6
A mi alrededor erupciona el caos. Los trozos de cristal de la copa salen volando, alguien grita para que venga enseguida un camarero y noto cómo el whisky me cae por la pierna, pero para mí es como si todo eso estuviera ocurriendo en otro planeta.
Porque mi mundo se resume a una única persona y… Jesucristo.
Quiero dibujar todos y cada uno de estos detalles.
Quiero dibujarlo a él por completo. Quiero observarlo durante horas hasta que haya podido memorizar cada ángulo, tanto los antiguos como los nuevos, y…
—¿Poppy? —Alguien me coloca una mano sobre el hombro.
Debería ser ilegal que siguiera siendo tan guapo incluso tras diez años. Parece…
—¿Poppy? Estás sangrando.
Parpadeo y el resto del mundo parece volver al presente. Ha sido LuAnne la que me ha puesto una mano en el hombro y veo cómo me mira directamente hacia la pierna con preocupación.
Sigo el curso de su mirada.
—No estoy sangrando —le digo—. Tan solo es… —Pero tiene razón. No es whisky lo que me recorre la pierna, sino sangre que me sale justo de la herida que tengo en la pantorrilla—. Vaya.
No sé si ha sido la sorpresa o el alcohol lo que me hace sentirme desconectada del cuerpo, pero no noto que me duela la pierna.
—Creo que vas a necesitar más que una simple tirita —suspira—. Ven. Siéntate en el último escalón. —Ya se ha puesto en modo doctora. Me conduce hacia la escalera de caracol, lejos de la copa rota y de las miradas curiosas.
Noto cómo se me sonroja el rostro y la vergüenza oculta un poco la sorpresa.
Muy buen trabajo en tratar de disimular, Poppy.
—¿Quieres que alguien te acompañe al hospital? —El doctor Nichols aparece por detrás en cuanto me siento en el último escalón—. Con solo mirar la herida, podría casi asegurar que vas a necesitar puntos.
Abro mucho los ojos.
¿Puntos?
Casi no puedo permitirme recargar la tarjeta del metro, así que mucho menos voy a poder pagar la factura de un hospital.
Pero me parece muy inapropiado decirle al jefe de LuAnne que casi preferiría cerrarme la herida yo misma con pegamento superfuerte antes que tener que sentarme en una sala de espera, así que me aclaro la garganta como puedo.
—Eh…
—Mejor vayamos poco a poco —interviene LuAnne y yo le lanzo una mirada de agradecimiento—. ¿Me dejas que examine la herida? Si necesitas puntos, te llevaré al hospital.
Traducción: si necesito puntos, LuAnne me llevará a casa y me dará los puntos ella misma en la mesa de la cocina.
No es la primera vez que se ha encargado de curarme alguna herida.
El doctor Nichols parece que tiene muchas ganas de pedirme un taxi y enviarme al hospital para poder continuar con la velada, pero termina asintiendo a regañadientes mientras junta ambas manos.
—¿Puede alguien traernos un kit de emergencias? —Después se dirige al cuarteto de cuerda que ha dejado de tocar—. ¡Música, por favor! Nadie se está muriendo, así que no hay necesidad de dejar de bailar. Tan solo se trata de un pequeño corte.
Un corte que está empezando a dolerme como el mismísimo infierno.
La sorpresa ha empezado a desaparecer porque ahora puedo sentirlo, un dolor agudo que ha empezado a subirme por la pierna. Es muy incómodo, pero al menos puedo concentrarme en algo que no sea la figura de Adrian a tres metros de distancia.
Si me esfuerzo mucho, me digo a mí misma, quizá pueda fingir que no está aquí.
Me concentro en los camareros que están recogiendo los cristales con rapidez.
No está aquí.
Y en LuAnne, que ya ha sacado del kit de emergencias un par de guantes.
No. Está. A-.
—Permíteme.
No estoy segura de si me estoy ahogando o si Adrian ha absorbido todas las moléculas de oxígeno de la sala, pero, sea como sea, me quedo muy quieta en el sitio, con los ojos bien abiertos mientras observo cómo le quita el kit de emergencias a LuAnne.
¿Qué demonios está haciendo?
—Señor Ellis —dice LuAnne sin respiración, casi más impactada que la vez que estuvimos haciendo cola en la misma cafetería que Chris Hemsworth—. No hace falta que se moleste. Poppy es mi amiga. No me importa encargarme de esto.
