60
Los días siguientes solo trajeron la misma idea repetida, una y otra vez.
Era capaz de ponerle nombre y explicarlo con claridad: había situaciones que no se resolvían, preguntas que no tenían respuesta y la única opción viable era aprender a convivir con la incertidumbre.
Lo había dicho muchas veces y lo había trabajado con pacientes.
Otra cosa era aplicárselo.
No saber dónde estaba ni cómo había muerto, ni siquiera si había sufrido, y no tener un cuerpo ni un lugar al que llevar flores.
Todo eso era insoportable. Había algo peor: no poder nombrarla sin que sonara a desvarío, sin que pareciera existir solo dentro de su mente enferma.
Sabía que esa era la estocada final, no la pérdida en sí, sino la imposibilidad de compartirla, y tenía que aprender a vivir con eso.
Conocía la teoría y, aun así, no era capaz de hacerlo.
Una mañana se levantó sin prisa, con esa sensación pesada de haber dormido sin descansar.
Se quedó sentado en la cama unos segundos antes de ponerse en pie.
Bajó a la cocina, preparó un chai latte y se lo llevó al comedor.
Se sentó frente al jardín, con la taza entre las manos, dejando que el calor se disipara sin beber.
No estaba pensando en nada concreto cuando la idea apareció.
No fue una reflexión.
Dejó la taza sobre la mesa.
«No voy a dejarlo así».
No era un plan todavía. Era la negativa a aceptar que eso fuera todo.
Se levantó, volvió a la cocina, encendió el portátil y tecleó sin pensarlo demasiado: ferias artesanales Vallclosa y alrededores.
No comparó opciones ni se detuvo a valorar. Eligió una, cerró el ordenador y salió.
Sabía lo que estaba buscando y también que era una pésima idea, solo que no tenía intención de admitirlo.
El trayecto lo hizo en silencio. Aparcó lejos, caminó entre puestos sin detenerse a mirar nada y acabó encontrándolo sin necesidad de preguntar: una mesa de madera, objetos tallados a mano y, entre ellos, los silbatos.
Su cuerpo reaccionó antes de que la imagen llegara a su mente. Se paralizó un instante y se obligó a acercarse.
«No tienes ocho años, joder».
«Solo es un trozo de madera».
«Lo puedes controlar».
No eran exactamente iguales, aunque eso daba igual.
Señaló uno cualquiera. Pagó. Cerró la bolsa con demasiada fuerza, con la misma tensión con que habría sujetado algo vivo, algo capaz de revolverse contra él.
Durante un segundo dudó si dejarla en el asiento del copiloto, pero no fue capaz.
Abrió el maletero y la tiró dentro. Necesitaba distancia, pese a saber que eso no podía contener lo que ya había empezado.
Cuando volvió a casa no entró de inmediato. Se quedó dentro del coche, con las manos apoyadas en el volante, mirando al frente, sintiendo cómo el cuerpo se adelantaba a algo que todavía no había ocurrido. Luego salió, abrió el maletero, respiró despacio, cogió la bolsa y entró.
Fue directo a la habitación de Emma. Se detuvo en la puerta un instante antes de entrar, cerró los ojos, volvió a abrirlos y cruzó el umbral sin encender la luz.
Soltó la bolsa en el suelo y no la abrió.
Dio una vuelta por la habitación sin tocar nada, reconociendo el espacio con el cuerpo, buscando confirmar que seguía siendo el mismo lugar antes de hacer lo siguiente.
Cuando volvió a la bolsa, se quedó quieto. Tardó en agacharse y aún más en meter la mano. El contacto con la madera fue inmediato. El latigazo que le recorrió el cuerpo lo hizo temblar. No era el recuerdo del dolor; era dolor físico real.
Lo sacó despacio, sin mirarlo todavía, y cuando lo hizo, la reacción llegó antes que cualquier pensamiento: el pulso se disparó, la respiración se aceleró y la garganta se cerró con una presión implacable.
Se lo llevó hacia la boca y se detuvo antes de tocarlo; una náusea incontrolable lo sacudió.
Lo soltó como si quemara, se incorporó de golpe y salió de la habitación.
Fue a la cocina, abrió el grifo y bebió agua con avidez, apoyado en la encimera, esperando a que el cuerpo encontrara una salida que no parecía existir. Sabía que no se hacía así. Sabía con exactitud por qué no se hacía así.
Volvió a la habitación. Esta vez entró más despacio y se sentó en el suelo sin acercarse de inmediato. El silbato seguía donde lo había dejado. Lo miró un rato, esperando a que el pulso bajara lo suficiente como para poder cogerlo sin que el cuerpo se alterara más de lo soportable.
Cuando lo tocó otra vez, la reacción volvió, más rápida, más directa. Se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y cerró los ojos un segundo.
—Vamos —murmuró sin fuerza.
No fue capaz. Lo dejó. Se quedó ahí un tiempo que no supo medir, respirando como podía, hasta que volvió a intentarlo bloqueando los pensamientos. Se lo llevó a los labios e intentó soplar. Era imposible, no conseguía que entrara suficiente aire en sus pulmones. ¿Cómo iba a poder sacarlo?
Se apartó de forma brusca una lágrima de la mejilla; la rabia las empujaba a salir. Nada de eso iba a poder más que la determinación, no había llegado hasta allí para rendirse ahora. Inspiró con profundidad, aunque le dolió.
