Recuérdame 67
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Vanessa se apoyó en el volante. Cruz revisaba sus notas, aunque dejó de leer cuando notó aquella expresión suya, la que aparecía cuando algo no terminaba de encajarle.

—Estoy deseando escuchar a la vecina de Masferrer. Hay cosas que no termino de entender.

Cruz alzó la vista.

—En ese caso hay varias.

—No hablo de pruebas. Hablo de la gente: los padres, los vecinos... Puedo entender que mintieran al principio, que Lara se lo pidiera. Pero cuando lo acusaron de homicidio sabían que no estaba muerta. Sabían que la niña existía. Y aun así mantuvieron la versión.

—Porque Lara no les vendió un «ayúdame a irme». Les vendió un «tengo miedo de mi marido».

—Joder, Cruz, no dejas que metan a alguien en la cárcel solo por un relato.

—Si estás convencido de que tarde o temprano acabará pasando, sí.

Vanessa no respondió de inmediato.

—¿Crees que estaban convencidos?

—Creo que Lara construyó muy bien con lo que ya tenía: el embarazo sin seguimiento hospitalario, el parto en casa...

Eso no lo preparó para hacer desaparecer a la niña.

Venía de antes. Pero le sirvió. No había registro hospitalario, no había inscripción, no había rastro claro.

Cuando decidió no inscribirla, entendió que podía borrarla del mapa.

Vanessa asimiló la idea.

—Y lo de Masferrer en el pueblo.

—Lo mismo. Miralles le habló de la imagen que tenía allí: raro, violento, psicópata... Ella no creó eso. Lo utilizó.

—Construyó sobre lo que ya existía.

—Exacto.

Cruz cerró la carpeta y miró hacia la casa.

—Vamos a ver hasta dónde llega su justificación.

Bajaron del coche. La calle estaba tranquila, con esa quietud extraña de los lugares donde se han guardado demasiados secretos. Cruz llamó al timbre. Cristina García abrió casi enseguida y los hizo pasar sin preguntar nada.

La mujer se sentó frente a ellos. Miraba más la mesa que a sus caras.

El inspector decidió empezar sin preámbulos ni falsa cordialidad.

—Ustedes recogieron a Lara aquel día, el del supuesto accidente —dijo Cruz—. A mediodía.

—Sí. Mi marido.

—¿Jacob estaba inconsciente?

—Eso dijo ella. Que habían tenido un problema y se había visto obligada a golpearlo, pero estaba bien, solo había perdido el conocimiento. Mi marido no comprobó nada más.

—¿Y luego?

—Las trajo a casa.

—¿Qué hicieron después?

—Ayudarla. Había dado a luz hacía poco. No podía con todo. Sacamos los muebles de la habitación, la bañera, la ropa... Lo metimos en nuestro garaje. Y luego la ayudamos a recoger lo que quedaba para que pudiera marcharse antes de que él volviera.

Cruz no miró sus notas.

—Es decir, no tenían ninguna duda de que estaba viva.

La mujer alzó la vista.

—Ninguna.

—Entonces explíqueme por qué mantuvieron la versión que inculpaba a Jacob Masferrer.

No dudó.

—Porque sabíamos que, si no acababa en la cárcel, acabaría pasando.

Vanessa intervino:

—No la había matado.

—Porque se fue antes. Porque la ayudamos.

Nadie dijo nada.

—Si alguna vez daba con su paradero, lo haría. Por eso era tan importante que no buscaran a Emma. Le habrían dado derechos de visita y las dos habrían vuelto a vivir amenazadas. Además, si no la encontraba a ella, sería otra. Masferrer es peligroso. Hicimos lo que había que hacer.

Vanessa la miró con dureza.

—Aun así, usted vino a ampliar la declaración.

—No estaba claro que fueran a encerrarlo. Hablaban de un hospital, de que no era responsable... Yo tenía que dejar claro que sí lo era. Que llevaba tiempo así. Amenazas, gestos, el cuchillo...

El silencio se tensó un segundo.

—Ella estaba aterrorizada —concluyó—. ¿Qué cree que planeaba hacer él cuando la miraba dormir de pie junto a la cama?

Cruz habló sin cambiar el tono.

—Ella dice que montó todo esto para castigarlo.

—Y merecía el castigo.

—¿Castigarlo porque quería marcharse?

—No es verdad. Él la manipulaba. Por eso lo dijo.

—Señora García, Lara Lorente está investigada por fingir su propia muerte, ocultar a una menor y fabricar indicios contra su marido.

—Se equivocan.

—¿Perdón?

—Se equivocan. No es ella quien debería estar privada de libertad. Es ese hombre quien tendría que estar en la cárcel.

Miró a Vanessa.

—Vigilen a la niña. Si acaba con él, no estará segura.

Cruz cerró la carpeta.

—Ya está.

La mujer no añadió nada más.

Cuando se levantaron para marcharse, Cruz se quedó mirando por la ventana. Desde allí se veía la casa de Masferrer. La puerta del jardín estaba abierta.

Vanessa siguió la dirección de su mirada.

—¿Hay alguien?

—Eso parece.

No dijeron nada más.