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Debería de haberme imaginado que iba a recibir una mala noticia cuando Joe nos invitó a tomar gyozas en el East Village.
Tras ocho gyozas , dos blintzes de queso e innumerables tortitas de patata, este se apoya contra el mantel de vinilo pegajoso y se aclara la garganta.
—He hablado con mi compañero de la carrera. El que se ha especializado en las leyes del mercado inmobiliario de Nueva York.
—¿Y? —LuAnne se traga un pedazo de gyoza —. ¿Qué te ha dicho?
No necesito ningún título en Derecho de la universidad de Fordham para darme cuenta de lo que significa la expresión en su rostro (y del hecho de que no me ha discutido que pidiera salsa blanca para compartir, a pesar de que costaba tres dólares más).
Sé que no se avecinan buenas noticias. Tengo el estómago lleno de queso y masa, pero se me revuelve de todas formas.
Joe nos da una explicación de tres minutos para la que probablemente sí necesite un grado universitario de cuatro años, pero consigo entender lo básico.
—En otras palabras, estamos jodidas —concluyo.
—En un ámbito profesional no lo diría de esa forma —dice Joe—. Pero entre nosotros…
—Sigo sin poder creerme que esté pasando esto. —LuAnne sacude la cabeza—. Y lo peor de todo es que es legal.
Hay cientos de leyes que protegen a los inquilinos en Nueva York y, de alguna manera, ninguna se aplica a nuestra situación.
—Quizá podríais intentar defender la legalidad de lo que os está ocurriendo en un juicio —nos indica Joe, pero no hay mucho optimismo en su tono—. Pero ya solo con lo que os costaría contratar a un abogado… —Se reclina sobre su asiento y las implicaciones son más que obvias.
Hasta la fecha, soy la personificación en vivo del estereotipo de artista muerta de hambre y LuAnne va muy justa porque debe un cuarto de millón en becas de estudios. Ninguna de las dos dispone de miles de dólares para desperdiciarlos en meses y meses de batallas legales.
Suspiro.
—Así que tenemos dos meses para encontrar otro lugar en el que vivir.
Añadiré esto a la lista interminable de razones por las que parece que mi vida se está desmoronando poco a poco.
Si nos encontráramos en Mobile, Connecticut o cualquier otro estado del país, seguramente tendríamos más tiempo para encontrar algo, pero Nueva York tiene uno de los mercados inmobiliarios más competitivos del mundo.
Está saturado de ofertas entre las que tendremos que bucear y las pocas que podamos permitirnos seguramente se reserven en unas pocas horas o entren en subasta hasta que el precio suba tanto que ya no podamos seguir permitiéndonoslas.
Tuvimos mucha suerte de encontrar este apartamento hace unos años cuando el mercado se encontraba en un mejor momento. Así que vamos a necesitar un golpe de suerte si queremos encontrar uno de dos habitaciones a buen precio en Manhattan en sesenta… no, cincuenta y siete días.
Seguramente tenga más suerte si echo la lotería.
—Quizá debamos explorar qué otras opciones tenemos —sugiere LuAnne.
Asiento.
—Me parece una buena idea. Sé que el trasbordo no es el mejor, pero quizá encontremos algo a buen precio en Bushwick o Flatbusch, y así tú estarás más cerca de Joe. —Hago un gesto hacia él como si fuera una variable más a tener en cuenta.
LuAnne sonríe, pero es el tipo de mueca falsa que le proporciona al camarero cada vez que se equivoca con su pedido.
—En realidad… —Extiende la mano para tomar la de Joe sobre la mesa—. Estaba pensando en otra cosa. —Clava la mirada en la de él—. Joe me ha pedido que me mude con él.
Parpadeo.
Oh.
Oh.
—Oh. —Casi no me da tiempo a enmascarar mi decepción por sorpresa.
—No te hagas la sorprendida. —Pone los ojos en blanco. Su sonrisa es tan radiante que casi me deja ciega—. Ya me ha dicho que lo habló contigo y que lo animaste para que me lo pidiera.
…cierto.
Hice justo eso.
—Era justo el empujón que necesitaba —dice, con una sonrisa igual de amplia. Con todo lo que ha ocurrido estas últimas semanas, el recuerdo de Joe mencionándome sus planes en el bar está muy borroso y casi parece como si hubiera ocurrido en otra vida.
Sin embargo, ambos me miran expectantes, así que no me queda otra opción aparte de curvar los labios en lo más parecido a una sonrisa.
—Vaya. —Casi me ahogo—. Qué… emocionante.
Está claro que el medidor de sarcasmo de LuAnne no funciona cuando está tan contenta.
