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—Eso es… muy fuerte. —Por su tono puedo comprobar que no me está juzgando cuando coloca los antebrazos en la barra—. ¿Te arrepientes de haberte marchado?
La pregunta se queda colgada en el aire entre nosotras. Ni siquiera yo creo haber pensado en ello directamente, pero…
—No —le digo y me sorprendo a mí misma sobre lo seria que sueno—.
Si me hubieras preguntado hace nueve, ocho, cinco e incluso hace tres años, creo que mi respuesta habría sido diferente, pero ahora mismo no me arrepiento.
Si me hubiera quedado junto a Adrian… —Hago una pausa y me doy cuenta de que es la primera vez que le digo su nombre a LuAnne.
La primera vez que pronuncio su nombre en voz alta desde hace diez años—.
Sé que habría sido más feliz que nadie, pero también sé que una parte de mí habría estado esperando a que ocurriera lo inevitable.
Y sé que habría ocurrido. Con el tiempo.
Lo inevitable siempre ocurre. Habría dejado de quererme.
Se habría cansado de mí. Un día habría decidido que ya había visto demasiado y se habría marchado.
O me habría obligado a que yo me marchara.
Y entonces me habría quedado sin nada.
Siento un nudo en la garganta.
—Fue mucho mejor que me alejara yo primero. Si no lo hubiera hecho así, si me hubiera quedado y hubiera esperado a que se marchara él en su lugar, me habría…
Roto para siempre.
No habría habido forma de repararme.
Cuando alzo la mirada, puedo ver en la suya entendimiento, pero también hay algo más.
Tristeza.
—No me arrepiento —repito.
Y no lo hago.
Pero a veces me pregunto si un par de años de felicidad junto a Adrian habrían valido la pena aunque después hubiera acabado rota el resto de la vida.
No estoy segura de si alguna vez he sufrido un bloqueo artístico tan grave como este.
Pensaba que sacar a Adrian Ellis de la caja que tengo cerrada con llave en la cabeza y abrirme con LuAnne me ayudaría a terminar esta colección, pero creo que ha surtido el efecto contrario.
Odio todas las ideas que se me ocurren.
Odio todas las pinceladas que doy sobre el lienzo.
Y lo que más odio es pintar en un apartamento estrecho de cincuenta metros cuadrados con muy poca luz natural, con un felino queriendo tirarme todos los materiales al suelo y muy poco espacio para colocar un caballete de verdad.
Cuando ya me he planteado quemar todo mi portfolio, cambiarme de nombre y comprar un billete de avión para mudarme a Australia, decido que ya va siendo hora de cambiar de aires.
Por suerte, vivo en Nueva York, una ciudad en la que todo lo que puedas imaginar (en serio, todo) está a tiro de piedra o a una simple búsqueda de Google.
¿Te apetece un poco de pan de trigo sarraceno a las dos de la mañana? Hay una cafetería que sirve comida eslovena a ocho manzanas. ¿Quieres encontrar una planta de interior que solo crece en la otra parte del mundo? Seguramente haya un vivero en Brooklyn que pueda traerla de importación.
¿Y qué tal un estudio de arte que permita a los artistas ir y venir como les plazca?
Hay uno que también tiene una cafetería en el Meatpacking District.
—De acuerdo. Un café con leche pequeño. Son siete con ochenta y dos dólares —canturrea la camarera y yo intento no encogerme mientras paso la tarjeta por el datáfono—. Te lo sirvo en un instante.
¿Acaso Nueva York se está subiendo a la parra con los precios o es que yo voy muy mal de dinero?
La paga en negro de mi último trabajo como asistente en una galería de arte desapareció por completo el mes pasado.
David, el propietario, nos avisó de que se mudaba a París con dos días de antelación y con promesas vacías de que le hablaría de mi obra a todos sus amigos europeos, así que las estoy pasando canutas últimamente.
Pero si un café de ocho dólares me va a ayudar a salir de este bloqueo artístico, que así sea, pienso cuando acepto la taza de café ardiente que me tiende la camarera.
Me coloco en uno de los puestos de trabajo, uno con unos ventanales enormes de cristal, con caballetes con marcos en H de verdad y no el caballete portátil que siempre tengo que usar en casa, y oigo el jazz suave que suena de fondo.
Creo que aquí sí que voy a poder concentrarme.
—¿Eres pintora?
Casi me da un ataque al corazón cuando, treinta minutos más tarde, alzo la mirada y me encuentro con un niño muy pequeño y con unos ojos muy grandes mirándome directamente a mí. No creo que tenga más de seis o siete años y lleva un batido de chocolate entre sus manitas pálidas.
—Eh… —Miro alrededor de todo el estudio, pero no veo a nadie que parezca ser su familiar.
—Pareces pintora —me dice y señala el lienzo—. Pero no estás pintando.
Me has pillado, niño.
No se equivoca. Ni siquiera la cafeína, el jazz y la luz natural han conseguido sacarme de este bloqueo artístico.
—Estoy intentando pintar —le digo—. ¿Están por aquí tus padres?
El niño me ignora.
—¿Qué estás intentando pintar?
—¿Has venido con…?
—¡Simon! —Una cabellera rubia aparece de pronto—. Me has asustado. Pensaba que me estabas esperando en la barra. —El hombre se agacha para ponerse al mismo nivel que el niño. Tiene unos músculos muy bien definidos en la espalda que le tensan la tela de la chaqueta—. ¿Estás bien?