Se puso el silbato en la boca y esta vez consiguió insuflar un poco de aire en su interior. El sonido salió bajo, irregular, apenas un hilo. Fue suficiente.
El cuerpo respondió con violencia: un asco punzante, un tirón seco en el estómago y la sensación de que algo se desgarraba por dentro sin control.
Apartó el silbato de los labios, apoyó la mano en el suelo y se quedó quieto, esperando a que pasara.
No pasó. Las náuseas le provocaban convulsiones a pesar del esfuerzo por evitarlo.
Aun así, consiguió volver a hacerlo sonar, mucho más fuerte, mientras por dentro todo estallaba.
El recuerdo no entró como una imagen. Entró como una caída.
Primero las fotos. Las nuevas, las viejas, mezcladas, superpuestas, borrándose entre sí en un bucle imposible de parar. Emma se diluía cada vez que intentaba alcanzarla. Desaparecía de la pared. De la casa. De su mundo. No había objetos, ni ropa, ni rastro. Nada.
Después, el jardín oscuro.
Los jilgueros golpeando contra los árboles, un aleteo seco, repetido, asfixiante. El sonido cambiaba dentro de su cabeza. Dejaba de ser pájaro. Se volvía madera. Aire forzado por una boquilla. Pánico. El silbato.
El pecho se le cerró.
La habitación apareció de golpe y después llegaron el pasillo, la urgencia, la puerta al fondo. La mano aferrada al marco. El cuerpo detenido antes de entrar. La lógica retorciéndose, plegándose sobre sí misma.
Dentro no había nada. Solo el sillón. Colocado en el centro, esperándolo. Encima, el silbato y la nota.
Las palabras estaban allí. Las veía sin poder leerlas, sin poder descifrarlas, hasta que el sentido emergió con una violencia seca.
Muerta.
El papel acabó clavado contra su pecho. Sintió el latigazo, el cierre brusco, algo quebrándose dentro, no roto, demolido.
El cuerpo no resistió más.
La mente se apagó.
Cuando volvió, seguía sentado en el suelo.
El silbato que había comprado estaba caído a un lado.
La habitación era la de ahora. Sin el sillón en medio, sin la nota, sin nada de aquello.
Tardó unos segundos en ubicarlo, en separar lo que había visto de lo que tenía delante.
No era incertidumbre. Lo había entendido, aunque todavía no supiera cómo ordenarlo.
Cuando por fin se movió, el cuerpo seguía torpe, no terminaba de responderle del todo.
Se levantó y salió de la habitación sin encender la luz. Atravesó la casa sin hacer ruido, arrastrando los pies descalzos, necesitaba la sensación del suelo en ellos. Abrió la puerta trasera y salió.
El aire de fuera lo golpeó en la cara. Se sintió un poco más dentro de la realidad.
Bajó los escalones y se dejó caer sobre el césped. El césped descuidado estaba frío y la tela se le pegó al cuerpo, aun así, no se movió.
Se quedó así, tumbado boca arriba, respirando, dejando que el aire entrara poco a poco, más lento, más profundo que antes. El olor a hierba y a tierra húmeda le llenó los pulmones sin esfuerzo.
Cerró los ojos y, poco a poco, sin forzarlo, las imágenes empezaron a encajar.
La entrada en la casa ya no era solo un recuerdo; era el inicio de algo que entonces no había sabido entender.
Recordó el paso por el salón, la inquietud que no había sabido ubicar y algo del jardín, algo que no llegó a ver del todo, pero que le dejó el mismo golpe contundente en el pecho que ahora volvía a sentir.
Y después la habitación.
Entró.
No quedaba nada. Solo las estrellas en la pared, intactas, ajenas a todo lo demás, y el sillón.
Se acercó con la certeza de estar llegando a algo que ya sabía, aunque todavía no se hubiera permitido admitirlo.
El silbato artesanal de madera tallada estaba sobre el asiento y junto a él había una nota manuscrita con la letra de Lara.
La mano le tembló al cogerla.
La leyó varias veces. Se pasó la mano por la cara.
«Bienvenido a tu nuevo hogar. Aquí tienes la llave».
No necesitó releerla más porque, en realidad, decía algo que él ya sabía.
Se lo había dicho a Lara mucho antes, sin saber de dónde salía esa idea.
Ese silbato para él era «la llave que abría la puerta del infierno». Su mente lo llamaba así.
Entonces no entendía el motivo, ahora sí.
No era una metáfora ni una frase dramática; era un mensaje construido con precisión.
Lara tenía razón: iba a residir allí.
Emma no estaba. No existía. No había nada que la hiciera real fuera de su memoria.
Sintió cómo se le cerraba el pecho antes de terminar de reconocerlo. No había pruebas. No existía nada que pudiera mostrar y decir: ella estuvo aquí. No tenía testigos para confirmarlo.
Y en ese punto lo entendió del todo: no era solo la muerte de su hija, era la imposibilidad de duelo. Convertir el recuerdo en delirio.
La había matado y había borrado todo lo demás.
Lo dejaba solo con todo ese dolor.
Se lo repitió en voz alta:
—Solo.
Abrió los ojos y miró al cielo.
—Mientras viva, tú también lo harás. Yo te recuerdo.