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Esto no cambia nada.

No, en serio.

Mi vida no ha cambiado para nada desde que abrí ayer Google, escribí el nombre de Adrian en la barra de búsqueda y dejé que internet me contara todo lo que me he perdido sobre él en estos últimos diez años.

Sigo siendo la Poppy de veintiocho años que vive en un pequeño apartamento de dos habitaciones en Two Bridges, Manhattan, y que sigue soltera.

Sin embargo…

He tratado durante años a Adrian Ellis como un recuerdo, no un hombre. Como una foto sacada de una Polaroid que se encuentra guardada en el primer cajón de mi mesita de noche que puedo sacar o esconder cuando yo prefiera. Como un recuerdo del pasado.

Pero ahora es real.

Un millonario de verdad, un médico residente que vive en Maryland y que se dedica a trasplantar corazones y salvar vidas, y…

Un mentiroso.

Me prometió que me iba a buscar y a cobrarse su recompensa, pero, aquí estoy, diez años después, sin que nadie me haya buscado ni se haya cobrado ninguna recompensa.

Lo que quiere decir que ni siquiera se ha molestado en buscarme.

Ni siquiera lo ha intentado.

Y eso son muy buenas noticias.

Muy buenas noticias que no deberían proporcionarme más que alivio y que no deberían dolerme lo más mínimo.

Me froto la sien.

No debería dolerme para nada.

—¡Buenos días! —LuAnne entra en la cocina ya vestida con un uniforme quirúrgico azul marino. Parece más radiante de lo que jamás me he visto yo a las siete de la mañana.

—Buenos días —bostezo con la barbilla sobre la palma de la mano mientras reviso sin muchas ganas las noticias matutinas.

Sé que me estoy haciendo mayor porque no considero que mi día ha empezado hasta que no he consumido al menos ochenta miligramos de cafeína y me he puesto al día con las noticias mundiales.

—¿Estuviste pintando hasta tarde? —me pregunta LuAnne, pasando por mi lado hacia el frigorífico.

Digamos que «frigorífico» es un término más que generoso para este aparato que se supone que debería enfriar nuestra comida.

Tiene el termostato interno roto, así que todo lo que hay dentro se encuentra cinco grados por encima de la temperatura a la que debería estar, lo que nos pone en riesgo de intoxicarnos cada vez que cocinamos un huevo.

Joe parecía horrorizado la primera vez que vino a nuestro piso cuando se dio cuenta de que usamos bolsas de hielo para que los yogures se mantengan fríos.

Por desgracia, nuestro casero, Yoshi, lleva dándonos largas durante varios meses para no tener que encargarse él de cambiarlo.

Al parecer está convencido de que lo hemos roto nosotras tan solo para obligarle a que nos compre uno nuevo y ni LuAnne ni yo tenemos dinero suficiente como para poder permitirnos uno.

Así que hemos decidido conformarnos con los yogures tibios.

—Sí, justo, estuve pintando —le miento.

LuAnne coge un batido de proteínas del estante inferior y se gira hacia mí.

—¿Quieres…? ¡Poppy! —Su mirada de desaprobación recae sobre la lata que tengo delante—. Pensaba que lo habías dejado.

—No he dormido nada en toda la noche —le digo, con demasiado sueño como para sentirme culpable—. Y lo había… lo he dejado. —Agarro la lata casi vacía de Red Bull y me termino el último trago—. ¿Ves? Ya está. Esa ha sido mi última lata.

Y ese último sorbo dulce, cítrico y químico me ha sabido a gloria.

A tanta gloria que ahora quiero beberme otra lata.

LuAnne aprieta los labios.

—Llevas diciendo eso dos años. Estoy a un solo Red Bull de llamar a emergencias.

—Esta bebida tiene menos cafeína que una taza de café normal…

—Y diez veces más azúcar —me corta, mirando con desdén a la lata vacía—. No es que esté obsesionada con la salud ni nada por el estilo, pero sí sé que son bebidas horribles, sobre todo cuando se beben en grandes cantidades como haces tú. Tan solo me preocupa tu salud.

Casi pongo los ojos en blanco, pero, de repente, el hecho de tener que visitar a un cirujano cardiovascular en algún momento…

—Quizá tengas razón —le digo—. Debería dejarlo.

Ella sonríe.

—Estoy de acuerdo.

Abro la boca para responder, pero se escucha un aullido fuerte e insistente por todo el apartamento.

—¿Le has dado de comer a Toby? —me pregunta LuAnne, buscando una lata de comida para gatos con pocas calorías, según le mandó el veterinario.

—Hace una hora —asiento y, unos instantes después, nuestro gato atigrado con sobrepeso aparece en la cocina—. No le hagas caso. Está intentando hacerte chantaje emocional.

Como si me hubiera escuchado, Toby salta a la mesita auxiliar y casi tira una de mis decoraciones favoritas de todo el apartamento: una lámpara retro que compré en un mercadillo de segunda mano en Williamsburg.

—¡Toby!

Salvo la lámpara justo a tiempo mientras Toby se dirige hacia la ventana mirando fijamente la lata de comida para gatos que todavía no ha abierto LuAnne.

Al parecer no soy la única que tiene adicciones en esta casa.

Lo tengo que admitir, fui muy escéptica cuando LuAnne trajo a Toby a casa después de salir de trabajar hace tres años.

