8 #3
—¿Que iba a ir a por ti y recolectar mi premio? ¿Que te perseguiría hasta los confines del mundo? —Esas palabras suenan extrañamente vacías sin el fervor con el que las pronunció hace una década.
Trago saliva.
—No me digas que no lo dijiste en serio. Sé que iba en serio. Estabas…
—No era más que un niño con el corazón roto —me espeta y el tono tan afilado con el que me habla me corta por dentro como si fuera un cuchillo—. Dije esas cosas porque me estabas dejando y me sentía devastado.
Son las primeras palabras que salen por su boca que sé que son ciertas y la culpa se me instala en la garganta, tan cruda como el mismo día que la sentí cuando aterricé en esta ciudad.
Siento mucho que tuviera que terminar de esa manera, quiero decirle. No debería de haber sido así… pero no estoy segura de que hubiera podido terminar de otra forma.
—Quizá en aquel momento lo decía en serio —continúa y su tono de voz va perdiendo filo con cada palabra—.
Pero ya no somos adolescentes. No me he pasado la última década trazando una estratagema para arruinarte la vida.
No me he mudado a Nueva York por ti. —Se pasa la mano por los rizos y finjo que a mí no me duelen los dedos al recordar cómo se sentía poder estirárselos—. De hecho, llevo aquí ya tres meses.
Digiero todo lo que me ha dicho, excepto…
Tres meses.
Lleva viviendo en Nueva York ya tres meses y yo no tenía ni idea.
—He pasado página, Poppy —finaliza y el hecho de que haya usado mi nombre, el de verdad, se siente como un clavo más en el ataúd de la relación tan retorcida que solíamos tener—. Hace mucho tiempo. No tengo ningún tipo de interés en reavivar una relación que tuve de adolescente.
Tres meses y no ha intentado buscarme ni una sola vez.
Porque no tenía ninguna intención en hacerlo.
—No pretendo sonar borde —me dice y todo su rostro se suaviza en una expresión que se parece mucho a la pena—.
Está claro que sigues aferrándote al pasado y que mi presencia en Nueva York te ha trastocado hasta el punto de…
—Hace una pausa. Quiere decir paranoia. Sé que quiere decir paranoia— …
imaginarte conspiraciones absurdas. Si necesitas ayuda para trabajar en esos pensamientos, hay muchos recursos disponibles.
Tengo algunos colegas que se especializan en la psiquiatría.
Podría darte el número de alguien de confianza.
Parpadeo.
Y después vuelvo a parpadear, esta vez para asegurarme de que no he terminado por accidente en un universo alternativo con un Adrian alternativo.
No puede ser que el Adrian Ellis de este universo me acabe de insinuar que necesito ir a terapia.
Mi incredulidad vuelve a transformarse en rabia.
—No necesito ningún recurso —siseo.
—No he dicho eso.
—Pero sí lo has implicado.
—Te lo he ofrecido —me dice—. Eso es todo. No creo que haya que avergonzarse por necesitar un poco de ayuda para superar el pasado.
—Estoy de acuerdo, pero yo no necesito ayuda con nada —insisto—. Yo también he pasado página. Hazme caso.
No parece del todo convencido.
—De acuerdo.
Tengo que largarme de aquí antes de que intente matarlo.
Suspiro con profundidad.
—Mira. —Frunzo el ceño y clavo la mirada en el suelo—. Ya me lo has dejado claro. Tú has pasado página y yo también. Ya está. —Me meto las manos en los bolsillos del abrigo y me giro—. No voy a quitarte más tiempo.
Paso por su lado, pero Adrian extiende la mano y me rodea la muñeca con ella.
—Una cosa más.
No puedo explicar qué es lo que cambia en el ambiente, pero puedo sentirlo. Es como si me deslizaran un cubito de hielo por la espalda. Mi cuerpo reconoce que estoy en presencia de un depredador un segundo antes de que lo haga mi mente.
Ese segundo es lo único que necesita para atacar y empujarme hacia la columna. Me coloca las manos a ambos lados de la cabeza para que no pueda mirar a otra parte que no sea a él.
Se agacha lo suficiente para que pueda sentir su aliento frío y a mentol sobre mi rostro.
—Si vuelves a venir aquí y a usar el nombre de Mickey para llamar mi atención —murmura con un tono oscuro—, te prometo que la tendrás. Dispondrás de toda mi atención.
Me quedo mirándole con los ojos bien abiertos y el corazón latiéndome como las alas de un colibrí.
¿Acaso pretende hacerme daño?
Sus manos, justo aquí, y sus ojos obsidiana resplandeciendo con intensidad, y sus labios, que están pronunciando algo…
Una mano, su mano, me aprieta la mandíbula y yo me estremezco de sorpresa.
—¿Me has entendido, Poppy?
Siento miedo por todas partes.
Sus dedos son tan largos que casi me cubren la parte inferior del rostro por completo y…
Podría matarme ahora mismo.
Podría romperme el cuello.
Podría romperme la mandíbula como si fuera la cáscara de un huevo.
Lo sé y creo que él también lo sabe porque me está mirando, no a mí, sino a mi cuello.
A la frágil arteria carótida que me late debajo de la piel.
Mierda.
No tengo ninguna excusa para el calor que se me empieza a extender por la parte inferior del abdomen, pero rezo para que Adrian asuma que se me ha cortado la respiración debido al miedo.
Algo no va bien conmigo, pienso. Me lo voy a tener que hacer mirar… pero ahora no.
—Lo entiendo —susurro. Esas palabras me salen ligeramente amortiguadas por su mano y veo cómo su mirada vuelve a clavarse en la mía.
—Bien. —Sus labios esbozan una sonrisa complacida y de pronto me vuelvo demasiado consciente de la forma en la que su mano comienza a descender, cómo me pasa los dedos por la arteria carótida y cómo su pulgar se detiene sobre mi labio inferior como si fuera a…
Pero, entonces, el momento desaparece.
Adrian se aparta completamente, como si nunca hubiera invadido mi espacio personal para empezar, y se aleja caminando.
Me quedo temblando con la espalda presionada contra la columna mucho después de que se haya marchado.
¿Qué demonios?