11 #2
No es un cigarrillo ocasional, es un chute de heroína que va directo a las venas. Es adictivo hasta el punto en el que sé que puedo acabar destrozada.
Tuve bastante suerte de poder alejarme de él sin sufrir demasiados daños, pero no me he olvidado del subidón y sé, sin ningún tipo de duda, que si vuelvo a acercarme a él, incluso aunque sea como amiga, Adrian conseguirá destrozarme por completo.
—¿Poppy? —Adrian gira la cabeza hacia un lado. Su rostro está enmarcado en sombras y distintos ángulos con el paisaje de la ciudad de fondo y… No. Sé que no podré recuperarme esta vez.
Nada de empezar de nuevo.
Nada de amistades.
Respiro con profundidad y se me comprime el pecho hasta que casi siento dolor.
—Agradezco tu disculpa —le digo finalmente—. Pero no estoy segura de si realmente la necesito.
Adrian alza las cejas.
—No me malinterpretes —continúo—. Fuiste un completo gilipollas en el hospital, pero también sé que el hecho de que apareciera de la nada y te bombardeara con un montón de acusaciones locas y maquiavélicas pudo parecer…
—¿Acoso? —dice al instante.
—Iba a decir impulsivo —reitero—. Además, no nos hizo quedar bien a ninguno de los dos y no voy a guardarte rencor si tú no me lo guardas a mí. Pero, si te soy sincera… —Las palabras se me atascan en la garganta. Es como si mi cuerpo intentara impedir físicamente que las pronuncia en voz alta.
Acabarás arruinada, me recuerdo a mí misma. Estás tratando de salvarte a ti misma de la ruina.
—No quiero empezar de nuevo —consigo decirle al fin.
Veo la sorpresa en su rostro, así que continúo—.
Tú mismo lo dijiste el otro día. Has pasado página, al igual que yo…
así que creo que deberíamos de dejar el pasado justo donde está.
—Me aclaro la garganta—. Te deseo lo mejor y te agradezco muchísimo que hayas aparecido antes para salvarme el culo, pero no quiero que seamos amigos.
No quiero ir de compras, dar una vuelta ni hacer nada de eso contigo.
Y, si te soy sincera, no creo que haya algo que puedas decir que me vaya a hacer cambiar de opinión, así que te agradecería mucho si pudieras dejarme en mi apartamento.
Hasta yo me sorprendo de lo muy segura de mí misma que sueno, aunque la satisfacción que siento al haber sonado como una adulta responsable no casa mucho con el dolor tan insoportable que no para de crecerme en el pecho.
Adrian sopesa todo lo que le he dicho durante unos instantes demasiado largos y yo espero ansiosamente a su reacción.
Quizá debería de haber esperado un poco más para rechazar su amistad teniendo en cuenta que nos encontramos a cuarenta metros sobre el agua.
Pero, cuando finalmente me responde, no noto odio ni furia en su voz, sino que tan solo me ofrece un asentimiento.
—Lo entiendo.
No soy capaz de evitar la sorpresa en mi voz.
—¿En serio?
Me ofrece otro asentimiento calmado.
—Sí. Tenemos una historia muy… particular, por decirlo de alguna forma. Volver a abrir ese capítulo puede significar ciertos riesgos emocionales y no hay nada que pueda decir que vaya a disminuir ese riesgo.
O es él el que está yendo a terapia o ha madurado mucho emocionalmente en estos años.
—Bueno… —No consigo explicar la decepción que siento en estos instantes. Debería de estar feliz de que Adrian sea capaz de ver la situación desde el mismo punto de vista lógico y racional que yo—. Me alegro de que ambos pensemos lo mismo.
Es lo mejor que podemos hacer.
—Exacto —afirma y se lleva la mano al bolsillo de su abrigo para sacar de nuevo el móvil—. Por eso voy a ofrecerte un punto de vista distinto. Si hoy pasas el día conmigo, te daré mil dólares.
Se me cae la mandíbula al suelo.
¿Qué?
—¿Qué?
—Tú misma lo has dicho —me explica, totalmente serio—. Las palabras no te van a hacer cambiar de opinión, pero el dinero es tangible. Y yo quiero ofrecerte algo a cambio de que estés dispuesta a asumir el riesgo.
Parpadeo.
Y vuelvo a parpadear, pero Adrian sigue sentado frente a mí, mirándome con toda la paciencia del mundo y el móvil en la mano.
—Vamos a ver si lo he entendido —le digo, anonadada—. ¿Me estás diciendo que vas a pagarme simplemente por acompañarme a hacer la compra?
Él asiente.
—Mil dólares —repito, como si eso fuera a hacer que la oferta sonara menos disparatada—. Por acompañarme a hacer recados.
Otro asentimiento.
—¿Solo… hoy?
—Solo hoy —afirma—. Y, cuando acabemos, si decides que vas a odiarme y que no quieres volver a verme nunca más, respetaré totalmente esa decisión.
Lo miro con escepticismo.
—No hay ninguna letra pequeña, ¿verdad? Si digo que sí, no estoy aceptando pasarme el resto de mi vida siendo tu criada o algo por el estilo, ¿no?
Sus ojos resplandecen de alegría.
—Como mi criada no.
Jugueteo con la cremallera de la chaqueta.
Esto es una locura.
Me habría preparado para algún tipo de manipulación emocional cuando he rechazado su amistad, pero… ¿manipulación económica? No esperaba que fuera a sacar esa carta. Aunque…
Ese dinero me vendría muy bien.
La verdad es que nunca vienen mal mil dólares, sobre todo ahora que voy a mudarme a un nuevo apartamento y voy a tener que comprar varias cosas para este. También podría invertirlos en nuevo material de arte. A mi tarjeta de crédito no le vendría mal un respiro.
Lo único que puedo llegar a perder es mi estabilidad emocional.
Y mi dignidad.
Le acabo de dar todo un discurso sobre que no quiero volver a ser su amiga o empezar de nuevo…
Cuadro los hombros.
—Es demasiado arriesgado, incluso por mil dólares —le digo.
Adrian estrecha la mirada.
—Entiendo.
—Pero por mil dólares por hora… —contraataco, con el estómago encogido por los nervios—. Quizá sí pueda llegar a arriesgarme.
Esto es una locura.
Soy yo la que está loca.
Adrian no va a…
—Dame tu teléfono —me ordena.
Rebusco el dispositivo casi roto que llevo en el bolsillo, lo desbloqueo y se lo paso sin pensármelo dos veces.
¿Esto es en serio?
No me doy cuenta de qué es lo que escribe en él, pero, cuando me lo devuelve unos instantes después, no parece haber tocado nada.
Quizá tan solo se está metiendo conmigo.
Quizá…
Me aparece una nueva notificación en la pantalla. Estoy muy segura de que he dejado de respirar.
Adrian te ha enviado 1000 $
—El tiempo empieza en este preciso instante —me dice y, a juzgar por la sonrisa lenta y satisfecha que se le extiende por todo el rostro, uno podría llegar a decir que el único ganador aquí ha sido él.