72
Salieron sin decidir hacia dónde iban. Durante unos minutos no hablaron de nada importante.
La ciudad bajaba el volumen a su alrededor: alguna persiana, pasos dispersos, una conversación que se perdía al doblar una esquina...
El agua apareció antes como sonido que como imagen, un rumor bajo que fue ocupando el silencio entre los dos.
Paula le preguntó entonces si había oído las noticias.
Jac no preguntó cuáles. No era necesario.
—Sí. Ha pasado lo que tenía que pasar. La vida sigue.
Caminaron unos metros envueltos por la noche.
—No sé qué tienen los ríos —dijo él—. Siempre me siento bien cuando hay uno cerca.
—El agua es vida. Y los ríos se mueven, avanzan, se abren paso... Quizá sea eso.
—Qué poético.
—Puede. Aunque es cierto.
—Era lo único que me gustaba de Valliure. Solo que allí hasta el río resultaba opresivo, metido en un agujero entre aquellos cortados enormes. —Hizo una pausa—. Este es distinto. Aquí respira.
En uno de esos tramos sus manos se rozaron. Primero por casualidad y luego ya no terminaron de separarse. Se detuvieron donde el río se abría lo suficiente como para reflejar la luna. Paula se giró hacia él y apoyó la mano en su mejilla. Jac entendió. Se inclinó. Ella alzó el rostro.
Y se besaron.
Primero fue un roce. Después se hizo más profundo, sin prisa, sin inseguridad. Esta vez no había sensación de cruzar un límite indebido, sino la certeza de que todo estaba, por fin, en su sitio.
La casa de Jac estaba muy cerca del río. Era pequeña, sin nada llamativo desde fuera, pero transmitía esa calidez de lugar habitado de verdad. Él abrió la puerta y se apartó para dejarla pasar primero.
Paula entró despacio, no como quien inspecciona, sino como quien se sitúa. No miró cada detalle. No hacía falta. Bastaba con la sensación de hogar que la casa desprendía.
—Me encanta —dijo—. Tiene lo que tanto te gustaba del pabellón antiguo: alma. Se siente vuestro.
El segundo beso no tuvo nada que ver con el primero.
Se movieron sin urgencia, sin torpeza, con una memoria del otro que surgía sin pensarlo.
Solo necesitaban dejar de contener algo que llevaba demasiado tiempo encerrado.
Entre la pasión y el anhelo se colaron las risas, la confianza, una cercanía real, sin sombras.
Después, mientras las respiraciones intentaban recuperar el compás, Paula apoyó la cabeza en el pecho de Jac.
—¿Sabes qué? —dijo muy bajo, sin dejar de acariciarle el hombro.
—¿Qué?
—Que sí estoy impresionada. Por la sensación de que no hay que salir corriendo. Podemos quedarnos aquí así. Despertarnos juntos. Porque las cosas son...
—¿Normales?
—Me parece demasiado bonito para reducirlo a eso.
—A mí la normalidad me parece algo brutal. Por eso me gusta la palabra.
—Entonces sí. Normales.
Lo besó en los labios. Y esa vez el silencio no fue una carga, sino un refugio que podían compartir.
La mañana siguiente fue de esas que no necesitan grandes declaraciones ni planes elaborados.
Desayunaron, pasearon, dejaron que el tiempo avanzara solo.
Hubo risas, confidencias pequeñas y bromas que no necesitaban remate.
Por la tarde, cuando la luz empezó a bajar, volvieron hacia el coche de Paula.
Jac la miró, calibrando algo.
—¿Vas a apuntar Balaguer en tu lista de pueblos para visitar?
—No.
Jac dudó lo suficiente para que se notara. Paula dio un paso hacia él y le apoyó con suavidad los dedos en los labios.
—No voy a apuntarlo en una lista de sitios a los que quiero ir porque ya he estado. Estoy aquí. Creo que podría funcionar. Aunque necesitamos pensarlo en frío, con distancia.
—Yo sé lo que quiero. Tú tómate el tiempo que necesites.
—No es un «no». Es un «espera».
