5
—Odio estas cosas.
—No las odias.
—Sí. Las odio.
—No puedes odiar un evento que no ha tenido lugar todavía —le digo a LuAnne mientras me retoco el maquillaje en la parte trasera del Uber.
La gala benéfica a la que estamos yendo va a tener lugar en el Upper East Side, que ya de por sí es una larga caminata desde nuestro apartamento y mucho más al ir en tacones.
—En principio sí las odio —me explica LuAnne—.
Esta noche no vamos a celebrar nada. Tan solo vamos a besarle el culo a un puñado de ricachones, quienes, por cierto, ya reciben un trato muy especial por parte del hospital.
—Se cruza de brazos sobre el pecho—. Como el señor Li.
El año pasado donó un par de millones al hospital y, hace unas semanas, tuve que hacerle hueco en mi apretado horario tan solo para examinar al gato de su novia.
Se había vuelto loca porque le había encontrado muchos bultos en el pecho.
Estaba convencida de que el gato tenía cáncer…
—Sacude la cabeza—. Eran sus pezones. Tan solo le había encontrado los pezones al gato.
Hago una pausa mientras me aplico el maquillaje para soltar una risita.
—Vale, quitando la parte de tener que besarles el culo y tal, no creo que vaya a ser tan terrible. Me has dicho que va a haber barra libre. Y aperitivos pijos.
El conductor del Uber hace un giro brusco y me quedo a tan solo unos milímetros de apuñalarme el ojo con la máscara de pestañas.
—Supongo que es cierto —suspira.
—Además, hoy estás guapísima.
Lleva las trenzas sobre los hombros y los pómulos resaltados con un iluminador de purpurina. Está más que guapísima. El vestido negro de segunda mano que le he prestado de mi armario le abraza las caderas de una forma en la que creo que jamás ha hecho con las mías.
—Tú eres mejor acompañante que Joe —me dice y me clava la mirada en el vestido negro tipo cóctel sin mangas que llevo puesto—. Ese vestido… No me puedo creer que la tienda de segunda mano te vendiera un Dior sin subirle el precio a mil dólares.
—Lo sé —le digo, jugueteando con las costuras.
Lo de la tienda de segunda mano quizá haya sido demasiado rebuscado, pero era mucho mejor que tener que decirle la verdad: que Adrian Ellis me compró este vestido mientras estábamos saliendo y que lleva cogiendo polvo en el armario desde entonces, ya que no he sido capaz de venderlo o ponérmelo.
Hasta esta noche.
Me está un poco más holgado que hace diez años, supongo que eso será un efecto secundario de vivir al día y no tener dinero nunca para coger el metro, pero se sigue aferrando a las partes del cuerpo a las que tiene que aferrarse.
En cuanto a mi pelo, me lo he recogido hacia arriba para ocultar el hecho de que tengo que cortármelo urgentemente, aunque he dejado un par de mechones rebeldes que me enmarcan el rostro.
Al menos vuelven a tener el mismo tono de siempre.
Cuando terminé Lionswood tuve una especie de crisis capilar.
O quizá se tratara de una crisis posruptura, no estoy del todo segura.
Lo único que sé es que necesitaba un cambio, así que cogí un tinte de color miel, un par de tijeras y dejé que la chica que dejó la carrera de Cosmetología y que se sentaba a mi lado en Diseño gráfico hiciera lo que quisiera conmigo.
Por desgracia, el corte bob francés que me hizo no me quedaba nada bien y mis folículos pilosos tardaron al menos cuatro años en recuperarse por completo, pero al fin lo vuelvo a tener del mismo tono platino y ceniza natural con el que nací.
Me llega ya a mitad de la espalda, a excepción del tupido flequillo que LuAnne me convenció que me hiciera porque me enmarcaba el rostro.
Sigo sin estar del todo convencida de dicho flequillo.
—No tenemos por qué quedarnos mucho tiempo —me dice LuAnne mientras el conductor del Uber se detiene al lado de la acera—.
