68
Jac llegó a la casa poco antes de la hora acordada con Jordi.
Al detenerse frente al jardín tuvo una sensación extraña, parecida a la desrealización, pero más limpia, menos amenazante.
Sabía que no era una casa ajena y, a pesar de ello, nada le decía que fuera su casa.
El vínculo no parecía roto, sino borrado; una ausencia tan fuerte que resultaba inquietante.
Jac sintió un escalofrío al entrar en el jardín. Miró la puerta principal. No era verde y, sin embargo, él siempre la vería así.
No quería detenerse demasiado. Abrió, entró y permaneció unos segundos en el recibidor, escuchando una quietud que ya no tenía nada que ver con él.
Después recorrió las habitaciones abriendo cajones y armarios, no porque esperara encontrar nada importante, sino para asegurarse de que no dejaba atrás algo que pudiera obligarlo a volver.
En el salón se detuvo frente a la pared donde habían estado las fotos. Ya no quedaba ninguna marca visible. No las necesitaba. Él sabía con exactitud dónde había estado cada una. Se pasó la mano por la cara y siguió.
La habitación de la niña fue la última. Allí no había nada que revisar.
Jac entró, miró alrededor y estuvo a punto de salir sin acercarse a nada. Ya tenía la mano en el marco de la puerta cuando se detuvo. Volvió la cabeza hacia la pared.
Las tres constelaciones seguían allí, intactas.
Durante unos segundos no se movió. Luego se acercó, levantó la esquina de la primera y tiró. La pintura saltó con el adhesivo. No le importó. Arrancó las otras dos con la misma firmeza tranquila y las arrugó en la mano hasta convertirlas en una bola compacta.
Jordi llegó puntual. Jac le abrió antes de que tocara.
—Pasa.
El abogado entró, saludó con cordialidad y miró alrededor un instante, sin detenerse más de lo necesario.
—¿Seguro que no quieres conservarla? Podrías alquilarla.
Jac negó con convicción.
—No la quiero. No voy a pisarla nunca más.
Jordi asintió, sacó unos papeles y los dejó sobre la mesa.
—Bien. Firma aquí y se habrá acabado.
Jac firmó rápido, con la precisión habitual. Jordi recogió los documentos, cerró el maletín y le dio una palmada en el brazo.
—Si alguna vez necesitas algo, llámame.
—Lo haré.
Jac le entregó las llaves. Al hacerlo, se dio cuenta de que aún apretaba la bola de estrellas en la otra mano.
Salieron juntos de la casa.
—¿Te llevo a algún sitio? —preguntó Jordi.
—No. Prefiero andar.
El coche arrancó poco después. Jac caminó hacia la salida del jardín sin mirar atrás. La papelera quedaba casi delante de la puerta de Cristina García, al otro lado de la calle.
Llegó hasta ella justo en el momento en que Cruz y Vanessa salían de la casa. Se cruzaron las miradas.
—Vaya —dijo Jac—. Inspector Cruz y subinspectora Medina. ¿Habéis venido a que os cuenten más cosas bonitas sobre mí?
—Estamos cerrando flecos —respondió Cruz.
Jac bajó la vista un instante hacia la bola que llevaba en la mano.
—Yo también.
Jac miró hacia la casa de Cristina y luego volvió a ellos.
—¿Queréis que os quite uno?
Cruz entornó los ojos.
—¿Un fleco?
—No es que tenga mucha importancia ya, aunque quizá os sirva para completar el dibujo.
—¿De qué hablas?
Jac mantuvo la mirada de Cruz.
—Sé de dónde salió la sangre de Lara. La del coche.
El silencio se volvió más pesado.
—¿Lo sabes? —preguntó Vanessa.
—No puedo asegurarlo al cien por cien. Pero sí.
Cruz no dijo nada. Esperó.
—La colada siempre la hacía yo —dijo Jac—. Cuando nació la niña, Lara utilizaba compresas reutilizables para los loquios. Yo era quien las lavaba. Dos días antes del accidente dejó de ponerlas en el cesto.
Vanessa no lo interrumpió.
—Me extrañó y le pregunté. Dijo que había decidido tirarlas, y no solo eso, cada vez que se cambiaba, salía de casa para llevarla al contenedor.
Me pareció rarísimo. Le propuse que las pusiera en una bolsa y ya las tiraría yo cuando sacara la basura.
Se negó. Y yo lo dejé pasar. No insistí. No quería ser pesado.
Cruz lo observó con más atención.
—Ahora entiendo que no iba al contenedor —continuó Jac—. Iba al coche. La sangre se fue acumulando en la espuma del asiento. La del último día debió de ser la que quedó en las zonas más superficiales. Luego mezcló todo con agua y detergente.
Jac los miró de frente.
—No se puede datar con precisión el tiempo de la sangre, ¿verdad?
Vanessa respiró despacio.
—No con esa exactitud. Depende de demasiados factores. El coche estuvo horas al sol. Primero en el bosque y luego en el jardín. La degradación pudo variar por mil motivos. El análisis hablaba de diferentes grados de descomposición. Eso también sería compatible con distintos días de procedencia.
Cruz asintió y se dirigió a Jac.
—¿Tienes alguna prueba?
Él negó.
—No. Ninguna.
—Pero encaja —concluyó el inspector—. Demasiado bien.
Hubo un silencio breve. Jac miró la casa de Cristina, después la suya, y volvió a ellos.
—Aunque quién sabe. No todo lo que parece cierto lo es.
Nadie dijo nada durante un momento.
Jac bajó la vista hacia su mano. Abrió los dedos. La bola arrugada de estrellas adhesivas seguía allí, apretada contra la palma.
—Lo que no consigo quitarme de la cabeza es otra cosa —añadió—. Ella no quería a la niña. Y aun así fue el nacimiento de Elna lo que le permitió montar toda esa escena. Me hizo creer que la había perdido usando algo que venía de ella.
Vanessa entornó los párpados un instante.
—Es retorcido —murmuró él—. Brutalmente retorcido.
—Puede que Lara no lo pensara así —respondió la subinspectora—. Quizá solo utilizó lo que tenía a mano.
—Lo sé.
—No podías verlo.
Jac respiró hondo.
—Ya. Ahora sí.
Cruz apretó la carpeta que aún llevaba en la mano.
—Buena suerte, Masferrer.
Jac asintió, alternando la mirada de uno a otro.
—A vosotros también.
No hubo apretón de manos. Tampoco una despedida afectuosa.
Solo algo parecido al reconocimiento incómodo de haber compartido una parte de la misma historia desde lugares distintos.
Jac tiró la bola de estrellas a la papelera.
Luego echó a andar. No miró atrás. Vanessa lo siguió con la mirada mientras se alejaba calle abajo.
—¿Crees que podrá seguir con su vida?
Cruz tardó un momento en responder.
—Creo que ya ha empezado.