Recuérdame 71
96%

71

Paula recibió la ubicación la noche anterior. Jac le había enviado el punto exacto de una plaza céntrica, fácil de encontrar, cerca del río. Se quedó unos segundos mirando la pantalla. Aquella dirección hacía demasiado real algo que llevaba casi un año entre ellos sin terminar de concretarse.

Habían seguido hablando desde que él se marchó de Vallclosa.

Sin una frecuencia fija, sin convertirlo en obligación, pero tampoco dejando que el silencio se instalara del todo.

Al principio las conversaciones habían sido cortas, prudentes; después se volvieron más naturales.

Hasta que Paula se dio cuenta de que hacía tiempo que no pensaba en él como expaciente.

Era Jac. Alguien con quien hablaba, alguien que le importaba, alguien cuyo lugar en su vida había cambiado sin que ninguno de los dos lo forzara.

Sin embargo, eso era por teléfono. Verlo sería otra cosa.

Salió temprano y condujo los primeros kilómetros sin música. Encendió la radio al cabo de un rato, solo para romper el silencio, y oyó el nombre de Lara Lorente. Subió el volumen de forma automática.

La noticia ocupó menos de un minuto. Se había hecho pública la sentencia: ocho años de internamiento en un centro psiquiátrico judicial por fingir su propia muerte, ocultar a su hija menor y fabricar indicios para incriminar a su marido, Jacob Masferrer, que había llegado a ingresar en prisión preventiva acusado de homicidio.

Paula mantuvo las manos firmes sobre el volante. Le pareció una ironía cruel que aquel nombre volviera a primera línea justo ese día, cuando ella iba camino de conocer la vida que Jac estaba intentando construir lejos de todo aquello. Bajó el volumen. No apagó la radio, aunque dejó de escuchar.

Cuando llegó a Balaguer lo vio antes de detener el coche.

No estaba mirando hacia ella. Estaba de pie, apoyado en una farola, con Elna a su lado. La niña soltaba su mano a ratos, avanzaba unos pasos y volvía después, comprobando sin mirarlo directamente que él seguía allí. Jac se mostraba atento, tranquilo y disponible.

Paula no bajó enseguida.

Se quedó unos minutos más dentro del coche, observándolo sin ser vista. No había rastro de aquella tensión constante, de esa forma suya de estar siempre resistiendo algo. Ya no parecía alguien esperando el siguiente golpe. Había en él una calma nueva que antes no estaba.

Abrió la puerta y salió.

Jac la localizó enseguida y la miró con la calma de quien había esperado verla allí desde siempre. Se acercó sin prisa.

—Has llegado bien.

—Sí.

La mirada de Jac se quedó fija en ella, y Paula sintió que todavía podía alterarle el pulso con esa intensidad suya, honda y directa.

—Tenía ganas de verte.

Paula no bajó la vista.

—Yo también. He querido venir muchas veces, pero...

—Es igual —dijo él—. Ya estás aquí.

La distancia entre los dos se resolvió sola.

Jac bajó la mirada hacia la niña.

—Elna, es Paula. Te he hablado de ella.

La niña la observó con atención abierta. Luego se acercó medio paso hacia Jac y se apoyó contra su pierna.

Paula se inclinó lo justo para ponerse a su altura.

—Hola.

—Hola —saludó Elna, pegada a su padre.

Y volvió a girarse, sin tensión, como quien ya ha decidido que todo está bien.

Caminaron sin un recorrido rígido, con Elna adelantándose a ratos para mirar una puerta, una bicicleta, un perro...

y luego regresando hacia él sin dudar. Paula lo vio entonces de verdad; no en lo que decía, sino en cómo estaba con ella.

Sin esfuerzo visible, sin ese miedo de quien todavía no se atreve a ocupar su lugar.

Jac no parecía estar aprendiendo a ser padre.

Parecía haber vuelto a un sitio que siempre había sido suyo.

Pasaron por una heladería y Jac se detuvo.

