Redamancia 11
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Cuando la escena empieza a difuminarse a través de las ventanas tintadas, me doy cuenta de que quizá la situación sí me haya sobrepasado.

Mucho.

Este Adrian parece totalmente distinto al Adrian con el que hablé en el hospital o incluso en la fiesta.

Ese Adrian me hizo pensar que estaba loca.

Ese Adrian me hizo sentir que no importaba nada.

Se trata de un gran contraste con este Adrian, que ahora mismo me está agarrando de la mano.

El mismo que me está diciendo que estaré más a salvo con él.

Que me mira con la misma preocupación con la que me miraba antes, una que no le había visto… en años.

Ahora mismo no tengo la cordura suficiente para enfrentarme a esto.

—No tienes por qué llevarme a casa —le digo—. Puedes dejarme cerca del metro. —Finjo que el mero hecho de subirme al vagón de un metro repleto de desconocidos no me hace sentir un cosquilleo de nerviosismo por toda la piel.

Y es una pena, en cualquier otro momento me encantaría subirme a la parte trasera de un BMW totalmente equipado y cómodo, pero no junto a Adrian.

No después de cómo acabó nuestra última conversación.

Mi ego, por muy pisoteado y machacado que esté, sigue vivito y coleando.

—En serio. —Me aclaro la garganta—. No quiero suponer ninguna molestia.

Traducción: no quiero pasar ni un solo minuto más de lo necesario contigo.

—No es ninguna molestia —dice Adrian, aunque tiene los ojos clavados en la pantalla del teléfono mientras escribe algo. Por mucha vergüenza que me dé, echo de menos el contacto de su mano sobre la mía.

—Vivo al otro lado de Manhattan —vuelvo a intentar convencerle—. Estoy segura de que vas a tener que desviarte mucho.

Sigue sin alzar la mirada del teléfono.

—Para nada.

Siento la frustración en mi interior. No es un rechazo directo, pero está claro que quiere que me calle, lo cual solo aumenta mi irritación.

¿Sabes qué?

Extiendo la mano para presionar el mismo botón que Adrian ha presionado hace unos minutos.

El cristal desciende a la mitad y puedo ver cómo los ojos de acero del conductor aparecen en el espejo retrovisor.

—Si no le importa girar aquí a la izquierda, creo que la parada de metro de Broadway está bastante cerca —le digo—. Puede dejarme allí.

Los ojos del conductor se clavan en Adrian, que sigue sin decir nada.

—Justo aquí —repito mientras hago gestos hacia la próxima intersección.

El conductor no gira a la izquierda.

De acuerdo.

Supongo que no va a aceptar órdenes de una pasajera que no le paga las facturas.

Trago saliva sin saber muy bien cómo gestionar esto justo cuando Adrian vuelve a accionar el botón para cerrar el cristal y finalmente aparta la mirada del móvil.

—¿Sabes? La mayoría de la gente se sentiría muy agradecida de que los rescataran de una situación peligrosa y les ofrecieran llevarlos a casa sanos y salvos —dice con las cejas alzadas.

La mayoría de la gente me dejaría coger el metro si se lo pidiera, casi respondo, pero no lo hago.

—Te lo agradezco —le digo—. De verdad. Si no hubieras aparecido la cosa podría haberse puesto muy fea. —Entonces, otro pensamiento me cruza por la mente—. ¿Qué hacías en ese barrio?

No consigo ocultar del todo el tono de sospecha en la voz, aunque Adrian tan solo se encoge de hombros.

—Tenía una reunión con un cliente en Queens y Alex pensó que podríamos ahorrarnos la mayor parte del tráfico si nos desviábamos por unas cuantas calles residenciales.

Me quedo mirándole.

Eso es… totalmente razonable.

Y me siento muy agradecida por su rescate, pero compartir un espacio confinado con él me está haciendo sentir unas emociones que no quiero sentir.

Me remuevo en el asiento.

Joder, este coche es muy cómodo.

Me aclaro la garganta.

—Tengo varios recados que hacer —continúo, lo cual no es del todo mentira. La compra en el súper me espera—. Y estoy segura de que tendrás por delante un día muy ajetreado, además, teniendo en cuenta las horas que son… Estoy segura de que el tráfico en Manhattan va a ser horrible, así que…

Así que dile a tu conductor que pare aquí para que pueda bajarme de una vez.

Miro a través de la ventana.

Nos estamos acercando al puente de Manhattan, lo que significa que dispongo de muy poco tiempo antes de que este vehículo se quede atrapado en varios atascos de a saber cuántos minutos.

Como si pudiera sentir mi preocupación, veo cómo Adrian alza las comisuras de los labios con diversión.

—Qué bien —me dice—. Justo me dirigía hacia Manhattan y hoy es mi día libre, así que no estoy ocupado. Me encantaría acompañarte a hacer recados.

Abro mucho los ojos.

¿Qué demonios?

¿Cómo hemos pasado de que simplemente me llevara a casa a hacer recados juntos?

Sacudo la cabeza.

—Creo que lo estás malinterpretando. Cuando digo recados, me refiero a recados de verdad. Recados muy aburridos. Como ir a hacer la compra.

Por desgracia, esas palabras no parecen inspirar el mismo pavor en Adrian que en mí porque veo cómo vuelve a pulsar el botón de la ventana.

