69
Ese mismo día quedó con Mateo y Víctor. Eligieron un sitio sencillo, donde pudieran sentarse y mantener una conversación tranquila. Al principio hablaron de cosas triviales, lo justo para que el encuentro no sonara solo a despedida, hasta que Jac dejó el vaso sobre la mesa y lo dijo sin rodeos.
—No voy a decir adiós. No me gusta. Así que nos decimos hasta luego. Balaguer está aquí al lado.
Mateo asintió sin añadir nada más. Víctor también, aunque en él había algo más de tensión, menos aceptación.
Jac lo miró.
—Tú tienes veinticuatro años.
Víctor alzó la vista.
—Sí.
—Hay sitios con mucha más luz que este —añadió Jac—. Con más espacio. Piénsatelo.
Víctor no respondió de inmediato.
—Lo pensaré.
Se levantaron poco después. No hubo abrazos largos ni frases de cierre. Mateo le dio una palmada en el hombro. Víctor dudó antes de abrazarlo. Jac respondió sin incomodidad.
Cuando se separaron, no hubo sensación de final cerrado. En realidad, era un cambio. A partir de ese momento la amistad seguiría con una dinámica distinta.
Solo le quedaba Paula. Había dejado lo más difícil para el final.
Cuando llegó a su calle, el cielo ya empezaba a oscurecer.
Aparcó cerca, salió del coche y se apoyó en el capó, medio recostado, con las manos relajadas a los lados.
No ensayó nada, solo esperó.
Paula llegó un rato después. Aparcó donde siempre, apagó el motor y se quedó un segundo dentro del coche, concediéndose ese pequeño margen antes de bajar. Al levantar la vista, lo vio al otro lado de la calle y frunció el ceño, sorprendida. Abrió la puerta, salió y cruzó hacia él.
—Hola. ¿Qué haces aquí?
Jac levantó las manos casi por reflejo.
—No soy un acosador.
Paula lo miró y no pudo evitar una media sonrisa.
—Mira que eres extremo para todo. Solo me ha sorprendido verte.
Él ladeó la cabeza.
—Ya, no sé, esperar a alguien en la puerta de su casa puede resultar un poco invasivo.
—Depende —respondió ella acercándose un poco más—. Según quién seas.
—¿Eso significa que solo me da esa impresión a mí porque soy raro o que más gente lo pensaría?
—Significa que contigo no me lo parece.
La pausa fue corta.
—Ahora dime a qué has venido.
—Tenemos casa. Mi padre y Aurora han encontrado una a las afueras.
Ya sabes cómo es él. Da igual el pueblo, siempre acaba fuera.
Necesita terreno y esta tiene espacio, jardín...
Él podrá plantar lo que quiera, Aurora tendrá sus flores y ya están pensando en columpios, en un tobogán y no sé cuántos trastos más para Elna.
Se detuvo un instante, dejando que esa imagen se asentara en su cabeza.
—Cuando se la llevó, la llamó así. Era el nombre que había escogido yo.
Lara dijo que no. Al principio Emma no me gustaba, lo relacionaba con Madame Bovary y me parecía predestinarla a una vida trágica.
Lara dijo que eso era una tontería, y tenía razón...
Al final la acabó llamando Elna, siempre me ha sonado a esperanza. Está bien.
Levantó la vista hacia ella.
—Y yo también he encontrado un sitio.
Paula apoyó el peso en una pierna.
—¿Sí?
—En el pueblo. Una casa pequeña, dos plantas... Justo delante del río.
—Te pega.
—A mí también me lo parece. La dueña la tiene en venta y aceptó alquilármela unos meses. Quiero probar. Vivir allí un tiempo. Ver si lo siento como algo mío.
—¿Cuándo os vais?
—Ellos ya están allí. Yo me marcho mañana.
El silencio que siguió no fue incómodo, fue más denso. Jac la miró y, sin rodeos, añadió:
—Paula, no hay nada que te ate aquí.
Ella no reaccionó de inmediato. Lo dejó continuar.
—Podrías cambiar de aires. Buscar otro sitio. Balaguer es un sitio muy bonito. Es abierto, hay luz... El Segre es una maravilla. Podrías venir a verlo. Encontrarías trabajo, seguro.
Paula lo miró con más atención, calibrando lo que había detrás de esa propuesta.
Jac no apartó la mirada.
—Podríamos quedar de vez en cuando... Sin más. Y ver qué pasa.
No había urgencia en la frase. Era una posibilidad puesta sobre la mesa.
Paula le sostuvo la mirada, sin querer soltarla todavía.
—Ahora no... No es buena idea —añadió más bajo—. Y lo sabes.