Jac sonrió.
—Sé esperar.
—Sí. Te conozco.
Paula arrancó sin prisa y, al mirar por el retrovisor, lo vio todavía allí, en el mismo sitio, sin moverse. No había intentado retenerla. Y entendió que precisamente por eso podía elegir volver.
Unos días después lo llamó a media tarde.
—He tachado todos los pueblos de la lista... y he dejado uno. Ya lo tengo, Jac.
—¿Cuál?
Paula se tomó un segundo.
—Balaguer.
Al otro lado, él dejó escapar una exhalación contenida.
—¿Estás segura?
—Sí. Quiero ir. Y quiero estar contigo. Sé que va a funcionar.
—Entonces, al fin, estamos en el mismo punto.
Paula se mudó a Balaguer pocas semanas después.
Encontró trabajo como psiquiatra en el hospital de Lleida y alquiló un piso pequeño, luminoso, lo bastante cerca de la casa de Jac como para que la distancia no se convirtiera en excusa, y lo bastante separado como para que ninguno de los tres sintiera que estaban forzando algo antes de tiempo.
La vida siguió su curso.
Paula salía del hospital y muchas tardes acababa en casa de Jac sin haberlo decidido del todo.
Cenaban juntos, recogían juguetes, discutían sobre qué película ver, iban al parque...
Elna empezó a dejar cuentos en el bolso de Paula, dibujos en su nevera y piezas de construcciones en lugares imposibles.
Después de casi un año, mantener aquella separación empezó a parecer una formalidad extraña. La decisión llegó de forma natural. Una noche lo hablaron después de acostar a Elna: fue solo la constatación tranquila de que había llegado el momento.
Días después, Paula llegó de una guardia. Al entrar en la cocina, encontró a Jac con la cena preparada. Elna hacía rato que dormía.
—He hablado con mi padre y con Aurora. Les he dicho que vamos a vivir juntos.
—¿Y qué han dicho?
—Aurora, muchísimas cosas. En resumen, le parece que ya era hora. —Hizo una pausa—. Mi padre ha dicho: «Bien».
Paula lo miró.
—¿«Bien»? ¿Y qué más?
—Nada más.
Ella esperó, genuinamente sorprendida.
—¿Ya está?
Jac se encogió apenas de hombros.
—¿Qué quieres? Somos Masferrer.
Paula soltó una risa ligera. A esas alturas ya sabía que, en aquella familia, un «bien» podía contener bastante más de lo que parecía y, a pesar de ello, aún le sorprendía a veces.
Con Elna fue distinto.
No porque esperaran una reacción difícil, sino porque Jac necesitaba hacerlo bien.
Durante varios días pensó en el momento, en las palabras, en las posibles preguntas, en la forma de no convertir aquello en algo enorme y, al mismo tiempo, no restarle importancia.
Paula lo vio darle vueltas sin intervenir demasiado.
Había aprendido que a veces Jac necesitaba organizar el mundo para poder situarse en él.
El viernes prepararon una cena sencilla y con un toque especial: una tarta pequeña que Elna eligió en la pastelería porque tenía fresas encima. Después se sentaron los tres en el sofá, con una película de fondo que nadie estaba viendo del todo.
—Paula y yo hemos pensado que estaría bien que viviéramos los tres juntos aquí.
—¿Siempre? —preguntó la niña.
—Sí, siempre.
Elna procesó aquello unos segundos.
—Vale.
Y volvió a mirar la película.
Jac levantó la vista hacia Paula con una expresión entre desconcertada y ofendida por la facilidad de todo.
—¿Qué esperabas? Ella también es Masferrer.
Jac dejó escapar una risa baja. Elna, sin apartar los ojos de la pantalla, preguntó:
—¿Hay más tarta?
—Sí, hay más tarta.
Y mientras iba hacia la cocina, Paula pensó que quizá en aquella casa las cosas importantes ocurrían así: sin grandes frases, sin actos solemnes, casi de lado. La vida, cuando por fin encontraba su cauce, no necesitaba más que seguirlo.