Redamancia
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Puedes hacerlo.
Inhalo con profundidad.
Hoy, de entre todos los días, puedes hacerlo.
El zumo verde que no paro de remover en el vaso de plástico que sostengo entre las manos me parece mucho menos apetitoso que las patatas fritas aplastadas que hay fuera y que se están comiendo las palomas en la acera, pero ya he llegado demasiado lejos.
No le des más vueltas. Ignoro las arcadas que siento ahora mismo, le doy un sorbo y…
Ay, Dios.
Tiene grumos.
No recuerdo la combinación exacta de frutas, verduras y hierbas en la lista de ingredientes, pero estoy segura de que lo que está obstruyendo la pajita es un espárrago.
Siento una oleada de náuseas.
No sé qué es lo que me hace sentir peor, el hecho de que este zumo de diente de león, espárragos y polen sea lo primero que me llevo a la boca hoy o que haya pagado quince dólares por él.
¿Acaso era tan difícil añadir algo que no lleve polen de pino en el menú?
Suena la puerta principal y yo alzo la mirada, pero la rubia con curvas que entra a la cafetería Chakra Verde no es la persona que estoy buscando.
—Quiero el batido verde rejuvenecedor y sin gluten —dice en cuanto llega al mostrador—. Pero añádele un chupito de probióticos, quítale la mantequilla clarificada y añádele también calostro sin sabor y polen de abeja.
La cajera no parpadea. Estamos en Manhattan. Un batido con polen de abeja es una opción totalmente normal, incluso más que un café con leche de vaca.
La rubia se quita el abrigo de Canada Goose y puedo apreciar que debajo lleva un conjunto de deporte tan apretado que casi parece una segunda piel.
Supongo que viene de una clase de spinning .
—Me daré cuenta si le echas azúcar de caña en vez de estevia —le advierte a la cajera—. Acabo de salir de pilates y soy muy tiquismiquis con las cosas que me meto al cuerpo.
Pilates.
Debería haberlo adivinado.
Casi puedo entrever todos y cada uno de los abdominales que se le marcan a través de la tela de la camiseta.
Veo cómo mete la mano en el bolso de Prada y cuando saca una cartera también de Prada puedo sentir una envidia feroz en el estómago.
Me apuesto lo que sea a que no tiene que meterse a comprobar cuánto le ha afectado a su cuenta bancaria el haberse gastado quince dólares en esa bebida.
La rubia que hace pilates se gira en mi dirección y yo entierro la cabeza en mi cuaderno de dibujo. Espero que no pueda apreciar mi ataque de celos de la misma forma en la que sabe distinguir los endulzantes no artificiales.
Por suerte, somos las dos únicas clientas del local, lo que significa que he escogido la mejor mesa para mí. Estoy en una esquina, aunque lo suficientemente visible para que cualquier persona que entre por la puerta principal me vea.
Así que ella me va a ver.
No me puedo creer que vaya a hacer esto.
Los nervios y las náuseas no son buenos aliados, y de repente deseo haber aceptado la oferta de LuAnne de compartir nuestro último bocadillo quemado para desayunar esta mañana.
Pero lo que hago es juguetear con las acuarelas que he esparcido por toda la mesa. Mojo el pincel en el color rojo, lo mezclo con un poco de verde y remuevo ambos colores en la paleta que tengo delante.
Aunque no pinto en ningún momento con el pincel.
El retrato a acuarela tan elaborado que tengo abierto en el cuaderno de dibujo es una obra que ya acabé la semana pasada, pero he aplicado tantas capas de pintura encima que parece que lo acabe de empezar.
Como si no hubiera caminado hasta aquí después de haber viajado en metro durante cuarenta minutos desde donde realmente vivo solo para beberme un zumo verde y repleto de grumos mientras pinto.
Como si no estuviera repleta de nervios y no me hubiera pasado la última media hora observando la puerta de entrada.
—Aquí tienes tu batido verde rejuvenecedor y sin gluten. —La cajera le pasa a la rubia de pilates su bebida en el mostrador y ella la acepta sin mediar palabra, con la barbilla bien alta como si fuera la persona más importante de la sala, o quizá del mundo.
Y quizá sí lo sea.
No me sorprendería. Nueva York es el tipo de lugar en el que te puedes encontrar a una don nadie como yo y al doblar la esquina toparte con una famosa paseando al perro.
También es el tipo de lugar en el que, tras unas cuantas semanas de investigación y algún que otro soborno, quizá puedas descubrir a qué cafetería le gusta acudir una vez por semana a la propietaria de la galería de arte más famosa de toda la ciudad.
Como si la acabara de invocar, la campanilla de la puerta vuelve a sonar. Alzo la mirada con el corazón en la boca y…
Ahí está.
Ocean Winton es más alta de lo que puede parecer en fotografías.
Si tuviera que adivinar su altura, diría que roza el metro ochenta, y eso que no lleva tacones, tan solo un par de sandalias planas, algo que debería de parecerme ridículo, teniendo en cuenta que estamos en enero, pero, por algún motivo, a ella le quedan bien.
