Redamancia 7 #2
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7 #2

—Tiene que haber alguien con quien podamos hablar, Yoshi.

—Estáis hablando conmigo —responde—. Eso es todo lo que puedo hacer por vosotras. ¿Algo más?

Suelto un bufido.

—Sí, no estoy…

—Estoy seguro de que, sea lo que sea, puedes enviarme un mensaje. —Son sus últimas palabras antes de que se corte la línea y me quedo con la palabra en la boca y una sensación de frustración que solamente tengo cada vez que hablo con nuestro casero.

O antiguo casero, sería más adecuado decir.

Suelto un suspiro y, por primera vez en el día, el pánico que siento bajo la piel no tiene nada que ver con Adrian Ellis.

¿Qué demonios vamos a hacer ahora?

—Eso no ha sido para nada útil —suspira LuAnne, masajeándose la sien—. No me puedo creer que haya vendido el edificio.

—Yo sí puedo creérmelo —le digo con los brazos cruzados—. Estoy segura de que llegó algún tipo que le ofreció un montonazo de dinero por este lugar y que él no se lo pensó dos veces antes de dejar con el culo al aire a sus inquilinos.

Ya estoy empezando a pensar en muchas ideas para vengarme: pollo en mal estado en los conductos de ventilación, pagar el alquiler en centavos, un anuncio en Milanuncios pidiendo fotopollas con el número de Yoshi adjunto…

Las opciones son innumerables y consiguen subyugar un poco de mi ira de solo pensar en ellas.

Estoy segura de que podría convencer a algún vecino para que se una a mi venganza personal.

Hago una pausa.

Hablando de los vecinos…

¿Le habrán duplicado el alquiler a todo el mundo?

Seguramente sí, pero no he escuchado ni una sola palabra por parte de nadie, lo cual es muy raro, teniendo en cuenta que la señora Harris, una mujer de ochenta años que vive en el número 412, intentó incitar un motín en todo el edificio cuando cambiaron el color de los contenedores de basura.

Estoy segura de que no se va a quedar callada ante una subida de alquiler tan grande como esta.

—Enseguida vuelvo —le digo a LuAnne. Abro el cerrojo milenario y salgo al pasillo antes de que pueda responderme.

Está más oscuro que nunca, pero camino por el pasillo estrecho con más rabia a cada paso que doy.

Me preocupa que la señora Harris no haya podido escuchar que he llamado a su puerta si tiene en alto alguno de los programas de televisión que suele ver, pero, unos segundos más tarde, escucho su voz al otro lado.

—No me interesa nada de lo que estés vendiendo o predicando. Y no me metas ningún panfleto por debajo de la puerta.

Me aclaro la garganta en voz alta.

—No, señora Harris, soy Poppy, del número 408. ¿Podríamos hablar un segundo?

Al instante suena el cerrojo y la puerta se abre. La señora Harris parpadea en mi dirección a través de sus enormes gafas que se parecen a los ojos de un búho. Lleva el pelo blanco dentro de unos rizadores y una bata de color fucsia que no deja nada a la imaginación.

—¿Qué quieres? La viagra de Richard va a hacer efecto dentro de poco. Tienes cinco minutos.

Parpadeo, procesando esa frase, y mi sonrisa educada decae un poco.

—No quiero entretenerla… ¿Ha recibido ya la renovación del contrato de alquiler?

—La semana pasada.

—¿Y…? —Espero a ver la misma indignación que expresó cuando en el vestíbulo dejaron de repartir bagels gratis los viernes, por lo que creó una recolecta de firmas por parte de todos los inquilinos del edificio—. ¿Le han subido el alquiler?

—No. —Se ajusta uno de los rizadores del pelo—. De hecho, me lo han bajado unos cincuenta dólares.

Se me cae la mandíbula al suelo.

—¿Se lo han bajado?

