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Cuando Jac abrió la puerta no mostró sorpresa. Lo reconoció, lo dejó pasar y cerró sin preguntar nada. Ya dentro, se detuvo un segundo más de lo habitual, lo justo para confirmar que no era una visita cualquiera.

—¿Qué pasa?

—Tenemos que hablar.

Jac señaló hacia el interior para invitarlo a pasar. Entraron y se sentaron. El silencio no fue largo, sin embargo, lo pareció.

—Han encontrado a tu hija.

La frase cayó de golpe y Jac no reaccionó de inmediato. No hubo sorpresa ni alivio, solo asintió despacio.

—¿Dónde estaba?

La pregunta salió directa, sin carga emocional.

Para él, la frase tenía un único significado. Jordi lo entendió al ver que no aparecía ni duda ni impacto, solo aceptación y derrota.

—Jac... —ajustó apenas el tono—. Está viva.

En un primer momento, pareció no entender la corrección.

Se quedó un instante más mirando al frente, sin enfocar del todo.

—¿Qué?

No sonó incrédulo, parecía perdido.

—Está viva —repitió Jordi—. Hay identificación genética. Es ella.

Jac parpadeó despacio. El aire entró más hondo y salió quebrado.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Seguro?

No parecía negación, solo necesitaba oírlo otra vez.

—Sí, Jac.

El silencio se alargó. Jac seguía intentando reaccionar.

—Ella... —dijo al final.

Levantó la vista unos segundos después.

—¿Dónde está?

—En Galicia. Estaba en una aldea. Lara la dejó allí con una mujer. Esa mujer se ha hecho cargo de la niña durante todo este tiempo y la ha llevado a la Policía al no poder contactar con su madre. Ahora está bajo tutela, en un recurso de protección.

—Un centro.

—Sí.

—¿La puedo ver?

—Sí, pero no de inmediato. Depende de los servicios sociales de Ourense; tienen que valorar la situación y coordinarse con los de aquí. La primera visita será supervisada. Puede que tengas que ir allí o que se acuerde un punto intermedio; lo decidirán en función de la menor.

—Emma.

No era una corrección, solo una afirmación de identidad.

Jac se quedó quieto un instante.

—Mi hija tiene una familia aquí. Tiene a su abuelo.

—Lo sé —dijo Jordi—. Voy a moverlo.

—No quiero que esté en una institución. Tiene que ir con mi padre y con Aurora.

—Sí. No te preocupes, lo arreglaré. No va a ser de un día para otro —añadió Jordi—. Primero se establecerá contacto, luego harán una valoración y después decidirán.

—Vale. Entiendo, acelera los trámites todo lo que sea posible —dijo al final—. Hazlo.

—Sí.

El silencio volvió. Jac no preguntó más, no porque no hubiera preguntas, sino porque no podía formularlas todavía.

Parpadeó una vez, luego otra.

—Está viva...

Lo dijo en voz baja, tanteando la frase.

No sonaba real. Todavía no.

Cuando Jordi se fue, Jac no se quedó mucho más tiempo en casa. No hizo nada concreto. No ordenó nada ni pensó en qué necesitaba.

Cogió las llaves y salió con esa sensación de tener que moverse, aunque no supiera exactamente hacia dónde iba.

Condujo sin decidirlo del todo, y cuando quiso darse cuenta estaba frente al hospital psiquiátrico de Vallclosa.

Aparcó, apagó el motor y se quedó dentro del coche, con las manos apoyadas sin fuerza sobre el volante y la mirada fija, sin terminar de enfocar nada.

La idea estaba ahí, repetida, insistente, sin terminar de asentarse.

Al final sacó el teléfono.

—¿Estás trabajando?

—Sí —respondió Paula—. ¿Necesitas algo?

—No... no. Solo quería comentarte una cosa. ¿A qué hora acabas?

—En una hora más o menos.

—Vale... —dijo él—. Si te va bien, podemos vernos. Si no puedes, no pasa nada.

Paula no contestó de inmediato; el matiz de su voz no encajaba con una llamada cualquiera.

—Sí puedo —dijo al final—. ¿Dónde quieres quedar?

—No sé... Puedo ir a cualquier sitio, estoy dando vueltas con el coche.

—Te doy la dirección y quedamos en mi calle. ¿Te parece bien?

—Vale. Quedamos ahí.

Colgaron.

Jac condujo hasta casa de Paula y aparcó cerca de su portal. Se quedó donde estaba, con la misma postura.

Cuando Paula llegó, lo vio desde lejos. El coche estaba parado, pero él no hacía nada dentro. Ni miraba el teléfono ni ajustaba nada, no parecía estar esperando de forma activa. Estaba quieto.

Se acercó y golpeó la ventanilla con suavidad.

—Hola.

Él reaccionó con un pequeño retraso.

—Ah... Hola.

Abrió la puerta.

—¿Vamos? —preguntó ella—. ¿Quieres bajar? ¿Prefieres ir a la cafetería o subimos a casa? ¿Estás bien?

Eran demasiadas preguntas seguidas. Jac parpadeó sin responder de inmediato.

