Redamancia 2 #3
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LuAnne me ofrece una mirada expectante.

—¿Pero…?

—Pero nunca me volvió a llamar —le digo—. Me ignoró por completo.

Veo cómo aprieta los labios.

—Vale, Ken es un caso aparte, pero eso no cambia nada.

Tener citas en Nueva York es una mierda, pero sé que eres el tipo de persona que no se viene abajo ante un buen reto.

Haces que las cosas ocurran. Igual que has conseguido esa exposición de arte.

—LuAnne le echa un vistazo a su novio—. Ayúdame un poco, Joe.

Este alza las manos a modo de derrota.

—Creo que prefiero no meterme en este tema.

LuAnne pone los ojos en blanco antes de volver a suspirar.

—Mira, no quiero ser pesada, pero sí quiero que seas feliz. Espero que no haya nada que te esté impidiendo serlo. —Hace una pausa y se le suaviza la mirada—. Ni nadie.

Me quedo congelada.

—¿A qué te refieres?

No aparta la mirada.

—Ya sabes a qué me refiero.

Sacudo la cabeza con vehemencia. Que estemos hablando de mis encuentros amorosos ya es bastante vergonzoso, pero no pienso permitir que la conversación tome esos derroteros.

—No. No vamos a hablar sobre eso.

Se inclina hacia delante.

—Nunca quieres hablar sobre él.

Joe mira de la una a la otra.

—¿Qué me he perdido?

—Me refiero a un chico con el que Poppy estuvo saliendo hace una década en el instituto —le explica LuAnne antes de que pueda detenerla—. Se pilló muchísimo, pero Poppy siempre se niega a hablar sobre él.

Vuelvo a gruñir.

No pienso volver a beber ron Malibú nunca más.

Y mucho menos con LuAnne.

No me acuerdo del todo bien, pero hace un año me bebí una botella entera y parece ser que decidí compartir todos los detalles de mi vida con LuAnne.

Por suerte, estaba demasiado borracha como para terminar de contarle toda la historia y me quedé dormida antes de que pudiera contarle algún detalle demasiado horripilante, pero parece ser que LuAnne juntó las piezas de la historia incompleta: que solo he llegado a querer a una sola persona, en el instituto, y que la cosa no acabó muy bien.

Así que lleva intentando sonsacarme más información desde entonces.

—No me pillé muchísimo —le digo—. Eso fue hace millones de años. Mi vida ahora no tiene nada que ver con él.

LuAnne se me queda mirando.

—Entonces ¿por qué no quieres hablar sobre ese tema?

—Porque ya no hay nada más que contar —respondo sin saber muy bien si el alcohol está ayudando o empeorando la situación—.

Era joven y estúpida, y me enamoré de alguien que no sentía lo mismo por mí.

Así que me fui. Me prometió… —hago una pausa— que volveríamos a vernos algún día, pero eso nunca ha ocurrido.

Ya no he vuelto a pensar en él y te aseguro que no he cortado con todos los tíos con los que he salido porque siga pensando en él.

Tan solo es un recuerdo que forma parte de mi pasado y ya.

Me apoyo en el taburete y siento un picor por toda la piel.

LuAnne frunce el ceño.

—¿Y dónde está él ahora?

—No tengo ni idea —le digo con sinceridad.

Si el mundo ha hecho algo por mí es haberme ayudado a no toparme con Adrian Ellis nunca más—.

Seguramente sea médico y se haya casado con una supermodelo.

O quizá sea un atleta olímpico que puede retorcer el cuerpo como si fuera un pretzel.

O ambas cosas. Probablemente ambas cosas.

Intento que mis palabras no suenen con amargura porque no tiene mucho sentido que siga resentida con alguien que solo es un recuerdo para mí, pero, a juzgar por las expresiones en los rostros de LuAnne y Joe, no lo estoy haciendo del todo bien.

—Pero ya no importa. —Me rasco el antebrazo—.

Espero que sea un médico muy exitoso y adinerado, y que se haya casado con una supermodelo que también sea atleta olímpica y que no tiene ni idea de que su marido es un psicópata.

O quizá sí que lo sepa. Quizá él se haya casado con otra psicópata y ambos hagan cosas de psicópatas juntos.

A mí me da igual. —Inhalo con profundidad—. En serio.

Mentirosa , me susurra una vocecita en el fondo de la mente.

Noto cómo el picor se me propaga por toda la piel. Lo noto subiéndome por los brazos hacia los hombros.

Parece que LuAnne tiene muchas más preguntas que hacerme, pero decide no hacerlas.

—Lo siento. —Me frota el hombro, pero no me ayuda a calmar el picor invisible—. No debería de haber insistido. No es asunto mío.

No lo es , quiero espetarle, pero no lo hago.

En el fondo sé que no lo entiende.

LuAnne es una buena chica.

Una buena chica, sincera y amable.

No se esconde. No finge. No guarda secretos como si estos tuvieran dientes, pero yo sí.

Y no puedo culparla por esperar que le ofrezca la misma sinceridad que ella me ofrece a mí.

—No pasa nada —suspiro finalmente, rascándome la clavícula—. De todas formas, voy a tener que echar mano de algunos de estos… recuerdos. Para la exposición de arte.

—La cual hemos venido aquí para celebrar, ¿cierto? —interviene Joe, sonriendo a pesar de la tensión latente.

—Cierto. —Asiente LuAnne—. ¿Otra ronda?

No volvemos a hablar sobre Adrian Ellis.

Pero el picor no desaparece.