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En estos momentos desearía que alguien supiera la verdad sobre mi relación con Adrian. No los pocos trozos que he compartido con LuAnne, sino toda la verdad. Todos los detalles gore como el chantaje, las amenazas y los asesinatos.

Alguien con quien pudiera hablar sin rodeos.

Porque eso es lo que la gente normal con relaciones normales suele hacer cuando se encuentran con sus ex: hablan sobre ellos con sus amigas mientras beben, llaman a sus madres o vuelven a hablar sobre la relación en la oficina de un psicólogo pobremente iluminada.

Pero estoy segura de que acabaría en la oficina de policía más cercana si llegara a intentar hacer algo así.

Lo que me deja completamente a solas con mis propios pensamientos hasta el amanecer. No estoy más cerca de discernir lo que ha ocurrido en la fiesta que cuando llamé a un Uber y me monté en él junto a LuAnne.

Ha fingido que no sabía cómo me llamaba.

Es la única parte de nuestra interacción a la que no paro de darle vueltas. Cómo ha alzado las cejas, expectante; su rostro inexpresivo, como si solo fuera otra chica sin nombre y sin rostro con la que se cruzaría por la calle.

Como si fuera invisible.

Lo cual, viniendo de la única persona que ha podido verme de verdad, duele mucho más que cualquier trozo de cristal que haya podido clavarme en la pierna.

¿Por qué ha fingido no conocerme?

Quizá ya no tenga dieciocho años, pero tampoco es que haya cambiado tanto.

Sí que es cierto que se me han ensanchado las caderas, que este flequillo tupido quizá haya sido una mala decisión y que he perdido un poco de grasa, pero sigo siendo yo.

Misma altura, mismo pelo platino y ceniza, mismas pecas sobre la nariz.

Quizá tenga amnesia, pienso, al pensar en las películas cursis que le gustan a LuAnne. No es una explicación que suene muy convincente, pero…

O quizá no le apetecía tener que dar explicaciones de si me conocía o no en una sala repleta de gente.

Tratándose de una figura pública seguramente acabaríamos ambos en las portadas de todas las revistas al día siguiente con algún titular tipo: «Adrian Ellis también se dedica a la caridad en su vida privada».

Quizá estaba tratando de evitar justo eso.

Esa sería la explicación más lógica.

O…

Trago saliva.

O quizá haberme topado anoche con él no haya sido pura casualidad.

Si se tratara de cualquier otra persona, no me lo pensaría dos veces al etiquetar lo de anoche como una coincidencia desafortunada, pero estamos hablando de Adrian Ellis.

Me prometió que me iba a dar caza y a venir a por mí como si fuera su recompensa personal y ahora, aquí está, en mi ciudad. Donando dinero al hospital de mi compañera de piso.

¿Esto es lo que está ocurriendo?

¿Después de tanto tiempo ha decidido venir hasta aquí para cumplir con su palabra?

Algo cobra vida dentro de mí, no sé si es miedo o emoción.

—¡Poppy!

La voz de LuAnne, repleta de terror, se abre paso por nuestro apartamento y yo tan solo tengo tiempo de agarrar lo que tengo escondido debajo del colchón antes de salir corriendo de la habitación.

—¡LuAnne! ¿Qué ocurre?

No estoy muy segura de qué espero encontrarme. ¿Unos intrusos revolviendo nuestros cajones para encontrar un paquete de té Lipton que caducó en 1999? ¿LuAnne ahogándose con la pasta negra que sale de nuestra cafetera de segunda mano?

Pero, cuando aparezco en la cocina, no me encuentro con ningún intruso ni tampoco ha aparecido el personal de emergencias, tan solo veo a mi mejor amiga con una expresión de sorpresa y una carta apretada entre las manos.

—¿LuAnne? —Me quedo de piedra y, cuando ella me mira, veo que tiene una expresión repleta de pánico—. ¿Qué ocurre?

Me tiende la carta sin mediar palabra, pero no antes de darse cuenta del arma que llevo sobre la mano derecha.

—¿Por qué llevas un martillo? —Me mira de reojo.

—Has gritado. —Me encojo de hombros. Dejo el martillo sobre la mesa y cojo la carta con preocupación mientras se me forma un nudo en el estómago al instante cuando veo el nombre que hay garabateado en la parte inferior.

Mierda.

¿Una carta de nuestro casero, Yoshi, y no se trata de un mensaje de texto todo en mayúsculas?

Esto no puede significar nada bueno.

Leo el papel en diagonal, me salto todas las partes legales que estoy segura de que Yoshi no ha escrito y paso directamente al final.

—No —suspiro con terror—. No puede hacernos esto.

La expresión de LuAnne es muy parecida a la mía.

—¿No?

Me quedo mirando el papel como si los números fueran a reordenarse en una cifra más aceptable, pero los ceros no desaparecen.

Esperaba que nos subiera el alquiler un poco, un dos o un cinco por ciento, que es la cifra que suele subirnos Yoshi cada vez que se renueva el contrato.

Es muy molesto, pero no merece la pena molestarnos en buscar otro sitio, luchar para que nos devuelva la fianza y tener lidiar con otro casero que seguramente sea más tiquismiquis que Yoshi.

Pero esto…

—¿Seis mil dólares? —Casi me ahogo al pronunciar la cifra—. Quiere que le paguemos el doble de alquiler.

—Me entran ganas de vomitar de solo mirarlo —murmura.