—Alex, conduce hacia el súper más cercano en Manhattan.

—Sí, señor.

Ah, ¿así que no estás sordo?

O Alex no se da cuenta de lo mal que lo miro a través del espejo retrovisor o simplemente le da igual, porque el cristal vuelve a alzarse y el pánico vuelve a hacer acto de presencia en mí.

—Te aseguro que no quieres ir de compras conmigo —insisto—. Soy muy lenta. —No parece para nada convencido a pesar de mi insistencia—. Y me encanta usar cupones de descuento.

Él se ríe.

—Creo que sobreviviré.

—¿Acaso no prefieres hacer algo más interesante en tu día libre? —le pregunto—. Como ir a dar una vuelta o algo.

—Iremos a dar una vuelta después de que termines con tus recados —me responde y yo me doy una bofetada en la cara internamente.

Esto es ridículo.

¿Acaso pretende que pasemos todo el día juntos?

Observo, desesperada, la última salida que podría haber tomado el coche antes de entrar en la cubierta superior del puente y mi irritación no para de crecer.

Entonces ¿qué?

Ha insinuado que estoy loca, ha sugerido que necesito terapia y ahora pretende que pasemos el día juntos como si fuéramos… ¿qué? ¿Antiguos amigos? ¿Como si no hubiera ocurrido nada más? ¿Como si yo solo fuera un juguete con el que puede hacer lo que le dé la gana?

Por un instante considero abrir la puerta del coche y jugármela con la valla de alambre y los seis carriles de tráfico.

Seguro que eso le mandaría un mensaje muy claro a Adrian sobre lo que pienso de sus tácticas de manipulación.

Pero si este BMW tiene los cristales y el chasis a prueba de balas, estoy segura de que también tendrá cierre automático y bloqueo infantil.

—Sé lo que estás pensando. —Adrian me interrumpe el hilo de pensamientos y yo me giro hacia él con las cejas alzadas.

Lo dudo mucho.

—Nuestra conversación en el hospital —empieza a decir y su diversión se difumina en una expresión más seria—. Fui un poco duro y bastante despectivo.

Estrecho la mirada.

¿Qué?

—Sé que no sirve como excusa, pero me pillaste justo al final de un turno de veinticuatro horas, acababa de salir de una cirugía y tan solo tenía treinta minutos para descansar un poco y comer algo —continúa, pasándose una mano por los rizos—.

Mi temperamento me jugó una mala pasada, pero sé que no debería de haber menospreciado nuestra historia.

Le miro con cautela.

—No deberías de haberlo hecho, no. ¿Simplemente fuiste duro o acaso no iba en serio lo que me dijiste?

Mis nervios deben de haberse calmado desde la confrontación de antes porque no siento ni un ápice de ansiedad al preguntarle eso.

Sus ojos oscuros se encuentran con los míos.

—Ambas cosas.

Menuda respuesta más ambigua.

—¿Y todo lo que dijiste de que estaba loca y paranoica? —Me cruzo de brazos sobre el pecho—. ¿En serio crees eso?

Lo intento con todas mis fuerzas, pero no puedo ocultar el dolor que transmite esa pregunta. Veo cómo la expresión de Adrian se suaviza.

—Esos comentarios fueron muy desafortunados —admite—.

Tenías todo el derecho de preocuparte por cuáles eran mis intenciones en Nueva York, teniendo en cuenta nuestro historial, y yo debería de haber sido más proactivo después de nuestro encuentro en la fiesta.

Si te hubiera apartado a un lado esa noche y te hubiera explicado por qué estoy aquí, quizá las cosas habrían sido muy diferentes en el hospital o quizá ni siquiera hubieras tenido que venir a hacerme un interrogatorio.

—Hace una pausa para que la disculpa se asiente—.

Y, dejando a un lado esas circunstancias, nuestro encuentro de hoy podría ser toda una nueva oportunidad. Para empezar de nuevo. Como amigos.

¿Empezar de nuevo? ¿Amigos?

Me quedo mirándolo. Mi lado más lógico y el más emocional parecen pelearse en mi cabeza para ver cuál de los dos es el que consigue sobrevivir.

La parte más emocional me dice que su disculpa ha sido muy buena y todo mi ser quiere creer que lo dice en serio. Que Adrian, después de tanto tiempo, todavía quiere tener algún tipo de relación conmigo, aunque solo sea de amistad.

La parte más lógica me dice que no puedo fiarme de ninguna palabra que salga por la boca de Adrian, por muy genuino que pueda sonar y el hecho de que ya esté sintiendo cómo se vienen abajo los muros que he construido alrededor de mi corazón me indica que no es muy buena idea volver a ser su amiga.

También me cuesta creer que alguien tan recatado como él pudiera llegar a decir algo de lo que después llegara a arrepentirse, por mucho que llevara un día entero sin dormir.

Estamos hablando del mismo hombre que ha sabido sobrellevar una fachada encantadora y educada durante mucho años sin llegar a soltar ni una sola mala palabra a ningún compañero.

Podría haber una posibilidad de que toda esta diatriba emocional pueda ser intencionada y…

No puedo fiarme de él, decido. No puedo bajar la guardia. No puedo empezar de nuevo o volver a ser su amiga. Es demasiado arriesgado.

Porque Adrian Ellis es alguien que te consume por completo.