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Este picor no tiene sentido alguno.

No consigo deshacerme de él por mucho que me rasque, haga gárgaras con agua con sal (idea de LuAnne) o por mucha pomada antihistamínica que me aplique en el pecho, una pomada que encontré al fondo de la caja de medicinas (idea también de LuAnne).

Noto el picor como si lo tuviera debajo de la piel, como una especie de araña fantasma que me sube por las costillas. No es doloroso, pero sí me desconcentra bastante.

Esto es culpa de LuAnne, me digo a mí misma. Estaba muy feliz sin tener que pensar en él. Me iba bien fingiendo que me da igual, pero ella ha tenido que seguir insistiendo. Me ha vuelto a preguntar y yo he tenido que volver a pensar en él. Pensar en él de verdad.

Y ahora no puedo parar de hacerlo.

Se supone que debería estar pintando.

Se supone que debería estar concentrando mi energía creativa para producir las últimas piezas de mi colección, pero casi no puedo pensar y nada de lo que estoy creando vale la pena, ni siquiera para exhibirlo en un frigorífico, y mucho menos en el Ars Astrum.

Así que cuando llega el tercer día, por el bien de mi carrera y de mi salud mental, decido acabar de una vez por todas con el picor.

Escribo el nombre de Adrian en el navegador web en medio de la oscuridad de mi habitación.

Y le doy a buscar. Quiero saberlo todo.

No estoy muy segura de qué espero encontrar, quizá un par de fotos de paparazzis y alguna exclusiva sobre la familia Ellis, pero lo cierto es que Adrian no ha parado de salir en la prensa desde que salió de Lionswood.

Adrian Ellis crea una fundación de caridad que lleva el apellido de su familia.

La fundación Ellis ha enviado diez mil millones de dólares en suministros a varias clínicas por todo el mundo.

Adrian Ellis da un discurso de graduación muy conmovedor tras haber finalizado la carrera de Ciencias dos años antes de lo previsto en la universidad de Harvard.

Adrian Ellis se gradúa cum laude un año antes de lo previsto en la facultad de Medicina de Harvard.

Adrian Ellis ha sido seleccionado junto a John-Hopkins para una residencia de cirugía general.

Adrian Ellis realizará una beca de investigación en cirugía cardiovascular, la localización todavía es desconocida.

Aparecen docenas de artículos, uno tras otro, destacando los logros de Adrian con la fundación Ellis, su prometedora carrera como cirujano y alguna que otra especulación sobre su patrimonio neto. Todo internet parece debatirse sobre si su patrimonio es de cinco mil millones o siete mil millones.

Y si yo ya creía que el alumnado de Lionswood idolatraba a Adrian, parece ser que el resto del mundo simplemente lo ama.

Sus compañeros de Harvard solo tienen buenas palabras sobre él.

Sus pacientes alardean de lo mucho que se preocupa por ellos y de los exitosos trasplantes de corazón que han recibido por su parte.

Sus compañeros de trabajo en la clínica Mayo siempre hablan con mucho respeto sobre él.

Incluso en el New York Times hablan sobre él. Uno de sus artículos más recientes, de hace tan solo tres meses, se titula: Adrian Ellis inaugura una nueva era de responsabilidad para los multimillonarios.

«Tan solo estoy haciendo lo que cualquier persona con recursos debería hacer», dice en un artículo. Parece que a la periodista que lo entrevistó le gustó tanto esa respuesta como a los trescientos comentarios que hay sobre esta.

Ninguna de estas personas tiene ni idea , pienso. No tienen ni idea de cómo es de verdad.

Pero ¿cómo podrían saberlo?

Ha dedicado no solo su dinero, sino su tiempo a salvar vidas y parece tan entrenado a contestar preguntas en estos artículos que, por un momento, me pregunto si no se habrá transformado realmente en el millonario altruista y con gran corazón que el resto del mundo cree que es.

Tan solo es la cara que le muestra al mundo, me recuerdo. Es una máscara.

Y todas las máscaras tienen agujeros.

Así que, intento dejar a un lado todas las entrevistas públicas y demás tonterías, e intento buscar algo más concreto, pero no es una tarea sencilla. Adrian es mucho más reservado con los detalles de su vida privada que con los de su vida profesional.

Pasado un rato creo haber encontrado algo que vale la pena el dolor de cabeza que me está dando el brillo cegador de la pantalla y que me hace entrecerrar los ojos: una entrevista en vídeo de hace seis meses con Suzie Edmond, la presentadora del programa que estaban echando en la televisión del bar la otra noche.

Lo que se me hace extraño es que dicha entrevista no aparece en la página web del programa. No hay mención alguna de ella en las redes sociales de la presentadora ni ningún clip en el canal oficial.

Parece que alguien, Suzie, Adrian o su equipo de relaciones públicas, no sé, haya intentado eliminarla de las existencia.

Solo hay un solo vídeo que han resubido a un canal de Youtube de cotilleos y que solo cuenta con tan solo tres visitas.

Yo me convierto en la cuarta.

—¡Hola de nuevo! —La voz nasal de Suzie resuena por los altavoces a punto de terminar de romperse de mi portátil—.

