Recuérdame 70
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Al principio, Balaguer fue una dirección, una casa pequeña frente al río y una rutina nueva que todavía no sabía si iba a convertirse en vida.

Después tuvo horarios, recorridos, nombres conocidos y una luz propia. Aquella luz de la que le había hablado a Paula empezó, poco a poco, a pertenecerle también a él.

Llevaba diez meses viviendo allí cuando recibió una llamada de un número desconocido. No solía contestar a números que no conocía. Esa vez descolgó.

—Hola, Jac. Soy Marc.

Durante un segundo no dijo nada. Desde la última vez que se habían visto en Vallclosa no había vuelto a saber nada de él.

Marc le explicó, con un ligero temblor en la voz, que le había costado conseguir su número y que sentía que tenían una conversación pendiente. También le dijo que iba a volver a Japón y que, antes de marcharse, necesitaba verlo.

Jac no preguntó nada.

Quedaron en un bar tranquilo cerca del río a media mañana. Jac ya estaba sentado cuando Marc llegó. Se saludaron y este se acercó para darle un abrazo que, a pesar de ser rápido, lo hizo sentir incómodo. Aun así, no lo rechazó.

—Hola, Jac. Tenía ganas de verte.

—Hola, Marc.

Marc se sentó frente a él. Tardó un momento en encontrar una postura cómoda.

—Me dijeron que estabas viviendo aquí y que trabajabas como médico de familia.

—Los primeros meses. Ahora doy clases de psiquiatría clínica en la Facultad de Medicina de Lleida.

Marc lo miró con cierta sorpresa.

—No sabía que habías vuelto a la psiquiatría.

—No he vuelto. Enseño. Puedo explicar muchas cosas como médico y como paciente al mismo tiempo. Es extraño y también bastante útil. Hay que aprovecharlo.

Marc asintió despacio, sin saber muy bien qué hacer con esa respuesta.

—Me alegro de que encontraras a tu hija.

—Gracias.

—¿Vive contigo?

—Desde hace un mes tengo la custodia completa. Nos estamos adaptando y funcionamos.

Jac esperó.

Marc se quedó en silencio, todavía dando vueltas a lo que había ido a decir.

—¿No vas a preguntarme por qué mentí?

—No tenía intención de hacerlo. Querías hablar conmigo. Aquí estoy. Te escucho.

Marc asintió.

—Lo siento. No quería hacerte daño. —Hizo una pequeña pausa—.

Llevo más de veinte años sin poder respirar del todo.

Hay días en los que no puedo subirme a un ascensor sin pensar que la puerta va a abrirse y va a estar él dentro.

O alguien pasa por detrás y el cuerpo reacciona antes que la cabeza y salgo corriendo.

Necesito saber si está muerto. Solo eso.

Jac no lo interrumpió.

—Cuando te lo pedí y dijiste que no sabías de qué te hablaba, tomé una mala decisión. Si no me ayudabas, yo tampoco iba a darte lo que tú necesitabas. Por eso dije que tu mujer no estaba embarazada. —Bajó la mirada—. No quería hacerte daño. Sigues siendo importante para mí.

—Marc, ahora sé lo que nos pasó en el bosque.

La cabaña. Los abusos. Durante años no recordé nada.

Cuando me decías que hablara, no sabía qué me estabas pidiendo.

Lo entendí después de que fueras a verme al sanatorio.

Y entonces recordé una cosa: un día, al salir del colegio, estábamos esperando el transporte escolar y tú intentabas tallar un silbato de madera igual al que tenías de modelo.

Ahora sé lo que significaba que tuvieras ese objeto.

Hizo una pausa.

—Siento no haber podido ayudarte entonces, pero jamás te mentí. Si aún necesitas que vaya a Valliure y hable de ello, lo haré. Se lo contaré a quien quieras.

—No. Eso ya no. En su momento no pudo ser... y ya está. —Marc volvió a él—. Lo único que necesito es saber si recibió su merecido.

—¿Por qué crees que yo sé si ese tío está vivo o muerto?

El silencio cambió. Marc se inclinó hacia delante.

—Porque sé lo que pasó en los cortados. Cuando teníamos trece años, yo estaba en el bosque, en la zona del río.

Vi al artesano con alguien vestido de negro.

Me pareció que discutían. Luego... creí ver algo precipitarse al vacío.

Después de ese día nadie volvió a verlo.

—Respiró—. Y la persona que estaba con él...

juraría que eras tú. Por la altura. Por cómo ibas siempre vestido. Porque tú tenías huevos para hacerlo.

Jac dejó que terminara.

—No. Yo no estaba allí. Cuando pasó todo eso ni siquiera recordaba lo que me había hecho. No tenía ningún motivo para empujarlo. Si alguien lo hizo, ni lo condeno ni lo lamento. Pero no puedo darte la respuesta que buscas. No la tengo.

Marc buscó una grieta que no apareció. Parpadeó despacio y se echó atrás, sin discutirlo.

Jac dejó la taza en el plato. El silencio volvió, más limpio.

—No sé si te va a servir —dijo, cambiando apenas el tono—, lo que te está destrozando es el marco desde el que lo miras.

No eres un niño de once años. Aunque estuviera vivo, la probabilidad de que te lo encuentres es muy baja.

Y si ocurriera, no hay un riesgo real como el que tu cuerpo anticipa.

Lo que se activa es la memoria, no la situación.

Tienes que trabajarlo desde ahí, no desde si está o no está. Esto es lo único que puedo darte.

Marc asintió una vez, sin comprometerse. Miró la mesa, luego a Jac.

—Siento haberte presionado en el pueblo, cuando éramos unos críos. No podía creer que hubieras olvidado algo así. ¿Cómo se hace eso, Jac?

—Créeme, no es bueno, por mucho que ahora te lo parezca. La mente no lo sabe; el cuerpo sí lo lleva grabado. La única manera de afrontarlo es trabajarlo e integrarlo. Es la vía más difícil, también la única efectiva.

—¿Perdonar y aprender de la experiencia para crecer y hacerte más fuerte? Te aseguro que mi vida hubiera sido mucho mejor si eso no hubiera sucedido.

—¿Perdonar? Nunca. Al menos yo no. El trauma no enseña nada que necesites saber, no te hace mejor persona ni te convierte en alguien más fuerte.

Es una putada que jamás debería pasarle a nadie.

Y no creo en toda esa mierda de que hay que agradecer la oportunidad de crecer.

No somos quienes somos gracias a lo que nos pasó, sino a pesar de ello.

No hace falta olvidar, Marc. Hay que integrar y seguir adelante. Eso sí se puede hacer.

—¿Eso lo dices como psiquiatra, víctima o amigo?

—Lo digo como Jac.

—Está bien. Quizá... algún día podríamos vernos.

Él negó, sin dureza.

—No, Marc. Eso no tiene sentido ahora. No nos haría bien a ninguno de los dos.

—¿Volveremos a coincidir alguna vez?

—A eso tampoco te puedo contestar. No lo sé.

No hubo réplica.

Se levantaron, pagaron y salieron casi al mismo tiempo, aunque no caminaron juntos. Cada uno tomó una dirección distinta sin mirar atrás.

La conversación había cumplido su función y nada más. Porque a veces el único lugar para el pasado es dejarlo donde está.