Redamancia 3 #2
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Me asalta un recuerdo antes de que pueda ignorarlo: el bufido incrédulo que solté cuando Adrian me dijo que quería ser médico. El brillo frío en sus ojos cuando me confesó las ganas que tenía de utilizar un bisturí sobre la piel de alguien.

Claro.

Me pregunto qué pensarían sus pacientes si supieran qué clase de persona es realmente su cirujano.

Pero la sinceridad que veo en su rostro es tan real y está tan cerca de ser genuina que casi no puedo culpar a la audiencia por aplaudirle como si acabara de anunciar que se ha acabado el hambre en el mundo.

—Bueno. —Suzie le echa un vistazo a las tarjetas que tiene sobre el regazo y después vuelve a alzar la mirada hacia Adrian con un brillo misterioso en los ojos—.

Tengo un par de preguntas más para ti, en caso de que tengas suficiente tiempo, doctor Ellis.

No están muy relacionadas con lo que estábamos hablando, espero que no te importe.

En caso de que eso le haya molestado a Adrian, no parece demostrarlo.

—Por supuesto, Suzie.

—Perfecto. —Sus dientes brillantes le resplandecen bajo las luces del plató—.

No quiero hacerte perder más tiempo. Así que voy a pasar directamente a lo que todo el mundo quiere saber, que es…

—Hace una pausa para crear suspense—. ¿Acaso el billonario más altruista del mundo no estará también disponible?

Se me corta la respiración.

Adrian se ríe y sé que no es una risa genuina, como la que solía soltar cuando echaba la cabeza hacia atrás y el sonido le reverberaba por toda la garganta, sino que se trata de una risa de puro espectáculo.

—Dudo mucho que todo el mundo quiera saber eso.

Suzie alza una ceja.

—Te aseguro que sí. —Se gira hacia la audiencia—. ¿Cierto?

Los vítores de la multitud sirven como respuesta.

—Me gusta que mi vida personal se mantenga en privado —le dice Adrian—. Pero…

¿Pero?

Suzie se acerca más a él.

—¿Pero?

—No diría que estoy disponible, pero tampoco es que esté saliendo con nadie últimamente.

No consigo entender la oleada de alivio que me atraviesa.

Hace seis meses dijo que no estaba saliendo con nadie.

No estaba con ninguna supermodelo y atleta olímpica ni estaba casado.

Cosa que no me importa, me recuerdo a mí misma. En absoluto.

—Ya veo —casi ronronea Suzie mientras amplía más la sonrisa—. Sobre ese tema, tengo otra pregunta, esta vez sobre tu madre.

—Te puedo asegurar que ella sí está saliendo con mi padre. —Casi puedo sentir a través de la pantalla el encanto de Adrian y la forma en la que consigue atraerme casi al igual que al resto de la audiencia—. Llevan casados ya treinta años. Su aniversario es en septiembre.

—Me alegra saberlo, pero… —Suzie suelta una risita antes de volver a la carga—.

Mientras me estaba informando un poco sobre ti, me topé con una antigua entrevista de Mary Ellis que hizo hace muchos años en la que menciona un collar de perlas.

Al parecer se trata de una reliquia familiar que se ha ido pasando de hija a hija.

Pero, como todo el mundo sabe, tus padres solo te tienen a ti.

Adrian alza las cejas y puedo ver una sonrisa juguetona en su rostro.

—Según tengo entendido, sí.

Se escuchan más risitas por parte de la audiencia.

—Así que ¿se supone que ese collar de perlas pasará a ser de tu futura mujer cuando des con la persona indicada?

Adrian asiente.

—El collar del que hablas está hecho de perlas naturales y forma parte de la familia Ellis desde hace cientos de años.

Al parecer, un príncipe danés se lo regaló a uno de mis ancestros.

—Hace una pausa lo suficiente larga como para que todo el público suelte un largo «oh»—.

Cuando mi madre se casó con mi padre, mi abuela le regaló el collar.

Se trataba de una señal de que aprobaba el matrimonio.

Así que, sí, cuando ese día llegue, mi futura mujer recibirá también ese collar.

No se me contrae el estómago al pensar en la supermodelo y atleta olímpica sin rostro que se casará en el futuro con Adrian con un collar de perlas que seguramente valdrá millones de dólares.

No me importa.

—Parece que a la familia Ellis le importan mucho las tradiciones familiares —dice Suzie.

—Como a cualquier otra familia, supongo —responde Adrian.

—Pero la gran mayoría de familias no suelen pasarse objetos que valen cientos de millones de dólares de un miembro a otro.

Es una pregunta trampa, pero la fachada perfecta de Adrian no decae en ningún momento.

—Es cierto. Soy, es decir, somos muy privilegiados en comparación al resto.

—He escuchado un rumor —continúa Suzie—.

Parece que los niños de la familia Ellis no pueden acceder por completo a la herencia familiar hasta que no cumplen los veintiocho.

—La mirada de Suzie es voraz—. Según tengo entendido, cumpliste los veintiocho el mes pasado.

Feliz cumpleaños, por cierto. Supongo que ya sabes a qué me refiero con esto.

Y, ahí está, un breve tic en la ceja de Adrian.

Completamente indetectable para el resto, pero yo sí consigo darme cuenta.

Veo cómo se le resquebraja un poco la máscara.

Sin embargo, Adrian se recompone al instante.

—Todo el papeleo legal de las finanzas de mi familia lo llevan tres asesores fiscales, dos contables y un gestor. Te aseguro que no merece la pena hablar sobre ello en este programa.

—No estoy de acuerdo —reitera Suzie—. La verdad es que tengo mucha curiosidad. ¿Has podido acceder ya a la herencia de tu familia al completo?

Si se tratara de una entrevista privada, estoy segura de que Adrian ya le habría pedido que cortaran las cámaras hace dos preguntas.

Pero Suzie lo ha conseguido acorralar frente a una audiencia y una entrevista en directo y, a juzgar por la forma en la que está estrechando la mirada, Adrian parece haberse dado cuenta también de ello.

—No. —Se aclara la garganta—. Todavía no.

Todavía hay un par de asuntos legales a tratar.

De nuevo, no creo que merezca la pena hablar de ello en este programa.

Pero, para resumir, no debería de tardar más de un par de meses.

—Adrian juntas las manos—. Ahora que ya he satisfecho tu curiosidad, quizá podamos volver al tema del que estábamos hablando al principio, la fundación Ellis.

Suzie sonríe.

—Por supuesto, doctor Ellis.

La entrevista continúa durante unos cuantos minutos más, pero no consigo rascar nada mucho más interesante y, cuando cierro el portátil y veo los primeros rayos de sol del amanecer en Manhattan, siento que la cabeza me da vueltas.

¿Y el picor?

Todavía sigue ahí.