Recuérdame 65
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La puerta se abrió sin ruido y alguien le indicó que podía pasar. Jac entró sin detenerse, con la misma contención con la que había pasado por todo lo anterior, la espalda recta y la mirada fija en un punto neutro. Desde fuera se veía en calma. No lo estaba.

La niña estaba en el suelo, sentada sobre una alfombra, con varios bloques de colores dispersos a su alrededor. No levantó la vista al oírlo entrar. Estaba concentrada en encajar una pieza sobre otra, con esa atención absoluta que hace que todo lo demás deje de existir.

Jac avanzó despacio, guiado más por el instinto que por el pensamiento.

En un punto el paso se le descompensó un poco.

Lo corrigió sin detenerse. Se quedó lo bastante cerca para que sintiera su presencia y lo bastante lejos para no invadir, y desde ahí fue bajando hasta sentarse en el suelo, frente a ella, sin cruzar el espacio que los separaba.

Esperó.

La niña alzó la mirada entonces, breve, curiosa y tranquila. Lo miró como se observa algo nuevo, con curiosidad momentánea, y volvió al juego.

A Jac una punzada le atravesó el pecho. Sabía quién era. No necesitaba comprobarlo. Aun así, sacó las fotos que Paula le había enviado a Puig de les Basses, las miró un momento y después volvió la vista hacia Emma.

No buscaba parecido. Buscaba encajar el tiempo.

En aquellas imágenes acababa de llegar al mundo; delante tenía a una niña de casi quince meses que jugaba sin saber quién era él.

Era su hija. Lo era sin duda. Pero entre aquella recién nacida y la niña que tenía delante le habían arrancado una vida entera.

Para ella, no era su padre todavía. Solo un desconocido más en la sala.

Pensarlo le arañó el pecho.

Cogió uno de los bloques que tenía más cerca y, sin llamar la atención, lo colocó con cuidado sobre la pieza que ella estaba intentando equilibrar. La torre se sostuvo un segundo. La niña volvió a mirarlo.

—Hola —dijo él en voz baja—. Hola, Emma.

Se detuvo. Negó despacio, corrigiéndose antes de continuar.

—Elna —rectificó con naturalidad—. Perdón. Ahora te llaman Elna. Yo soy Jac.

La niña no respondió, esta vez no volvió al juego de inmediato. Se quedó mirándolo un instante más.

Jac señaló la torre.

—¿Estabas haciendo esto?

Dejó que el silencio respondiera por ella.

—¿Quieres hacerla más alta?

Le acercó otro bloque, despacio, dejándolo a su alcance.

—Podemos probar.

La niña cogió la pieza. La colocó. La torre se tambaleó y cayó. Él abrió mucho los ojos.

—Oh... Vaya.

Ella sonrió. Jac también, con los ojos húmedos y un segundo tarde, recordando demasiado despacio que podía hacerlo.

—No pasa nada. Lo volvemos a intentar.

Y lo hicieron. Una vez y otra, sin prisa, sin más intención que seguir. Jac acompañaba lo que hacía ella con palabras simples, señalando colores, proponiendo sin dirigir. Cuando la torre caía, lo convertía en un juego. Cuando aguantaba, lo celebraba como todo un logro.

La niña empezó a reír. Y poco a poco se fue acercando. Primero inclinándose un poco hacia él al coger una pieza, luego quedándose más tiempo en ese lado, hasta que en uno de los movimientos apoyó la mano sobre su pierna para sostenerse.

Jac no reaccionó. No reforzó el contacto. No lo detuvo. El cuerpo se le tensó un instante. No permitió que se notara.

La niña se quedó ahí un segundo más de lo necesario.

Luego otro.

Y al siguiente movimiento, sin pensarlo, se apoyó contra él.

Jac dejó que terminara de hacerlo. La respiración cambió antes de estabilizarse. Cuando se acomodó, él ajustó el cuerpo con el suyo.

—Cuidado —dijo en voz baja—. Ahora es más difícil.

Ajustó el equilibrio sin sujetarla con fuerza. Ella se movió. Él siguió.

—¿Así?

Hizo un pequeño movimiento.

Emma rio.

Y él con ella.

Cuando se quedó quieta, recostada contra su pecho, Jac levantó la mano y, sin pensarlo, apoyó un dedo en su frente. Después lo deslizó con cuidado por el puente de la nariz hasta la barbilla.

Una vez.

La niña sonrió y lo abrazó.

Jac no respondió con un abrazo. No la apretó. Solo apoyó la mano en su espalda y se quedó ahí, hasta encontrar el punto exacto. Se obligó a no hacer más. No por él, por ella.

Al cabo de unos segundos, Emma se separó y volvió a tocarle la cara, intentando reproducir el gesto con torpeza. Él no corrigió, no guio, solo la dejó hacer.

Cuando la voz que indicaba el final apareció, no rompió la escena, solo la delimitó.

Jac asintió.

La niña volvió a mirarlo. Él mantuvo la mirada.

—Tú no sabes quién soy —dijo con el mismo tono suave—. Yo sí sé quién eres. Te recuerdo. Ahora mismo no puedo cuidar de ti, pero voy a poder. Y voy a hacerlo bien.

No añadió nada más.

Se inclinó un poco y repitió el movimiento, de la frente a la barbilla. Ella, concentrada, volvió a imitarlo.

La educadora se acercó entonces y la tomó en brazos. La niña no se resistió. Alzó la mano.

Jac levantó la suya.

—Adiós, Elna.

Ella lanzó un beso. Él respondió igual.

Y se la llevaron. La puerta se cerró.

Jac se quedó de pie un instante, mirando el punto exacto donde había desaparecido. Luego bajó la mirada.

Los bloques seguían en el suelo. Se sentó y empezó a recogerlos, uno a uno, colocándolos en la caja con una precisión innecesaria.

Y fue ahí donde pasó. Cuando ya no había nada que proteger.

El último bloque se le quedó un momento entre los dedos antes de soltarlo.

Se rompió.

El aire se le cortó. La mano se detuvo a mitad de la acción. El cuerpo cedió hacia delante y el llanto salió sin control.

La psicóloga esperó unos segundos antes de acercarse, observando. No había desorganización, solo una descarga tardía, inevitable.

Se colocó a su altura y apoyó la mano en su espalda.

Fue suficiente.

La respiración empezó a regularse poco a poco. Jac tomó aire más hondo, todavía inclinado.

—Lo siento... —dijo con la voz tomada—. No es habitual...

—Esto tampoco lo es —respondió ella con calma—. Lo has hecho bien.

Jac asintió.

—Gracias.

La psicóloga salió unos minutos después, dejándolo solo.

Jac siguió sentado en el suelo unos minutos más. Luego cogió la tapa de la caja y la colocó despacio sobre los bloques antes de levantarse.