Redamancia 30
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Edward Ellis cae al suelo y veo cómo le sale sangre de los trozos de cristal que tiene clavados en la garganta. Me quedo a su lado el tiempo suficiente para determinar que ha muerto.

Y, tras eso, salgo corriendo.

Para sorpresa de nadie, la fiesta ya ha terminado y los pasillos están vacíos. Tampoco veo a Adrian por ninguna parte. Siento el pánico en los pulmones.

Fuera de juego, oigo el eco de las palabras de Edward en la cabeza. Si su madre ha hecho lo que tenía que hacer.

Esas palabras no tenían sentido en ese momento, pero ahora…

La bodega.

No tardo mucho en encontrar las escaleras que se encuentran justo al lado de la cocina y tardo aún menos en comenzar a bajarlas.

¿Y si sigue ahí abajo con él?

Un arma, pienso. Necesitas un arma.

Agarro el objeto más cercano (un rodillo de amasar cubierto de harina que hay sobre la encimera de la cocina) y comienzo a bajar las escaleras oscuras.

Abajo está tan oscuro que tengo que utilizar la barandilla a modo de guía, ya que no consigo discernir dónde se encuentra el siguiente escalón.

Noto la adrenalina por todo el cuerpo.

La madre de Adrian tiene sesenta años y yo llevo un rodillo de amasar.

Incluso aunque me oiga venir, tendré algo de ventaja.

Aun así, intento mantenerme en silencio y tengo cuidado de no pisar con fuerza o que mi respiración laboriosa se oiga demasiado.

El aroma a tierra húmeda se va volviendo cada vez más notorio conforme me acerco al final y… guau.

No me esperaba que el sitio fuera tan grande, pero el pasillo abovedado y muy poco iluminado parece más bien un túnel hecho de piedra. Hay varias estanterías con botellas de vino por todas partes, todas recubiertas de polvo.

Recorro el pasillo.

¿Dónde está?

¿Acaso se han ido a otra parte?

Entonces escucho el sonido del metal.

Se me cae el alma a los pies y empiezo a correr con el rodillo aferrado bajo el brazo, sin ningún plan, sin ninguna idea, excepto…

Adrian.

Es lo primero que veo cuando llego al final del pasillo. Está de pie, dándome la espalda, así que no puedo ver si…

Pero está de pie.

Me hundo de alivio.

—¡Adrian!

Se gira y noto cómo le sube y le baja el pecho del esfuerzo. Sus ojos desprenden un brillo feroz cuando me atrae hacia su pecho.

El rodillo cae al suelo y casi me ahogo de alivio.

—Estás bien —suspiro y me aparto lo suficiente como para poder mirarle—. Estás bien.

No oigo lo que sea que me murmura porque tiene la nariz enterrada en mi cuello.

Le paso los dedos por los rizos con ansiedad y hago una pausa cuando algo húmedo me empapa los dedos

—Estás sangrando —le digo y me aparto de nuevo para examinar dónde tiene la herida—. Por detrás de la cabeza.

Mierda.

—Estoy bien —me dice e intenta volver a abrazarme—. Es una herida superficial. Intentó golpearme con una botella de vino en la cabeza, pero falló por poco.

Y es entonces, mientras Adrian me lo explica, que me doy cuenta de que no estamos a solas.

—No puedes dejarme aquí abajo —sisea Mary Ellis, con el maquillaje corrido y unos ojos azules salvajes, mientras se agacha en el suelo—. En medio de toda esta suciedad. —Intenta levantarse, pero la cadena corta que lleva atada al tobillo se lo impide.

—¿Qué ha pasado? —suspiro mientras paso la mirada de uno a otro.

—Ha intentado drogarme de la misma forma que hacía cuando era pequeño —me dice y hace una pausa para mirarla con odio—.

Pero parece que no se ha dado cuenta de que ya no tengo cinco años.

La dosis no era suficiente. Consiguió bajarme hasta aquí, pero los efectos de la droga desaparecieron con rapidez.

—Adrian —sisea Mary—. No…

Adrian la ignora y estrecha la mirada.

—Tengo que encargarme de mi padre. Todavía…

Sacudo la cabeza.

—Está muerto.

Su mirada se llena de sorpresa, Mary suelta un grito ahogado repleto de horror y es entonces cuando me doy cuenta de lo que he hecho.

He matado a alguien.

No por defensa propia ni por accidente, sino que ha sido totalmente premeditado.

Digamos que he tenido tan solo cinco segundos de premeditación, pero, en fin…

Cuando me doy cuenta de la gravedad del asunto, no siento la culpa que creía que debería sentir. De hecho, siento…

Nada.

No siento nada tras haber matado al padre de Adrian.

—¿Cómo? —me pregunta Adrian sin poder llegar a creérselo.

—Le he clavado una copa de whisky rota en la garganta —le digo—.

Me acorraló en el despacho y trató de convencerme de que fuera a la prensa para confesar todas tus fechorías.

Me imagino que por eso ella estaba intentando drogarte.

—Le echo un vistazo a Mary—. Para que él pudiera llevar a cabo el plan.

Adrian aprieta la mandíbula.

—Seguramente sí.

Mary Ellis no confirma ni niega nada, pero cuando nos ve alejarnos hacia el otro extremo del pasillo, grita:

—¡Adrian! No puedes…

—No te preocupes. —Adrian curva los labios antes de girarse para mirarla por última vez—. Te voy a dar tiempo para que reflexiones sobre lo que has hecho.

Ambos oímos sus gritos mientras subimos de nuevo las escaleras, pero cuando Adrian cierra la puerta, los gritos quedan ahogados dentro de la bodega.

Adrian se inclina hacia delante, me besa en la frente y murmura:

—Te quiero.

Y por primera vez en mucho tiempo no me cuestiono si lo dice en serio o no.

No me preocupa que su afecto se pueda convertir en disgusto o que haya visto demasiado.

Me siento querida.

—Volvamos a casa —suspira.

Parpadeo en su dirección.

—Pero ¿no tenemos que…?

Él sacude la cabeza.

—Mandaré a alguien para que se encargue de esto con discreción —me dice—. Hará que parezca un accidente. Quizá un incendio. —Observa el adosado—. O un accidente de coche. —No noto tristeza en su voz, nada que me indique que está triste por la muerte de su padre y la futura muerte de su madre.

—Eso suena… muy fácil —le digo.

—Las cosas van a ser muchísimo más fáciles a partir de ahora. En todos los aspectos. —Se encoge de hombros, pero su mirada está repleta de triunfo—. Ya no estoy sujeto a las artimañas de mi padre y ya no voy a tener que preocuparme por mi madre.

Me doy cuenta de lo que significa eso.

—Así que… ¿eres dueño de todo? ¿De absolutamente todo?

Él me acuna el rostro entre las manos.

—No, cariño. Ambos somos dueños de todo.