Tú liga un poco, yo me daré un par de vueltas por ahí, les besaré el culo a unas cuantas personas para que el director del hospital se quede contento y exprimiré la barra libre todo lo que sea posible.
No debe llevarnos más de una hora u hora y media.
Me meto la máscara de pestañas en el bolso.
—Me parece genial.
Las cosas no terminan yendo según lo planeado.
Dos horas después, LuAnne ha desaparecido en una horda de veterinarios y contribuyentes, hay un límite de dos copas de champán gratis y el tema del flirteo no funciona tan bien como pensaba que iría.
—La gente infravalora mucho el valor de las acciones. No entienden cómo funciona el mercado. Ahora hay muchísimas aplicaciones…
No he soltado ni una sola palabra en los últimos cuarenta minutos, pero Mark, uno de los contribuyentes del hospital, un analista financiero que parecía mucho más mono a cincuenta metros de distancia, parece que todavía no se ha dado cuenta de ello.
¿Dónde está LuAnne?
Le echo un vistazo a la sala, pero no la veo por ninguna parte y yo me he quedado sin nada más que hacer aparte de asentir y admirar la arquitectura del lugar.
LuAnne no se equivocaba. El hospital ha organizado esta velada para besarle el culo a toda esta gente esta noche.
El interior de este majestuoso edificio de antes de la guerra me recuerda a un templo griego, con una entrada de piedra en forma de arco y unas grandes columnas corintias que enmarcan el patio interior.
Y es blanco.
Muy blanco.
Mármol blanco, columnas blancas, manteles blancos sobre las mesas… La única fuente de color que veo es el remolino de los trajes tipo cóctel muy elegantes mientras la gente fluye de una conversación a otra.
Estiro el cuello hacia el techo tan alto y abovedado que casi parece extenderse hasta el infinito.
—¿Mark?
El susodicho hace una pausa.
—¿He hablado demasiado rápido? ¿Quieres que repita la última parte sobre los planes de pensiones?
—La verdad es que no —le respondo—. Me preguntaba si te ibas a beber esa copa. —Le hago un gesto al whisky de malta que tiene en frente y que todavía no ha tocado.
No suele gustarme demasiado el whisky, pero ya me he bebido las dos copas de champán que me tocaban y sé que voy a necesitar algo mucho más fuerte si vamos a tirarnos toda la noche hablando sobre cuentas de inversión.
—Claro —acepta Mark algo incómodo mientras me pasa la bebida sobre la mesa—. La verdad es que no suelo beber, tan solo me la he pedido por las apariencias. —Se ajusta la corbata y finjo no haber visto la mancha de mermelada de bacon que tiene sobre el nudo.
Le doy un trago muy generoso al whisky. Es mucho más suave que el líquido que están sirviendo en la barra y me siento preparada al instante para seguir escuchándole hablar sobre planes de jubilación.
—Así que… ¿qué decías?
Mark se lanza de lleno a seguir con su verborrea mientras yo doy otro sorbo. Un segundo después siento cómo me entra un cosquilleo por la espalda, como si alguien me hubiera tirado agua helada sobre esta.
¿Qué ha sido eso?
Echo una ojeada sobre el hombro.
Hay un grupo de veterinarios debatiendo sobre un artículo académico de investigación en la mesa de al lado.
Veo a una pareja en la pista de baile totalmente absortos en la suave sinfonía que está tocando el cuarteto de cuerda.
Los camareros van de un invitado a otro sirviéndoles chips de salmón y tostas untadas con queso brie.
Pero nadie me está mirando a mí.
Qué raro.
—Mark —le interrumpo, poniéndome en pie—. Muchas gracias por la bebida y por la cantidad de información, pero solo tengo novecientos dólares en la cuenta. —Agarro el whisky —. Si eso llegara a cambiar algún día, te daré un toque para seguir hablando sobre planes de pensiones, ¿vale?
Me dirijo a la escalera de caracol antes de que le dé tiempo a responder.
LuAnne se encuentra en el último escalón y puedo ver una expresión de disculpa en su mirada.
