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Sabía que mis opciones iban a ser muy limitadas al no tener a LuAnne para dividirnos el alquiler, pero no pensaba que fueran a serlo tanto.
—Así que, para que me quede claro… —Doy un paso hacia delante y escucho el sonido de una guitarra eléctrica y de una batería tocando a destiempo a través de la tarima del suelo—. ¿No tiene vitrocerámica ni microondas ni termostato ni calentador de agua?
El casero, quien tan amablemente me ha ofrecido esta visita («O vienes en una hora o se lo vendo a otra persona»), gruñe a modo de afirmación.
—Y me has asegurado que podrás arreglar todo eso antes de que me mude, ¿cierto?
El propietario se ajusta el cuello del polo que lleva puesto.
—Me ocuparé de ello cuando pueda.
Traducción: nunca.
Se escucha más ruido escaleras abajo. Parece como si alguien hubiera dejado a su hijo suelto con los platillos.
—¿Y los vecinos de abajo? ¿Siempre ponen la música a todo volumen?
Él se encoge de hombros.
Respiro hondo y me recuerdo a mí misma que este piso es barato. Muy barato.
El casero, Donny, me recuerda al novio de mi madre (perdón, a su «acompañante de vida», según pone en Facebook). Ambos parecen aferrarse al poco pelo que les queda, son de hueso ancho y tienen la misma actitud apática que siempre consigue hacerme la vida más difícil.
Paseo la mirada por el apartamento vacío.
Este lugar podría haber sido muy encantador hace unos cien años, pero ahora la madera se ha vuelto antigua y se está astillando, así que parece que siempre voy a tener que llevar zapatillas en casa.
Las paredes están mal remendadas y veo cómo desprenden pintura blanca.
Además, la distribución es muy peculiar, incluso para tratarse de Nueva York.
Las paredes apenas sobresalen y se curvan en lugares extraños, y el único pasillo que hay en toda la casa es tan estrecho que me sorprende que no haya atraído todavía a ningún espeleólogo.
Me hago una lista mental de los pros y de los contras.
Contra: Este lugar se encuentra en un barrio de Brooklyn del que nunca había oído hablar y su seguridad es muy cuestionable para una mujer que pretende mudarse aquí sola.
Pro: Nunca es mala idea empezar a poner en práctica las habilidades de autodefensa, ¿no?
Contra: No hay vitrocerámica ni microondas.
Pro: Otra excusa más para no cocinar.
Contra: No funciona el termostato.
Pro: Puedo pasarme el invierno a menos de tres metros de un calefactor y supongo que en verano no necesitaré el microondas para nada.
Contra: Tampoco funciona el calentador de agua.
Pro: Tengo entendido que las duchas frías tienen muchos beneficios para la salud.
Contra: Estoy segura de que he visto un par de cucarachas pasearse por la encimera de la cocina antes.
Pro: Al menos no estaré del todo sola.
Contra: Si me toca escuchar la música a todo trapo de los vecinos todos los días, creo que voy a volverme loca y asesinarlos a todos.
Pro: No tendré que preocuparme de buscar casa si estoy en la cárcel.
La lista podría extenderse hasta el infinito, pero tan solo hay un único punto que importa: que tengo muy poco presupuesto y que el alquiler aquí es muy barato.
Barato hasta cierto punto, teniendo en cuenta la cantidad de desperfectos que el casero no tiene ninguna prisa por arreglar.
—¿Te lo quedas o no? —Oigo cómo mueve el pie con impaciencia.
Respiro con pesar.
—¿Puedo darle una vuelta?
Traducción: ¿me dejas que busque otro apartamento que al menos tenga termostato, vitrocerámica y agua caliente en los próximos cincuenta días?
—No te lo pienses demasiado. —Me señala con un dedo y puedo distinguir bien su acento neoyorquino con las siguientes palabras—. Van a venir un par de personas más a verlo luego y no pienso bajar más el precio.
Me siento muy decepcionada cuando tengo que caminar y pasar seis edificios para llegar hasta el metro (otro contra). Voy totalmente abrigada para intentar que el frío de enero no se me meta en los huesos.
Nueva York es el único sitio en el que casi puedes entrar en guerra para intentar alquilar un apartamento del tamaño de una caja de cerillas.
Suspiro.
¿Quizá ya vaya siendo hora de ir buscando una nueva compañera de piso?
Temo el momento en el que tenga que jugármela como si se tratara de la ruleta rusa para que no me toque alguna compañera con muy malos hábitos de limpieza, pero, teniendo en cuenta cómo van mis finanzas, parece que no me va a quedar otra opción.
Va a ser temporal , pienso, tratando de canalizar el optimismo de LuAnne sobre la exposición de arte.
Estoy a punto de experimentar el mayor punto de inflexión en mi carrera profesional dentro de unas semanas.
¿Qué más da si tengo que pasarme un par de meses (o incluso un año) compartiendo el baño con unas cucarachas o enviando mensajes pasivo-agresivos sobre los platos sucios que haya en el fregadero?
No es como si no lo hubiera hecho antes.
