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Ese día no bajó a comer. Aurora llamó a la puerta, preguntó si podía pasar y si quería algo. Él negó desde la cama, sin incorporarse. Ella se acercó, apoyándose en el marco.
—¿Seguro? —No puedo.
No lo dijo con brusquedad. Sonó más a constatación que a negativa.
Aurora dudó un segundo.
—Te puedo traer algo ligero —añadió—. Un poco de jamón, por ejemplo, o percebes, que estamos en Galicia, carallo.
Intentó bromear.
Jac alzó la vista hacia ella. Hubo un amago de sonrisa que no terminó de formarse.
—Te lo agradezco mucho. De verdad. Pero hoy no.
Ella asintió despacio.
—Vale. Si te apetece algo más tarde, aunque sea un poco, me llamas, ¿vale?
—Vale. No insistió. Cerró con suavidad y lo dejó solo.
Pasó la tarde sin salir de la habitación. No durmió. Tampoco hizo nada en concreto. Se mantuvo en ese punto intermedio en el que el cuerpo descansa, a pesar de que la cabeza no termina de apagarse.
Los días siguientes empezó a enfrentarse a las cosas de otra manera.
Cuando aparecía algo doloroso, no lo evitaba ni intentaba apartarlo.
Se quedaba ahí, soportándolo, incluso cuando el cuerpo le pedía huir.
Sabía que se estaba exigiendo más de lo recomendable y que a cualquiera de sus pacientes le habría dicho que frenara.
El problema era que él no quería frenar.
Las visitas con la niña se colocaron en el centro del proceso de forma natural. Iba, estaba con ella y salía sin intentar entender nada después. Era el único espacio en el que dejaba el protagonismo a la emoción, contenida, pero no racionalizada.
En la segunda semana, cuando entró en la sala y Elna lo vio, levantó la cabeza, se incorporó con ese equilibrio todavía inseguro de sus quince meses y, tras una duda breve, avanzó hacia él con esa especie de carrera torpe y decidida que tienen los niños pequeños.
Jac no fue hacia ella. Se agachó, abrió los brazos y esperó.
La niña llegó y levantó los suyos. Él la cogió entonces, con cuidado.
—Hola —dijo muy bajo.
Ella le tocó la cara.
—Pa...pa. No fue una palabra clara. No hacía falta. Era la primera vez que lo llamaba así.
Jac no respondió de inmediato. La miró un instante, inspiró hondo, levantó un momento la mirada hacia el techo y luego sonrió. Apoyó la frente un segundo contra la suya, sin cerrar los ojos.
—Hola, mi vida —se permitió por fin.
Nada más.
A partir de ahí, el movimiento fue natural.
Los abuelos empezaron a ir también. Primero con cierta distancia.
Luego entrando en el espacio, sentándose en el suelo y participando del juego.
Aurora hablaba mucho; Bartomeu menos, aun así, estaba.
Su nieta, su hijo... Lo había visto destruido y ahora estaba recogiendo todas las piezas de nuevo.
Y sí, algunas estaban rotas, jamás se acoplarían con precisión y, a pesar de ello, Jac estaba reconstruyendo su vida con ellas.
En paralelo, lo práctico seguía su curso. Un día, apoyado contra la pared del pasillo, llamó a Jordi.
—Quiero vender la casa de Vallclosa. Búscame un agente inmobiliario que pida un precio razonable y que sea rápido. Quiero quitármela de encima. No voy a volver.
—Vale —respondió el abogado—. Me pongo con ello.
El proceso con la niña continuaba avanzando. Él no preguntaba qué vendría después. Era más sencillo: estaba cuando tocaba.
El último día de Elna en el centro, Jac entró en la sala con la misma actitud calmada con la que había aprendido a enfrentarse a la situación desde el inicio.
La niña estaba en el suelo, con varios objetos delante, y al oír la puerta levantó la cabeza.
Lo miró un segundo y avanzó hacia él con toda la determinación que le permitía su corta edad.
—Hola, mi vida —dijo muy bajo.
