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Los días se fueron encadenando, con esa naturalidad que pasa desapercibida cuando todo funciona.
Había mañanas más ligeras y otras más densas, pequeñas fricciones que no rompían nada y que casi siempre terminaban en una risa o en un detalle mínimo que devolvía las cosas a su sitio.
No era perfecto ni tenía que serlo; era real. Era la vida, nada más y nada menos.
Aquella mañana, como tantas otras, Jac se despertó antes que ellas.
La casa estaba en silencio, con esa quietud delicada de primera hora, cuando el día aún va despacio.
Se movió sin ruido. Fue a la cocina y dejó preparado el desayuno para Paula y Elna.
Después se retiró al despacho, cerrando la puerta sin llegar a encajarla, como hacía siempre.
Se sentó frente a la ventana.
Fuera, Balaguer empezaba a desperezarse con lentitud. La luz suave se extendía sobre el río con un brillo contenido que se iba abriendo poco a poco. El movimiento llegaba por capas: primero algún coche aislado, luego pasos, alguna voz lejana, el rumor creciente de lo cotidiano.
Desde el interior, Jac observaba la escena a través del cristal entelado por el frío.
—¡Buenos días!
Elna entró corriendo y se le subió encima antes de que pudiera girarse por completo para recibirla.
Él sonrió, la sujetó con una mano para que no se desequilibrara y le devolvió el saludo con ese tono bajo tan característico de Jac.
La niña empezó a hablar de inmediato, enlazando ideas sin orden, saltando de una cosa a otra con la lógica propia de sus tres años, explicándole lo que iba a hacer en el colegio, lo que había decidido llevar, algo que había pasado el día anterior, algo que quizá no había pasado nunca...
Él no la interrumpió. Asentía de vez en cuando, la miraba y dejaba que ese flujo siguiera su curso sin necesidad de encauzarlo.
Paula apareció un momento después. No dijo nada más que un «buenos días» en voz baja, pasó por detrás de la silla y apoyó las manos en los hombros de Jac antes de inclinarse lo justo para besarlo en la sien, un roce suave que no buscaba respuesta.
Dejó la taza sobre la mesa, junto a su mano, y se incorporó.
—Venga, nos tenemos que ir —dijo mirando a la niña—. Si no, llegaremos tarde.
Elna se bajó de un salto, le dio un beso rápido a su padre y fue hacia Paula, que ya la esperaba con la mochila. Hubo un «luego nos vemos» cálido y habitual, la puerta que se abría, pasos que se alejaban por el pasillo y, después, de nuevo, silencio.
Jac se quedó unos segundos sin moverse. Luego rodeó la taza con la mano y la acercó despacio.
El calor le llegó antes que el sabor, filtrándose por los dedos, y cuando bebió, las especias se desplegaron con suavidad, mezclándose con ese primer momento del día en el que empieza a ordenarse la jornada.
No era solo el chai . Era la suma de todo lo que ese gesto contenía, repetido, asentado, convertido en parte de una rutina que no necesitaba justificación.
Se levantó de la silla para tener una mejor visión de la calle.
Las observó salir y encaminarse hacia el puente.
Elna hablaba sin parar, gesticulando, avanzando a saltos, y Paula la escuchaba con atención, sin interrumpirla, inclinándose de vez en cuando para ajustarle la mochila o responderle algo que él solo podía inferir.
Las siguió con la mirada mientras cruzaban, recortadas contra el reflejo del agua, hasta que empezaron a perderse entre la gente.
Se quedó allí, con la taza entre las manos, contemplando el punto en el que habían desaparecido.
«La vida no empieza todos los días, pero tampoco se acaba todos los días», pensó.
Bajó la vista y giró la mano para observar un instante la piel de la palma, donde la tinta seguía marcada con la misma precisión de siempre.
Sonrió apenas, sin esfuerzo, volvió a beber y alargó la mano hacia el libro que tenía sobre la mesa, abriéndolo por la mitad.
La fotografía estaba allí, donde siempre: el pabellón antiguo, suspendido en una luz fuera del tiempo, sin pertenecer del todo a ningún momento concreto.
Pasó los dedos por encima de la imagen, sin detenerse demasiado, asintió despacio, cerró el libro y lo dejó en su sitio.
Se levantó y, al salir al pasillo, rozó con la punta del pie uno de los juguetes de Elna. Resopló más por la sorpresa que por la molestia, lo apartó con el pie y siguió sin recogerlo, sin volver atrás. Cogió la chaqueta, las llaves, el maletín, abrió la puerta y salió a la calle.
El aire de la mañana era limpio. Inspiró hondo y, durante un momento, levantó la vista hacia el cielo antes de echar a andar en la misma dirección en la que corría el río, con el murmullo acompañando sus pasos.
A la altura del puente, la corriente golpeaba contra la piedra y algunas gotas saltaron hasta el paseo, cayendo justo delante de sus zapatos.
Bajó la mirada, las observó un segundo y se llevó la mano a la frente de forma instintiva; luego la bajó, apreció la humedad transparente sobre los dedos y sonrió.
No fue una sonrisa amplia, solo un esbozo leve, contenido, que se dibujó y se apagó casi en el mismo instante.
Durante unos pasos mantuvo la mirada en el fluir constante del agua, mientras las campanas de la iglesia sonaban a lo lejos. Apoyó el pie con más firmeza, sintió la resistencia del suelo a través de la suela, alzó la vista y siguió caminando con calma, bajo la luz pálida de la mañana.