—Lo siento muchísimo —susurra—. Uno de los contribuyentes me ha acorralado y ha decidido que era un momento perfecto para que hablásemos sobre los beneficios de la dieta crudívora para su pug.
Tras eso se ha tirado treinta minutos al teléfono con el fisioterapeuta de su perro para ver qué opinaba él.
—Se masajea las mejillas—. He sonreído tanto durante las últimas dos horas que siento que se me van a abrir las mejillas.
—Enseguida se da cuenta del whisky que tengo en la mano—. ¿Eso es…?
—Te lo cedo —le digo—. Parece que lo necesitas mucho más que yo.
Le da un par de sorbos y puedo ver cómo se le destensan los hombros.
—Espero que tú al menos no lo estés pasando tan mal como yo.
Me encojo de hombros.
—He recibido muchísima información sobre todas las carteras de acciones que existen en el mercado. Este lugar es…
—¿Demasiado? —me interrumpe LuAnne con los labios apretados como si acabara de probar algo amargo—. Ya te lo dije. Está repleto de ricachones.
Familiar , pienso. Iba a decir que se me hace familiar.
No este lugar en específico, ya que nunca había puesto un pie en este edificio antes (a no ser que en otra vida fuera un trozo de chicle pegado a la suela del zapato de alguien), pero sí a esto, a la energía que se respira en la sala.
En los bolsos de Chanel que hay colgados sobre las sillas. En los relojes Rolex que resplandecen cuando les da la luz. En el grupo de hombres mayores que tenemos a nuestra derecha cada uno agarrado a una mujer mucho más joven y guapa que la anterior.
No hay suficientes colonias caras en el mundo para ocultar el hedor a superioridad. Este siempre apesta igual, ya sea porque provenga de un puñado de médicos y filántropos bien educados o de un grupo de adolescentes a los que han enviado a una escuela de élite.
LuAnne me dice algo, pero vuelvo a sentir la misma sensación de antes. Noto cómo el vello de la nunca se me pone de punta.
Alguien me está observando.
Vuelvo a escanear la habitación, pero no me encuentro con nadie que me esté taladrando la cabeza.
—¿Estás bien? —me pregunta LuAnne.
Me cuesta más ocultarlo esta vez.
—Sí, tan solo…
—¡LuAnne! —Un hombre de pelo blanco y muy corpulento nos interrumpe y la abraza con fuerza—. Aquí estás.
—Doctor Nichols. —LuAnne plasma una sonrisa sobre el rostro y me devuelve inmediatamente el whisky —. Me alegro mucho de verlo.
Entrecierro los ojos para mirar al hombrecillo, ya que estoy segura de haber escuchado a LuAnne quejarse de él varias veces.
El doctor Nichols era el jefe de algo…
¿O quizá era el director?
—¿Sabes? Me he topado con el señor Li esta noche y me ha contado lo impresionado que estaba por el nivel de atención que recibió por tu parte hace unas semanas.
—Oh. —LuAnne sonríe, un tanto avergonzada—. Tampoco hice gran cosa, tan solo un chequeo físico.
—Aun así —continúa él y a pesar de que está hablando en voz alta, se inclina hacia ella como si estuviera compartiéndole un secreto—, ese es el tipo de comentarios que me encanta recibir como director del hospital.
Director del hospital, eso es.
—Veo un futuro muy brillante por delante para ti, LuAnne, y…
—El doctor Nichols se da cuenta de la presencia de alguien y no se trata de la mía, sino de alguien que se encuentra detrás de mí, puesto que se le ilumina el rostro al instante—.
¡Ahí está! Hablando de beneficiarios, LuAnne, quiero que conozcas al mayor beneficiario de este año.
Estoy seguro de que ya habrás oído hablar de él, pero permíteme que te presente oficialmente a…
Esta vez no solo siento un escalofrío por la espalda, sino por todo el cuerpo.
—…al doctor Adrian Ellis.
Me giro a la misma vez que LuAnne.
Y se me cae el alma a los pies.
Al igual que se me cae el whisky .