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Desde que vivo en Nueva York he tenido muchos trabajos la mar de extraños para sacarme un sobresueldo. He pintado rostros, donado plasma, completado encuestas en línea sobre jabón para fregar platos y también he contestado anuncios muy sospechosos en Milanuncios.
Bueno, lo de Milanuncios solo fue una vez.
Un chico de Brooklyn necesitaba a una «falsa prometida» para una re unión familiar y me pagó doscientos dólares y los gastos del viaje por pasarme un par de horas mintiéndole a sus padres en una cabaña en el lago Montauk.
Fue un trabajo bastante sencillo, pero LuAnne casi se vuelve loca cuando se lo conté y me hizo prometer que no volvería a responder nunca más a un anuncio de Milanuncios potencialmente sospechoso que lo más probable es que acabara en asesinato.
Sin embargo, de todas las cosas raras que he tenido que hacer para poder pagar el alquiler, ir a hacer la compra con Adrian Ellis seguramente se lleve la palma… y mi salud mental.
—No era consciente de que los seres humanos podían sobrevivir a base de comida congelada alta en sodio, patatas de bolsa y fideos bañados en mantequilla —comenta Adrian, mirando de reojo la pizza precongelada que acabo de meter en el carrito de la compra como si fuera todo un insulto hacia su persona.
Veintisiete minutos, pienso. Ha tardado veintisiete minutos y dos pasillos de congelados en hacer el primer comentario sobre mi dieta.
Aunque por suerte ya me había preparado mentalmente para algún que otro comentario sarcástico por su parte.
—Lo primero de todo —le digo—, los fideos con mantequilla son toda una exquisitez…
—¿Para quién? ¿Para los que no entienden de gastronomía?
—Además, dentro de poco voy a mudarme, así que no quiero comprar nada de…
—¿Qué? ¿Verdura? —Se mete conmigo—. Supongo que no quieres comprometerte con un poco de brócoli. O, que Dios te perdone, con una alcachofa.
Pongo los ojos en blanco.
—Tengo la nevera rota, así que la compra está muy limitada. O compro comida congelada o latas de conservas. —Echo una sopa de fideos y pollo (la de marca blanca, por supuesto, ya que yo soy aquí la única que gana menos de tres cifras por hora) en la cesta que lleva él colgada al brazo.
Adrian suelta un bufido.
—¿En serio? —Alzo una ceja—. ¿También te molesta la sopa de fideos y pollo?
—La sopa de fideos y pollo precocinada —me corrige—. Hay una diferencia abismal entre una y otra.
—Me encantaría poder permitirme las sopas frescas y orgánicas que seguramente te compres tú en el mercado gourmet al que vayas a hacer la compra, pero…
—Meto otra sopa en la cesta—. Los plebeyos las tenemos que comprar de marca blanca.
—Hago una pausa y otro pensamiento me cruza por la mente—. Espera, ¿dónde haces tú la compra?
Intento imaginarme a Adrian caminando por las estanterías del mercado Butterfield, en Citarella o en cualquier otro lado en el que se pague veinte dólares por unos arándanos, pero no termino de imaginármelo del todo.
Adrian se encoge de hombros.
—Yo no hago la compra.
—¿No? —Le miro, totalmente incrédula—. ¿Cómo que no haces la compra?
Adrian sacude la cabeza.
—¿Comes fuera todos los días? ¿Vas a restaurantes de estrella Michelín para desayunar, comer y cenar?
Intento meterme con él, pero la respuesta de Adrian es muy seria.
—Claro que no. Tengo un chef privado. Aunque sí que es verdad que tiene una estrella Michelín.
Ahora soy yo la que suelta un bufido.
—Estás de coña.
—Ya no utilizo los servicios de Amadeo tanto como cuando estaba haciendo la residencia —me explica—. Ahora tan solo me prepara las comidas de la semana. Los fines de semana que tengo libres prefiero cocinar yo, pero él siempre se encarga de hacer la compra.
Pues parece que no está de coña.