Quizá sea porque las lleva a conjunto con una falda campesina turquesa y una chaqueta vaquera.
Tan solo me sorprende su altura porque, por lo demás, es exactamente igual a como me esperaba que fuera después de haber inspeccionado al dedillo sus redes sociales.
Tienes unos ojos de color verde botella y unas pecas que le cubren todo el rostro.
También tiene unos rizos de color cobre muy brillantes en forma de sacacorchos que dejó de intentar alisar desde que hizo un retiro de yoga en Perú hace tres años que le cambió la vida, según escribió en Instagram.
Me concentro en seguir mezclando pintura como si eso fuera todo lo que he venido a hacer aquí mientras ella entra en la cafetería. Las pulseras que lleva en las muñecas tintinean mientras se dirige al mostrador.
—¿Lo de siempre, Ocean? —le pregunta la cajera.
—Sí, por favor —dice e incluso su voz tintinea como si fuera un carillón de viento—. Un batido mediano…
…de elixir de cereza con extra de colágeno, fruta del dragón y extracto de mucuna.
Sé este dato también por su Instagram. No bebe cafeína, pero sí se compra elixires energizantes cada martes antes de ir a la galería.
Es el único momento del día (o de su vida) en el que no está rodeada de asistentes, coleccionistas de arte, restauradores, directores y artistas tratando de conseguir una entrevista con ella.
Y, ahora mismo, es mi única oportunidad de llamar su atención.
Si le dijera a alguien, excepto a LuAnne, que estoy acosando a la propietaria de una galería de arte y sobornando a la gente para conseguir información sobre su horario solo para tener la oportunidad de orquestar una reunión «accidental» en su cafetería favorita de Manhattan, seguramente me recomendarían que fuera al psiquiatra.
Pero esta decisión no es solo una simple ilusión, es estadística pura.
Y mucha desesperación.
La galería de Ocean tiene una lista de espera de al menos tres años si quieres tener la oportunidad de conseguir una entrevista con uno de sus directores de arte y, después, en caso de que mis obras le llegaran a gustar lo suficiente, tendría que esperar otro año entero para poder plantarme frente a Ocean, que no suele aceptar a casi nadie, a pesar de que algún candidato haya conseguido llegar tan lejos.
Porque a Ocean no le gusta entrevistar a artistas con portfolios perfectos y respuestas prefabricadas.
A ella lo que le gusta es descubrirlos.
Se cruzó con Niko Costas cuando estaba vendiendo sus esculturas en una feria de artesanía. Vio uno de los murales de Asia Bower en el banco de un parque. Encontró los dibujos de Jaxson Valentina colgando de las paredes de una pequeña cafetería en Queens cuando los vendía a diez dólares por cuadro.
Y tanto ellos tres como todos los artistas que Ocean ha contratado para el Ars Astrum se han convertido en estrellas internacionales.
Ha conseguido vender sus obras a coleccionistas de París y Londres.
Ha logrado que pinten murales en Times Square por cientos de miles de dólares.
Ha recibido patrocinios de billonarios escandinavos que quieren contratar a sus propios artistas.
Yo tan solo le pido al universo que me envíe talentos únicos y a la Madre Tierra que me ofrezca señales, es lo que dijo Ocean en su última entrevista para ARTnews.
Yo no conozco a la Madre Tierra, pero si lo que quiere Ocean Winton son señales, estoy más que dispuesta a ofrecerle todas las que quiera.
—Te preparo la bebida en un segundo, Ocean. —Escucho el sonido de la batidora y de unos pasos suaves alejándose del mostrador. Me tiembla la mano mientras sigo mezclando la pintura.
¿Acaso me estará mirando?
Alzo la mirada, pero Ocean está mirando un folleto en el tablón de anuncios.
Tiene que mirarme. Soy la única persona que hay aquí.
Suspiro con profundidad y me concentro en calmarme un poco. La batidora deja de sonar.
Quizá no se vaya a acercar a mí. Quizá yo no sea una señal del universo. Quizá solo parezco una artista pretenciosa ocupando espacio en una cafetería. Quizá…
—La técnica que estás usando es muy interesante.
Me sobresalto y casi arruino el dibujo con un zumo verde de quince dólares.
—Lo siento, no pretendía asustarte —dice Ocean con las manos en alto a modo de derrota—. Pero he visto desde el mostrador que estabas dibujando y no he podido evitar sentir cierta curiosidad. Yo también soy una especie de artista. —Sus ojos verdes se fijan en mi cuaderno de dibujo—. ¿Me permites?
—Eh… —Me he imaginado esta misma situación cientos de veces durante el último mes y, sin embargo, ahora que está ocurriendo de verdad siento que me va a cortocircuitar el cerebro. Creo que he perdido la habilidad de formar palabras coherentes.
Ocean parece interpretar mi silencio como una muestra de malestar.
—No pasa nada, no pretendía molestarte. —Da un paso hacia atrás—. Puedes volver a tu…
—¡No! —Suelto más borde de lo que pretendía y veo cómo abre los ojos.
Mierda.
Tengo que reconducir esta situación.
Me aclaro la garganta.