Redamancia 8 #2
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Sin embargo, no me siento para nada así cuando cruzamos un puente y me conduce a una sala que tiene cinta amarilla y en la que se puede leer un cartel en el que pone: «En construcción, no pasar». Unas enormes columnas nos rodean por todas partes.

Como si pudiera leer la pregunta que se me forma en la cabeza, Adrian dice:

—He asumido que querías tener una conversación en privado.

Había pensado más bien en hablar en una oficina, quiero decirle . Algún lugar en el que la gente pueda oírme si grito.

Sin embargo, me trago el nudo de inquietud que tengo en la garganta.

—Este sitio está bien.

Con «este sitio» me refiero a un pasillo desierto en el que un conserje seguramente tardará tres días en encontrar mi cadáver.

Trago saliva.

Nada de perder los papeles. Impasible. Controlada.

Adrian se apoya contra la columna que se encuentra frente a mí. Sus hombros son tan anchos que casi la cubre por completo. Mi instinto de supervivencia empieza a susurrarme que me encuentro a solas con un depredador.

Con un asesino.

Y estoy a punto de acusarle de intentar arruinarme la vida.

Siento cómo la incertidumbre se me acumula en el estómago.

¿Dónde está el manual de instrucciones para acusar a tu exnovio sociópata de intentar hacer que tu vida sea un infierno? ¿Debería empezar esta interacción con un poco de cháchara, gritando o lanzándole un puñetazo a la cara?

La segunda opción parece ser mi último recurso, pienso. Y la tercera seguramente saldría peor para mí que para él.

Me aclaro la garganta.

—Gracias por acceder a hablar conmigo.

Adrian arquea una ceja.

—Creo que no me has dejado otra opción —me responde con un tono seco.

—Sí, sobre eso… —Me vuelvo a aclarar la garganta—. No creo que debas sorprenderte tanto de que haya venido a buscarte.

Su rostro es toda una máscara de indiferencia y no me proporciona nada de información.

—La verdad es que no.

Estrecho la mirada para tratar de descubrir qué significa eso: No, no estoy sorprendido porque eres mi ex y ambos tenemos una historia juntos o No, no estoy sorprendido porque me he propuesto desmantelar todo tu mundo.

Aprieto la mandíbula.

Solo hay una forma descubrirlo.

—Iré al grano entonces. —Me cruzo de brazos sobre el pecho mientras le miro directamente a esos ojos oscuros y sofocantes—. ¿Has venido aquí por mí?

La pregunta cuelga en el aire entre nosotros mucho más grave de lo que pensaba que sonaría, así que aguanto la respiración para prepararme para su reacción. Una ira volátil. Una rabia fría como el hielo. Una guerra psicológica. Un momento nostálgico en el que me coloque la mano sobre la garganta.

En cambio, recibo una simple palabra a modo de respuesta:

—¿Qué?

La frustración se abre paso por mí. Suponía que tendría que haber añadido «hacerse el tonto» a la lista de posibles reacciones por parte de Adrian.

—No soy idiota —le digo—. Llevo viviendo en Nueva York diez años y ahora de repente apareces tú, por arte de magia. Es…

—Una coincidencia muy desafortunada —finaliza.

—Y una mierda —le digo, frunciendo los labios—. Eres tú el que te estás mudando a mi ciudad después de tantos años.

Él alza una ceja.

—Espero que me disculpes porque no sabía que una ciudad con ocho millones de habitantes iba a ser automáticamente denominada como tuya. Me he mudado aquí porque he conseguido un contrato en el Monte Sinaí.

—Podrías haber conseguido un contrato en cualquier otra parte —reitero, sin que me afecte su comentario—. Incluso el doctor de anoche dijo que habías hecho una muy buena elección.

—Cierto. —Se encoge de hombros—. Porque el Monte Sinaí es el mejor hospital de todo el país. ¿Por qué iba a conformarme con menos?

Porque así no tendría que preocuparme de tener que toparme contigo en mi cafetería favorita, en un restaurante de bagels, en un tailandés o en cualquier otra parte de la ciudad, quiero responderle.

Porque así no se me hundiría el estómago cada vez que veo a un hombre alto y con el pelo rizado y oscuro por la calle.

Porque así no tendría que pasarme el resto de la vida sabiendo que todavía existes. Aquí. Separado de mí tan solo por un trozo de acera y unas cuantas tiendas. Lo bastante cerca como para estar al alcance de mi mano, pero no lo suficiente.

Pero Adrian ya dispone de la mayoría de las cartas que hay sobre la mesa, así que como no pienso entregarle ninguna más, aprieto los dientes.

—¿Y qué hay de lo de anoche? —le suelto—. Apareciste en la gala benéfica del hospital de mi mejor amiga. ¿Eso también fue una coincidencia?

—Dono dinero a varios hospitales a través de la fundación Ellis —me explica, volviéndose a encoger de hombros.

—Pero…

—No podría haber predecido esa conexión al igual que tampoco podía predecir que fueras a asistir.

Casi estoy a punto de admitir que sus palabras tienen lógica. Puede que Adrian sea un genio maquiavélico, pero no puede predecir el futuro.

De hecho, se suponía que era Joe el que iba a acompañar a LuAnne a la fiesta. Yo solo fui su sustituta en el último momento.

Trago saliva.

