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Esa misma tarde no lo pensó demasiado. Volvió a casa, dejó las llaves sobre la mesa y llamó a su padre.
Bartomeu contestó casi al instante.
Jac no dio rodeos. Le explicó lo que había pasado y le dijo que se iba a Galicia.
Al otro lado de la línea hubo un silencio cargado. Después oyó la voz de Aurora, más cerca de lo que esperaba.
—¿Te vas hoy?
—Sí.
—Pues nosotros también vamos.
Jac cerró los ojos un instante.
—No hace falta. Allí no vais a hacer nada ahora.
—Lo mismo que tú —respondió Aurora—. No haremos nada juntos. Somos una familia, Jac.
Él no respondió. Tampoco lo impidió.
Aurora cambió de tono.
—Bueno, pues ya está. Vamos los tres, y si nos aburrimos podemos jugar a las cartas.
—A mí no me gusta jugar a las cartas —dijeron Bartomeu y Jac a la vez.
Aurora guardó silencio un segundo.
—Pues os va a acabar gustando. De verdad... Qué hombres. No os gusta nada. A vosotros os espabilo yo.
Cuando colgó, Jac abrió el portátil y buscó vuelos a Ourense. Eligió tres plazas en el primer avión disponible y compró los billetes de inmediato.
El avión salió al anochecer. Aurora intentó mantener conversación al principio, luego fue bajando el ritmo poco a poco hasta callarse.
Jac estaba quieto, mirando hacia delante, con la vista perdida. Bartomeu permanecía a su lado, callado, con esa presencia contenida tan suya.
Aurora los observó un rato y al final negó con suavidad.
—De verdad, cómo sois los Masferrer. Parece que os cobran por palabras.
Y los dejó.
Llegaron de noche. El trayecto desde el aeropuerto fue largo, cada vez con menos luces, más cerrado, aislado, lejos de todo. Jac no preguntó nada. Miraba por la ventana sin ver en realidad el paisaje, consciente de que se estaba acercando.
Se alojaron en un hotel pequeño, lo bastante cerca de Ourense como para poder moverse sin dificultad si llegaba una llamada.
Los primeros días pasaron muy despacio.
Jac bajaba al comedor, aunque no tuviera hambre, salía a caminar sin alejarse demasiado y volvía al hotel con la misma sensación con la que se había marchado: estaba más cerca, sí, pero seguía sin poder hacer nada.
Bartomeu no le pedía explicaciones. Aurora tampoco. Lo acompañaban en esa espera absurda con una naturalidad que a ratos lo desarmaba más que cualquier pregunta.
Cuando estaba a punto de cumplirse una semana desde su llegada a Galicia, sonó el teléfono.
Jac respondió casi al instante.
—Dime.
Jordi fue directo. Le explicó que la visita estaba autorizada. Sería al día siguiente a las once, estaría supervisada y no podría forzar el contacto. Tendría que adaptarse a ella, a su ritmo. Escuchó sin interrumpir.
—¿Jac?
—Sí.
—La primera visita la harás tú solo.
—Vale.
Jordi añadió que, si todo iba bien, después empezarían a introducir a los abuelos de forma progresiva.
—Claro, sí.
Colgó.
Aurora lo miró.
—¿Qué te han dicho?
—Mañana. A las once.
Aurora asintió despacio. Bartomeu no dijo nada.
Jac añadió:
—Primero me dejarán verla a mí. No sé cuándo podréis entrar vosotros. Jordi ha dicho que se hará poco a poco.
—El que importa eres tú, es tu hija. No te preocupes de nada más —dijo Bartomeu.
El silencio volvió, aunque ya no era el de antes. Ahora había una hora y un lugar.
Y ella al final de la espera.