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—¡Por Poppy! ¡El próximo nombre más reconocido de todo Nueva York! —LuAnne tiene que gritar mucho para que consiga escucharla por encima del partido de hockey que suena en la televisión que tenemos justo encima.

—Creo que «nombre más reconocido» es un tanto exagerado —la corrijo mientras alzo el vaso de chupito y lo vacío. El vodka de frambuesa barato me quema toda la garganta.

—¡Qué va! —protesta LuAnne. Sus ojos color marrón miel brillan con la tenue iluminación del bar y el humo de los cigarrillos—.

Todos los neoyorquinos saben qué es el Ars Astrum.

Mi mejor amiga va a ser una estrella y yo pienso aprovecharme de tu fama.

No pienso permitir que te olvides de mí cuando te vayas a París a exhibir tu arte frente a un grupo de ricachones —dice con el peor acento francés que he oído nunca e incluso Joe se ríe un poco.

Yo pongo los ojos en blanco y me río. Ya estoy empezando a notar la calidez del vodka de frambuesa en el estómago. Me siento bien.

Más que bien, de hecho.

Estoy eufórica.

Ni siquiera me importa que nuestro bar de mala muerte favorito esté a rebosar esta noche o que casi no hayamos podido encontrar dos taburetes vacíos. LuAnne ha tenido que colocarse en el regazo de Joe, pero no creo que a ninguno de los dos les importe ese pequeño detalle.

—Me sigue pareciendo una locura. —Joe sacude la cabeza con un brazo casualmente alrededor de la cintura de LuAnne—.

No soy ningún entendedor del mundo del arte, pero incluso yo sé que exponer en el Ars Astrum es otro nivel.

¿Acaso has tenido que echar mano de los contactos que hiciste en la universidad para que te consiguieran una entrevista o algo?

¿O te has apuntado a la lista de espera?

—Eh… —Ambos me miran con curiosidad y sigo lo suficientemente sobria como para darme cuenta de que no debería confesarles que he conseguido esta increíble oportunidad acosando a la propietaria de la galería de arte.

Y mucho menos confesárselo a un abogado—.

Tan solo tuve suerte. Parece que el universo finalmente quiere jugar a mi favor.

—Anda. —Joe se rasca la parte trasera de la cabeza que lleva afeitada. Estoy segura de que es uno de los pocos hombres que se ve mejor con un corte al cero que con la cabeza llena de pelo—. Eso sí que ha sido un golpe de suerte. Enhorabuena, Poppy.

LuAnne estrecha la mirada.

—No te creo.

Alzo una ceja.

—¿No?

—No —dice—. Tú, de entre todas las personas del mundo, no tienes tan solo un golpe de suerte y ya está.

—¿Qué significa eso? —Los ojos de Joe viajan de la una a la otra.

LuAnne se gira para mirarle y se ajusta el enorme moño trenzado que lleva sobre la cabeza.

—Cuando Poppy quiere algo, se esfuerza para que eso ocurra. Quizá deberíamos de comprobar que la tal Ocean no esté maniatada en un sótano o algo por el estilo.

Vuelvo a poner los ojos en blanco.

—No estoy tan loca.

Pero si esa hubiera sido la única opción…

—A lo que me refiero es a que a veces das miedo cuando se te mete algo en la cabeza.

Me encojo de hombros.

Nunca he compartido las peores partes de mi pasado con LuAnne, a pesar de que llevamos siendo compañeras de piso durante seis años. Ella puede ver más de mí que el resto de las personas.

Por eso seguramente somos tan cercanas.

—Recuérdame que nunca te haga enfadar, Poppy —dice Joe.

Yo le muestro una sonrisa.

—Jamás podrías enfadarme, Joe. Según LuAnne, puede que en algún momento necesite tu ayuda para minimizar los cargos por secuestro.

—O por asesinato. —LuAnne se mete conmigo.

Joe se coloca la mano libre sobre el pecho sobre el que lleva un traje, como si estuviera haciendo una promesa muy solemne.

—Por supuesto. Si necesitas un abogado, aquí estoy para ti.

Joe y LuAnne solo llevan saliendo unos ocho meses, así que sé que sigue queriendo impresionarla tratando de caerle bien a su mejor amiga.

Siempre se ríe con demasiada fuerza de mis bromas.

Nunca se olvida de comprarme algo cuando piden comida a domicilio.

Incluso se ha ofrecido a pagar la cuenta en mi noche de celebración.

Y como disfruto mucho de cenar y beber gratis de vez en cuando, no me apetece decirle que ya logró impresionarme hace meses.

—¡Por cierto! —LuAnne salta del regazo de Joe y se sacude el polvo del uniforme de trabajo color lavanda que lleva puesto. La mala iluminación le resalta las capas de pelo de gran danés que todavía tiene sobre el uniforme, pero el color le pega con la piel oscura—. ¿Otra ronda?

Asiento.

—Claro. Creo que podré soportar otro chupito antes de tener una crisis existencial.

—Lo secundo —añade Joe—. ¿Podríamos tomar otra cosa que no sea vodka con sabor? No creo que mi estómago vaya a soportarlo.

—Claro, amor. —LuAnne se pone de puntillas para darle un beso en los labios y se le iluminan tanto los ojos que siento como si estuviera interrumpiendo su noche—. Enseguida vuelvo.

Cuando LuAnne intenta llamar la atención del camarero que se encuentra ocupado con una fiesta de despedida de soltera muy ruidosa, Joe y yo nos quedamos a solas.