—Me he quedado igual de sorprendida que tú —me dice—. Llevo aquí desde los noventa y es la primera vez que me han bajado el alquiler. —Alza las cejas con interés—. ¿Por qué? ¿A ti te lo han subido?

Asiento.

Se apoya contra el marco de la puerta para tratar de sonsacarme algún cotilleo que después pueda compartir en la zona de los buzones.

—¿Cuánto?

Me duele darle la cifra tanto o más que cuando la he leído hace cinco minutos y la señora Harris abre la boca igual de horrorizada que yo.

—Parece que alguien está intentando echarte.

—¿Eso cree?

—Sí —dice con sinceridad—. No parece haber otra explicación.

—Hace un gesto hacia las paredes desconchadas y agrietadas del pasillo, que está igual de sucio—.

¿Crees que alguien va a pagar seis mil dólares por esto?

¿En este barrio? Te quieren echar. Lo que no me queda claro es por qué solamente a ti.

—Profiere un chasquido con los labios manchados de pintalabios—.

¿Acaso te has metido con quien no debías, querida?

Abro la boca para responderle, pero una voz masculina resuena desde dentro de su apartamento.

—¡Ethel! ¿Vas a venir?

Veo cómo le resplandecen los ojos de emoción.

—¡Ya voy! —Se gira hacia mí con un guiño—. Espero que sea la primera de muchas. —Es lo último que dice antes de cerrarme la puerta en las narices.

Vuelvo a parpadear.

¿Debería de preocuparme porque mi vecina de ochenta años tenga una vida sexual más activa que la mía?

Intento no darle demasiadas vueltas a ese pensamiento mientras regreso a mi apartamento y sus palabras me resuenan en la cabeza.

¿Por qué alguien, a parte de un hombre de negocios avaricioso y sin rostro al que Yoshi le ha vendido el edificio, querría echarnos de este lugar?

Sobre todo a LuAnne y a mí.

Porque, al contrario de lo que la señora Harris pueda pensar, yo no he me he metido con nadie. Al menos, no con nadie que pueda tener el poder para…

Me paro en seco.

¿Acaso podría ser…?

No.

No.

Eso es ridículo.

Jamás haría algo así.

No es posible que esto pueda ser obra de Adrian.

Anoche me miró como si no fuera más que una extraña contra la que se ha chocado en la calle. Una desconocida. Una alienígena. Sin importancia.

Pero, mientras me da un vuelco el estómago, no puedo ignorar la serie de casualidades que han tenido lugar en las últimas horas: Adrian apareciendo en la gala de caridad que ha organizado el hospital en el que trabaja mi mejor amiga, Adrian mudándose a mi ciudad y ahora parece que han vendido el edificio en el que se encuentra mi apartamento a un propietario sin rostro y sin nombre que ha decidido subirnos el alquiler tan solo a nosotras.

Se me corta la respiración.

¿Acaso esto puede tratarse de un juego?

¿Acaso quiere fingir que no me conoce en persona mientras se dedica a arruinarme la vida a mis espaldas?

No, es ridículo, me digo a mí misma. Serían demasiadas molestias incluso para él.

Eso significaría que Adrian ha aceptado un trabajo en Nueva York, que organizó nuestro encuentro en la gala benéfica de anoche y que ha comprado un edificio en Manhattan que seguramente deba costar millones de dólares para…

¿qué? ¿Para castigarme por haberle dejado hace muchos años?

¿Para ver cómo me remuevo como si fuera un bicho atrapado bajo un microscopio tan solo para su mera diversión?

¿Para arruinarme la vida solo porque puede hacerlo?

No solo es ridículo… Es de locos.

Tendría que ser un psicópata maquiavélico para idear algo así, lo cual es…

Se me retuercen las entrañas.

…totalmente plausible si hablamos de Adrian Ellis.

Aprieto la mandíbula.

Si cree que pienso quedarme de brazos cruzados mientras utiliza mi vida como si estuviera jugando al Monopoly, se las va a tener que ver conmigo.