Redamancia 2 #2
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Pero también quiero que LuAnne sea feliz.

Incluso aunque eso signifique perderla para siempre.

—¡Espero que no me hayáis echado demasiado de menos! —LuAnne reaparece con los chupitos en la mano. Creo que nunca había estado tan contenta de poder ahogar mis penas en alcohol.

Joe está radiante de alegría. Yo me bebo el chupito de un solo trago. Sabe a gasolina, aunque lo hayan disfrazado de whisky barato. Parece que no me va a sentar muy bien, pero el efecto es inmediato: toda la sala se vuelve más ligera al igual que yo.

—Espero que me lo agradezcáis. He tenido que pelearme con una horda de turistas para conseguirlos —nos dice LuAnne mientras señala con la barbilla a un grupo de chicas al otro lado de la barra.

Son siete u ocho, todas rubias con la piel bronceada y unas camisetas a juego en las que pone: «ME ENCANTA NUEVA YORK». La que se encuentra en el medio también lleva una tiara y una banda en la que pone «FUTURA NOVIA».

—Todas tienen veintiuno —dice LuAnne—. El camarero estaba comprobando sus identificaciones.

¿Te imaginas si nos hubiéramos casado a los veintiuno?

—Se gira hacia Joe y se le suaviza el rostro—.

Me alegro de haberte conocido en el momento indicado.

Si te hubiera conocido en esa época, justo antes de graduarme y de saber lo mal que estaba el panorama con los chicos en Nueva York…

—Sacude la cabeza—. Digamos que la LuAnne de veintiocho años te aprecia mucho más que la de veintiuno.

Se miran mutuamente como si fueran las dos únicas personas del local, o quizá del mundo entero, y yo tengo que apartar la mirada antes de que el vacío que siento en el estómago se vuelva insoportable.

¿Cuándo fue la última vez que alguien me miró a mí así?

Seguramente desde…

—Hablando de matrimonios, citas y amor… —LuAnne me da un empujoncito.

—A mí no me apetece hablar sobre eso ahora mismo —gruño, sabiendo exactamente hacia dónde se dirige esta conversación. Es el tema favorito de LuAnne últimamente. Desde que ha encontrado a su príncipe azul, se ha empeñado en buscarme uno a mí también.

—Nunca quieres hablar sobre ello —contraataca—. Además, ¿no crees que es el mejor momento? Tienes veintiocho, estás buena y tu carrera profesional acaba de despegar. Tienes muchas opciones, Poppy.

—Acabas de decir que el panorama en Nueva York está fatal —le recuerdo—. Puede que hayas opciones, pero ninguna buena.

Abre la boca.

—Si yo he podido…

—…encontrar a Joe, estoy segura de que tú también puedes encontrar a alguien —finalizo por ella con un tono más agudo para imitar su voz—.

Por desgracia, creo que te has quedado con el último hombre atractivo y buen partido de Nueva York.

Los únicos que quedan libres son los que trabajan en el sector de las finanzas que se creen que han sido bendecidos con un don del mismísimo Dios por medir más de metro ochenta y muchos hombres casados que solo quieren ponerle los cuernos a su mujer.

—Bueno… —Intenta rebatirme eso, pero ocho meses increíbles con Joe no han conseguido borrarle la memoria tan fácilmente—.

Puede que eso sea cierto, pero tampoco es que lo hayas intentado.

Nunca te he visto tener ninguna cita con nadie.

No te gusta conocer gente. No usas aplicaciones de citas.

¿Acaso crees que una relación amorosa estable te va a caer del cielo de un día para otro?

La mayoría de las veces lo que más me gusta de LuAnne es su sinceridad. Es directa. Siempre sé en qué punto nos encontramos y qué es lo que necesita de mí.

Pero otras veces es lo que más odio de ella, por ejemplo, cuando no me deja en paz con este tema, ni siquiera durante una sola noche.

Suelto un suspiro.

—No me importaría que simplemente me cayera del cielo, pero sí que lo intento. Simplemente el panorama es un asco, ¿recuerdas?

Me echa la misma mirada que le ofrece a Toby cuando este le pone ojos de corderito para que le dé de desayunar por segunda vez.

—Vale, si tanto se supone que lo estás intentando… ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una cita?

Hago una pausa. Me pongo a hacer cálculos mentalmente.

Mierda.

—Bueno, vale, no es que últimamente me haya centrado mucho en el tema de las citas, pero…

—Un año —dice ella. Yo parpadeo, sorprendida de que haya llevado la cuenta—.

Hace un año que no tienes ninguna cita y lo sé porque vivo contigo.

Hace un año quedaste con un antiguo compañero de Pratt y volviste de la cita quejándote de que seguía siendo igual de arrogante que cuando ibais a la universidad.

—Y lo era. Su «arte» consistía en un montón de grabaciones de voz de él gritando que había grabado con un viejo equipo de vídeo solo para que parecieran más interesantes. Me obligó a escucharlas durante una hora entera, LuAnne. Estuve a solo una grabación de darle una buena razón para que gritara.

—¿Y qué hay del chico con el que quedaste antes de él? ¿Marcus no sé qué? Tan solo quedaste dos veces con él antes de dejarlo.

—Tenía acento australiano.

LuAnne alza una ceja.

—¿Y qué?

—Que no era de Australia.

Suelta un suspiro derrotado.

—¿Y qué hay del chico que trabajaba en una cafetería y que un día trajiste a casa? Al que me encontré cocinando tortitas en nuestra cocina con el culo al aire. Kevin o Kyle o…

—¿Te refieres a Ken?

—Ese —afirma—. Ken. Parecía un buen tipo y estaba muy bueno, lo que hace que pueda perdonar el tema de la desnudez.

Joe tose un poco. Me acuerdo de Ken y sus tortitas.

Aparte de tener muy pocas citas, tampoco suelo acostarme con nadie, pero es cierto lo que ha dicho LuAnne, ese chico estaba muy bueno.

—La verdad era que sí me gustaba Ken. —Me encojo de hombros—. Era bastante decente en la cama. Podría haberle dado una oportunidad.