Redamancia 1 #2
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—Quiero decir… No. No me estás molestando. Adelante. Soy Poppy. —Le proporciono el cuaderno de dibujo y Ocean lo recoge con cuidado—. No son dibujos demasiado elaborados. Tan solo son pequeñas prácticas.

Con eso me refiero a que me he tirado horas y horas dibujando en ese cuaderno.

—Es hermoso —me responde unos segundos después—. Si tuviera que decir cuál es mi estilo favorito diría sin duda la acuarela.

Lo sé.

Lo mencionaste hace tres años en una entrevista para una revista digital.

—Utilizas una técnica de mojado sobre mojado —murmura y no estoy del todo segura de si está hablando para sí misma o si se está dirigiendo a mí, pero todas las dudas se disipan cuando me lanza una mirada expectante.

—Sí —afirmo.

—La mayoría de los artistas que pintan con acuarelas prefieren usar la técnica de mojado sobre seco. Es más fácil. Les proporciona más precisión. —Sigue estudiando mi dibujo. Ojalá pudiera leerle la mente—. La técnica de mojado sobre mojado es mucho más difícil, sobre todo en un retrato como este.

—Lo es —respondo—. Pero así se consiguen bordes más suaves y se puede graduar mejor el color.

Asiente como si ya supiera esos datos y después me pregunta:

—¿Estudias en Pratt?

Abro los ojos con una sorpresa genuina.

—Sí. ¿Cómo lo has sabido?

Ocean me ofrece una sonrisa como si también estuviera esperando recibir esa pregunta por mi parte.

—Porque esto es una técnica que enseñan en Pratt.

Todos los estudiantes de Pratt aprenden a pintar con acuarelas de esta forma —me explica—.

Es una de las muchas quejas que tengo sobre los programas de arte en las universidades.

Por mucho que te enseñen distintas técnicas, también intentan meterte en la cabeza que hay una buena y una mala forma de crear.

Una técnica mejor que las demás. Los he visto acabar con la originalidad de muchos artistas, lo que los separa de los demás más veces de las que puedo contar con los dedos de una mano.

Mierda.

Parece que no le estoy causando una gran impresión si cree que Pratt ha acabado con mi originalidad.

—Espero que no te ofenda mi opinión —añade—. Pero es cierto. Cuando pasas tanto tiempo en el mundo del arte como yo, te das cuenta de que es algo que ocurre constantemente. Hay muchísimos artistas que terminan encerrados en cajas y nunca se aventuran a salir de ahí.

Y puedo verlo en ese preciso momento: el destello de desinterés mientras observa mis dibujos con acuarelas.

Se me encoge el estómago.

Se piensa que soy otra estudiante de arte sin originalidad.

—Estoy de acuerdo contigo —le digo de repente.

Ella alza una ceja.

—¿Sí?

Me lo pienso un par de veces, sin saber qué respuesta darle. Podría mentirle y decirle que creo que la educación que he recibido en Pratt ha sido una gran pérdida de tiempo y que quizá habría aprendido más sobre la materia escalando las montañas de Wilhelmina.

O podría mantenerme firme y decirle que no me arrepiento de haber estudiado en Pratt y esperar que mi convicción la impresione.

O también podría serle sincera.

—En cierta manera, Pratt ha sido una institución de un valor inestimable para mí. He aprendido muchas habilidades técnicas y han empujado mi creatividad hasta mis propios límites… —Jugueteo con el pincel—. Pero también ha sido un tanto sofocante. Ha sido difícil diferenciarme del resto.

Me clava sus ojos verdes en los míos.

—¿Y lo has conseguido?

—¿El qué?

—¿Has conseguido diferenciarte del resto?

Trago saliva.

—Quiero pensar que sí.

Y me encantaría que tú pensaras lo mismo.

Me cuesta mucho leer la expresión de Ocean mientras me devuelve el cuaderno de dibujo. Y entonces…

—¿Tienes más dibujos como este, Poppy?

Un artículo reciente del New York Times señalaba al Ars Astrum como el «próximo MOMA» y ahora, al ver los suelos de hormigón brillante, las claraboyas colocadas en distintos ángulos y la distribución abierta del espacio con mis propios ojos, puedo llegar a entenderlo.

Las paredes están totalmente vacías ahora mismo, al igual que suelen estar siempre en el periodo que transcurre entre las distintas exposiciones, y de solo pensar en ver mis cuadros colgando de estas paredes siento un subidón que ni siquiera un Red Bull podría ofrecerme.

—Por aquí, Poppy. —Mientras Ocean me conduce por unos pasillos amplios, un grupo de asistentes intenta llamar su atención, pero ella los ignora con un gesto de la mano—. Estoy con una artista ahora mismo.

Ninguno de los asistentes discute con ella, probablemente estén acostumbrados a ver a Ocean arrastrando a pintores errantes como si fueran simples piedras de la acera que ella planea pulir hasta convertirlas en gemas.

Tampoco es que haya accedido a pulirme a mí.

Todavía.

A pesar de que parece que Ocean realmente cree que el universo le está mostrando a los mayores talentos artísticos en bancos de parques y cafeterías de especialidad, soy consciente de que tampoco es estúpida.

