8
La recepcionista de mediana edad del centro de cirugía cardiovascular del Monte Sinaí parece totalmente exhausta, a pesar de la enorme taza de Starbucks que se encuentra sobre su escritorio.
Al menos no parece que haya cola, pero sus ojos no se apartan de la pantalla del ordenador cuando me acerco y mis botas (que no son de ninguna marca en concreto) hacen ruido contra el suelo de linóleo.
Tamborileo los dedos sobre la parte inferior del cristal que nos separa.
—¿Hola?
Sigue sin mirarme.
—Apellido y hora de la cita.
Para ser sincera me he pasado los últimos cuarenta minutos en el metro pensando en qué iba a decirle a Adrian una vez que estuviéramos cara a cara, pero lo cierto es que no me he parado a pensar en cómo iba a conseguir tener una conversación con él.
Iba a ser demasiada coincidencia encontrármelo mientras se compraba un café o aparcando el coche en el aparcamiento.
—La cosa es… —Me aclaro la garganta—. No dispongo de ninguna cita, pero tengo que hablar con uno de los doctores. —Sigue sin apartar la vista de la pantalla—. Con urgencia.
—¿Qué doctor?
—Adri… El doctor Ellis. —Todavía me cuesta acostumbrarme a esa forma de dirigirme a él.
La recepcionista finalmente alza la mirada y aprieta los labios.
—¿Tiene una cita con el doctor Ellis?
—No, pero…
—¿Eres una de sus pacientes?
—No, pero…
—Entonces te sugiero que te marches antes de que llame a seguridad. —Parece darse cuenta de mi presencia al instante, como si acabara de pedirle el nombre de soltera de su madre y el número de cuenta.
Abro mucho la boca.
—¿Cómo?
—Sé perfectamente lo que está pasando aquí —continúa, señalándome con una uña hecha con manicura—. Y no vas a salirte con la tuya.
—Perdona, pero no entiendo…
—Claro que no. —Suelta un bufido y coloca una mano sobre el botón para llamar a seguridad—.
Porque sea muy famoso no hay motivo alguno para que fanáticas como tú aparezcan aquí y acosen al pobre hombre tan solo porque sea un Ellis.
—Gira el dedo—. Así que más te vale que te ahorres las molestias.
No pienso dejar que eso ocurra durante mi turno.
Parpadeo.
—¿Fanática?
—No eres ni la primera ni la última —me espeta—.
Ya hemos detenido a unas cuantas como tú que han intentado cruzar esas puertas para proponerle al doctor Ellis todo tipo de cosas.
—Su mirada recae sobre mi pijama de algodón arrugado y el horrible abrigo de neón que conseguí de una tienda de segunda mano—.
Y, no es por nada, pero eres la que peor vestida ha venido de todas.
Me queman las mejillas. Desearía haber tenido diez minutos para cambiarme y quitarme la máscara de pestañas de anoche antes de haber salido por mero impulso por la puerta.
—No lo entiende —empiezo a decir—. No soy…
Cierro la boca.
Pero eso es justo lo que parezco.
Yo, una don nadie, tratando de conseguir hablar con alguien tan importante cuyo apellido ha llegado a convertirse en un adjetivo. Siento como si me hubiera aventurado en el mismísimo ayuntamiento y hubiera pedido hablar con el alcalde.
Qué humillante, pienso. Hace diez años, Adrian consiguió estar dentro de mí y ahora ni siquiera puedo estar en la misma sala que él.
Porque ya no nos encontramos en un campus que nos separaba por clases sociales, sino que se trata de un abismo igual de grande que la fosa de las Marianas.
Y si no quiero terminar esta horrible mañana apretada entre dos guardias de seguridad sedentarios, voy a tener que probar con otro enfoque.
Suspiro con profundidad y aparto la mirada hacia el escritorio de la recepcionista.
Vamos. Dame algo con lo que trabajar.
Aparte de una extensa colección de bolígrafos, no hay gran cosa.
Tiene un puñado de figuritas de perros salchicha junto a un cartel en el que pone «Me encantan los perros salchicha» y una foto enmarcada de la recepcionista hace muchos años con los brazos alrededor de…
¿su novio? Entrecierro los ojos. No. No se trata de su novio.
Tiene que ser algún pariente. ¿Un primo?
¿Su hermano? Ambos tienen las mismas cejas finas y en la parte inferior del cuadro pone: «Siempre estarás en nuestros corazones».
Así que… se le debe de haber muerto algún pariente. Quizá pueda ir tirando con eso.
Vuelvo a suspirar y parpadeo varias veces para intentar que se me agüen un poco los ojos antes de volver a alzar la mirada hacia la recepcionista que me mira impasible.
—Lo siento —le dijo, con la voz temblorosa—.
No he venido hasta aquí para pedirle dinero al doctor Ellis.
No soy ninguna de esas fanáticas. Tan solo…
—Hago una pausa y sacudo la cabeza—. Lo siento, todavía me cuesta mucho hablar sobre esto.
—Vuelvo a suspirar—. El doctor Ellis operó a mi primo hace unos meses.
En John-Hopkins. —Me tiembla el labio—. No consiguió sobrevivir, a pesar de que sé que el doctor Ellis hizo todo lo que pudo…
A pesar de que no estoy llorando de verdad, sollozo en voz alta y aprieto los ojos con fuerza para que surta el mismo efecto. La recepcionista aparta el dedo del botón con el que ha estado a punto de llamar a seguridad para pasarme una caja de pañuelos.