¿Debería sorprenderme porque Adrian disponga de un chef privado con una estrella Michelín (y probablemente también todo un equipo de limpieza profesional) a todas horas? Probablemente no. ¿Es totalmente absurdo? Sí.
¿Esa información me hace hervir de furia? Sí.
Y no solo me pica la curiosidad porque Adrian pueda delegar la parte más aburrida y tediosa de su día a otra persona, sino que me pica por la libertad de la que dispone.
Por la facilidad.
La habilidad de poder tener cualquier cosa en cualquier momento, incluso aunque ese deseo sea que un chef con una estrella Michelín te haga el desayuno.
La habilidad de poder tomar decisiones sin pensar en el poco presupuesto del que dispongo para absolutamente todo.
La habilidad de crear arte por el simple placer de crearlo y no con la intención de venderlo para obtener una remuneración a cambio.
Quiero eso.
Lo ansío tanto que siento que la estantería en la que nos encontramos va a terminar cediendo bajo el peso de mi deseo.
Exhalo el aire que estaba conteniendo con miedo a que Adrian pueda leer la envidia en mi rostro.
—Creo que voy a echar un vistazo aquí.
Me adelanto hacia la parte de chucherías, aunque no es que necesite nada en específico de esa sección.
Aparte de intentar respirar un poco.
Y eso es justo lo que hago mientras finjo estar decidiéndome entre dos tipos de gusanos de gominola en la estantería que tengo justo en frente.
—Me sorprende que todavía no hayas hecho ningún comentario sarcástico sobre el azúcar procesado o algo por el estilo —le digo a Adrian, pero, cuando me giro, lo encuentro al otro lado del pasillo.
Mirando fijamente hacia los caramelos y prestándoles más atención de la que jamás nadie les ha prestado nunca.
—No me esperaba que fueras el tipo de persona al que le gustan los caramelos —intento bromear con él.
Él no me responde y es entonces cuando me doy cuenta de que tiene los hombros muy tensos.
¿Acaso está triste?
¿Por… la sección de dulces?
Sigo el curso de su mirada.
—¿Te gustan las gominolas con sabor a fruta? —No estoy segura de haber visto alguna vez ese envase en particular.
Adrian sigue mirando en esa dirección y su expresión es indescifrable.
—No —me responde con un tono cortante que no se parece en nada a las interacciones que estábamos teniendo hasta el momento.
De acuerdo.
Frunzo el ceño sin saber del todo qué es lo que me estoy perdiendo.
—Parece que le estás prestando demasiada atención a algo que no te gusta.
—Solo es… —Sacude la cabeza antes de agachar la mirada hacia sus mocasines—. Tan solo me ha traído un recuerdo. Algo que creía haber olvidado.
No quiero pasarme de la raya porque, a juzgar por cómo tiene apretada la mandíbula, no parece ser un buen recuerdo. Así que me aparto un poco con intención de proporcionarle el mismo espacio para respirar que yo misma he necesitado antes.
—Es sobre mi madre.
Alzo las cejas en señal de sorpresa.
—¿Tu madre?
Esto no está yendo por donde yo creía que iba a ir.
Está mirando con tanta intensidad a las chuches que me parece todo un milagro que estas no hayan empezado a arder todavía.
—Siempre solía tener estos dulces en la encimera de la cocina.
De vez en cuando yo solía pedirle uno, pero ella siempre me decía que no.
—Inclina la cabeza como si estuviera recuperando el recuerdo por completo—.
Solo me los ofrecía justo antes de los castigos.
—Hace una pausa—. Disolvía uno en un vaso de zumo.
Tenía que beberme el vaso al completo o si no, me decía que no contaba.
Frunzo de nuevo el ceño.
—Suena más a bien a que se trataba de una pastilla, no de un dulce.
En el momento en el que suelto esas palabras por la boca, veo cómo Adrian estrecha la mirada. Y entonces me doy cuenta…
Oh.
Oh.
Él se gira y su sonrisa es muy sombría.
—Con el tiempo dejé de pedírselos.