La niña le tocó la cara con la mano abierta, explorando, y él dejó que lo hiciera sin intervenir, atento a cada detalle, intentando grabarlo todo con precisión. Jac colocó la mano en su espalda, como solía. Ella apoyó el cuerpo contra él con más peso; ese lugar ya era un refugio para ella.
El tiempo pasó sin que se dieran cuenta. No existía nada fuera de ese espacio.
Cuando la educadora indicó que era el momento, lo hizo con suavidad. Se acercó lo suficiente para que la transición se hiciera de forma respetuosa. Jac asintió y bajó la mirada hacia la niña.
Aurora y Bartomeu entraron en la sala. Se quedaron primero a cierta distancia, observando, dejando que ese espacio siguiera siendo de Jac y su hija.
Fue ella quien, en uno de sus movimientos, giró la cabeza hacia ellos y los miró, reconociéndolos sin detenerse.
Aurora sonrió de inmediato y se agachó un poco.
—Hola, preciosa.
Bartomeu se mantuvo atrás un segundo más antes de acercarse, observando en silencio.
El contacto llegó sin forzarlo. La niña alargó la mano hacia Aurora primero, como ya hacía en otras ocasiones, y Aurora respondió con un movimiento suave, sin precipitarse. Luego miró al abuelo, que extendió un dedo con una torpeza contenida; ella lo tocó y volvió a Jac.
Cuando llegó el momento de salir, no hubo cambio brusco. La educadora habló con Aurora y con Bartomeu, explicó lo importante con ese tono profesional que acompaña sin invadir, y ellos escucharon, asintiendo y preguntando lo necesario.
Jac se mantuvo un paso atrás, no apartado, sino dejando que ese momento les correspondiera a ellos.
Aurora fue quien dio el paso final.
—Vámonos, cariño.
La niña la miró, dudó un instante y volvió la cabeza hacia Jac. Él sostuvo la mirada.
—Vas a irte con el yayo Bartu y la yaya Aurora —explicó con suavidad, sin cambiar el tono—. Vais a vivir en Balaguer, en un sitio muy bonito.
Aurora lo miró de reojo, con una media sonrisa que no disimulaba.
—Le hablas como si tuviera veinte años. No te entiende nada.
Jac negó muy leve, sin apartar la vista de la niña.
—Las palabras no. Lo importante sí.
No añadió nada más.
Ella seguía mirándolo.
Jac alargó las manos una vez más. Se acercó sin dudar. Él la cogió y la mantuvo contra su pecho un instante antes de soltarla.
Luego se levantó, se volvió hacia su padre y se la entregó.
Bartomeu la recogió con firmeza, acomodándola entre sus brazos con seguridad, casi de forma automática. No dijo nada. Al bajar la mirada hacia la niña, los ojos se le humedecieron sin que llegara a caer una lágrima. Aquello fue todo lo que se permitió.
Aurora se acercó enseguida, ajustándole la ropa y hablándole en voz baja, refugiándose en esos pequeños movimientos para soportar el momento.
La niña pasó de uno a otro con naturalidad.
Jac la miró.
Ella también.
No dijo nada más.
—Nos llamas cuando llegues —dijo Aurora.
Jac asintió.
No hubo despedida larga.
Se giraron y se fueron.
La niña iba en brazos, tranquila.
Bartomeu no volvió la cabeza.
Jac tampoco.
Se quedó un momento más allí, de pie, con las manos vacías y el cuerpo todavía en la posición en la que la había sostenido.
Necesitó un instante para entender que ya no estaba.
Luego salió, cruzó el pasillo sin detenerse y, cuando la puerta del centro quedó atrás, el aire le entró un poco más hondo.
Al día siguiente volvería a Vallclosa. No sería fácil, pero era imprescindible.
La noche fue larga. Jac sabía que estaba haciendo lo correcto y, aun así, la sensación de pérdida seguía ahí. Apenas consiguió dormir.
A la mañana siguiente salió del hotel con la misma sobriedad que había mantenido desde que llegó a Ourense. El aire de la mañana le dio de lleno. El taxi ya lo esperaba en la puerta. Mantuvo la vista al frente todo el trayecto. Se había propuesto no volver a mirar atrás.