—Vamos a hacer una cosa importante —dijo—. Helado.

La niña levantó la cabeza de golpe, con los ojos brillantes. Paula sonrió sin darse cuenta.

Se sentaron en una mesa exterior. Elna manchándose más de la cuenta, Jac limpiando sin dramatizar, Paula formando parte del momento sin necesidad de intervenir. La escena no tenía nada de especial, y justo por eso le pareció extraordinaria.

Cuando terminaron, Jac miró el reloj. No tardaron en aparecer Aurora y Bartomeu.

Aurora llegó primero, con esa calidez desbordante que Paula ya recordaba.

Bartomeu se acercó un segundo después, más contenido, aunque menos cerrado que otras veces.

Elna abrazó a su padre, se despidió de Paula y se fue con ellos sin conflicto.

Jac los siguió con la mirada hasta que giraron en una esquina.

Cuando se quedaron solos, la energía cambió, no de golpe, lo suficiente para que se notara.

El pueblo pareció cambiar de escala. Las mismas calles, la misma luz, el mismo aire; pero ahora solo los envolvía a ellos.

Hasta ese momento, Paula había visto la vida de Jac.

A partir de ahí, tendría que descubrir si todavía había un lugar para lo que había quedado pendiente entre los dos.

Pasearon por la parte antigua y cenaron en una terraza apartada. Durante un rato hablaron del pueblo, del trabajo en la Facultad de Medicina de Lleida, de las rutinas que Jac había ido construyendo... No sonaba a balance. Era más bien la forma de abrir las puertas y dejar que Paula mirara dentro.

—¿Y cómo estás?

—Bien. Cada día pesa un poco menos. Sigo con una psicóloga muy agradable y con un psiquiatra bastante borde, que a mí me encanta. También coordino el grupo de apoyo para víctimas de abusos al que empecé a acudir al llegar aquí. Nada oficial. Funciona.

—Claro que funciona. No hay nadie más organizado que tú.

—Me gusta hacerlo.

Lo dijo con sencillez, sin convertirlo en mérito.

—¿Y con Elna?

Jac tardó un segundo en responder.

—Bien. Muy bien. Aun así, a veces me da miedo. No por mí, sino por cómo podría vivirlo ella si en algún momento... Ya sabes.

—Sí.

—No improviso. Sé que, en cuanto sienta que podría pasar algo, solo tengo que llamar a mi padre y a Aurora. Están a cinco minutos. Tengo red, Paula, y es de las buenas.

—Entonces está bien.

—Sí. La paternidad me está ablandando. Juego en el parque, salto en los charcos y me río de tonterías que ni te imaginas.

—Se nota. Y te sienta genial.

El silencio que siguió fue cómodo. Después él la miró.

—¿Y tú? ¿Vas a irte de Vallclosa al final?

—Tengo una lista de pueblos. He ido a ver unos cuantos, aún no he dado con el lugar adecuado.

—Entonces sigue buscando.

No dijo «ven aquí». Solo la animaba a salir, igual que había hecho con Víctor.

Ya en los postres, Paula apoyó los codos en la mesa.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?

—Claro, bajo tu responsabilidad. Ya sabes que la respuesta puede no contener filtros.

—¿Hay alguien en tu vida?

—No tengo ninguna relación. Solo ha habido algún acercamiento casual y esporádico.

—¿Y todo bien en esos acercamientos?

Jac se rio.

—Paula... No solo voy a funcionar. Voy a superar expectativas.

—Eso está por ver. No soy fácil de impresionar.

—No puedes acusarme de fanfarronear sin comprobación previa.

—Claro que puedo.

Jac la miró, divertido, y luego se puso un poco más serio.

—No necesito impresionarte.

—No necesito que me impresiones.

Pagaron y salieron. Afuera, el aire había cambiado. No hacía frío, pero la noche empezaba a imponerse con esa suavidad que vuelve más estrechas las calles y más evidente la distancia entre dos cuerpos que todavía no se tocan.