Me aferro a ese atisbo de esperanza mientras giro hacia una de las calles estrechas por las que he venido antes y… espera, ¿acaso he pasado antes por aquí?
Hago una pausa en mitad de la calle para escanear mis alrededores. Hay un bar con luces neón a la izquierda, una tienda de conveniencia y una fábrica al otro lado de la calle, así que… no.
No he pasado antes por aquí.
Siento inquietud cuando me doy cuenta de que hay muy poca gente en la calle… a pesar de que estamos a pleno día. Tan solo tengo que recalibrar y averiguar qué giro debo haber hecho mal para haber acabado aquí.
Esto es lo que pasa cuando me distraigo en un barrio que no conozco.
Me aprieto más la chaqueta y me dirijo hacia el callejón repleto de grafitis y maleza para sacar el móvil y abrir Google Maps.
Estoy a punto de calcular la ruta de nuevo cuando se abre de pronto la puerta del bar y cuatro hombres de mediana edad salen por ella.
Uno se cae inmediatamente al pisar un bache en la acera, cae justo sobre los matorrales y se le llena la cara de artemisa.
Parece que alguien se ha pasado un poco con la bebida.
Sus amigos, todos vestidos con unos uniformes oscuros y raídos en el que se indica el nombre de la fábrica que se encuentra al otro lado de la calle, se ríen con fuerza.
No les presto mucha atención mientras se encienden un par de cigarrillos. La mayor parte de su conversación no tiene el más mínimo sentido hasta que…
—¡Eh, nena! —El borracho que se ha caído, Ron, según pone en la etiqueta amarilla que lleva en el uniforme, me ofrece una sonrisa en la que puedo ver que le faltan algunos dientes y a mí se me cae el alma a los pies—. ¡Qué guapa eres!
—No me interesa —le espeto sin pensármelo dos veces.
Sus amigos se ríen, pero la expresión de Ron cambia a una de furia.
—¿Por qué estás tan tensa, perra?
—Déjame en paz. —Me giro en dirección contraria, ya que mi instinto me está gritando que salga pitando de aquí, pero parece que Ron no está dispuesto a dejarme marchar con tanta facilidad.
—¿A dónde crees que vas, perra? No he terminado todavía contigo.
Noto cómo una mano se me aferra al brazo para darme la vuelta y reacciono antes de que pueda tener tiempo para pensar si quiera.
Le abofeteo la mejilla con la mano abierta. El hombre se tambalea hacia atrás y hay un momento de silencio, ya que ninguno de los dos parece haberse dado cuenta de lo que he hecho.
Y, tras eso, el hombre se lanza a por mí.
No me doy cuenta de nada más aparte de mis pies, que he comenzado a mover hacia atrás; de sus brazos, que extiende hacia delante; y del chirrido de unos neumáticos.
Del chirrido muy agudo de unos neumáticos.
Echo la mirada hacia atrás y abro mucho los ojos cuando veo un BMW negro que ha aparecido por la curva que hay frente al bar y que casi se ha llevado a uno de los borrachos en el proceso.
—¿Qué demon…?
La puerta trasera del BMW se abre y de este bajan unos mocasines italianos muy brillantes. ¿Qué demonios?
Es lo único en lo que puedo pensar cuando Adrian sale del vehículo y emana tanta rabia que olvido momentáneamente que me encuentro al alcance de la mano de un hombre que ha intentado agredirme.
Los hombres también deben sentirlo porque todo el mundo (incluida yo) se queda quieto mientras sus ojos, afilados como el acero, le echan un vistazo a la escena.
Se me corta la respiración cuando sus ojos se encuentran con los míos.
Veo cómo aprieta la mandíbula.
—Súbete al coche, Poppy.
No hace falta que me lo diga dos veces.
No me lo pienso antes de pasar por al lado de Ron y sus amigos, directamente hacia Adrian.
Tengo que agacharme bajo su brazo para subirme al BMW y casi me ahogo de alivio cuando toco los asientos de cuero fríos, pero el alivio me dura poco cuando me doy cuenta de que Adrian no me ha seguido al interior del coche.
De hecho, se ha colocado en una posición en la que está bloqueando la puerta, obstruyéndome la visión de todo menos de los músculos de su espalda. A pesar de que lleva un chaquetón de lana gruesa puedo ver cómo tiene todos los músculos tensos.
¿Qué demonios está ocurriendo?
—Oye, tío… —Creo que ese es Ron, aunque su tono de voz suena completamente diferente. Más sobrio. Más nervioso—. Tan solo estábamos de broma, no íbamos a…
Adrian da un paso hacia delante y se detiene justo al lado de Ron.
—Ron, ¿verdad? —Hay tanto odio en su voz que incluso yo me estremezco, a pesar de la chaqueta que llevo puesta—. Creo que me voy a acordar muy bien de tu nombre.
Sigo mirando, con los ojos bien abiertos, cuando regresa al coche, se sienta sin dificultad alguna en el asiento a mi lado y cierra la puerta.
Ay, madre.