—¡Lo sé!
—Me alegro mucho por ti —miento. Mi cuerpo se debate entre el shock, la culpabilidad por no sentirme contenta por ella y la ansiedad que me produce darme cuenta de que…
—Sé que quizá no sea el mejor momento para ti —suspira LuAnne—.
Pero estás a punto de exponer tu arte en una de las galerías más famosas, ¿no?
No creo que quieras compartir piso con nadie en cuanto seas una artista de renombre y te llueva el dinero.
—Sé que se está metiendo conmigo, pero me remuevo en el asiento con incomodidad de solo pensarlo.
¿Compartir piso con un desconocido? No.
¿Contigo? Siempre.
—Y pienso estar a tu lado para ayudarte con la búsqueda de piso y cualquier cosa que necesites —continua—. Uno de mis compañeros se acaba de mudar a un apartamento de una habitación en Crown Heights y tan solo paga dos mil dólares de alquiler.
Debería partir ese número por la mitad para poder llegar a permitírmelo, pienso, pero no me apetece ensombrecer el entusiasmo de LuAnne con mis limitaciones económicas y menos aún cuando Joe se gira y le deja besos suaves en la frente.
A LuAnne le aparece una sonrisa enamorada en el rostro y no parece estar repleta de las inseguridades que solía tener con el resto de sus relaciones.
Con él no se siente insignificante, no parece quererle más de lo que él la quiere a ella, no se pelean por las contraseñas del móvil del otro ni por ninguna Jessica ni ninguna Sarah.
Por primera vez, LuAnne está en una relación sana y seria, y sé que se merece tener mi bendición.
Así que cuando extiende el cuerpo por encima de la mesa para abrazarme y comienza a parlotear sobre que tiene que meterse en internet para comprar muebles para decorar un poco el apartamento de Joe, intento fingir que no la odio por el hecho de que me está abandonando.
—Voy a por la cuenta —dice Joe, dejándonos a solas.
LuAnne regresa a su sitio.
—¿Seguro que estás de acuerdo con esta decisión?
No, la verdad es que no.
Es como si me fueras a guardar en la misma caja en la que guardas tu birrete de graduación y los discos antiguos de Taylor Swift.
Por no mencionar los problemas económicos que voy a tener al intentar averiguar cómo demonios voy a permitirme vivir en esta ciudad yo sola.
Me trago todas esas palabras.
—Más que de acuerdo.
Ella asiente, totalmente aliviada, y yo finjo no estar volviéndome loca.
Cincuenta y siete días.
Me vibra el móvil sobre la mesa y veo que me ha llegado un mensaje en la pantalla.
¡Me parece genial el sábado a las ocho! Nos vemos pronto :)
LuAnne abre mucho los ojos.
—¿Quién es ese?
—Se llama Tom —le digo como si nada—. Nos conocimos en una cafetería hace unas semanas y me pidió el número. Hemos hablado un poco, pero finalmente me he atrevido a preguntarle si está soltero.
—¿Hace unas semanas? —Alza una ceja—. No me habías contado nada sobre Tom.
Me encojo de hombros.
—No estaba segura de si iba a cuajar la cosa, pero…
—¿Pero? —me insta—. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?
Jugueteo con el mantel de la mesa.
—Nada en específico.
Con eso me refiero a que mi exnovio sociópata me ha dicho que estaba loca y que quizá necesitaba ir a terapia para superar nuestra relación.
Y justo después me cogió del cuello e incitó mucha tensión sexual entre nosotros.
Incluso ahora, varios días después de lo ocurrido, sigo teniendo cierto regustillo amargo de ese momento.
Quizá compartiéramos una conexión muy retorcida cuando éramos adolescentes, pero está claro que Adrian piensa en mí tanto como yo pienso en Enid en Montana, lo cual es: nunca.
Y, por muy humillante que suene, ya he tenido mi propio momento de cierre con él como para seguir dándole vueltas a lo nuestro y autocompadecerme.
Además, esto me está ayudando con mi bloqueo artístico.
No quiero darle ningún mérito a Adrian por haberme curado el bloqueo artístico, pero, tras nuestra breve interacción en el hospital, no he tenido ningún problema al volver a coger un pincel.
Si continúo a este ritmo, quizá pueda tener el resto de la colección lista para Ocean la semana que viene.
Quizá eso me ayude a pensar que no todas las partes de mi vida se están viniendo abajo.
Y, cuando agacho la mirada para observar el mensaje de Tom, pienso que quizá esto también me ayude un poco.
¿Cuál era el dicho?
¿Un clavo saca otro clavo?
Sello nuestro destino con una simple palabra.
Genial :)