—Sí, estoy bien. Me da igual. Donde tú quieras.

—Vamos a casa.

Subieron sin hablar. Ya dentro, ella dejó el bolso y se dirigió a la cocina.

—Te prepararía un chai latte , pero no tengo nada de eso. Te puedo hacer un té. Incluso con limón.

La broma en otro momento habría tenido respuesta. No fue así. Jac negó de inmediato.

—No. Con limón no. No me gusta.

La respuesta fue seria, seca.

Paula no insistió. Preparó una tila y volvió al salón. Él seguía sentado igual, con la misma postura, como si no hubiera pasado el tiempo.

Le dejó la taza delante y se sentó frente a él.

—Ahora sí —dijo con suavidad—. ¿Qué pasa?

—Quiero irme a Galicia.

Paula no reaccionó de inmediato, aunque algo se activó en ella. Una alerta que no podía explicar.

—¿A Galicia? —repitió—. ¿Por qué? ¿Cuándo?

Jac levantó la vista.

—Paula, Emma está viva. Está allí, en Ourense o en Pontevedra... Ahora no sé, no estoy seguro.

Paula no respondió enseguida. Lo miró, observó cómo lo decía. Sonaba convencido y desorientado a la vez.

—¿Cómo que está viva? —preguntó al final, sin confrontar.

—No lo sé... Jordi ha venido. Me lo ha dicho. Estaba en una aldea... La tenía una mujer... Ahora está en un centro. No sé si me ha dicho algo más.

Levantó la vista otra vez.

—Yo no puedo quedarme aquí. No puedo. Ya sé que no me van a dejar verla. Me da igual. Tengo que ir. No voy a ir al centro. No voy a acercarme. No voy a pedir nada. Ni siquiera voy a sentarme delante a esperar.

Negó de forma ligera.

—Solo quiero estar allí. En la misma ciudad. No verla, estar cerca.

No era lógico y, aun así, Paula entendió lo que quería decir.

—No puedo quedarme aquí sabiendo que ella está en... donde sea.

Paula no respondió de inmediato. Lo observó con atención, evaluando no solo lo que decía, sino desde dónde lo decía. Había coherencia emocional y también fragilidad en la forma en que exponía la idea.

—Vale —dijo al final sin negarlo—. Vamos a entender bien qué está pasando. Explícamelo otra vez.

Jac repitió lo mismo, sin añadir nada nuevo, con pequeñas variaciones, sin construir del todo una secuencia clara. Paula escuchó sin interrumpir. No intentó ordenar los hechos con él en ese momento. Cuando terminó, asintió.

—De acuerdo —dijo mientras cogía el teléfono—. Déjame hablar con Jordi.

Jac no se opuso. Se quedó donde estaba, mirando la mesa, mientras ella se levantaba y se apartaba un poco.

La conversación fue corta. Paula preguntó lo básico, escuchó más de lo que habló y colgó.

Cuando volvió, ya tenía la información. Se sentó frente a él.

—Bien —dijo—. Está en Ourense, sí. Bajo tutela. Y no la van a trasladar ahora mismo.

Jac levantó la vista.

—Podrás verla —añadió—, será un encuentro supervisado y aún no se sabe cuándo lo autorizarán. Lo de irte no es una locura, aunque tampoco te va a acercar más a ella. Si vas, estarás en la misma ciudad. Nada más.

—Lo sé.

—Eso puede ayudarte a ti, no cambia lo que va a pasar con ella. Si decides ir —continuó Paula—, tiene que ser sabiendo eso y sin hacer nada que lo complique.

Jac asintió muy despacio. No estaba tranquilo, sin embargo, la sensación de irrealidad ya no era tan fuerte.

—No puedo no hacer nada —dijo al final.

—Esto no es no hacer nada, es esperar sin complicar las cosas.

Jac no respondió. Cuando se levantó, Paula entendió que no había nada más que añadir y no intentó retenerlo. Bajaron juntos, sin hablar demasiado, y al llegar al coche él se detuvo un segundo, confirmando en silencio que ese era el siguiente paso.

—Voy a ir —dijo al final.

—Lo sabía desde que has dicho que la habían encontrado.

Lo miró con calma.

—No tienes que demostrar nada allí. Ya lo tienes. Deja que lo vean. Deja que te vean. Y cuídate, no me preocupa cómo vas a estar con ella, me preocupa cómo vas a estar después, cuando salgas.

—Ya. Estaré bien.

—Escúchame. No te metas en el coche y te vayas sin más. Quédate un momento, baja un poco antes de irte. Y, si ves que no puedes, llámame.

Jac la miró un instante más y añadió, con un tono distinto:

—Si lo que quieres es que te llame porque no soportas estar un día sin hablar conmigo, dilo claro. Deja de buscar excusas, doctora.

Paula negó con una media sonrisa.

—Tú cada día eres más tonto. Cuando estabas ingresado en Vallclosa me caías mejor.

—Pues lo siento, pero no voy a volver allí.

—No quiero que vuelvas.

Se miraron unos segundos más. Luego Jac subió al coche y arrancó.