Hoy tengo a mi lado a un invitado muy especial.

Quizá no le reconozcáis, pero estoy segura de que sí habréis oído muchas veces su apellido.

—Hace una pausa dramática antes de juntar ambas manos—.

Hoy ha venido para hablar sobre el magnífico trabajo que está haciendo con la fundación Ellis… ¡Adrian Ellis!

La cámara apunta al sillón que se encuentra junto al de Suzie y a mí me da un vuelco el estómago.

Madre de Dios.

De pronto me arrepiento de haber tomado la decisión de evitar enterarme de todo lo que estuviera relacionado con Adrian Ellis durante toda una década porque estoy segura de que no estoy preparada para esto.

Para él.

En un vídeo en HD.

¿Es él de verdad?

Debe de serlo, porque Suzie lo ha presentado con ese nombre, pero el hombre que se encuentra en ese sillón no es el chico de dieciocho años que todavía vive en mi cabeza.

No reconozco a este Adrian.

Lleva el pelo mucho más largo de lo que recordaba. Este le enmarca el rostro y la nuca de una forma tan controlada que casi parece como si él se hubiera colocado cada rizo oscuro en la posición exacta.

La cámara se acerca hacia él, consigue capturar todos los detalles de su rostro a través de una pantalla pixelada y yo inhalo con fuerza.

No creía que fuera capaz de volverse más guapo aún, pero parece ser que la edad le ha arrebatado los rasgos suaves de la juventud y ahora tiene todos los planos definidos y las líneas muy marcadas.

Una mandíbula bien marcada.

Unos pómulos que casi parecen cuchillos.

Unas labios gruesos y unas pestañas negras y espesas.

—Gracias por haberme invitado, señorita Edmon —dice e incluso su voz parece haber crecido. Es más profunda, suave y fuerte.

La voz de un hombre.

Este Adrian es todo un hombre, uno que no se parece en nada al chico que conocí en Lionswood.

Pero hay una cosa que parece no haber cambiado.

Sus ojos son exactamente igual a como los recordaba. Dos piscinas de obsidiana sin fondo alguno y preparadas para tragarte por completo.

—Por favor, llámame Suzie. No tienes ni idea de lo emocionada que estoy de que estés en el programa de hoy, doctor Ellis —dice Suzie, juntando de nuevo las manos—. Me he dado cuenta de que no sueles aceptar entrevistas en vídeo, tan solo para formatos en papel. ¿Podrías decirme por qué?

La cámara vuelve a centrarse en él y…

¿Acaso ha crecido?

Inclino la cabeza hacia un lado tratando de averiguar si los hombros que lleva cubiertos por ese jersey pálido siempre han sido tan anchos o si es un añadido reciente.

—La verdad es que soy bastante tímido delante de las cámaras, Suzie. —Adrian sonríe, casi con timidez, y desvía la mirada como si estuviera avergonzado, pero yo le conozco demasiado bien.

Adrian Ellis nunca ha sentido ni un ápice vergüenza en su vida.

Suzie se ríe y pasea la mirada por todo su cuerpo con poca sutileza.

—Creo que no me lo termino de creer.

Adrian se remueve en el asiento. Sí, definitivamente ha crecido.

Siento un tirón desagradable en la parte baja del abdomen.

No creo que sea posible que la palabra «feo» y «Adrian» puedan llegar a coexistir en la misma frase, pero una parte de mí querría que tuviera algún defecto físico para poder evitar sentirme tan atraída hacia él.

Fuera lo que fuera, quizá que haya empezado a fumar, que se estuviera empezando a quedar calvo, quizá un poco de barriga cervecera…

Pero no.

Estaba claro que, diez años después, iba a seguir viéndose como un Adonis con una belleza inhumana que no ha dejado de ir al gimnasio ni un solo día.

Suzie empieza a lanzarle una lista de preguntas sobre la fundación Ellis mientras que el público que hay en el plató suelta una gran cantidad de «oh» y «ah» con cada respuesta.

Nada de lo que dice me sorprende demasiado, no cuenta nada nuevo que no haya leído ya en algún artículo de Forbes o del Business Insider , aunque Adrian consigue que cada respuesta prefabricada suene casi como si acabara de inventar la rueda.

Casi me duelen los dedos por descubrir más información de la que le está proporcionando a la entrevistadora.

—Parece que eres tan altruista como dicen por ahí, doctor Ellis —dice Suzie—. Ahora que estoy aquí frente a ti escuchándote puedo asegurar que eres una persona muy amable y servicial con los demás.

Suelto un bufido.

—Lo cierto es que me sorprende que poseas una de las mayores fortunas del mundo y que aun así hayas decidido dedicarte a una profesión tan noble como la medicina.

Adrian sonríe.

—¿Qué valor puede tener todo el dinero del mundo si no se destina a una buena causa?

¿O si no se tiene un propósito en la vida?

Desde que era muy pequeño sabía que quería hacer algo más que firmar cheques en una torre de marfil.

Ahora que soy cirujano puedo ayudar a la gente mano a mano, en persona y con un trato más cercano. Eso es mucho más satisfactorio para mí.