—Quería conocer a una pintora de verdad —dice Simon señalándome—. Pero no está pintando nada.
El hombre se gira en mi dirección y… vaya.
No parece ser mucho más mayor que yo. Tiene el pelo rubio, una mandíbula cuadrada y fuerte, y unos ojos azules tan brillantes que es imposible no fijarse en ellos.
Profiere una sonrisa amplia a modo de disculpa en cuanto me ve.
—Siento mucho haber interrumpido tu trabajo —me dice con una voz tan profunda como la grava.
No estoy segura de si me gusta o no.
—No pasa nada. —Me encojo de hombros—. Tu hijo tiene razón. No estoy pintando nada.
Simon hace una mueca.
—Tom no es mi padre.
La sonrisa de disculpa se vuelve muy tímida cuando el hombre (al parecer, Tom) se pone en pie. Tiene la complexión de un jugador de fútbol, pero es más corpulento que alto.
—No, Simon es uno de mis estudiantes en… ¿Seguro que no te estamos interrumpiendo?
Quizá sea la procrastinación la que esté hablando ahora mismo, pero sacudo la cabeza y dejo el pincel en su sitio.
—Para nada.
Simon le tira de la manga a Tom.
—¿Puedo ir a jugar con el tocadiscos? —Señala la máquina que se encuentra al otro lado del estudio.
—Solo si me prometes que te vas a quedar cerca de él —dice Tom con un tono más de preocupación que de otra cosa—. No salgas corriendo esta vez.
Simon hace justo lo contrario cuando Tom se vuelve a girar hacia mí con los ojos azules resplandecientes.
Su mirada es amable. No parece juzgar a nadie, sino que es genuina.
—No eres de Nueva York —le digo de repente.
Alza una ceja rubia.
—¿Cómo lo has sabido?
—No tienes pinta de ser neoyorquino.
—No sé si eso es un insulto o un halago.
—Ninguno de los dos. —Sacudo la cabeza—. Tan solo no tienes pinta de serlo. Los neoyorquinos son… reservados. No se fían de nadie hasta que estos no le demuestren lo contrario. Y tú todavía no has desarrollado esa habilidad.
—Ajá. —Asiente Tom, metiéndose las manos en los bolsillos—. Soy de Iowa. La gente allí no es muy reservada que digamos. —Echa un vistazo alrededor por si hubiera algún iowano que pudiera estar escuchándonos y que pudiera sentirse ofendido—. Pero tampoco conducen tan rápido.
—Me lo puedo llegar a creer.
Tom inclina la cabeza hacia un lado.
—Tú tampoco eres de aquí.
¿También ha podido darse cuenta?
Frunzo el ceño.
—¿Cómo lo has sabido?
Hace años que nadie se da cuenta de que no soy de aquí.
—Te has referido a los neoyorquinos en tercera persona y no en primera. —Sonríe—. Aunque antes de eso no creía ni por un segundo que fueras de aquí.
Quizá sea porque me ha dicho que es de Iowa, pero no me avergüenza confesárselo.
—Crecí en Alabama.
Tom suelta un silbido bajo.
—Estás muy lejos de casa.
Mobile no es mi hogar. Nunca lo fue, quiero decirle.
—Me mudé aquí para ir a la universidad y me enamoré de la ciudad. Además, soy artista… —Ambos miramos a mi lienzo en blanco— …la mayor parte del tiempo. Tú me has dicho que eres profesor, ¿no?
—Algo así —me explica—. Doy clases a niños de segundo de primaria en Iowa, pero un amigo mío tiene una organización sin ánimo de lucro aquí y necesitaba un poco de ayuda.
Se trata de dar tutorías privadas para niños que necesitan un poco de ayuda extra y la verdad es que es el trabajo más satisfactorio que jamás he…
Puedo notar la pasión en el tono de voz de Tom mientras me habla. Me quedo observando su expresión con cautela, pero, tras unos cuantos minutos, me doy cuenta de que…
No lleva ninguna máscara.
No hay ninguna fachada. Su mirada es cálida.
Todo lo que dice va en serio.
Y eso no debería de sorprenderme.
Pero sí lo hace, aunque solo sea un poco.
—Bueno —termina de decir—, debería volver con Simon antes de que vuelva a salir corriendo.
—Sí, yo también debería de volver a mi trabajo de no pintar absolutamente nada —le digo—. Ha sido un placer conocerte.
—Lo mismo digo y, eh… —Se mece sobre los pies—. Siéntete totalmente libre de rechazar mi oferta, pero ¿te importa si intercambiamos los números de teléfono? —Se sigue meciendo—. ¿Para quedar a tomar café algún día?
Parpadeo.
Oh.
Ya estoy abriendo la boca para rechazarle con educación, pero entonces pienso…
¿Por qué?
¿Qué es lo que me pasa?
Un profesor de primaria muy mono de Iowa me acaba de pedir salir y yo estoy a punto de rechazarle sin motivo alguno.
Escucho una voz que suena sospechosamente parecida a la de LuAnne en el fondo de la cabeza: ¿Qué es lo que te lo impide?
—Como te acabo de decir… —Tom alza las manos—. No quiero que te sientas presionada. Si ya estás quedando con alguien o…
—No —le corto y su sonrisa se desvanece—. Quiero decir que no estoy quedando con nadie. Me encantaría ir a tomar café algún día contigo.
No va a ser Adrian el que me lo impida, eso está claro.