Por un instante no hay más que silencio entre Adrian y yo, quien normalmente suele tener tanto control de sus emociones que a veces llego a creer que las tiene secuestradas en un sótano o algo, aunque ahora puedo sentir una furia fría emanando de él y que parece demasiada para este espacio tan reducido.
No pronuncia ni una sola palabra, ni a mí ni al conductor que se encuentra tras el cristal que parte el coche en dos. Adrian se inclina hacia atrás, cierra los ojos y aprieta los puños.
Noto cómo me sigue latiendo con mucha rapidez el corazón y el cuerpo me grita: ¡Peligro! ¡Peligro!
Quizá sea por el peligro que sigue acechando fuera o porque me he metido en un coche con otro tipo de peligro, no estoy del todo segura, pero sigo sintiendo cómo la adrenalina me corre por las venas.
Adrian respira con profundidad, pero me doy cuenta de que eso no ayuda a eliminar la tensión que siente por todo el cuerpo. Parece que está a un solo mal movimiento o palabra de romper la puerta del coche y terminar lo que esos hombres han empezado.
No puedo dejar de mirarle los puños y los tiene tan apretados que se le han puesto los nudillos blancos.
No tengo ni idea de qué es lo que me impulsa a hacerlo, pero extiendo la mano y la coloco sobre la suya.
Él se queda quieto.
Completamente quieto.
Mierda.
Vale, esto ha sido una muy mala idea…
Aparto la mano o, al menos, lo intento, pero Adrian, más rápido que una víbora, me captura la mano y entrelaza nuestros dedos.
Se me corta la respiración y me quedo mirando nuestras manos unidas con sorpresa.
Él no dice nada, pero noto algo familiar en la forma en la que sus dedos largos y ágiles se entrelazan con los míos. En el calor de la palma de su mano contra la mía.
Tan familiar que duele.
Sea cual sea la técnica de relajación que está usando parece que está funcionando, porque, unos instantes después, se le relajan visiblemente los hombros.
No abre los ojos, sino que se pone a juguetear con algún botón del coche.
El cristal opaco hace un ruidito cuando se baja y puedo ver unos ojos azul acero y unas profundas arrugas a través del espejo retrovisor.
Adrian se aclara la garganta.
—Sácanos de aquí, Alex.
—Sí, señor. —Se escucha el motor del coche y el cristal vuelve a alzarse.
Adrian vuelve a soltar otro largo suspiro antes de abrir los ojos, que coloca sobre mí al instante.
Me congelo bajo el peso de su mirada, pero parece que la rabia helada se ha derretido, ya que me pregunta con un tono más suave de lo que me esperaba:
—¿Te encuentras bien?
Parpadeo en su dirección.
¿Me encuentro bien?
Lo cierto es que he estado demasiado ocupada tratando de descifrar el estado mental de Adrian como para prestarle atención al mío, pero, cuando agacho la mirada, me doy cuenta de que me tiembla todo el cuerpo y de que el corazón sigue amenazando con salírseme del pecho.
—Es muy común en los episodios de estrés agudo —me explica, como si me hubiera leído la mente—. Debería pasarse en unos minutos.
Todavía puedo imaginarme lo que ha causado este episodio de estrés agudo, que ha sido su rostro contraído de rabia y su mano sobre la mía, esperando a que…
—Respira con profundidad —me ordena Adrian con amabilidad—. Concéntrate en lo que te rodea.
Debería preocuparme lo rápido que mi cuerpo reacciona a sus órdenes.
Respiro profundamente.
Me concentro en el ronroneo suave del motor del BMW.
En los asientos de cuero que tengo debajo.
En nuestras manos que siguen todavía entrelazadas.
En el calor que emana el cuerpo de Adrian, que se encuentra muy cerca del mío.
En cómo su aroma (Dios, ¿cómo he podido olvidarme de este aroma?) parece inundar por completo cada centímetro del coche.
Es una combinación muy específica de cedro y algo muy limpio, como a sábanas recién lavadas, y desencadena un montón de recuerdos para los que no estoy preparada: la chaqueta de Adrian alrededor de mis hombros, nosotros estudiando en su habitación o tumbados en la cama del hotel con su cuerpo desnudo sobre el mío.
De pronto me siento agradecida de que haya una mínima separación entre nosotros que me impida subirme a su regazo, rozarle la nariz contra el pecho y tratar de inhalar por completo su aroma.
—¿Te sientes mejor? —Su pregunta me obliga a salir de mi trance y me las apaño para asentir. Sí que me siento mejor, aunque no estoy segura de si el mérito debe llevárselo su técnica de relajación.
Al menos he dejado de temblar.
—Estoy bien —le digo en voz baja, sin estar del todo segura a quién de los dos estoy tratando de convencer—. Estoy a salvo.
—Lo vas a estar —murmura y suena casi como una promesa—. Conmigo.
Algo oscuro le cruza el rostro, pero ha desaparecido antes de que pueda asegurarme de que ha estado ahí. Adrian lo reemplaza con una sonrisa amable.
—Será mejor que te lleve a casa.