Se trataba de un gato callejero y malnutrido que encontró en Bed Stuy.

Toby (así decidió llamarlo) le robó el corazón mientras lo desparasitaba y lo bañaba, así que LuAnne no pudo resistirse a traérselo a casa para que no acabara en una protectora abarrotada de animales.

Toby todavía sigue intentando robarme a mí el corazón.

—Es muy listo —dice LuAnne con un bufido mientras se mete las manos en los bolsillos traseros. Veo cómo abre mucho los ojos de pánico—. Mierda.

—¿Qué pasa?

Del bolsillo izquierdo saca un bloc de notas ancho no más grande que una chequera.

—Mi recetario —suspira—. Me lo he traído a casa por accidente. Otra vez. —Suelta otro suspiro—. Podría meterme en problemas si alguien se entera. Se supone que debería estar a buen recaudo en mi oficina. —Se muerde el labio—. Si se me cayera y alguien lo encontrara…

—Podrían hacer prescripciones en tu nombre —termino la frase por ella—. Sí, no suena muy bien.

LuAnne se mete el recetario en el maletín.

—Es la tercera vez este mes que me lo he traído a casa por accidente.

Creo que voy a tener que ponerme un recordatorio o algo.

—Sacude la cabeza con decepción—. Lo último que necesito ahora es que me abran una investigación o que me suspendan la licencia porque no me acuerdo nunca de mirar lo que me meto en los bolsillos.

Tras eso mira hacia la pila de correo que no hemos abierto y que descansa en la barra.

—Todavía no nos han enviado la carta de renovación del contrato de alquiler, ¿no?

La miro con sospecha.

—No. No la he visto por ninguna parte, pero estoy segura de que llegará en cualquier momento.

¿Acaso Joe ya le ha pedido que se mude con ella?

No me sorprendería para nada, teniendo en cuenta lo emocionado que estaba con esa idea la otra noche.

Y, además, le he dado luz verde.

—De acuerdo —asiente—. Comprobaré el correo esta tarde. Espero que no nos suban el alquiler cien pavos más este año.

Vaya… Quizá todavía no se lo haya pedido.

LuAnne recoge la chaqueta Patagonia que tiene colgada en el perchero, la misma que le regalé cuando se graduó de la carrera de veterinaria hace dos años. Debajo del logo lleva cosido «Dra. LuAnne Hart», un añadido por el que tuve que sacrificar mis ahorros, pero que mereció totalmente la pena.

—Veamos. —Vuelve a suspirar—. Llaves, móvil, bolso, recetario perdido. ¡Ah! Hay algo de lo que tenemos que hablar antes de que se me olvide.

Me inclino hacia delante y coloco los codos sobre la barra.

—¿Qué ocurre?

—Tengo un evento benéfico este fin de semana —me dice—. El hospital va a celebrar una gala en honor a sus mayores donantes. Todos los médicos debemos ir obligatoriamente y se supone que Joe iba a acompañarme, pero me ha dejado tirada.

—¿Así que yo soy tu segundo plato? —Me meto con ella.

Hace un puchero.

—Sé que estás muy ocupada con los cuadros para la exposición, pero sé que habrá champán y aperitivos gratis. Y también podremos reírnos juntas de todos los ricachones que nos encontremos por allí.

Estoy bastante ocupada, pero…

—¿Por qué no? —Me encojo de hombros—. Se me ocurren peores formas de pasarme la noche que arreglándome, bebiendo champán gratis y ligando con algunos de esos ricachones.

La sorpresa le cruza el rostro.

—Pensaba que no querías volver a tocar el tema de las citas.

—Bueno… —Me remuevo en el taburete de la cocina—. He estado pensando en lo que dijiste la otra noche. En el bar.

—¿Sí? —Deja las llaves de nuevo en su sitio.

—Y quizá… —Me aclaro la garganta—. Quizá tengas razón. Quizá esa relación… La que te conté… —Tomo una larga inhalación y me trago las dudas.

Esto sería mucho más fácil con un poco de ron.

—Quizá me haya estado frenando —le digo finalmente.

LuAnne no intenta ocultar su sorpresa.

—¿En serio?

—Sí… —Casi siento cómo me ahogo con cada palabra—.

No intencionalmente, pero sí es cierto que fue muy inesperada la forma en la que cortamos.

Le dije que lo quería, pero él no pudo corresponderme, y en las siguientes veinticuatro horas había cogido un avión a Nueva York.

—Jugueteo con la lata vacía de Red Bull—.

No se lo tomó nada bien. Se suponía que íbamos a tener un futuro juntos y yo me marché sin mediar palabra.

En nuestra última conversación él me hizo todo tipo de promesas sobre que iba a volver a por mí en el futuro y que estaríamos juntos para siempre.

No hemos vuelto a hablar desde entonces, pero creo…

—Vuelvo a inhalar con profundidad—. Creo que una parte de mí lleva todo este tiempo esperando que cumpla esas promesas.

La vergüenza me tiñe de rosa las mejillas. Dicho en voz alta y sin mucho más contexto sé que suena loco.

Las únicas chicas de veintiocho años que todavía se siguen hablando con sus novios del instituto son las que se han llegado a casar con ellos.

Pero Adrian no era un novio común, ni tampoco lo era nuestra relación.

Nos unía un asesinato, varios chantajes y una destrucción mutua, no un par de bailes y citas en el cine.

Al menos, no solo eso último.