LuAnne intenta volver a agenciarse el kit, pero Adrian esboza una de esas sonrisas enigmáticas y… joder. Casi se me había olvidado lo que significa ser el objetivo de una de esas sonrisas. Es como si todo el mundo en un radio de tres kilómetros tuviera que sonreír al igual que él.
—Si queremos evitar una visita al hospital —dice él con una sonrisa tan brillante que es casi sofocante—, creo que será mejor que examine la herida alguien que esté más familiarizado con la anatomía humana, ¿no crees?
Habría sonado muy condescendiente si lo hubiera dicho cualquier otra persona y LuAnne seguramente se lo habría tomado así.
Habría cuadrado los hombros y habría hecho algún comentario sarcástico sobre que los humanos tan solo son chihuahuas enormes y sin tanto pelo, y que no necesita recibir ningún consejo de un multimillonario aburrido que un día decidió ser médico.
Pero incluso LuAnne no consigue atravesar su fachada encantadora porque lo único que veo que hace es reírse.
Como si acabara de contarle un chiste.
Como si tan solo fuera otro doctor muy mono del que vamos a cotillear luego en casa.
Como si no estuviera a punto de dejarme en manos de un psicópata.
La sonrisa de Adrian se amplía ligeramente y tras eso pregunta, no a mí, sino a LuAnne:
—¿Te parece bien?
No.
Para nada.
No me parece nada bien.
LuAnne asiente y me guiña el ojo cuando da un paso hacia atrás para dejarle trabajar.
Como si me estuviera haciendo un favor.
Se me revuelve el estómago.
Debería decir algo. Debería gritar. Debería decirle a LuAnne que he cambiado de opinión sobre el hospital y que prefiero pasarme ocho horas en una sala de espera y pagar veinte mil dólares a pasar ocho minutos con Adrian Ellis.
Pero me quedo helada y con la mandíbula apretada. No sé cómo detener lo que está ocurriendo ante mí.
¿Qué demonios está haciendo?
¿Acaso sabía que iba a venir esta noche? ¿Acaso ha planeado esto?
Tan solo tengo dos segundos para sopesar esas preguntas antes de que Adrian se acerque y el resto del mundo vuelva a dinamitar.
O quizá soy yo la que termina dinamitando cuando se arrodilla delante de mí.
Adrian rebusca en el kit, totalmente ajeno a mis pensamientos, y yo miro de reojo cómo sus bíceps le tensan la tela de la chaqueta del traje con cada movimiento.
Recuerdo que era mucho más alto que el resto de sus compañeros en Lionswood, pero ahora es masivo. El traje se le alinea perfectamente a los brazos y los hombros, y una parte de mí ruge con una advertencia.
Este hombre es peligroso.
Adrian siempre lo ha sido, pero esta versión de él es mucho más amenazante.
Mucho más mayor.
Más encantador.
Y no tengo ni idea de cuáles son sus intenciones.
Si quisiera, podría extender la mano y partirme la pierna en dos. Podría romperme el cuello. Podría golpearme la cabeza contra los escalones y manchar no solo de whisky el suelo de mármol.
Se me acelera la respiración y puedo sentir cómo el pánico comienza a apoderarse de mí, así que me agarro a los fríos escalones de mármol.
Tan solo me está examinando la herida, me digo a mí misma . Incluso aunque quisiera hacerme daño, no puede hacerlo aquí. En una sala llena de gente.
No pienses en él.
Piensa en otra cosa.
Piensa en lo mucho que te duele la pierna.
Y eso es exactamente lo que intento hacer mientras él se coloca un par de guantes, agarra crema antibacteriana de uso tópico del kit y empieza a limpiarme la pierna.
Me estremezco, no del dolor, sino por el hecho de que me está tocando.
Adrian Ellis me está tocando y sus manos son tan grandes que, cuando me agarra la pantorrilla para que no la mueva, sus dedos me la rodean por completo.
Eso es en todo en lo que puedo pensar ahora mismo y una parte de mí muy tortuosa querría que se desgarrara la fina capa de látex que está separando ahora mismo su piel de la mía.
Pero eso no ocurre.
El roce de Adrian es totalmente profesional cuando me coloca una cantidad generosa de pomada sobre el corte. Es preciso y metódico, como si fuera tres pasos por delante, calculando cómo extender con precisión el ungüento o cómo vendarme la pierna para que esta acabe totalmente cubierta.
No se detiene ni hace una sola pausa ni me toca con algún tipo de familiaridad que pueda dar a entender que somos algo más que un par de desconocidos.
Es totalmente profesional y sin embargo…
No me mira.