—Yo vivo aquí en Nueva York —continúo—. Y no pude agradecérselo en persona aquel día.
Pero he leído en internet que ahora trabaja aquí y…
—Sacudo la cabeza—. Lo siento. Supongo que ha sido muy estúpido por mi parte pensar que simplemente podía aparecer aquí y agradecer al hombre que hizo todo lo que pudo por mi primo.
La recepcionista no dice nada mientras finjo sonarme los mocos en un pañuelo.
¿Me he pasado?
¿Ha sido demasiado dramático?
Quizá debería de haberle dicho que se trataba de mi hermano, no de mi primo…
Oigo una exhalación suave por detrás del cristal y veo cómo la hostilidad le desaparece del rostro.
—No tienes de qué disculparte —dice, y esta vez no suena para nada borde. Más bien parece entender mi situación—. A mí me pasó lo mismo cuando murió mi hermano. —Posa la mirada sobre la foto y… bingo.
Sabía que eran parientes.
—Me siento fatal —sollozo—. Quería agradecer al doctor Ellis después de todo lo que hizo por él…
pero lo entiendo. Es un hombre muy importante y la gente suele aprovecharse de eso.
No quiero causarle ninguna molestia. Muchas gracias por su tiempo.
—Intento imitar lo mejor que sé la expresión de un perrito al que han apaleado mientras me ajusto el abrigo.
Vamos.
No dejes que me marche.
La recepcionista vuelve a colocar la mirada sobre la pantalla del ordenador antes de volver a suspirar.
—Bueno…
¿Bueno?
Me inclino hacia delante.
—Parece que el doctor Ellis está a punto de terminar una operación —me dice, haciendo clic en el ordenador—. Quizá tarde todavía un poco, pero si está dispuesta a esperar…
—Estoy dispuesta a esperar —digo de repente y, cuando me doy cuenta de lo desesperada que acabo de sonar, intento arreglarlo—. Quiero decir, sí, no me importa en absoluto.
La recepcionista se muerde el labio.
—No puedo asegurarte que vaya a poder ofrecerte más de un minuto o dos.
Tan solo voy a necesitar cinco segundos y mirarle a los ojos para averiguar si me está mintiendo o no.
—Muchas gracias. —Mi sonrisa y suspiro de alivio son completamente sinceros esta vez. Trato de ignorar el sentimiento de culpabilidad por haberle mentido—. No sabe cuánto se lo agradezco.
—Puedes esperarle allí —me dice, haciendo un gesto hacia los asiento vacíos que hay en la sala de espera, pero, cuando me giro para hacer justo lo que me ha indicado, me vuelve a llamar—. ¿Señorita?
Me giro de nuevo.
—¿Sí?
—¿Cómo se llamaba su primo? Para que el doctor Ellis sepa de parte de quién viene.
Abro la boca con intención de proporcionarle el primer nombre falso que se me pase por la cabeza, cuando otra idea impulsiva (y bastante estúpida) se me cruza por la mente.
—Se llamaba Mickey Mabel —le digo con una sonrisa más amplia—. Estoy segura de que se acordará de él.
Repito mentalmente lo que voy a decirle a Adrian cientos de veces.
Sé directa, pero no suenes enfadada.
No pierdas los papeles. No quieres que se dé cuenta de que estás furiosa por esta situación.
Aunque sí lo estoy.
Estaba furiosa anoche en la fiesta, me he puesto furiosa esta mañana e incluso sigo furiosa ahora, mientras me tomo un té de hierbas y veo sea cual sea el programa que están echando en la televisión de pantalla plana de la sala de espera.
Lo cierto es que no sé qué esperar por parte de Adrian.
Lo que significa que tengo que prepararme para cualquier cosa.
Le doy otro sorbo al té.
Se supone que es una mezcla calmante hecha a base de lavanda y camomila, pero sabe a pasto y no me está calmando para nada. Ojalá tuviera un Red Bull ahora mismo.
Muevo la rodilla con nerviosismo.
Directa, pero no enfadada.
Nada de perder los papeles. Impasible. Controlada.
Directa, pero no…
Las puertas dobles se abren con un suspiro y Adrian aparece por ellas como si acabara de salir del set de rodaje de Anatomía de Grey .
Dejo de mover la rodilla.
¿Cómo consigue verse así de guapo todo el rato?
El uniforme hospitalario azul y suelto no termina de ocultar por completo su complexión poderosa y, cuando alza una mano para quitarse el gorro quirúrgico y volver a colocarse los rizos en su sitio, me siento tan atraída hacia a él a la par que siento envidia.
Mi pelo terminaría totalmente enmarañado si tuviera que ponerme uno de esos gorros.
Suspiro con profundidad.
Recuerda: directa, pero no enfadada.
Nada de perder los papeles.
Sus ojos oscuros se posan sobre mí y el resto del mundo se convierte en ruido blanco.
Aquí estamos.
No consigo leer más allá de la sonrisa educada que le ofrece a la recepcionista o al resto de personas que hay en la sala de espera, pero, en cuanto se acerca a mí, Adrian inclina la cabeza hacia la salida.
No hace ninguna pausa para asegurarse de si lo estoy siguiendo o no, pero eso es justo lo que hago, mientras oigo cómo me resuena el corazón con más fuerza que mis propios pasos.
Directa, pero no enfadada.
Nada de perder los papeles. Impasible. Controlada.