Jac tampoco apartó los ojos. Hubo un instante en el que pareció que iba a decir algo más, pero no lo hizo.
—Ya... —Ahora sí desvió la vista—. No podía irme sin decírtelo.
El silencio volvió un instante.
—Seguiremos hablando —añadió ella—. No hace falta vivir en el mismo sitio para eso.
—No, claro. Por supuesto. Puedes venir a verme algún día.
—Y tú —respondió ella—. Aunque no creo que te queden muchas ganas de volver aquí.
—No. La verdad es que no y, a pesar de todo, vendré si me necesitas.
Se quedaron frente a frente. Ninguno retrocedió enseguida.
Entonces él metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre. Se lo tendió.
—Antes de irme quería darte esto.
Paula lo cogió. Lo miró y empezó a abrirlo.
—No.
Jac alzó la mano, deteniéndola sin tocarla.
—Espera.
Ella levantó la vista.
Él la mantuvo firme.
—Lo hice después de aquella noche. La primera vez que estuvimos en el pabellón antiguo.
No necesitó concretar más.
—Era para dártelo. No encontré el momento.
Se encogió de hombros.
—Así que te lo doy ahora. Porque quiero que lo tengas tú.
Paula bajó la vista al sobre. Lo giró entre los dedos.
—¿Cuándo quieres que lo abra?
—Cuando me haya ido.
Ella lo observó con más atención.
—¿Tan grave es?
—No. Solo prefiero no estar delante.
Paula asintió despacio.
—Vale.
No añadieron nada más. Se quedaron frente a frente, con la sensación de que lo importante ya había pasado. Paula empezó a dar un paso atrás; él avanzó un poco más de lo que ella había retrocedido. Se quedaron un momento más cerca de lo que habría sido necesario.
Al final fue Jac quien se apartó. Abrió la puerta del coche y se detuvo antes de entrar.
—Paula.
Ella levantó la vista.
—Gracias.
No especificó por qué. Los dos lo sabían.
Esta vez ella no respondió con palabras. Asintió con más lentitud, de forma menos automática.
Jac subió al coche. Antes de cerrar, la miró una vez más. Luego arrancó y se fue.
Paula no se movió enseguida. Se quedó en mitad de la acera, con el sobre entre las manos, siguiendo con la mirada el coche hasta que desapareció al final de la calle.
Solo entonces volvió a bajar la vista.
Pasó el dedo por la solapa y la abrió con cuidado. Dentro no había una carta. Era un dibujo.
Reconoció enseguida el lugar: la terraza del pabellón antiguo, aquella noche, la luz abierta sobre el paisaje, el aire quieto alrededor de todo...
También se reconoció a sí misma, aunque no era un retrato exacto.
Jac no había dibujado una reproducción fiel de lo que había visto, sino la forma en que aquello había quedado dentro de él.
La bata blanca se había convertido en un vestido que caía ligero, casi suspendido.
La línea de su cuerpo estaba trazada con una delicadeza que no buscaba embellecerla, sino fijar algo más difícil de explicar.
Detrás, el pabellón aparecía apenas insinuado: las columnas, la profundidad del valle, la luz cayendo de lado...
Todo tenía esa mezcla de precisión y distancia que ella ya había visto en otros dibujos suyos: la realidad reconocible y a la vez desplazada hacia un lugar más íntimo.
Paula recordó aquel momento.
Ella le había preguntado qué había sido aquello.
Y él había contestado: «Nada».
Pero ella había sabido que no era nada.
Ahora lo entendía.
Bajó la mirada hacia la parte inferior del dibujo. Allí, con la letra precisa de Jac, había una anotación breve.
Mi lugar. Mi persona.
Vallclosa, 2026.
J. Masferrer.
Paula se quedó inmóvil.
No era una declaración hecha para impresionarla. Era una constatación, algo que él sabía y no había encontrado la forma de decir.
No era solo ella en el pabellón antiguo. Era ella mirada por Jac.
Durante un momento permaneció allí, en mitad de la acera, con el dibujo entre las manos y una emoción silenciosa instalándose en un lugar muy hondo.
Había en aquella imagen una tristeza leve, una belleza contenida, una forma de mirar el mundo que no negaba la pérdida; sin embargo, tampoco se rendía a ella.
Paula pensó que quizá todos los dibujos de Jac tenían esa aura.
Una nostalgia limpia. Dolorosa a veces. Aunque también una sensibilidad capaz de encontrar luz en sitios donde otros solo habrían visto ruina.
Volvió a guardar el papel en el sobre con cuidado.
Inhaló profundamente el aire fresco de la noche y entró en casa.