De hecho, no me ha mirado en todo este tiempo.
Ha mirado al whisky derramado por el suelo. Ha mirado a LuAnne. Me ha mirado la pierna.
Pero no me ha mirado a mí.
Ni una sola vez.
—No hay ningún resto de cristal en el corte —dice y yo muevo la cabeza para mirarle, pero, una vez más, no me está hablando a mí—. No va a necesitar puntos. Dudo mucho que le quede cicatriz. Yo dejaría la venda durante veinticuatro horas y… no creo que tenga que ir a que se la revise un médico.
De reojo capto cómo los hombros de LuAnne se destensan.
—No, yo me ocuparé de ella. Gracias.
Adrian cierra el kit y sigue sin mirarme.
¿Por qué no me está mirando?
Tira los guantes manchados de sangre en una papelera que ha traído uno de los camareros y tampoco me mira, ni siquiera cuando me pongo de pie.
—Eres un santo, Adrian. En serio. —El doctor Nichols le coloca una mano sobre el hombro—. ¡Y ahora ya puedo alardear con el resto de mis compañeros de que acabo de ver al nuevo cirujano cardiovascular del hospital Monte Sinaí en acción!
Me quedo de piedra.
¿Qué?
Hay muchas palabras en esa frase, pero mi cerebro solo puede centrarse en dos de ellas: Monte Sinaí.
El hospital más reconocido de todo Nueva York.
En mi ciudad.
Se me corta la respiración porque, según internet, se supone que Adrian iba a finalizar la residencia en John-Hopkins.
En Maryland.
A 300 kilómetros de distancia.
—Todavía no. —Adrian esboza una sonrisa que es totalmente encantadora para el resto del mundo y muy falsa para la chica que ha conseguido ver más allá de la máscara que le muestra al mundo—. A partir del lunes ya será oficial.
Adrian va a vivir aquí.
En mi ciudad.
—Quizá no suela ver muchas cosas fuera del quirófano, pero no podría haber acabado en una mejor ciudad, doctor Ellis.
Le va a encantar Nueva York —dice otro veterinario que se encuentra cerca de nosotros.
No le reconozco ni tampoco al grupo de médicos que comienzan a orbitar cerca de Adrian como si llevara el mismísimo sol entre las manos.
—Creo que ya le encanta —dice el doctor Nichols—. El doctor Ellis ha hecho una muy buena elección. Podría haber elegido cualquier otro lugar en el mundo y, sin embargo, ha decidido escoger el hospital Monte Sinaí.
No oigo el comentario amable que le ofrece Adrian, pero sí veo cómo me da la espalda y da un paso hacia la masa de doctorados.
Y algo parece romperse dentro de mí.
Mírame.
—Adrian —digo y extiendo una mano para estirarle de la manga de la chaqueta antes de que la decencia pueda sobrepasar mi frustración.
Mírame.
Y lo hace.
Por primera vez en varios minutos, en años, Adrian se gira y clava su mirada en la mía.
Y a mí se me para el corazón.
Sigue sonriendo, una sonrisa encantadora, educada y falsa, pero cuando sus ojos oscuros se ciernen sobre los míos es como si alguien me colocara una pesa de 50 kilos sobre el pecho.
No puedo hablar.
No puedo respirar.
Al fin he conseguido que me mire y es una sensación sofocante.
Veo cómo arquea una ceja, esperando una pregunta por mi parte.
Y yo me quedo ahí de pie, con la boca semiabierta sin saber qué decirle, mientras todo el mundo nos observa.
—Eh… —Me queman las mejillas y me deja de funcionar el cerebro. Es como si me lo hubieran desconectado en el momento en el que ha entrado por la puerta.
—¿Necesita alguna cosa más, señorita…? —Hace una pausa como si esperara que terminase yo la frase por él.
¿Señorita?
Frunzo el ceño.
Me quedo mirándole.
Él me mira también. Esperando.
—Davis —digo finalmente cuando está claro que él no parece querer hacerlo.
—Que tenga una buena noche, señorita Davis.
Y quizá me lo haya imaginado, pero juraría haber visto cómo su mirada recaía durante un segundo sobre mi vestido antes de girarse de nuevo, el mismo vestido que me compró él hace diez años.
¿Qué demonios?
Me quedo de pie, anclada al suelo y boquiabierta, mientras él desaparece entre la multitud y tan solo una pregunta me da vueltas por la cabeza.
¿Acaso este idiota acaba de fingir que no sabe cómo me llamo?