Existe una razón por la que todos los artistas que han conseguido una placa con sus nombres en la entrada principal de esta galería se hayan convertido en éxitos internacionales.

Ocean tiene buen ojo para descubrir el talento y quizá el retrato a acuarela de la cafetería le haya llamado la atención, pero sé que ahora quiere verlo todo.

Y con todo me refiero a mi portfolio, el mismo que llevo debajo del brazo.

—Siéntate donde prefieras.

No sé si la alfombra de meditación tejida a mano que cubre la mayor parte del suelo o los pufs que hay apilados en la esquina podrían considerarse opciones de asientos, pero al ver que ella se dirige a los pufs, yo la sigo.

Del techo cuelgan unas plantas con unos tallos largos y retorcidos, mientras que el difusor que se encuentra en el alféizar de la ventana esparce un aceite esencial con aroma a lavanda y la estantería que se encuentra en la esquina está repleta de innumerables libros.

Me pongo a mirarlos mientras ella calienta una tetera de cobre con varios dibujos en ella.

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—Toma. —Ocean me tiende una pequeña taza de porcelana que contiene un té muy caliente. Lo olisqueo. Huele a hierba recién cortada—. Es mi mezcla de hierbas personal. Trigo sarraceno y raíz de regaliz.

No se me ocurre nada peor que llevarme al estómago que todavía sigue vacío que un té de «trigo sarraceno» y «raíz de regaliz», pero le doy las gracias como si me acabara de extender un cheque de cien dólares.

Ocean se sienta con las piernas cruzadas en el puf que se encuentra frente al mío.

—He ido modificando la receta a lo largo de los años, pero la receta original proviene de las tres semanas de iluminación que pasé en…

Las montañas del Tíbet hace ocho años.

Ya lo sé.

Según un blog de WordPress que hace mucho tiempo que no actualiza, ese fue el inicio del camino espiritual de Ocean. Cuando volvió a Estados Unidos, dejó la universidad e invirtió todos sus ahorros en el Ars Astrum.

—¿Te gusta? —me pregunta con la mirada fija en la taza.

—Oh, es… —Doy un sorbo y casi no puedo evitar soltar una tos cuando el trigo sarraceno me desciende por la garganta como si fuera papel de lija.

Horrible.

—…delicioso.

—Me alegro. —Me ofrece una sonrisa radiante y se pasa los siguientes cinco minutos explicándome por activa y por pasiva cómo empezó en el maravilloso mundo de la preparación de té mientras yo intento que mi sistema nervioso no me gane la batalla.

No me puedo creer que haya funcionado.

De verdad estoy aquí.

Si todavía no estuviera tratando de sopesar lo increíble que es esto, seguramente me preocuparía por el hecho de que un zumo verde carísimo haya hecho más por mí que cuatro años de educación en una de las instituciones más prestigiosas del país, unas prácticas agotadoras en el Smithsonian y un trabajo mal pagado y mucho más agotador en la galería de arte que se encuentra al final de mi calle.

—Vamos a lo que nos atañe hoy. —Ocean se aclara la garganta, deja en el suelo la taza de té que ya se ha terminado y agarra mi portfolio—.

No recuerdo cuándo fue la última vez que vi un portfolio en papel —comenta mientras abre la carpeta—.

Parece que últimamente todo el mundo prefiere hacerse una página web en Squarespace.

—Me lo estuve planteando —le digo—. Pero no hay nada como…

—Observar la tinta real sobre el papel —termina la frase por mí y sus ojos resplandecen de aprobación—. Estoy de acuerdo.

Supongo que el hecho de que no pueda permitirme una subscripción a Squarespace ha terminado jugando a mi favor.

Ocean no hace más preguntas mientras observa las obras que se encuentran en mi portfolio.

Intento reprimir las ganas que tengo de ponerme a juguetear con los dedos, ya que no sé cómo interpretar su silencio.

Desearía poder leer su expresión, pero esta es totalmente inescrutable y, desde este ángulo, no consigo distinguir qué obra está mirando ahora mismo.

Si no le gustara nada, ya habría dejado de mirarlo… ¿no?

—¿Le habías enseñado tus obras a alguien antes? —me pregunta finalmente con los ojos todavía clavados en mi portfolio.

—Un par de veces —le digo—. He hecho unas cuantas exhibiciones grupales en Pratt y en pequeñas galerías en Chelsea, aunque nunca he hecho ninguna privada. —Y, con un poco de nerviosismo, añado—: Pero he vendido todos los cuadros siempre que los he expuesto en algún lugar.

Solía ponerlos a cien dólares o incluso menos.

Incluso todos los dibujos de granos de café que hice para un cafetería en el Bronx.

Ella asiente y pasa a la siguiente página.

—¿Alguna vez has expuesto esta colección en particular?

—No —le digo con sinceridad—. Esta colección es… Bueno, llevo trabajando en ella bastante tiempo. —Me aclaro la garganta—. Es una técnica mixta, como ya has podido comprobar. Se llama «Un paso hacia la oscuridad». Se trata de una exploración de la oscuridad…

Que hay en mí.