Si lo de anoche fue realmente una coincidencia, entonces…

—¿Por qué fingiste que no me conocías? —le suelto de repente. Adrian alza las cejas—. En la fiesta. Te ibas a marchar, te paré y actuaste como…

—…si no supiera cómo te llamabas —me corta, sonando igual de divertido que exasperado—. Sí, lo recuerdo. Yo también estuve presente.

Suelto un bufido.

—Lo cierto es que no tengo muy claro qué es lo que recuerdas.

Adrian me ignora.

—No fue ningún tipo de táctica de manipulación si eso es a lo que te refieres —me dice—. Si te soy sincero, no me apetecía tener que dar explicaciones o contestar preguntas sobre nuestra historia en una sala repleta de gente.

Quitando las partes bonitas, estoy segura de que eso puede traducirse por: No me apetecía tener que dar explicaciones en una sala repleta de gente sobre que solía salir con una pobre artista sin renombre de Alabama.

—Siento mucho si herí tus sentimientos…

—Para nada —le espeto, demasiado borde como para que suene creíble.

Para nada.

Adrian me mira durante un segundo.

—De acuerdo.

Me giro antes de que pueda ver cómo se me enrojecen las mejillas.

—Vale. Entonces te has mudado aquí por trabajo. Lo de la fiesta fue una coincidencia —le digo. Él asiente—. ¿Sabías que alguien ha comprado el edificio donde vivo?

Él ladea la cabeza como diciendo: ¿Y?

—Me han duplicado el alquiler. —Ni siquiera me molesto en ocultar el tono de sospecha.

Su expresión no cambia ni un ápice.

—He oído que el mercado inmobiliario de Nueva York es horrible.

—Quizá —le digo—. Pero ¿sabes qué es lo más extraño de todo? Que solamente me han subido el alquiler a mí. No a ninguno de mis vecinos. A nadie. Solo a mí. Lo cual parece… —Le observo con desafío— …algo muy personal.

Adrian alza las cejas hasta el techo.

—Por mucho que me haya mostrado interesado en ampliar mis posesiones inmobiliarias en los últimos años, el único lugar que he comprado en tu ciudad (ya que parece que te gusta mucho llamarla así) es mi propio apartamento.

—Se mete las manos en los bolsillos para sacar el móvil—.

Puedes hablar con mi agente inmobiliario si no me crees.

Estoy seguro de que no le importará compartir contigo cualquier tipo de información sobre las propiedades que poseo en Manhattan.

Antes solía darme cuenta de las grietas que había en la máscara de Adrian con mucha facilidad, pero, o el tiempo me ha pasado factura o él ha mejorado ocultando sus verdaderas intenciones porque, ahora que le miro, no tengo ni idea de si está mintiéndome o no.

Y eso me da mucho miedo.

Mi mirada se posa en el dispositivo brillante y fino que descansa sobre la palma de su mano. Podría hacerle caso. Hablar con su agente. No creo que me hubiera hecho esta oferta si no fuera en serio.

Pero tampoco me habría hecho esta oferta si no hubiera estado seguro de cuál sería el resultado.

Sacudo la cabeza.

—No, no hace falta.

No pienso caer en tu trampa.

—De acuerdo. —Adrian vuelve a meterse el móvil en el bolsillo—. ¿Algo más? —Suena más apático que enfadado. Como si solo fuera otra tarea de la que debe ocuparse. Como si esta conversación le pareciera tan estimulante como renovarse el pasaporte o doblar la colada.

La forma en la que quiere perderme de vista me duele más de lo que debería y mi frustración se convierte en determinación.

—No hagas eso —le digo.

Vuelve a alzar las cejas.

—¿Que no haga el qué?

Sacudo la cabeza.

—No actúes como si te estuviera haciendo preguntas estúpidas.

—Nunca he dicho que fueran ridículas. Quizá un poco paranoicas…

—¿Paranoicas? —Ocurre en un solo instante. Toda la rabia que he sentido esta mañana al pensar en que Adrian pudiera estar envuelto en algo de lo que me está pasando regresa de nuevo multiplicada por diez.

Él alza las manos a modo de derrota, aunque más bien parece que se esté riendo de mí.

—Quizá no haya escogido las mejores pala…

—No estoy paranoica —le espeto—. Te tengo muy calado.

Espero que me ofrezca otra expresión confundida y que le siga dando vueltas a lo obvio, pero Adrian vuelve a sorprenderme.

—De acuerdo. —Ladea la cabeza hacia un lado—. Voy a seguir tu línea de pensamiento. Digamos que soy culpable de todo de lo que me has acusado. Dime por qué. ¿Por qué habría hecho algo así?

Inhalo con profundidad.

Porque intentas joderme.

Porque intentas arruinarme la vida.

—Porque quieres castigarme. —Suelto esas palabras con un gran suspiro—. Por haberte dejado hace años.

—¿Castigarte? —Adrian no parpadea mientras me lanza una mirada fría, pero sí puedo ver cómo alza una de las comisuras de su boca, como si le hubiera divertido mi respuesta—.

¿Para qué? Han pasado años. Si hubiera querido tomar represalias por haberme roto el corazón, lo habría hecho hace muchos años.

Un destello de incertidumbre me atenaza, pero me mantengo firme en mi furia. En la frustración.

—La última vez que tuvimos esta conversación dejaste muy claro que nuestra relación nunca iba a acabar. Dijiste…