—Seis mil dólares —repito. La incredulidad está dando paso a la ira—.

¿Por este apartamento? ¡Ni siquiera tenemos lavavajillas!

Y no nos funciona el frigorífico. —Hago gestos por todo el salón.

Ahora más que nunca parezco darme cuenta de la cantidad de cosas que no funcionan en este apartamento—.

Los cajones no cierran bien, la presión del agua es una mierda…

—Tenemos las paredes más finas del mundo —añade LuAnne—. No hay ascensor.

Asiento al recordar la cantidad de veces que he tenido que subir la compra por las escaleras hasta llegar al cuarto piso y siento todavía más furia en las venas.

Maldito idiota avaricioso.

Llevamos años pagando tres mil dólares por una encimera laminada y agrietada, y un termostato estropeado que nos ha llegado incluso a poner en riesgo de intoxicación alimentaria tan solo para poder permitirnos el lujo de vivir en Manhattan.

Pero esto…

—…no puede ser legal —digo.

LuAnne también asiente.

—Voy a escribirle a Joe. A ver si pudiera ayudarnos con esto y… guau, Poppy, ¿qué estás haciendo?

—Tú habla con Joe que yo voy a hablar con Yoshi —le digo con una expresión oscura. Si nuestro casero va a arruinarme la mañana del lunes, entonces yo pienso hacer lo mismo con él.

Ya tengo su contacto listo en el móvil cuando LuAnne interviene colocándome una mano sobre la muñeca.

—¿Estás segura de que es una buena idea?

Para alguien que es tan directa con las personas que le importan, me sorprende que LuAnne se muestre tan evasiva con el resto.

—En esa carta no se explica el porqué de una subida tan drástica —le digo—. Y me gustaría saber por qué Yoshi se despertó un día y decidió que le apetecía perder a dos de sus mejores inquilinas.

—Quizá sea mejor que esperemos a ver qué nos dice Joe —contraataca—. Si cabreamos a Yoshi, quizá tenga incluso más razones para querer deshacerse de nosotras.

Sé que no se equivoca del todo, pero siento demasiado enfado en las venas como para que me importe.

—Intentaré ser amable —le digo antes de pulsar el botón.

El teléfono suena una, dos y tres veces.

—Más te vale coger el teléfono, maldito… ¡Hola, Yoshi! Soy Poppy. Del apartamento en la calle Monroe, el número 408.

Su voz ronca me llega a través del teléfono.

—El 408, sí. La artista fracasada y la veterinaria. ¿Qué quieres, niña?

Ignoro la pullita.

—Hemos recibido la renovación del contrato esta mañana y estamos un poco confundidas con el incremento del precio del alquiler.

—¿Confundidas? ¿Por qué? —Parece bastante ignorante para ser él el que intenta echarnos de nuestro hogar.

LuAnne parece darse cuenta de la rabia que comienza a acumularse en mi rostro porque se pone a imitar respiraciones profundas en silencio con el mismo entusiasmo de una profesora de yoga.

Sigo su consejo e inhalo y exhalo varias veces hasta que estoy segura de que no voy a amenazar a Yoshi de muerte.

—Me parece que seis mil dólares al mes es una cifra una tanto ridícula para un apartamento en el que ni siquiera funciona el frigorífico.

—Ese frigorífico funcionaba perfectamente hace un par de años cuando lo compré —me suelta—. Estaba totalmente nuevo. A mí no me importa cambiároslo, pero os aviso que usaré el dinero de la fianza.

Aprieto los dientes.

LuAnne continúa inhalando con profundidad cada vez más rápido.

—No necesitamos que nos cambies el frigorífico ahora mismo —le digo y pronuncio cada palabra con los dientes apretados—. Podemos dejarlo estar si no nos duplicas el alquiler.

—En cuanto a eso… Digamos que yo no puedo hacer nada para solucionarlo.

Frunzo el ceño.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que otra persona ha comprado el edificio —me responde—. Si tenéis cualquier tipo de problema, tendréis que hablarlo con el nuevo propietario.

La rabia da paso a la sorpresa.

—¿Has vendido el edificio?

—Sí. Hace seis meses.

—¿Hace seis meses? —repito, intercambiando una mirada con LuAnne—. No nos lo habías dicho.

—El nuevo propietario no quería que nadie se enterara. Yo todavía sigo ocupándome de las gestiones del día a día —me explica—. Pero yo ya no cobro los alquileres.

—¿Por qué lo has vendido?

Me sale un poco más borde de lo que pretendía y solo consigo un bufido por parte de Yoshi.

—Eso no es asunto tuyo.

Abro la boca, pero LuAnne se me adelanta.

—No queremos entrometernos en tus asuntos, Yoshi, pero… ¿seis mil dólares? Supongo que podrás entender por qué estamos preocupadas. Tan solo queremos una explicación de por qué ha subido tanto la cifra.

Quizá sea mi imaginación, pero podría jurar que noto un poco de miedo en la voz de Yoshi cuando vuelve a hablar.

—Mirad, yo no puedo daros respuesta a ninguna de esas preguntas. Eso ya no lo gestiono yo.

—¿Podrías ponernos en contacto con el nuevo propietario? —le pregunto.

—¿Acaso no te has enterado de la parte en la que he dicho que el nuevo propietario no quería que nadie se enterara?

Parece que sí se va a terminar enterando alguien si vamos a acabar en juicio por esto, estoy a punto de decirle, pero, como siempre, LuAnne se me adelanta.