Vaya, silencio incómodo. Mi favorito.

Por mucho que Joe me caiga bien, los dos tenemos una sola cosa en común y esta se acaba de ir a la otra punta de la barra.

Fijo la mirada en la televisión. Alguien ha cambiado de canal, ya no está mostrando un partido de hockey, sino a una presentadora de un programa de entrevistas con el pelo revuelto cuyo nombre no recuerdo. ¿Sally? ¿Sandy? ¿Su…?

—Suzie Edmond —interviene Joe—. Siempre se la ve en los juzgados.

—¿En serio? —le pregunto. No es que esté del todo interesada en el tema.

Él asiente.

—Es un poco dramática, pero siempre consigue entrevistar a muchos famosos y… Vale, necesito hablar contigo de una cosa.

Parpadeo, un tanto desconcertada por el cambio de tema tan repentino.

—¿Qué?

Mira por encima de mi hombro y se acerca hacia mí como si estuviera a punto de revelarme algún secreto de estado.

—Es sobre LuAnne.

Estrecho la mirada.

—¿Qué ocurre?

—Pues… —Traga saliva—. La verdad es que…

—Hace una pausa y presiona los labios en una fina línea.

Puedo ver cómo el nerviosismo casi le escapa de los poros y está haciendo que yo también me ponga nerviosa—.

Lo siento, no sé por qué me cuesta tanto decirlo.

Todavía no le he dicho nada, pero tú eres su mejor amiga, así que pensaba que sería mucho más fácil contártelo a ti primero.

Mi mente no para de darle vueltas a las peores posibilidades. O le ha puesto los cuernos, o está embarazada…

—Quiero pedirle a LuAnne que se venga a vivir conmigo.

¿Qué?

—¿Qué?

Joe me ofrece una sonrisa tímida e insegura mientras se rasca la barba incipiente.

—Creo que no tiene ni idea de que le he estado dando vueltas. Ni siquiera sé si ella se lo ha planteado en algún momento, pero quiero pedírselo. Pronto.

—Vaya. —Es la única respuesta que consigo murmurar.

—Puedes decirme con total confianza si crees que estoy loco —continúa Joe—. Sé que es un poco precipitado…

¿Un poco?

Tan solo lleváis saliendo ocho meses.

Sé que quizá eso pueda parecer una eternidad si vives al sur de Estados Unidos, pero en Nueva York es como si solo hubieran pasado dos semanas.

—…pero la quiero —termina con una mirada marrón brillando de sinceridad—. Y quiero dar un paso más en nuestra relación.

Debería de alegrarme por LuAnne.

Se merece a un buen chico como Joe al que no le salga urticaria de tan solo mencionar la palabra «compromiso».

Solo yo sé que ha tenido que pasar por una gran tropa de novios de mierda antes de encontrar finalmente su final feliz, así que, ¿por qué esta noticia solo hace que se me retuerza el estómago?

Porque significa que ya no van a haber más maratones de películas en nuestro sofá de segunda mano.

Ya no vamos a ahogar nuestras penas tras una ruptura amorosa en un cuenco de sopa de Noodletown.

Ya no compraremos más champán de dos dólares de la tienda de la esquina.

Ya no habrá más amistad.

Al menos, ya no será la misma amistad cercana que hemos desarrollado después de seis años en los mismos sesenta metros cuadrados.

Si LuAnne se muda al apartamento en Crown Heights de Joe que se encuentra a seis kilómetros andando al otro lado del río Este, para mí sería como si nos separara un océano y seguramente terminara convirtiéndose en una más de las amistades a distancia que poseo.

Nos enviaríamos mensajes ocasionales diciéndonos que nos echamos de menos y prometeríamos quedar para tomar café o algo para beber, aunque luego eso nunca ocurriría.

Nuestras quedadas nocturnas serían una vez a la semana, aunque pronto irían decayendo a una vez al mes y finalmente una vez al año junto a un par de mensajes de enhorabuena al ver cómo el estado en línea de la otra va cambiando con el tiempo.

—En serio, Poppy. —La voz de Joe interrumpe mis pensamientos, que han empezado a ir en espiral—.

Eres la mejor amiga de Lu. Si crees que todavía no está lista, tan solo tienes que decírmelo.

—Su mirada me indica que alberga mucha esperanza y un pensamiento horrible, asqueroso y egoísta me cruza por la mente.

Podría decirle que no está preparada.

Podría decirle que creo que está yendo demasiado rápido.

Podría fingir que no me he pasado horas escuchando a LuAnne contarme lo segura que se siente con él, y lo fácil y emocionante que parece ser todo con él. Como si no hubiera visto sus tablones de Pinterest llenos de ideas para una futura boda a las tres de la mañana.

Podría prolongar el final feliz de LuAnne para obtener un solo año más a su lado y no tendría por qué saberlo nunca.

Podría mantener a mi mejor amiga a mi lado un poco más.

Pero, cuando abro la boca para hacer justo eso, termino pronunciando unas palabras completamente diferentes.

—Creo que es una gran idea, Joe.

Abre mucho los ojos.

—¿En serio?

No.

—Sí. —Sonrío con los dientes apretados mientras asiento—. Creo a LuAnne va a estar encantada cuando se lo cuentes.

El alivio en su mirada es casi palpable y el nudo que siento en el estómago se aprieta casi hasta un punto en el que llega a ser doloroso.

Quiero ser egoísta.