procesar esa respuesta ni mucho menos responderle.
¿Qué demonios?
Sigo allí de pie tratando de descifrar qué diantres acaba de pasar en estas dos horas que he pasado con Adrian cuando noto cómo me vibra el teléfono.
Una nueva notificación.
Adrian te ha enviado 2000 $